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jueves, 11 de junio de 2026

EL LARGO VIAJE DESDE PASTEUR HASTA EL IBUPROFENO

 

Una de las cosas más desconcertantes de la ciencia es que nunca parece saber adónde va. Uno imagina a los científicos avanzando con determinación, como exploradores victorianos que despliegan mapas y sextantes antes de dirigirse hacia un objetivo concreto. En realidad, la mayor parte del tiempo se parecen más a personas que han salido a comprar pan y acaban descubriendo América.

La historia del ibuprofeno, por ejemplo, empieza en una bodega francesa del siglo XIX y termina en el cajón del cuarto de baño de casi cualquier casa del planeta. Entre ambos extremos aparecen cristales diminutos, un joven obsesivo llamado Louis Pasteur y un premio Nobel holandés que imaginó la forma del átomo de carbono sin haber visto jamás uno.

Durante el siglo XIX, Francia fue escenario de numerosos descubrimientos en estereoquímica gracias a prestigiosos físicos, químicos y cristalógrafos. Entre ellos, Louis Pasteur es sin duda el padre de la quiralidad molecular, un hallazgo que algunos han atribuido a la casualidad. Pero no olvidemos que, en el campo de la observación, la suerte solo favorece a las mentes preparadas, y que las musas suelen aparecer cuando estás trabajando.

Según cuenta la leyenda, en 1848 Louis Pasteur, un joven investigador asociado de la École Normale Supérieure de París, observaba cristales de la sal doble de sodio y amonio del ácido tartárico bajo un microscopio. Para su sorpresa, notó que cada cristal tenía una pequeña faceta en uno de sus bordes, orientada a veces hacia la derecha y a veces hacia la izquierda. Podía separarlas manualmente con unas pinzas. Aquella fue la primera resolución quiral artificial en la historia de la ciencia. Desde la década de 1950 y el desastre de la talidomida en bebés (otro ejemplo de quiralidad), la quiralidad ha sido predominante en el desarrollo de compuestos biológicamente activos.

Hace algún tiempo tuve ocasión de visitar la tumba de Pasteur en París. Había acudido al Instituto Pasteur con una idea bastante ingenua de lo que iba a encontrar. Pasteur es uno de esos personajes que llegan hasta nosotros convertidos en una caricatura de sí mismos: el sabio bondadoso que salva a la humanidad de la rabia, inventa la pasteurización y probablemente acaricia vacas agradecidas durante sus ratos libres. De ahí el título que más tarde di al relato de aquella visita: No busques vacas en la tumba de Pasteur. Porque no las hay.

La tumba es sorprendente. Está situada en una cripta de inspiración bizantina, recargada de mosaicos dorados y símbolos religiosos. Más que el lugar de descanso de un científico parece la sepultura de un emperador oriental o de un santo medieval. En las paredes se representan los grandes hitos de su vida: la lucha contra la rabia, los trabajos sobre las enfermedades del gusano de seda, las investigaciones sobre vacunas. Todo ello contribuye a reforzar la impresión de que Pasteur fue una especie de héroe providencial cuya carrera siguió una línea recta hacia la gloria.

Sin embargo, mientras contemplaba aquellos mosaicos pensé que faltaba una escena. Quizá porque resulta mucho menos espectacular que salvar niños mordidos por perros rabiosos. La escena mostraría a un joven de veinticinco años inclinado sobre una mesa, separando pacientemente pequeños cristales con unas pinzas. Aquella escena acabaría siendo tan trascendental como todas las demás.

En 1848, mucho antes de convertirse en el sabio de los libros de texto, Louis Pasteur estudiaba unas sales derivadas del ácido tartárico. El ácido tartárico era una sustancia conocida desde hacía siglos porque aparecía adherida a las paredes de las cubas de vino. Los químicos sabían que sus disoluciones desviaban el plano de la luz polarizada. También conocían otra sustancia, el llamado ácido racémico o paratartárico, que poseía exactamente la misma composición química y prácticamente las mismas propiedades. Sin embargo, ocurría algo desconcertante: no desviaba la luz.

Aquello no tenía sentido. Pasteur observó los cristales con detenimiento y descubrió que algunos presentaban pequeñas facetas orientadas hacia la derecha, mientras que otros las tenían orientadas hacia la izquierda. Eran imágenes especulares unas de otras, como nuestras manos. Separó ambos tipos uno a uno. Era un trabajo de una paciencia incompatible con el temperamento moderno. Hoy abandonaríamos la tarea a los tres minutos para consultar el teléfono móvil.

Cuando disolvió cada grupo por separado comprobó que una solución desviaba la luz hacia un lado y la otra hacia el contrario. Mezcladas, ambas anulaban mutuamente sus efectos. Sin saberlo, Pasteur había descubierto la quiralidad molecular.

La palabra "quiral" procede del griego cheir, mano. Y es una palabra magnífica porque explica de inmediato el problema. Tus manos son casi idénticas. Tienen cinco dedos, nudillos, uñas y un pulgar colocado aproximadamente en el mismo sitio. Pero no son superponibles. No puede colocarse un guante derecho en la mano izquierda sin experimentar notables dificultades sociales (parecerás tonto) y anatómicas. Algo parecido ocurre con algunas moléculas.

Décadas más tarde, un joven químico holandés llamado Jacobus Henricus van 't Hoff propuso una explicación audaz. Sugirió que los cuatro enlaces del carbono apuntaban hacia los vértices de un tetraedro. A partir de esa disposición espacial era posible generar moléculas que fueran imágenes especulares no superponibles. Había nacido la estereoquímica moderna. La idea parecía extravagante. Después de todo, nadie había visto un átomo. Pero funcionaba. Y funcionaba tan bien que Van 't Hoff obtuvo en 1901 el primer Premio Nobel de Química de la historia.

Gracias a todo aquello comprendimos que la naturaleza no sólo depende de qué átomos forman una molécula, sino también de cómo están colocados en el espacio. Dos sustancias con idéntica fórmula pueden comportarse de manera radicalmente distinta.

(A) Cristales hemiédricos de tartratos dobles de sodio y amonio. (B) estructuras químicas de ácidos tartáricos enantioméricos. Pasteur describió la faceta (en rojo) que permite visualizar las imágenes especulares de los cristales. (C) El ibuprofeno, al igual que otros derivados de 2-arilpropionato (incluyendo ketoprofeno, flurbiprofeno, naproxeno, etc.), contiene un carbono quiral en la posición α (alfa-) del propionato.

Y aquí es donde entra el ibuprofeno. Si uno observa la estructura química del ibuprofeno descubrirá que posee un carbono asimétrico. Es decir, también existe en dos versiones especulares: una "diestra" y otra "zurda". Los químicos las llaman enantiómeros.

Durante años el medicamento se comercializó como una mezcla de ambas. Mitad de una, mitad de otra. Más tarde se descubrió que el verdadero protagonista del alivio del dolor era principalmente uno de esos enantiómeros, denominado S-ibuprofeno. El otro, R-ibuprofeno, era mucho menos eficaz, aunque el organismo humano tiene la elegante costumbre de convertir parte de él en la versión activa.

Todo esto significa que cada vez que tomamos un ibuprofeno estamos aprovechando un conocimiento que comenzó con un joven francés clasificando cristales de residuos vinícolas. Uno acude a la tumba de Pasteur esperando encontrar la historia de las vacunas y sale pensando en analgésicos. Toma un comprimido para aliviar un dolor de cabeza sin sospechar que debe parte de su eficacia a unos depósitos cristalinos recogidos de barriles de vino hace casi dos siglos. La ciencia está llena de estas conexiones improbables.

Tal vez por eso desconfío cuando alguien exige que toda investigación tenga una utilidad inmediata. El problema es que nunca sabemos cuál será esa utilidad. Cuando Pasteur manipulaba aquellos cristales nadie imaginaba antibióticos, resonancias magnéticas o antiinflamatorios. Ni siquiera existían los automóviles. Él sólo intentaba resolver un enigma diminuto.

La próxima vez que abras el botiquín y saques un ibuprofeno, piensa por un momento en ello. Piensa en el ácido tartárico que se acumulaba en las cubas de vino, en unas pinzas manejadas con infinita paciencia, en un holandés que imaginó tetraedros invisibles y en la fastuosa cripta parisina donde descansa un hombre que quizá nunca sospechó hasta qué punto aquel pasatiempo juvenil acabaría infiltrándose en la vida cotidiana de miles de millones de personas.

No es mala compañía para un dolor de cabeza. Y desde luego resulta mucho más interesante que contemplar vacas.