Hay personas que salen de casa
con casco para montar en bicicleta. Otras se ponen sombrero para protegerse del
sol. Y luego está el cerebro, que decidió hace cientos de millones de años que
ninguna de esas medidas era suficiente. El órgano más complicado que conocemos
—unos 86 000 millones de neuronas, cientos de billones de conexiones y un
consumo energético equivalente al de una bombilla de veinte vatios— vive
encerrado dentro de una fortaleza de hueso y, por si acaso, envuelto en tres
delicadas membranas. Es como guardar el violín Stradivarius más valioso del
mundo dentro de una caja fuerte, meter la caja fuerte en una caja acolchada y,
finalmente, envolverlo todo en plástico de burbujas.
La ilustración muestra ese
sistema defensivo con un detalle arquitectónico. Vista en sección, la cabeza
parece una sofisticada lasaña biológica en la que cada capa cumple una misión
muy concreta. No sobra ninguna. Si quitáramos cualquiera de ellas,
descubriríamos enseguida que la evolución no era tan derrochadora como a veces
parece.
La primera línea de defensa es el
cráneo, una obra maestra de ingeniería que solemos dar por sentada. Cuando uno
toca su propia cabeza, tiene la sensación de estar palpando una sola pieza de
hueso. En realidad, el cráneo es un rompecabezas formado por más de veinte
huesos unidos mediante suturas, unas juntas dentadas tan precisas que recuerdan
las ensambladuras de un carpintero japonés. En los recién nacidos esas uniones
todavía permanecen abiertas; son las famosas fontanelas, esas zonas blandas que
aterrorizan a los padres primerizos y permiten que la cabeza pueda deformarse
ligeramente durante el parto. Con el tiempo las piezas se sueldan y forman una
caja extraordinariamente resistente y, al mismo tiempo, sorprendentemente
ligera gracias a su estructura esponjosa interna.
Sin embargo, incluso el mejor
casco tiene sus límites. El cerebro no está pegado al hueso como un cuadro a
una pared. Necesita cierto margen para respirar, recibir sangre y soportar
pequeños movimientos sin golpearse constantemente contra el interior del
cráneo. Ahí entra en escena la segunda protagonista de nuestra historia: la
duramadre.
Si el nombre parece salido de una
novela de fantasía medieval, no es casualidad. Dura mater significa
literalmente "madre dura", un término heredado de los anatomistas
medievales que, curiosamente, tradujeron una expresión árabe. Y el nombre le
hace justicia. Es una membrana gruesa, resistente y sorprendentemente fuerte.
Si el cerebro fuera un ordenador portátil, la duramadre sería esa funda rígida
que uno compra después de haber pagado una fortuna por el aparato.
Pero la duramadre no se limita a
envolver. También construye. Sus pliegues forman auténticos tabiques interiores
que mantienen el cerebro en su sitio cuando corremos, saltamos o hacemos algo
tan cotidiano como agachar la cabeza para atarnos los zapatos. Además, alberga
los grandes senos venosos, enormes canales por los que regresa hacia el corazón
la sangre que ha alimentado al encéfalo. Es decir, además de guardaespaldas,
hace de ingeniera civil.
Después llega probablemente la
más elegante de las tres membranas: la aracnoides. Su nombre procede del griego
aráchne, araña, porque bajo el microscopio presenta una red de finísimas
trabéculas que recuerdan a una tela de araña. No es una comparación poética,
pero sí extraordinariamente precisa.
Lo realmente fascinante de esta
capa no es la membrana en sí, sino el espacio que deja por debajo. Ese hueco,
llamado espacio subaracnoideo, está lleno de líquido cefalorraquídeo. Este
líquido transparente constituye una de las ideas más brillantes que ha tenido
la evolución. El cerebro pesa alrededor de kilo y medio cuando lo sostenemos en
la mano, pero flotando dentro de ese líquido su peso efectivo se reduce a
apenas unos cincuenta gramos. Es un extraordinario ejemplo de flotación
biológica.
Resulta difícil exagerar la
importancia de este detalle. Sin ese baño permanente, el propio peso del
cerebro aplastaría lentamente las regiones inferiores contra la base del
cráneo. En cierto sentido, todos llevamos nuestro cerebro suspendido en una
pequeña piscina privada.
El líquido cefalorraquídeo
tampoco permanece quieto. Se produce continuamente en unos diminutos plexos
dentro de los ventrículos cerebrales, circula alrededor del cerebro y de la
médula espinal, recoge productos de desecho, amortigua impactos y finalmente
vuelve al torrente sanguíneo. Es un servicio de mantenimiento las veinticuatro
horas del día. Mientras usted lee estas líneas, su organismo está fabricando
aproximadamente medio litro de este líquido, aunque nunca llega a acumular
tanto porque se renueva constantemente.
La última capa, pegada
íntimamente al cerebro, recibe el delicado nombre de piamadre. Si la duramadre
es una armadura y la aracnoides una hamaca suspendida sobre agua, la piamadre
sería una sábana finísima perfectamente ajustada al colchón.
Esta membrana sigue con una
fidelidad casi obsesiva todos los pliegues, surcos y circunvoluciones de la
corteza cerebral. Allí donde el cerebro se hunde, ella se hunde; donde
asciende, asciende con él. No deja un solo milímetro sin cubrir. Además, acompaña
a las arterias y venas que penetran en el tejido nervioso, formando una especie
de delicado embalaje para los vasos sanguíneos que alimentan las neuronas.
Lo curioso es que, durante
siglos, los anatomistas conocían perfectamente la existencia de estas tres
capas, pero apenas tenían idea de para qué servían exactamente. Era como
descubrir el complejo sistema de tuberías de un rascacielos sin comprender todavía
cómo funciona el agua corriente. Sólo en las últimas décadas hemos empezado a
entender hasta qué punto participan en la inmunidad cerebral, en la circulación
del líquido cefalorraquídeo e incluso en la eliminación nocturna de sustancias
potencialmente tóxicas mediante el llamado sistema glinfático.
Y aquí aparece una de esas
paradojas que tanto gustan a la biología. Solemos imaginar el cerebro como un
órgano completamente aislado del resto del cuerpo, protegido por la famosa
barrera hematoencefálica. Sin embargo, esas membranas son también lugares de
intenso tráfico biológico. Células inmunitarias, vasos linfáticos descubiertos
hace apenas unos años y complejos sistemas de drenaje trabajan continuamente en
una actividad frenética que hasta hace muy poco permanecía oculta.
Todo ello para proteger un órgano
extraordinariamente frágil. El cerebro tiene aproximadamente la consistencia de
un flan muy blando. Si pudiéramos sostenerlo desnudo entre las manos,
descubriríamos que se deforma con una facilidad inquietante. Resulta casi
milagroso que una estructura tan delicada sea capaz de sobrevivir durante
décadas soportando carreras, caídas, estornudos violentos, montañas rusas y, en
algunos casos, partidos de rugby.
Quizá esa sea la enseñanza más
interesante de esta aparentemente sencilla ilustración. Cuando pensamos en
inteligencia solemos imaginar neuronas disparando impulsos eléctricos,
recuerdos almacenados o ideas brillantes. Pero nada de eso existiría sin estas
humildes capas protectoras que rara vez aparecen en los libros de divulgación.
La evolución comprendió algo
mucho antes que nosotros: crear una máquina prodigiosa es solo la mitad del
trabajo. La otra mitad consiste en envolverla con suficiente cuidado para que
llegue intacta al día siguiente. Y pocas máquinas han sido embaladas con tanta
elegancia como el cerebro humano.