La sorprendente historia del
vaso de café: desde la savia de un árbol americano hasta los microplásticos,
pasando por un material hecho casi enteramente de aire.
Lo mejor, por supuesto, es
utilizar una taza reutilizable. Una taza de cerámica o un termo metálico ganan
por goleada cuando se usan cientos de veces. Pero ese no es el debate que nos
ocupa. La cuestión interesante surge cuando la elección se limita a dos viejos
conocidos del café para llevar: el vaso blanco de plástico espumado y el vaso
de cartón.
La intuición nos empuja a
absolver al cartón y condenar al plástico. Sin embargo, la realidad resulta
bastante menos rotunda. Los vasos de poliestireno expandido (EPS) son
extraordinariamente ligeros —más del noventa por ciento de su volumen es aire—,
requieren poca materia prima y su fabricación consume menos energía y agua de
lo que muchos imaginan. Los vasos de cartón proceden de recursos renovables y
suelen tener más posibilidades de entrar en circuitos de reciclaje, aunque el
revestimiento plástico que impide que el café se filtre complica notablemente
ese reciclaje.
Así que la diferencia medioambiental depende de qué decidamos medir. Si hablamos de huella de carbono y consumo de recursos durante la fabricación, el EPS sale sorprendentemente bien parado. Si hablamos de persistencia en el medio ambiente, dispersión de residuos y generación de microplásticos, el cartón suele presentar menos inconvenientes. Como ocurre a menudo en cuestiones ecológicas, la respuesta menos satisfactoria es también la más honesta: no existe un ganador indiscutible.
Vasos de poliestireno expandido
La historia del poliestireno
comienza en 1839, cuando un farmacéutico berlinés llamado Eduard Simon destiló
una sustancia aceitosa a partir de la resina del liquidámbar
(Liquidambar styraciflua), un árbol originario de Norteamérica cuya
principal aportación a la civilización moderna, según sospecho, nadie habría
imaginado que acabaría siendo un vaso para café. Días después observó que aquel
aceite transparente que había dejado olvidado encima de una mesa de laboratorio
se había transformado en una masa gelatinosa. Simon concluyó que el oxígeno del
aire debía de haber intervenido en la reacción. Era una explicación razonable,
salvo por un pequeño detalle: era incorrecta.
En 1845, August Wilhelm von
Hofmann demostró que la transformación ocurría incluso en ausencia de aire.
Décadas más tarde, cuando John Dalton, Amedeo Avogadro y Stanislao Cannizzaro
habían contribuido a consolidar la idea moderna de molécula, el químico francés
Marcellin Berthelot propuso que las pequeñas moléculas presentes en el aceite
original se habían unido para formar una sustancia completamente nueva. Aún no
utilizó la palabra "polímero", pero había comprendido el principio
esencial: muchas moléculas pequeñas podían enlazarse para formar una grande.
Hubo que esperar hasta la década
de 1920 para que Hermann Staudinger terminara de explicar el misterio. Propuso
que sustancias tan diversas como el almidón, la celulosa, las proteínas o
aquella extraña gelatina de Simon estaban formadas por largas cadenas de
unidades repetitivas unidas químicamente. Las llamó macromoléculas o polímeros:
collares compuestos por innumerables cuentas idénticas, los monómeros.
En 1931 se identificó
definitivamente al protagonista de esta historia: el estireno. Los químicos de
la empresa alemana IG Farben aprendieron a unir sus moléculas para fabricar
poliestireno. El estireno se obtenía a partir de benceno y etileno derivados del
procesamiento del carbón y, más tarde, del petróleo. Aproximadamente una década
después, investigadores de la compañía Dow descubrieron cómo expandir ese
plástico hasta convertirlo en espuma mediante la introducción de un agente
espumante. Había nacido el material que muchos conocerían como Styrofoam:
rígido, ligero y extraordinariamente eficaz como aislante térmico.
El detalle verdaderamente
extraordinario es que el EPS está hecho, en esencia, de casi nada. Más del
noventa por ciento de su volumen es aire atrapado en millones de diminutas
celdillas. Y eso explica uno de los experimentos de sobremesa más desconcertantes
que existen: introducir un vaso de espuma blanca en acetona.
Ante nuestros ojos, el vaso
parece desintegrarse. Se encoge, colapsa y desaparece con la rapidez de un
truco de magia barato. Pero no está desapareciendo. La acetona disuelve la
estructura de poliestireno y libera el inmenso volumen de aire que mantenía separadas
aquellas microscópicas cavidades. El verdadero protagonista del vaso —ese aire
invisible que constituía la mayor parte de su tamaño— escapa silenciosamente y
vuelve a mezclarse con la atmósfera. Lo que queda es una pequeña masa pegajosa
de polímero apelmazado. El voluminoso recipiente que sosteníamos unos segundos
antes resulta ser, en gran medida, una ilusión óptica hecha de aire.
Por supuesto, ningún artículo
sobre plásticos estaría completo sin mencionar sus inconvenientes. El estireno
ha suscitado preocupación por su posible carácter carcinógeno debido a algunos
casos observados entre trabajadores expuestos industrialmente a grandes
cantidades. Sin embargo, conviene poner las cifras en perspectiva. Durante una
jornada laboral de ocho horas, un trabajador puede inhalar alrededor de 100 000
microgramos de estireno. Una taza de café servida en un vaso de poliestireno
libera aproximadamente 2,5 microgramos, de los cuales ni siquiera se absorben
por completo. Además, el estireno está presente de forma natural en numerosos
alimentos. El café contiene estireno natural. La cerveza contiene más. Y la
canela contiene miles de veces más. Si uno desea evitar el estireno a toda
costa, quizá debería empezar por desconfiar de los rollitos de canela antes que
de los vasos de café.
El verdadero problema no está
tanto en usar el material como en deshacerse de él. El poliestireno expandido
no es biodegradable. Las bacterias no muestran el menor interés gastronómico
por él. Si acaba abandonado en el entorno, se fragmenta lentamente en
partículas cada vez más pequeñas que contribuyen al creciente problema global
de los microplásticos. Si termina en un vertedero moderno adecuadamente
gestionado, puede permanecer allí durante siglos sin filtrar sustancias
peligrosas y ocupando relativamente poco espacio gracias a su facilidad para
compactarse. Pero ninguna de esas soluciones resulta especialmente elegante.
Lo ideal sería reciclar todos los plásticos, incluido el poliestireno. El problema es que apenas lo hacemos. Y quizá esa sea la enseñanza más incómoda de esta historia. El vaso blanco de espuma no es el villano caricaturesco que imaginamos ni el cartón es el héroe incontestable que nos gustaría celebrar. Como tantas invenciones humanas, el EPS es una mezcla desconcertante de ingenio y consecuencias imprevistas: un prodigio químico nacido de la resina de un árbol americano que terminó convirtiéndose en símbolo de nuestros dilemas ambientales. Y todo ello para que podamos beber café sin quemarnos los dedos.