Mapa geomorfológico costa afuera y
de fallas activas en el margen norte de Venezuela. La línea azul punteada
corresponde a cañones submarinos. La ruptura de grandes sismos está
representada por la línea gruesa para los megaterremotos de 1812 y 1900; la
línea punteada corresponde a la ruptura del sismo de 1967. Fuente: Colón-Useche et al.
(2021). |
Hay terremotos que sorprenden por su magnitud y otros que lo hacen por el lugar donde ocurren. Los recientes seísmos que sacudieron el litoral central de Venezuela pertenecen claramente a la segunda categoría. Aunque las magnitudes registradas —7,2 y 7,5 en un intervalo de apenas unos segundos— fueron muy elevadas, la explicación de la devastación sufrida por La Guaira no reside únicamente en esos números. La clave está bajo el mar, en una estructura geológica poco conocida por el gran público: la falla de San Sebastián.
Paradójicamente, una de las ciudades más castigadas se encuentra prácticamente sobre el límite entre dos placas tectónicas, aunque ese límite apenas sea visible porque discurre bajo las aguas del mar Caribe.
Un país situado entre dos placas
La mayor parte de los grandes terremotos que ocupan las portadas de los periódicos tienen lugar en zonas de subducción, donde una placa oceánica se hunde lentamente bajo otra continental. Chile, Perú, Japón o Indonesia son ejemplos clásicos de este tipo de tectónica.
Venezuela, sin embargo, presenta una situación muy distinta. La región septentrional del país marca el contacto entre la placa Sudamericana y la placa del Caribe. Ambas no convergen frontalmente, sino que se deslizan lateralmente una respecto de la otra. El movimiento relativo es de aproximadamente dos centímetros al año, una velocidad comparable al crecimiento de una uña.
Puede parecer insignificante, pero esa deformación se acumula durante décadas o siglos. Las rocas permanecen bloqueadas hasta que la tensión supera su resistencia mecánica. Entonces se produce la ruptura y la energía acumulada se libera en cuestión de segundos en forma de terremoto.
| Geodinámica actual del margen norte de Venezuela a lo largo del límite de placas Caribe y Suramérica. La primera placa muestra un desplazamiento lateral derecho respecto a Suramérica. En el rectángulo rojo se encierra la falla de San Sebastián (FSS). El resto de las siglas corresponde a diferentes provincias tectónicas, a fallas activas cuando empiezan por “F” y a los golfos de Cariaco (GC) i de Paria (GP). Fuente: Colón-Useche et al. (2021). |
La gran cicatriz del litoral venezolano
La principal responsable de ese
movimiento es la falla de San Sebastián. Se trata de una enorme fractura de la
corteza terrestre que se extiende de oeste a este paralela a la costa
venezolana, como parte del sistema tectónico Boconó-San Sebastián-El Pilar. A
diferencia de otras grandes fallas continentales, buena parte de su recorrido
discurre bajo el mar Caribe, muy próxima al litoral.
Vista sobre un mapa, la falla
corre prácticamente frente a ciudades como Choroní, Puerto Cabello, La Guaira,
Maiquetía y Cabo Codera antes de continuar hacia el este. Eso significa que
algunos de los núcleos urbanos más poblados del país se encuentran
extremadamente cerca de una de las estructuras sísmicas más activas del norte
de Sudamérica.
Una falla semejante a la de
San Andrés
La falla de San Sebastián
pertenece al tipo denominado falla de deslizamiento horizontal o strike-slip.
En este tipo de fallas no existe un hundimiento significativo de una placa bajo
otra. Ambas masas rocosas simplemente se desplazan lateralmente. El ejemplo más
conocido es la falla de San Andrés, en California.
En términos muy simplificados,
puede imaginarse como dos enormes bloques de roca que permanecen trabados
durante años mientras intentan deslizarse en sentidos opuestos. Cuando el
rozamiento deja de ser suficiente para mantenerlos inmóviles, ambos bloques se
desplazan bruscamente unos metros y generan un terremoto. Ese mecanismo explica
por qué los terremotos asociados a estas fallas suelen producir intensas
sacudidas locales, aunque rara vez alcanzan las magnitudes extremas
características de las zonas de subducción.
La Guaira: una ciudad sobre el
límite entre placas
Uno de los aspectos más
llamativos del reciente terremoto es la distribución de los daños. La Guaira
concentró una parte muy importante de los edificios colapsados y de las
víctimas. La explicación no requiere recurrir a ninguna circunstancia
excepcional: la ciudad estaba prácticamente encima del segmento de falla que
rompió.
La intensidad de un terremoto
depende no solo de su magnitud, sino también de la distancia al plano de
ruptura. Cuando el epicentro se encuentra muy próximo a una población y el foco
es superficial, las aceleraciones del terreno pueden alcanzar valores
extraordinariamente elevados. En esos casos los edificios reciben las ondas
sísmicas con muy poca atenuación. Es exactamente la situación que parece
haberse producido en este episodio.
Un terremoto
extraordinariamente superficial
Los estudios preliminares indican
que la ruptura tuvo lugar a una profundidad de apenas unos diez kilómetros. En
términos geológicos, eso significa prácticamente la superficie. Los terremotos
profundos liberan su energía tras recorrer decenas o centenares de kilómetros
de roca, lo que amortigua parcialmente las vibraciones. En cambio, cuando el
foco se sitúa a tan poca profundidad, la energía alcanza las ciudades próximas
casi sin perder intensidad.
Esta circunstancia ayuda a
comprender por qué una falla de deslizamiento horizontal pudo causar una
destrucción tan considerable.
El fenómeno más inusual: un
doblete sísmico
Sin embargo, existe otro elemento
que convierte este episodio en especialmente interesante desde el punto de
vista científico. Los dos terremotos principales ocurrieron separados por
apenas treinta y nueve segundos. No se trató del patrón habitual de terremoto
principal seguido de una réplica, sino de lo que los sismólogos denominan un
doblete sísmico: dos rupturas de gran magnitud que se producen casi
consecutivamente.
La diferencia puede parecer
académica, pero sus consecuencias son importantes. El primer terremoto debilita
las estructuras, genera grietas y modifica el equilibrio de numerosos
edificios. Antes de que estos hayan terminado siquiera de oscilar, llega una
segunda sacudida todavía más intensa que encuentra las construcciones ya parcialmente
dañadas. Ese mecanismo multiplica el riesgo de colapso.
Los dobletes sísmicos son
relativamente raros y constituyen uno de los aspectos que más interés
científico han despertado tras este episodio.
¿Habría sido peor si hubiese
existido subducción?
La pregunta surge de forma
natural. Si la falla de San Sebastián hubiese sido una zona de subducción
semejante a la costa chilena, probablemente el potencial destructivo habría
sido aún mayor. Las zonas de subducción pueden producir terremotos de magnitud
superior a 9, capaces de romper cientos de kilómetros de fondo oceánico y
generar tsunamis devastadores.
En una falla de deslizamiento
horizontal ese riesgo disminuye considerablemente porque apenas existe
desplazamiento vertical del fondo marino. Eso no significa que estos terremotos
sean benignos. Las aceleraciones del terreno pueden ser extremadamente
violentas, especialmente cerca de la ruptura, pero sus efectos suelen
concentrarse en un área más limitada y raramente originan grandes tsunamis.
En cierto sentido, la naturaleza
de la falla evitó una catástrofe potencialmente todavía mayor. Una amenaza
conocida desde hace siglos. La falla de San Sebastián no es una estructura
recién descubierta. Forma parte del paisaje geológico venezolano desde hace
millones de años y ha generado algunos de los terremotos más importantes de la
historia del país.
Entre ellos destaca el gran
terremoto de 1812, que devastó Caracas durante la guerra de Independencia y
causó decenas de miles de víctimas. Diversos estudios modernos consideran que
la ruptura de un segmento de la falla de San Sebastián desempeñó un papel
fundamental en aquel desastre. También el terremoto de San Narciso, ocurrido en
1900, se atribuye actualmente a esta misma estructura.
Estos antecedentes muestran que
la falla libera periódicamente la tensión acumulada entre las placas del Caribe
y Sudamérica.
Una lección geológica
Los terremotos recuerdan que la
superficie terrestre está lejos de ser estática. Mientras las ciudades crecen,
las carreteras se multiplican y los puertos amplían sus instalaciones, las
placas tectónicas continúan desplazándose con una lentitud imperceptible. Ese
movimiento no puede detenerse. Lo único que puede modificarse es la
vulnerabilidad de las construcciones.
La ingeniería sísmica moderna ha
demostrado que edificios correctamente diseñados pueden resistir aceleraciones
muy superiores a las que destruyen estructuras antiguas o deficientemente
construidas. Por ello, la magnitud de un terremoto nunca determina por sí sola
el número de víctimas.
En el caso de La Guaira
confluyeron varios factores excepcionalmente desfavorables: una ciudad situada
prácticamente sobre una gran falla activa, una ruptura muy superficial, un
doblete sísmico poco frecuente y un parque edificatorio de resistencia desigual.
La geología explica el origen del fenómeno; la ingeniería y la planificación
urbana determinan, en gran medida, sus consecuencias.
Quizá esa sea la principal enseñanza que deja este terremoto. Las grandes fallas pueden permanecer silenciosas durante décadas e incluso siglos, dando la impresión de que el peligro ha desaparecido. En realidad, ocurre exactamente lo contrario: durante ese largo silencio la energía continúa acumulándose lentamente bajo nuestros pies. Cuando finalmente se libera, lo hace en unos pocos segundos capaces de cambiar para siempre el paisaje de una ciudad.