Vistas de página en total

sábado, 13 de junio de 2026

CÓMO UN SACAMUELAS CAMBIÓ LA HISTORIA DEL DOLOR

 

Fotografía coloreada a partir de la original tomada en 1847 en el aula de anatomía llamada desde entonces la Cúpula del Éter. El cirujano John Collins Warren sostiene las piernas del paciente. William T. G. Morton se encuentra junto a la cabeza del paciente, administrándole éter. Archivos y Colecciones Especiales del Hospital General de Massachusetts, Southworth y Hawes.

La demostración más importante de la historia de la medicina empezó con retraso. A las diez de la mañana del 16 de octubre de 1846, un grupo de los cirujanos más eminentes de Boston aguardaba con creciente irritación en el quirófano del Hospital General de Massachusetts. El paciente estaba preparado. Los estudiantes llenaban las gradas. El cirujano principal, John Collins Warren, había llegado puntual. Pero faltaba la persona más importante de todas: un dentista.

Nadie se habría sorprendido demasiado si hubieran decidido empezar sin él. Los dentistas no gozaban entonces del prestigio del que disfrutan hoy —es decir, no gozaban de prestigio alguno—. Eran artesanos especializados en arrancar muelas, fabricar dentaduras y, ocasionalmente, asustar a los niños. Que el futuro de la cirugía dependiera de uno de ellos parecía tan inquietante como confiar la exploración espacial a un feriante. Sin embargo, aquel dentista, llamado William Thomas Green Morton, estaba a punto de cambiar el mundo.

El quirófano donde todo ocurrió existe todavía. Se conoce como la Cúpula del Éter. Era un anfiteatro circular situado bajo una bóveda diseñada para captar la luz natural y, según algunas versiones, amortiguar los gritos de los pacientes. La cirugía del siglo XIX era un espectáculo público en el sentido más literal del término. Los estudiantes se sentaban en gradas como si asistieran a una representación teatral.

En cierto modo, era así. El protagonista era el dolor. Durante la mayor parte de la historia humana, el dolor quirúrgico había sido considerado una ley de la naturaleza tan inevitable como la lluvia o la muerte. Los médicos podían aliviarlo un poco con alcohol, opio o golpes en la cabeza administrados con entusiasmo terapéutico, pero nadie imaginaba seriamente que pudiera eliminarse.

Operar consistía en infligir sufrimiento con la mayor rapidez posible. La velocidad era la principal virtud quirúrgica. Un cirujano experto podía amputar una pierna en menos de treinta segundos. Robert Liston, uno de los más famosos de Europa, era tan veloz que algunos contemporáneos afirmaban que podía completar una amputación en veintiocho segundos. Lo hacía blandiendo el cuchillo como un espadachín particularmente malhumorado.

No era exhibicionismo. Era compasión. Cuanto menos tiempo permaneciera despierto el paciente, menores eran las probabilidades de morir de shock, hemorragia o puro terror. Además, nadie utilizaba guantes. Ni mascarillas. Ni ropa estéril. Los cirujanos vestían sus mejores levitas negras, que acumulaban manchas de sangre seca como medallas honoríficas. La asepsia tardaría todavía décadas en llegar.

Y entonces llegó Morton. O, más exactamente, llegó tarde. Cuando por fin entró en la sala aquella mañana de octubre, lo hizo cargando con un extraño aparato de cristal parecido a una cafetera diseñada por un alquimista distraído. Dentro había una esponja empapada en éter. El paciente era un joven impresor llamado Gilbert Abbott, que padecía un tumor en el cuello.

Morton le indicó que respirara profundamente. El hombre inhaló. Su cuerpo se agitó unos instantes. Y luego quedó inmóvil. John Collins Warren tomó el bisturí y comenzó la intervención. Los estudiantes contuvieron la respiración. Los cirujanos esperaron el inevitable alarido. Se quedaron con las ganas. Abbott no gritó. No forcejeó. No suplicó. La operación concluyó sin incidentes.

Entonces Warren se volvió hacia la galería y pronunció una frase destinada a sobrevivirle:

—Caballeros, esto no es ninguna farsa.

Era difícil exagerar la importancia de aquel momento. La medicina acababa de dividirse en dos épocas distintas: antes y después del dolor evitable. Naturalmente, como ocurre con casi todos los grandes descubrimientos, la historia era bastante más complicada y bastante más desastrosa.

Dos años antes, otro dentista llamado Horace Wells había intentado algo parecido en el mismo hospital. Wells había asistido a un espectáculo itinerante en el que un conferenciante administraba óxido nitroso —el famoso gas de la risa— a voluntarios del público. La gente reía. Bailaba. Se comportaba como si hubiera bebido cantidades industriales de vino barato.

En un momento dado, uno de los participantes se golpeó violentamente la pierna sin advertirlo siquiera. Wells observó la escena y comprendió inmediatamente las implicaciones. Si alguien podía lesionarse sin sentir dolor, quizá también podrían extraerle una muela. La odontología, después de todo, era entonces una disciplina especializada en producir experiencias inolvidables.

Wells comenzó a utilizar óxido nitroso en su consulta con resultados prometedores. Animado por el éxito, organizó una demostración pública en Boston. Todo salió mal. El paciente emitió un gemido durante la extracción. Probablemente Wells había retirado el gas demasiado pronto, pero el daño estaba hecho. Los espectadores comenzaron a silbar y a gritar:

—¡Fraude!

Wells salió humillado del anfiteatro. Nunca se recuperó.

El hombre que triunfó el 16 de octubre de 1846, William Morton, tampoco era precisamente un héroe impecable. Había sido vendedor ambulante, empresario improvisado y, según diversas fuentes, estafador ocasional. Había malversado fondos, engañado a socios comerciales y falsificado sellos postales con un entusiasmo que sugería un entendimiento muy flexible de la ética profesional. Perseguido por acreedores y autoridades, regresó a Nueva Inglaterra dispuesto a reinventarse.

Eligió la odontología. Conoció a Wells, aprendió el oficio y abrió consulta en Boston. Más tarde entró en contacto con Charles Thomas Jackson, un químico y geólogo brillante, excéntrico y completamente convencido de su propia genialidad. Fue Jackson quien sugirió experimentar con éter sulfúrico.

El éter no era desconocido. Se había utilizado para aliviar dolores menores y también como sustancia recreativa. En algunas fiestas populares, conocidas como ether frolics, la gente inhalaba vapores para experimentar una embriaguez breve y ridícula.

Lo extraordinario fue comprender que podía emplearse para abolir el dolor quirúrgico. Morton probó primero consigo mismo. Después con su perro. Y finalmente con Gilbert Abbott. Lo que vino después resultó menos glorioso que la demostración.

El Dr. John Collins Warren (izquierda) fue el cirujano que realizó la demostración de Morton.. El químico Charles Jackson (derecha) fue uno de los hombres que afirmaron ser el padre de la anestesia. Fotos del Centro para la Historia de la Medicina, Biblioteca Francis A. Countway, Universidad de Harvard.

Morton intentó patentar el descubrimiento bajo el nombre comercial de «Letheon», ocultando que el ingrediente activo era simplemente éter. Aspiraba a obtener una fortuna. Jackson afirmó inmediatamente que toda la idea había sido suya. Wells insistió en que el verdadero pionero había sido él. Por si eran pocos, desde Georgia surgió un cuarto aspirante: Crawford Long, un médico rural que había utilizado éter ya en 1842, aunque sin publicar sus resultados hasta varios años más tarde.

Los cuatro hombres reclamaron la paternidad exclusiva del descubrimiento. Y los cuatro acabaron pagando un precio terrible. Wells, incapaz de superar la humillación pública, desarrolló adicción al cloroformo. En 1848, tras sufrir un episodio de alteración mental, fue arrestado en Nueva York. Poco después se suicidó. Tenía treinta y tres años.

Morton gastó fortunas intentando convencer al Congreso estadounidense de que le concediera una recompensa económica. Organizó recepciones fastuosas, cultivó amistades políticas y abandonó progresivamente su consulta dental y sus negocios. Murió arruinado en 1868. Tenía cuarenta y ocho años.

Jackson dedicó sus últimos años a escribir cartas denunciando las injusticias cometidas contra su persona. Sufrió un colapso neurológico y pasó los siete años finales de su vida internado en un hospital psiquiátrico.

Crawford Long fue el único que escapó relativamente indemne de la tragedia, quizá porque vivía demasiado lejos del centro de la disputa para participar plenamente en ella.

Resulta curioso comprobar cuántas veces la gloria científica se parece más a una batalla legal que a un desfile triunfal. Sin embargo, más allá de las miserias humanas, el impacto del descubrimiento fue inmenso. El año siguiente de la demostración de Morton, los cirujanos del Hospital General de Massachusetts realizaron diecisiete intervenciones bajo anestesia.

Hoy realizan más de cincuenta mil anuales. En todo el mundo se practican más de doscientos millones de operaciones cada año con ayuda de técnicas anestésicas cada vez más sofisticadas. A la anestesia inhalatoria se sumaron la anestesia local, la raquídea y la intravenosa. Llegaron los tubos endotraqueales, los respiradores y los monitores capaces de vigilar constantemente el pulso, la presión arterial y la concentración de oxígeno.

El éter, por su parte, acabó desapareciendo en las décadas de 1960 y 1970, sustituido por compuestos menos inflamables y más seguros. Pero el verdadero milagro permanece intacto.

Durante miles de años, el dolor fue considerado un peaje obligatorio de la existencia. Las madres parían con dolor. Los enfermos morían con dolor. Los soldados combatían con dolor. Y quienes tenían la mala fortuna de necesitar cirugía afrontaban una experiencia tan espantosa que muchos preferían renunciar a ella aunque eso significara la muerte.

Luego, en una mañana otoñal de Boston, un dentista con un pasado dudoso llegó tarde a una cita. Y el dolor dejó de ser inevitable. No desapareció del mundo, desde luego. Sigue acompañándonos con una fidelidad admirable. Pero dejó de ser una condición indispensable del tratamiento médico.

Quizá esa sea la enseñanza más inesperada de esta historia. Los grandes avances rara vez llegan envueltos en solemnidad. A veces aparecen gracias a un dentista medio estafador, un químico insoportable, un médico humillado y un cirujano vestido con una levita manchada de sangre. Personas imperfectas persiguiendo ideas improbables. Y, de vez en cuando, cambiando para siempre la experiencia humana.

Hay inventos que hacen la vida más cómoda: la cremallera, el aire acondicionado o el mando a distancia. Pero por encima de todos están los que alteran nuestra relación con el sufrimiento. La anestesia pertenece a esta segunda categoría.

Es, sencillamente, una de las razones por las que la civilización moderna merece ese nombre.