Creo que comprendí que iba a
gustarme el centro de Australia cuando supe que el desierto de Simpson lleva el
nombre de un señor llamado Simpson. No de Homer, lamentablemente, sino de
Alfred Allen Simpson, industrial de Adelaida, presidente de una sociedad geográfica
y hombre lo bastante generoso como para pagar parte de una exploración aérea.
Su familia fabricó, entre otras cosas, electrodomésticos; de modo que el asunto
conserva cierto perfume de lavadora, aunque la realidad sea menos espumosa de
lo que uno desearía.
En 1929, el geólogo Cecil Madigan
sobrevoló una inmensidad de dunas paralelas situada al norte del lago Eyre.
Aquello aún no tenía, para los europeos que hacían mapas, un nombre claro y
definitivo. Madigan decidió que se llamaría Simpson Desert. El homenajeado
contestó que no le importaba que su nombre se asociara a una región tan
inhóspita. Es una respuesta admirable. Hay hombres a quienes les ponen una
calle, una biblioteca o una estatua con palomas. A Simpson le concedieron 176 500
kilómetros cuadrados de arena roja, calor, espinifex y la posibilidad razonable
de morir deshidratado.
El desierto de Simpson es más
grande que Grecia y casi tres veces Tasmania. Tiene dunas que corren en filas
larguísimas, como si alguien hubiera peinado el continente con una rasqueta
gigantesca y luego se hubiera olvidado de apagar el secador. Algunas se prolongan
más de doscientos kilómetros. A vista de avión, el paisaje parece sencillo: una
repetición de líneas rojizas, sombra, líneas rojizas, sombra. Visto desde
abajo, por un viajero que ha pinchado una rueda o ha perdido la pista, adquiere
la complejidad de una novela rusa.
Lo sorprendente no es que los
australianos blancos tardaran tanto en ponerle un nombre a aquella extensión.
Lo sorprendente es que parezcan haber considerado esa demora una anomalía. El
continente llevaba allí, como mínimo, desde hacía seiscientos millones de años,
y los pueblos aborígenes lo conocían, lo recorrían y lo explicaban con una
precisión que no necesitaba cartografía de oficina. Para ellos no era un hueco
entre dos lugares útiles ni una mancha beige pendiente de bautizo. Era país:
agua escondida, rutas, estaciones, animales, historias, obligaciones y peligro.
El nombre aborigen de buena parte de esa región es Munga-Thirri, y
significa, aproximadamente, “tierra de dunas”.
La cartografía europea tiene una
inclinación comprensible a poner nombres allí donde no entiende nada. Es una
manera de tranquilizarse. Si se denomina a una cosa “desierto de Simpson”,
parece que queda resuelta. Uno puede trazar su contorno, colorearlo de amarillo
y pensar que ha sido domesticado. Pero el nombre no hace que haya una
gasolinera, ni agua, ni cobertura telefónica, ni una señora que venda
bocadillos de tortilla a la salida de un aparcamiento.
El Simpson fue explorado desde el
aire antes de ser cruzado por tierra de manera completa por un no indígena. En
1939 Madigan organizó una expedición con camellos que tardó más de dos meses en
atravesarlo. En uno de los tramos hubo más de cuatrocientos kilómetros sin
agua. Es el tipo de dato que debería figurar, por ley, en letras enormes a la
entrada de cualquier conversación sobre aventuras. Hay personas que anuncian
que han hecho el Camino de Santiago y enseguida enseñan los pies. Madigan cruzó
cuatrocientos kilómetros sin agua y, cuando regresó, escribió informes
científicos. Esa sobriedad es casi sobrenatural.
Naturalmente, hablar del outback
no equivale a señalar una provincia. El outback no tiene frontera,
aduana ni cartel de bienvenida. Es más bien una condición del ánimo, una escala
de distancias y una forma de aceptar que el ser humano no es la medida de casi
nada. Para un australiano, el bush empieza allí donde la ciudad se
deshace: las casas se espacian, aparecen eucaliptos, una carretera recta y la
sensación de que cualquier serpiente ha tenido tiempo de estudiar ingeniería.
El outback empieza después, aunque nadie sabe con exactitud dónde.
Puede empezar cuando la carretera
deja de tener una línea blanca central. O cuando el siguiente pueblo aparece
anunciado a 280 kilómetros. O cuando se acaba la última emisora de radio y
queda una estación que reproduce una canción de Cold Chisel con interferencias
que parecen el comentario meteorológico de Marte. Puede empezar cuando uno mira
el depósito de gasolina con el respeto con que se mira un desfibrilador. Y
puede terminar de pronto, sin haber terminado de verdad: aparece una estación
ganadera, luego un bar, después un campo de golf incomprensible y, al cabo de
otros tres mil kilómetros, una ciudad con cafeterías de especialidad, carriles
bici y alguien que protesta porque el camarero ha tardado demasiado en traerle
un flat white.
Así es Australia: un país donde
la civilización no avanza en línea continua sino a saltos. Se sale de Sídney
entre atascos y bloques de apartamentos, se atraviesan suburbios, se llega al bush,
luego al outback, y mucho después se regresa al bush como quien
vuelve a encontrar un pariente menos extravagante. Finalmente aparece otra
ciudad y, después de tanta tierra, el mar. Es difícil pensar en otro país que
permita esa secuencia sin cambiar de pasaporte.
Uluru ofrece la misma
lección de proporciones, aunque con una dosis adicional de pudor histórico. El
monolito no “fue descubierto” en 1873: ese año William Gosse fue el primer no
aborigen documentado que lo vio y decidió llamarlo Ayers Rock, en honor
de un político de Australia Meridional. Los anangu ya lo conocían desde
muchísimo antes, por supuesto. Lo habían incorporado a su sistema de leyes,
relatos y responsabilidades, algo bastante más útil que ponerle el apellido de
un funcionario.
La diferencia entre descubrir y
llegar tarde a un sitio conocido por otros no es un asunto de corrección
terminológica. Es una diferencia entre mirar un paisaje y vivir dentro de él.
Para Gosse, Uluru fue una roca espectacular en una expedición difícil.
Para los anangu era y es un lugar vivo, cargado de memoria y normas. Los
europeos veían una tierra inmensa aún sin nombre en sus papeles; quienes
habitaban allí veían una geografía tan llena de nombres que era posible
perderse por ignorancia, no por falta de información.
Eso es, quizá, lo que vuelve tan
formidable al outback. No su vacío, sino nuestra costumbre de confundir
vacío con ignorancia propia. Europa nos ha acostumbrado a que cada valle tenga
una carretera, una leyenda local, un restaurante recomendado y un aparcamiento
de pago. Australia central conserva zonas en las que el mapa sigue teniendo una
honestidad casi ofensiva. Muestra una raya, una pista, un topónimo aislado y
mucho espacio alrededor. Es como si dijera: “Hasta aquí sé. A partir de ahora,
compórtese con modestia”.
Hay continentes que parecen diseñados para reafirmar al viajero: permiten tachar monumentos, comparar precios de hoteles y regresar con la impresión de haberlos comprendido. Australia, y en especial su interior, está organizada para producir el efecto contrario. Uno llega con un mapa, una botella de agua, unas nociones de geografía y cierta confianza. Después mira las dunas del Simpson o el lomo imposible de Uluru, calcula las distancias y entiende que el país no ha sido hecho a escala humana.
Eso no es un defecto. Es una de las raras formas contemporáneas de grandeza. En una época en que casi todo tiene reseñas, horarios, códigos QR y fotografías aéreas, el outback conserva la cortesía de no explicarse por completo. Permite que uno lo nombre, lo mida y lo sobrevuele, pero se reserva el derecho esencial de seguir siendo demasiado grande para caber en el mapa.