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miércoles, 23 de septiembre de 2026

LA HIERBA QUE LOS CONEJOS NO SE ATREVEN A COMER

 

Durante años estamos asistiendo en el Real Jardín Botánico a una demostración cotidiana de lo que puede hacer un herbívoro con un apetito formidable y escasas preocupaciones paisajísticas. Los conejos arrasan buena parte de las herbáceas que encuentran a su paso, pero hay una planta a la que parecen haber concedido una especie de inmunidad diplomática: Heliotropium europaeum. Mientras otras plantas sucumben a los incisivos de nuestros visitantes, los heliotropos permanecen intactos.

La pregunta resulta inevitable: ¿qué tiene esta humilde hierba para que los conejos la respeten? La respuesta podría encontrarse en una sofisticada industria química que la planta mantiene en funcionamiento sin chimeneas, trabajadores ni inspectores de sanidad.

El heliotropo europeo pertenece a las boragináceas, una familia que incluye plantas tan conocidas como las borrajas, las viboreras y los nomeolvides. Es una herbácea anual, de aspecto grisáceo, cubierta de pelos y con pequeñas flores blancas dispuestas en inflorescencias que se curvan sobre sí mismas. Estas estructuras reciben el nombre de cimas escorpioides porque recuerdan a la cola de un escorpión. El parecido resulta particularmente oportuno: aunque nuestro heliotropo carece de aguijón, parece haber encontrado otra manera de defenderse.

Su nombre procede del griego helios, sol, y tropos, giro. Los antiguos atribuían a los heliotropos la capacidad de orientar sus flores siguiendo el movimiento del Sol. Nuestra protagonista crece en terrenos removidos, barbechos y márgenes de caminos. Tiene el aspecto de esas hierbas que los jardineros arrancan sin preguntarles el nombre. Pero su modestia exterior oculta un arsenal químico capaz de provocar lesiones gravísimas en los animales que la consumen.

Para comprenderlo debemos familiarizarnos con unas sustancias que tienen un nombre poco apropiado para una conversación de sobremesa: los alcaloides pirrolizidínicos. Son compuestos nitrogenados producidos por determinadas plantas, entre ellas numerosas boragináceas. Algunos pueden provocar lesiones hepáticas, alterar el ADN y favorecer la aparición de tumores. El heliotropo europeo fabrica varios de los más preocupantes.

Entre sus productos destacan la heliotrina, la europina y la lasiocarpina. Sus nombres podrían corresponder a tres hermanas de una novela rusa, pero designan sustancias que ningún veterinario desearía encontrar en el pienso de sus pacientes. Un estudio publicado en 2015 identificó treinta alcaloides pirrolizidínicos y derivados en ejemplares de esta especie y en forraje contaminado con ella. Los compuestos de los tipos heliotrina y lasiocarpina representaban aproximadamente el 80 % y el 18 % del contenido total, respectivamente.

Lo extraordinario es que el heliotropo no fabrica estas sustancias en cantidades testimoniales. En 1989, los ecólogos Dennis O'Dowd y John Edgar estudiaron dos poblaciones australianas y descubrieron que las plántulas podían acumular alcaloides en concentraciones superiores al 2,2% de su peso seco. Cuando las plantas se aproximaban al final de su ciclo vital, las concentraciones descendían por debajo del 0,5 %. Más del 95 % de los alcaloides se encontraba, por término medio, en forma de N-óxidos.

Es una inversión metabólica considerable. Las plantas no disponen de energía ilimitada y cada molécula que sintetizan requiere recursos que podrían haberse empleado en fabricar hojas, raíces o semillas. La defensa frente a los herbívoros constituye una explicación plausible para semejante despliegue químico.

Las plantas llevan cientos de millones de años enfrentándose al inconveniente de ser comestibles. Algunas desarrollaron espinas, otras endurecieron sus tejidos y muchas aprendieron a fabricar sustancias que interfieren con la digestión, resultan desagradables o intoxican a sus consumidores. El heliotropo pertenece a este último grupo, aunque todavía no podemos asegurar que sus alcaloides sean los responsables concretos de la conducta que observamos en nuestros conejos.

Y aquí aparece una complicación fascinante. La toxicidad de una sustancia no equivale necesariamente a su capacidad para disuadir a un animal. Un veneno que actúa varios días después de la ingestión puede resultar formidable para matar a un herbívoro, pero bastante mediocre para convencerlo de que no dé el primer mordisco. Para conseguir esto último necesita producir alguna señal inmediata, como un sabor desagradable, o que el animal aprenda a relacionar el consumo de la planta con sus consecuencias.

Nuestros conejos podrían estar respondiendo al sabor de los alcaloides, a otras sustancias presentes en las hojas o incluso a su textura pilosa. También podrían haber aprendido a evitar la planta. La observación demuestra un rechazo aparente, pero todavía no permite identificar el mecanismo que lo produce. En ciencia conviene desconfiar de las explicaciones demasiado elegantes, especialmente cuando parecen escritas por las propias plantas.

El asunto se vuelve todavía más interesante cuando descubrimos que estos alcaloides no siempre son directamente responsables del daño que ocasionan. Muchos necesitan pasar por el hígado, donde determinadas enzimas del sistema citocromo P450 los convierten en metabolitos mucho más reactivos. Es uno de esos casos en los que nuestro organismo, intentando librarnos de un problema, termina agravándolo.

Estos metabolitos pueden unirse a proteínas y al ADN, provocar lesiones celulares y alterar el funcionamiento de los pequeños vasos sanguíneos hepáticos. Las intoxicaciones crónicas pueden producir fibrosis y daños irreversibles. Lo más inquietante es que algunas lesiones moleculares persisten mucho después de que el animal haya dejado de ingerir la planta.

No estamos hablando de una posibilidad meramente teórica. En 2014, un rebaño de 73 bovinos de la región israelí de Galilea recibió accidentalmente heno que contenía un 12% de heliotropo europeo. Los animales consumieron el forraje durante 42 días. Las primeras muertes aparecieron después de aquel periodo de alimentación y continuaron durante las semanas siguientes. Murieron 24 animales, aproximadamente un tercio del rebaño. Las necropsias revelaron lesiones hepáticas graves y fibrosis.

El episodio también revela algo importante: las vacas consumieron la planta porque estaba mezclada con el heno. Una cosa es encontrarse un heliotropo vivo en el campo, rodeado de alternativas alimentarias, y otra recibirlo troceado y seco junto con el resto de la comida. El secado no garantiza la destrucción de sus alcaloides.

Esto nos devuelve a nuestros conejos y plantea una cuestión evolutiva. Si la toxicidad del heliotropo está tan bien documentada, ¿por qué no lo evitan todos los herbívoros? La respuesta es que la relación entre las plantas y sus consumidores depende de diferencias fisiológicas, capacidades de metabolización y comportamientos alimentarios que varían según la disponibilidad de comida y la experiencia.

De hecho, el estudio australiano de O'Dowd y Edgar proporciona un dato que impide convertir a nuestro heliotropo en una planta universalmente rechazada. En las dos localidades investigadas, las ovejas consumían H. europaeum y reducían tanto la densidad como la biomasa de sus poblaciones. Mientras que nuestras observaciones apuntan a un rechazo persistente por parte de los conejos, aquellas ovejas australianas consumían la misma especie vegetal.

Hay otro aspecto interesante. Los herbívoros no solamente consumen vegetación: modifican las relaciones competitivas entre las especies. Cuando eliminan unas plantas y respetan otras, alteran la disponibilidad de luz, agua, nutrientes y espacio. Las especies rechazadas pueden beneficiarse indirectamente de la desaparición de sus competidoras, un fenómeno ecológico conocido como liberación competitiva.

Una planta que no resulta especialmente competitiva en ausencia de herbívoros puede adquirir una ventaja considerable cuando estos eliminan sistemáticamente a sus vecinas. No necesita crecer más deprisa, desarrollar raíces más profundas ni producir más semillas. En determinadas circunstancias, le basta con resultar menos apetecible.

Nuestras parcelas protegidas y abiertas constituyen un escenario especialmente interesante para investigar este proceso. Cinco años de observaciones permiten reconocer un patrón persistente, aunque demostrar sus consecuencias sobre la competencia vegetal exige comparar cuantitativamente la cobertura, la abundancia y el éxito reproductivo de las distintas especies.

Durante mucho tiempo hemos interpretado las defensas vegetales a partir de sus manifestaciones más evidentes. Una espina parece un arma porque podemos verla y sentirla. Una hoja coriácea anuncia que será difícil de masticar. Las defensas químicas, en cambio, permanecen ocultas hasta que la investigación descubre su existencia o algún animal tiene la desgracia de comprobar sus efectos.

Quizá por eso me resulta tan sugerente lo que ocurre en nuestras parcelas. Los conejos, que no han leído un solo artículo de toxicología vegetal, parecen haber llegado a una conclusión práctica que nosotros hemos tardado bastante más en investigar. No sabemos todavía si reconocen el sabor de los alcaloides, si desconfían de los pelos que recubren las hojas o si alguna experiencia desagradable les ha enseñado a mantenerse alejados. Lo que sí sabemos es que el heliotropo dispone de una maquinaria química considerable y que, durante cinco años, nuestros visitantes han preferido dedicar sus esfuerzos gastronómicos a otras especies.

Tal vez la mejor manera de contemplar esta planta sea imaginar que, en medio de una pradera frecuentada por conejos, existe un pequeño restaurante que nadie visita. No tiene espinas en la puerta, carteles de advertencia ni un vigilante que impida la entrada. Su propietario se limita a ofrecer un menú que, por razones todavía pendientes de esclarecer, los clientes habituales parecen haber decidido no probar.

Y mientras los conejos devoran el jardín, el heliotropo continúa floreciendo.