Durante años estamos asistiendo
en el Real Jardín Botánico a una demostración cotidiana de lo que puede hacer
un herbívoro con un apetito formidable y escasas preocupaciones paisajísticas.
Los conejos arrasan buena parte de las herbáceas que encuentran a su paso, pero
hay una planta a la que parecen haber concedido una especie de inmunidad
diplomática: Heliotropium europaeum. Mientras otras plantas sucumben a
los incisivos de nuestros visitantes, los heliotropos permanecen intactos.
La pregunta resulta inevitable:
¿qué tiene esta humilde hierba para que los conejos la respeten? La respuesta
podría encontrarse en una sofisticada industria química que la planta mantiene
en funcionamiento sin chimeneas, trabajadores ni inspectores de sanidad.
El heliotropo europeo pertenece a
las boragináceas, una familia que incluye plantas tan conocidas como las
borrajas, las viboreras y los nomeolvides. Es una herbácea anual, de aspecto
grisáceo, cubierta de pelos y con pequeñas flores blancas dispuestas en
inflorescencias que se curvan sobre sí mismas. Estas estructuras reciben el
nombre de cimas escorpioides porque recuerdan a la cola de un escorpión. El
parecido resulta particularmente oportuno: aunque nuestro heliotropo carece de
aguijón, parece haber encontrado otra manera de defenderse.
Su nombre procede del griego helios,
sol, y tropos, giro. Los antiguos atribuían a los heliotropos la
capacidad de orientar sus flores siguiendo el movimiento del Sol. Nuestra
protagonista crece en terrenos removidos, barbechos y márgenes de caminos.
Tiene el aspecto de esas hierbas que los jardineros arrancan sin preguntarles
el nombre. Pero su modestia exterior oculta un arsenal químico capaz de
provocar lesiones gravísimas en los animales que la consumen.
Para comprenderlo debemos
familiarizarnos con unas sustancias que tienen un nombre poco apropiado para
una conversación de sobremesa: los alcaloides pirrolizidínicos. Son compuestos
nitrogenados producidos por determinadas plantas, entre ellas numerosas boragináceas.
Algunos pueden provocar lesiones hepáticas, alterar el ADN y favorecer la
aparición de tumores. El heliotropo europeo fabrica varios de los más
preocupantes.
Entre sus productos destacan la
heliotrina, la europina y la lasiocarpina. Sus nombres podrían corresponder a
tres hermanas de una novela rusa, pero designan sustancias que ningún
veterinario desearía encontrar en el pienso de sus pacientes. Un estudio publicado en 2015
identificó treinta alcaloides pirrolizidínicos y derivados en ejemplares de
esta especie y en forraje contaminado con ella. Los compuestos de los tipos
heliotrina y lasiocarpina representaban aproximadamente el 80 % y el 18 % del
contenido total, respectivamente.
Lo extraordinario es que el
heliotropo no fabrica estas sustancias en cantidades testimoniales. En 1989,
los ecólogos Dennis O'Dowd y John Edgar estudiaron dos poblaciones
australianas y descubrieron que las plántulas podían acumular alcaloides en
concentraciones superiores al 2,2% de su peso seco. Cuando las plantas se
aproximaban al final de su ciclo vital, las concentraciones descendían por
debajo del 0,5 %. Más del 95 % de los alcaloides se encontraba, por término
medio, en forma de N-óxidos.
Es una inversión metabólica
considerable. Las plantas no disponen de energía ilimitada y cada molécula que
sintetizan requiere recursos que podrían haberse empleado en fabricar hojas,
raíces o semillas. La defensa frente a los herbívoros constituye una explicación
plausible para semejante despliegue químico.
Las plantas llevan cientos de
millones de años enfrentándose al inconveniente de ser comestibles. Algunas
desarrollaron espinas, otras endurecieron sus tejidos y muchas aprendieron a
fabricar sustancias que interfieren con la digestión, resultan desagradables o
intoxican a sus consumidores. El heliotropo pertenece a este último grupo,
aunque todavía no podemos asegurar que sus alcaloides sean los responsables
concretos de la conducta que observamos en nuestros conejos.
Y aquí aparece una complicación
fascinante. La toxicidad de una sustancia no equivale necesariamente a su
capacidad para disuadir a un animal. Un veneno que actúa varios días después de
la ingestión puede resultar formidable para matar a un herbívoro, pero bastante
mediocre para convencerlo de que no dé el primer mordisco. Para conseguir esto
último necesita producir alguna señal inmediata, como un sabor desagradable, o
que el animal aprenda a relacionar el consumo de la planta con sus
consecuencias.
Nuestros conejos podrían estar
respondiendo al sabor de los alcaloides, a otras sustancias presentes en las
hojas o incluso a su textura pilosa. También podrían haber aprendido a evitar
la planta. La observación demuestra un rechazo aparente, pero todavía no
permite identificar el mecanismo que lo produce. En ciencia conviene desconfiar
de las explicaciones demasiado elegantes, especialmente cuando parecen escritas
por las propias plantas.
El asunto se vuelve todavía más
interesante cuando descubrimos que estos alcaloides no siempre son directamente
responsables del daño que ocasionan. Muchos necesitan pasar por el hígado,
donde determinadas enzimas del sistema citocromo P450 los convierten en
metabolitos mucho más reactivos. Es uno de esos casos en los que nuestro
organismo, intentando librarnos de un problema, termina agravándolo.
Estos metabolitos pueden unirse a
proteínas y al ADN, provocar lesiones celulares y alterar el funcionamiento de
los pequeños vasos sanguíneos hepáticos. Las intoxicaciones crónicas pueden
producir fibrosis y daños irreversibles. Lo más inquietante es que algunas
lesiones moleculares persisten mucho después de que el animal haya dejado de
ingerir la planta.
No estamos hablando de una
posibilidad meramente teórica. En 2014, un rebaño de 73 bovinos de la región
israelí de Galilea recibió accidentalmente heno que contenía un 12% de
heliotropo europeo. Los animales consumieron el forraje durante 42 días. Las
primeras muertes aparecieron después de aquel periodo de alimentación y
continuaron durante las semanas siguientes. Murieron 24 animales,
aproximadamente un tercio del rebaño. Las necropsias revelaron
lesiones hepáticas graves y fibrosis.
El episodio también revela algo
importante: las vacas consumieron la planta porque estaba mezclada con el heno.
Una cosa es encontrarse un heliotropo vivo en el campo, rodeado de alternativas
alimentarias, y otra recibirlo troceado y seco junto con el resto de la comida.
El secado no garantiza la destrucción de sus alcaloides.
Esto nos devuelve a nuestros
conejos y plantea una cuestión evolutiva. Si la toxicidad del heliotropo está
tan bien documentada, ¿por qué no lo evitan todos los herbívoros? La respuesta
es que la relación entre las plantas y sus consumidores depende de diferencias
fisiológicas, capacidades de metabolización y comportamientos alimentarios que
varían según la disponibilidad de comida y la experiencia.
De hecho, el estudio australiano
de O'Dowd y Edgar proporciona un dato que impide convertir a nuestro heliotropo
en una planta universalmente rechazada. En las dos localidades investigadas,
las ovejas consumían H. europaeum y reducían tanto la densidad como la
biomasa de sus poblaciones. Mientras que nuestras observaciones apuntan a un
rechazo persistente por parte de los conejos, aquellas ovejas australianas
consumían la misma especie vegetal.
Hay otro aspecto interesante. Los
herbívoros no solamente consumen vegetación: modifican las relaciones
competitivas entre las especies. Cuando eliminan unas plantas y respetan otras,
alteran la disponibilidad de luz, agua, nutrientes y espacio. Las especies
rechazadas pueden beneficiarse indirectamente de la desaparición de sus
competidoras, un fenómeno ecológico conocido como liberación competitiva.
Una planta que no resulta
especialmente competitiva en ausencia de herbívoros puede adquirir una ventaja
considerable cuando estos eliminan sistemáticamente a sus vecinas. No necesita
crecer más deprisa, desarrollar raíces más profundas ni producir más semillas.
En determinadas circunstancias, le basta con resultar menos apetecible.
Nuestras parcelas protegidas y
abiertas constituyen un escenario especialmente interesante para investigar
este proceso. Cinco años de observaciones permiten reconocer un patrón
persistente, aunque demostrar sus consecuencias sobre la competencia vegetal
exige comparar cuantitativamente la cobertura, la abundancia y el éxito
reproductivo de las distintas especies.
Durante mucho tiempo hemos
interpretado las defensas vegetales a partir de sus manifestaciones más
evidentes. Una espina parece un arma porque podemos verla y sentirla. Una hoja
coriácea anuncia que será difícil de masticar. Las defensas químicas, en cambio,
permanecen ocultas hasta que la investigación descubre su existencia o algún
animal tiene la desgracia de comprobar sus efectos.
Quizá por eso me resulta tan
sugerente lo que ocurre en nuestras parcelas. Los conejos, que no han leído un
solo artículo de toxicología vegetal, parecen haber llegado a una conclusión
práctica que nosotros hemos tardado bastante más en investigar. No sabemos
todavía si reconocen el sabor de los alcaloides, si desconfían de los pelos que
recubren las hojas o si alguna experiencia desagradable les ha enseñado a
mantenerse alejados. Lo que sí sabemos es que el heliotropo dispone de una
maquinaria química considerable y que, durante cinco años, nuestros visitantes
han preferido dedicar sus esfuerzos gastronómicos a otras especies.
Tal vez la mejor manera de
contemplar esta planta sea imaginar que, en medio de una pradera frecuentada
por conejos, existe un pequeño restaurante que nadie visita. No tiene espinas
en la puerta, carteles de advertencia ni un vigilante que impida la entrada. Su
propietario se limita a ofrecer un menú que, por razones todavía pendientes de
esclarecer, los clientes habituales parecen haber decidido no probar.
Y mientras los conejos devoran el
jardín, el heliotropo continúa floreciendo.