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sábado, 26 de julio de 2025

ARSÉNICO POR COMPASIÓN: TRES LUSTROS DESPUÉS

 

La investigadora Felisa Wolfe-Simon trabajando en Mono Lake. Foto.

Desde las minúsculas bacterias a las gigantescas ballenas o a los majestuosos secuoyas, todos los organismos vivos dependen de la combinación molecular de seis elementos: oxígeno, carbono, hidrógeno, nitrógeno, fósforo y azufre. Se requieren otros elementos necesarios para la vida, por ejemplo, el hierro para formar la hemoglobina, pero los seis primeros son los constituyentes mayoritarios que requieren todos los seres vivos.

Hace ahora quince años

En un artículo publicado en Science hace ahora justamente quince años (del que me ocupé poco después en este mismo blog con un post, Arsénico por compasión, cuyo título me pareció sugestivo), un equipo de doce investigadores del Instituto Astrobiológico de la NASA y del Servicio Geológico de Estados Unidos encabezado por la doctora Wolfe-Simon, planteó una posible excepción a ese paradigma bioquímico que parecía inamovible.

La excepción consistía en un linaje bacteriano que el grupo había logrado cultivar en laboratorio reemplazando en sus biomoléculas el fósforo por arsénico, un compuesto capaz de aniquilar a cualquier otro organismo conocido. La principal implicación de aquel hallazgo consistía en recordarnos que la vida tal y como la conocemos puede ser mucho más flexible de lo que pensamos o imaginamos normalmente.

La hipótesis de partida del equipo era que como ambos metaloides tienen unas características químicas similares (son vecinos en la tabla periódica), el arsénico podría haber sido un sustituto del fósforo en organismos primitivos como las bacterias. El fósforo, en forma de diferentes fosfatos, es un elemento fundamental tanto en las cadenas de ADN y ARN, como en dos moléculas, el ATP y el NAD, que son claves para la transferencia energética celular.

El problema para confirmar tal hipótesis era que el arsénico resulta tóxico para todos los seres vivos precisamente porque las células intentan sustituirlo por el fósforo en sus actividades metabólicas. Un problema añadido para la hipótesis era que a pesar de que los arseniatos son muy similares en su comportamiento químico a los fosfatos, también son mucho más inestables en el agua, por lo que ninguna célula sería capaz de obtenerlos del medio.

Paisaje de Mono Lake. Foto de Luis Monje ©

Para probar su hipótesis, el equipo de Wolfe-Simon colectó lodos de Mono Lake, un lago del desierto californiano de la Gran Cuenca, cuyas aguas son muy ricas en sales, entre ellas arseniatos (los cinéfilos pueden empaparse del lago en el western Infierno de cobardes, dirigido y protagonizado por Clint Eastwood, un largometraje rodado íntegramente en Mono Lake). Tras obtener los microorganismos a partir del lodo, los científicos los hicieron crecer en laboratorio incrementando las concentraciones de arseniato sin añadir fosfatos, una adición ⎼la de estos últimos⎼ que es obligada cuando se desea cultivar microorganismos en laboratorio.

La técnica consistió en trasplantar sucesivamente los microorganismos a medios cada vez más empobrecidos en fósforo hasta hacerlo desaparecer por completo. En esas condiciones, cualquier organismo que quisiera formar material genético o cualquier otra biomolécula debería utilizar arseniatos para sobrevivir… si es que eran capaces de hacerlo.

Cuando la concentración de fósforo era nula, surgió la sorpresa: bajo el microscopio los investigadores detectaron los veloces movimientos de la cepa bacteriana GFAJ-1. Tras comprobar que no existían contaminaciones externas de fósforo, el equipo inició una serie de sofisticados análisis para comprobar si el arsénico había sido utilizado por la cepa bacteriana. Los resultados confirmaron la hipótesis: el arsénico aparecía en fragmentos de proteínas, grasas y ácidos orgánicos bacterianos. Y lo hacía en forma de arseniatos como sustitutos de los fosfatos en los típicos enlaces químicos con los átomos de carbono y oxígeno. Aparentemente, para la cepa GFAJ-1 el letal arsénico se había transformado en vital. Una conclusión tan bonita como precipitada.

Para el equipo, el experimento confirmaba que se había aislado una bacteria que utilizaba el arsénico para vivir. El artículo no sostenía en ningún momento que la cepa bacteriana utilizara de forma natural el arsénico. Los lodos salinos de Mono Lake contienen tanto fósforo como arsénico y, de hecho, los cultivos bacterianos crecen mejor cuando se les añade fósforo.

Lo interesante era que si la cepa GFAJ-1 podía crecer en ausencia de fósforo, otros organismos terrestres podrían hacerlo también de forma natural y, aún más, que organismos similares podrían haber prosperado en las aguas hidrotermales ricas en arsénico que conformaron los mares de la Tierra primitiva hace 3.500 millones de años. El sueño dieciocho veces centenario del sofista epicúreo y cínico Luciano de Samósata podía ser una realidad.

Los microorganismos de Mono Lake aguantan todo

Las bacterias de Mono Lake son organismos extremófilos, es decir, capaces de desenvolverse en condiciones naturales extremas de altísimas o bajísimas temperaturas, acidez o salinidad. Aunque el artículo de Wolfe-Simon y colegas no contenía ni una sola alusión a la vida extraterrestre, los extremófilos interesan a los investigadores que especulan para buscar formas de vida extraterrestre: si en la Tierra hay organismos capaces de vivir en entornos poco comunes y difíciles, se amplían las posibilidades de que exista o haya existido la vida en otros rincones del universo, en condiciones extrañas y hostiles en las que la vida, tal y como la concebimos nosotros, nunca podría existir.

Extremófilos termófilos producen algunos de los vistosos colores de la fuente termal Grand Prismatic Spring, en Yellowstone National Park. Foto de Carsten  Steger.

Para la NASA, siempre muy dependiente del presupuesto público para proseguir sus investigaciones espaciales, la cuestión estaba muy clara: el trabajo del equipo de Wolfe-Simon sobre las bacterias adictas al arsénico ampliaba la probabilidad de encontrar vida extraterrestre y con ello las posibilidades de obtener más recursos federales.

Pero no toda la comunidad científica estaba de acuerdo, porque aun admitiendo la fiabilidad del experimento, muchos científicos argumentaban que no había pruebas concluyentes de que el arsénico encontrado en los fragmentos celulares bacterianos no fuera una acumulación en las vacuolas (una especie de vertederos donde se concentran los desechos de la actividad celular) y no una auténtica incorporación a la actividad bioquímica metabólica. Para demostrarlo concluyentemente, argumentaban, sería necesario encontrar al menos una enzima funcional con arsénico y demostrar que el ADN y otras biomoléculas siguen siendo funcionales tras incorporar los arseniatos, algo que el experimento no había logrado demostrar. Hasta ahora, tales enzimas no han podido detectarse.

Quince años después

Sea como fuese, durante unos pocos días de diciembre de 2010, el mundo fantaseó con el descubrimiento de vida extraterrestre. La NASA presentó “un descubrimiento astrobiológico” que iba a impactar en la búsqueda de vida más allá de la Tierra.

El resultado fue una de las mayores polémicas científicas de la historia reciente, una historia que el 24 de julio de 2025 incorporó un nuevo capítulo con la decisión de Science de retirar el estudio, lo que significa la mayor desacreditación que puede sufrir una publicación científica. Y es que, aunque los investigadores estadounidenses presentaron datos extraordinariamente llamativos, otros equipos no lograron replicar los resultados, algo imprescindible si se quiere mantener que el ADN puede construirse en arsénico prescindiendo del fósforo, una conclusión extraordinariamente disruptiva, que exige pruebas concluyentes. Las pruebas no fueron aportadas en el trabajo original y nunca han conseguido otros equipos que replicaron los experimentos: los grupos independientes que intentaron criar las bacterias originales bañadas en arsénico comprobaron que, efectivamente, estas bacterias extremófilas eran resistentes al compuesto, pero sin que ello supusiera que lo usasen en lugar de fósforo para construir ADN.

La polémica es un caso de libro de un trabajo experimental bien hecho, pero que llega a conclusiones incorrectas. Claramente, no hubo mala conducta, ni falta de profesionalidad por parte de los autores del artículo original; simplemente, se trató de errores en la interpretación y discusión de los datos experimentales que les llevó a conclusiones erróneas, algo habitual en ciencia.

Pero el problema en este caso es que el artículo de Wolfe-Simon y colaboradores fue anunciado solemnemente en una conferencia de prensa ampliamente publicitada por la NASA, que ahora se comprueba a todas luces hiperbólica.

Las Crónicas marcianas de Ray Bradbury narran la colonización de Marte: las esperanzas en una vida mejor de los pioneros terrícolas, el descubrimiento de vida marciana y los conflictos que se generan, la rápida desaparición de los alienígenas y la imagen final de la última familia terrestre que ve reflejada en el agua de los canales del planeta rojo el angustiado rostro de los últimos marcianos. A pesar de su ubicación en el género de la ciencia ficción, Crónicas marcianas es una incisiva y nostálgica reflexión sobre las fronteras entre la realidad y los sueños, y la capacidad creadora y destructora del ser humano.

Animados por lo que Stephen Jay Gould denominaba «fantasía provinciana» e impulsados por nuestra tendencia homocéntrica de considerar a la Tierra el centro del universo, ignorando que la magnitud de aquel es tan inconmensurable que cualquier forma de vida es posible, seguimos empeñados en elucubrar sobre las posibilidades de vida extraterrestre tomando como referencias pruebas triviales o experimentos científicos que nada tienen que ver con la épica bradburyana de la civilización marciana.

viernes, 25 de julio de 2025

BREVE RESEÑA SOBRE EL ESCARABAJO BOMBARDERO

 

Brachinus crepitans. Foto de Udo Schmidt

Para muchos organismos los venenos son un medio eficaz para evitar servir de merienda a los carnívoros. Sin embargo, fabricar venenos puede resultar costoso. Dependiendo de los compuestos involucrados, la síntesis de veneno puede requerir muchos nutrientes que podrían emplearse en otras funciones vitales. Por eso, algunos animales se han especializado en otro tipo de defensas.

Brachinus crepitans, conocido como escarabajo bombardero, domina una defensa química única. Se encuentra principalmente en Europa, especialmente en regiones cálidas y secas del sur, donde habita en zonas pedregosas, suelos arenosos y márgenes de caminos. Su cuerpo alargado, con cabeza y tórax de color rojizo, y élitros (alas endurecidas) azul oscuro o negro metálico, mide menos de un cm de largo. Es un depredador nocturno que se alimenta de otros insectos y larvas, lo que le convierte en un organismo beneficioso en el control biológico de plagas.

Un mecanismo de defensa característico

Cuando se siente amenazado, B. crepitans expulsa desde su abdomen una mezcla química caliente y gaseosa que, al reaccionar violentamente en una cámara interna, genera una pequeña explosión audible.

La reacción química se controla con precisión para evitar autodañarse. El escarabajo almacena dos sustancias químicas por separado en su abdomen: peróxido de hidrógeno (H₂O₂), es decir, agua oxigenada, e hidroquinonas. Esas sustancias se mantienen aisladas en dos compartimentos diferentes del abdomen para evitar que reaccionen prematuramente.

Al activarse la defensa cuando se siente amenazado las sustancias se liberan en una cámara de reacción interna del escarabajo. En esa cámara, cuyas paredes son resistentes al calor, se liberan dos enzimas catalizadoras (peroxidasa y catalasa) que catalizan sendas reacciones altamente exotérmicas (liberan calor) entre el peróxido y las hidroquinonas.

En la reacción química principal, catalizada por la enzima catalasa, en la que se alcanzan temperaturas cercanas a los 100 °C, el peróxido de hidrógeno se descompone en agua (H₂O) y oxígeno (O₂) de forma explosiva, porque se libera energía en forma de calor (reacción exotérmica):

2H₂O₂ (ac) → 2H₂O (l) + O₂ (g) + calor

En una reacción paralela en presencia de hidroquinona [C₆H₄(OH)₂], ocurre una oxidación:

C₆H₄(OH)₂ + O₂    C₆H₄O₂ + H₂O

Gracias a la cual la hidroquinona se oxida a p-benzoquinona (C₆H₄O₂), un compuesto tóxico e irritante. Esta reacción también es exotérmica, lo que contribuye al calentamiento del chorro expulsado.


El resultado de ambas reacciones es una explosión controlada que genera una pequeña descarga audible (de ahí el nombre crepitans) en forma de chorro pulsante de vapor caliente y quinonas por el extremo del abdomen. El chorro, que se libera en pulsos (de hasta 500 por segundo) lo que evita que el propio escarabajo se queme, puede ser dirigido con precisión hacia el depredador, lo que le sirve como defensa contra depredadores como ranas, arañas y aves, porque las quinonas son tóxicas e irritantes para piel, ojos y mucosas de otros animales.

Este mecanismo, preciso y repetible, ha sido estudiado como modelo de combustión controlada en ingeniería y para materiales que resisten altas temperaturas, que ha inspirado investigaciones para reencender turbinas de gas en aeronaves a temperaturas de hasta –50 °C. Su sistema de válvulas y cámaras internas es objeto de estudio en ingeniería química y biomimética avanzada.

domingo, 20 de julio de 2025

MBARAK MOMBÉE: UN EXPLORADOR AFRICANO AL QUE LE ROBARON HASTA EL NOMBRE

 

Secuestrado y vendido como esclavo, Mbarak Mombée fue fundamental para el éxito de las expediciones europeas más famosas del siglo XIX en África.

En la Gran Bretaña del siglo XIX, abundaban los rumores sobre la maldición del Nilo. La mayoría de los exploradores que buscaban las fuentes del gran río no solo fracasaban en su misión, sino que también sufrían finales desgraciados. James Bruce de Kinnaird, que pasó más de una docena de años en el norte y este de África y en 1770 se convirtió en el primer europeo en documentar el curso del Nilo, siguiéndolo desde Egipto a través de Sudán hasta sus orígenes en el Nilo Azul, en Etiopía, murió obeso tras caerse por unas escaleras en su casa de Kinnaird.

El extraordinario talento de Richard Francis Burton, un antropólogo que hablaba veintinueve lenguas europeas, asiáticas y africanas, fue eclipsado por su compañero de viaje, John Hanning Speke, quien finalmente se suicidó. David Livingstone, médico, explorador y misionero, desapareció mientras intentaba resolver el misterio del Nilo. Sin embargo, hubo alguien que parecía inmune a la maldición: Mbarak Mombée, un explorador que participó en muchas expediciones, murió en paz en 1885 a los sesenta y cinco años.

Se estima que Mombée, un bantú nacido en la región de Ruvuma, al sur de Tanzania, alrededor de 1820, recorrió a pie más de veinte mil kilómetros por el interior de África. Podría decirse que tuvo un mayor impacto en la cartografía del este del continente que cualquier otra persona. Su diplomacia con los jefes tribales, su conocimiento del terreno y su conocimiento de la medicina tradicional resultaron vitales para muchas de las expediciones africanas más elogiadas del siglo XIX, incluidas las que revelaron los lagos Tanganika y Victoria.

La Royal Geographical Society de Londres acabó por concederle una medalla y una pequeña pensión en reconocimiento a su trayectoria. Sin embargo, debido a los perjuicios raciales se le recuerda generalmente como un personaje secundario en las biografías de sus homólogos blancos y siempre con el nombre que le dieron quienes lo esclavizaron: Sidi Murabak Bombay.

Mientras vivía con su padre en la frontera entre la actual Tanzania y Mozambique, cuando tenía unos doce años Mombée fue secuestrado por unos comerciantes árabes; lo llevaron hasta Zanzíbar, donde lo vendieron y su nuevo propietario lo metió en un barco con destino a la India. Nunca volvió a ver a su padre ni a su pueblo. Pasarían dos largas décadas antes de que su propietario muriera y Mombée pudiera regresar a Zanzíbar, donde se alistó en el ejército del primer sultán del estado.

Fue en Zanzíbar, en 1856, donde Mombée conoció a John Hanning Speke, un explorador británico que actuaba como segundo al mando del famoso Richard Francis Burton. El dúo había recibido el encargo de identificar el nacimiento del Nilo Blanco, el santo grial de la exploración africana desde que Heródoto intentó buscarlo alrededor del 460 a. C. Contratado como guía, Mombée y Speke entablaron una buena relación en hindi.

Mombée destacó como líder entre los aproximadamente 200 africanos de la caravana. En su diario, publicado posteriormente en el primer volumen de su Narrativa personal de una peregrinación a Medina y La Meca, Burton describió a Mombée como:

un personaje muy singular, al que no le importa en lo más mínimo ni su persona, ni cómo se vestía ni qué comía; siempre contento, y haciendo el trabajo de todos antes que el propio, y de una honestidad tan ejemplar que es una maravilla única en la tierra: no haría nada malo para beneficiarse a sí mismo; para complacer a los demás no hay nada a lo que se apegue.

Al principio, Speke y Mombée se comunicaban únicamente en hindi, pero con el tiempo Mombée añadió inglés, árabe y suajili a su léxico, lo que resultó vital a la hora de negociar con los líderes tribales.

Cuando Speke y el explorador escocés James Augustus Grant se convirtieron en los primeros europeos en llegar al lago Victoria en Uganda en 1858, fue Mombée quien estaba a su lado, en lugar del enfermo Burton. Aunque no pudo demostrarlo, Speke presentía que este era, efectivamente, el origen del Nilo Blanco. Furioso por haber sido despojado de su triunfo, Burton inició en Gran Bretaña una campaña de desprestigio contra Speke y Mombée. Cuando Speke regresó solo a África tres años después, fueron él y Mombée quienes unieron fuerzas para demostrar que, efectivamente, el lago Victoria desembocaba en el Nilo.

En 1869, condujo al periodista estadounidense de origen galés Henry Morton Stanley hasta las orillas del Tanganica. Su misión, que cumplieron con éxito, era rastrear al explorador escocés David Livingstone, que llevaba cuatro años desaparecido. El diario de Livingstone y otros relatos contemporáneos dibujan alternativamente su imagen como la de un hombre que, en su búsqueda de las fuentes del Nilo cayó abatido por la enfermedad y el aislamiento en las orillas del lago Tanganica; la otra cara de la moneda es que cuando lo encontraron estaba disfrutando de la comida y las mujeres en la aldea de Nyangwe, en el flanco occidental de la actual República Democrática del Congo.

A pesar de su evidente valor para Stanley, el periodista y explorador admitió en sus memorias que insultaba y golpeaba a Bombay, un hombre de baja estatura y complexión delgada, especialmente cuando sospechaba de la insubordinación del africano, que a menudo intentaba corregir los errores del explorador.

A los cincuenta y tres años, la última expedición de Mombée fue posiblemente la más audaz: en 1873, él y Verney Lovett Cameron emprendieron lo que sería un viaje de dos años, durante el cual fueron los primeros en cruzar África ecuatorial de mar a mar, desde Zanzíbar hasta Angola.

Cabe destacar que, cuando Mombée recibió la medalla de plata de la Royal Geographical Society en 1876, no fue invitado a Gran Bretaña para recogerla. Sin embargo, su vejez fue posiblemente menos problemática que la de sus compañeros blancos. Pasó el resto de su vida haciendo lo que más amaba: viajar por África y difundir la palabra de Cristo por todo el continente.

Hoy, Mombée es aún más conocido como Sidi Mubarak Bombay. Según la Royal Geographic Society, el esclavizador de Mombée le dio el nombre de “Mubarak”. Sus otros dos nombres se refieren a su esclavitud y transporte a la India: “Sidi” se usa en la India para referirse a los descendientes de migrantes africanos, y “Bombay” habla de su educación en Bombay después de su emancipación.

Aunque fue un guía y traductor muy necesario, su nombre apenas aparece en el registro formal de los registros históricos de las expediciones europeas en África. Pero incluso si lo hubieran consignado, habría sido un nombre marcado por la esclavitud y el colonialismo.

domingo, 13 de julio de 2025

LA “CAPACOCHA” INCA: UNA CEREMONIA DE SACRIFICIO INFANTIL

 

Momia de “La Doncella”, una joven de unos 15 años encontrada en la cima del volcán Llullaillaco, a 6.739 metros sobre el nivel del mar. Foto de Johan Reinhard.

Las alturas andinas son altares de una fe silenciosa. Allí donde el frío aturde, aún vibra el calor de una creencia profunda y, quizás, la voz serena de una niña que duerme para siempre en el regazo de los dioses.

Cuando sin encontrar demasiada resistencia Francisco Pizarro y sus hombres entraron por primera vez en Cuzco el 15 de noviembre de 1533, el gentío retrocedía lentamente a medida que los españoles penetraban en el recinto de templos y palacios. Los indígenas habían sacado a las momias de sus grutas para que los recibieran. Allí estaban, bruñidas, bien vestidas. Las más venerables también eran las más ligeras, plumeros de huesos y dientes con algo de pellejo coriáceo, aunque sus atuendos eran más bellos. Pizarro las saludó. Algunos españoles lo imitaron.

Sin embargo, los españoles no perdieron el tiempo. Apenas Pizarro promulgó un pregón que proclamaba «que ningún español fuese osado de entrar en casa de naturales a tomalles nada», sus soldados entraron en todas partes. Arrasaron los palacios. No perdonaron nada. Las tumbas entregaron sus muertos con docilidad y vomitaron su grano de oro y de plata. A toda prisa lo fundieron todo. Necesitaban convertirlo en pequeños lingotes, fáciles de apilar, de transportar a lo largo del imperio. Y, durante todo ese tiempo, las gentes de Cuzco pasaban las noches cantando y bebiendo con sus muertos; pero lo hacían en vajillas cada vez más sencillas y con muertos cada vez más andrajosos. Los españoles arramblaban con las joyas, los platos, las vasijas.

Una vez completado el saqueo y distribuidos los tesoros, Pizarro quiso colocar al impostor Manco Inca como un títere sobre el trono de sus ancestros, lo que revestía gran importancia política. Para prolongar la ceremonia y reforzar una ilusión bien frágil, los indios sacaron sus momias y atravesaron la ciudad cantando, deteniéndose de pronto delante de un templo y luego reanudando el paso. Era una inmensa procesión. Algunas de las momias estaban decoradas de oro y plata; aún quedaban, pues, algunas riquezas. Los españoles interrumpieron educadamente la procesión; ordenaron bajar a los muertos de sus andas y les quitaron sus joyas.

Entonces, para dejar muy claro que se había acabado con el pasado, que la época de las momias y las plumas definitivamente se había terminado, se rebautizó la ciudad. De ahora en adelante se llamaría “La muy Noble y Gran Ciudad del Cuzco”.

Fábulas y ritos de los incas

Sin haber cumplido aún los treinta años, Cristóbal de Molina, conocido como "el Cuzqueño", pasó de su España natal a Cuzco hacia 1556. En Cuzco, donde fue un lenguaraz párroco de Nuestra Señora de los Remedios, escribió dos obras por encargo, una Historia de los incas, hoy en paradero desconocido, y una Relación de las fábulas y ritos de los incas, redactada probablemente entre 1575 y 1583. Gracias a la Relación sabemos del vínculo entre lo humano y lo divino en la cosmografía inca.

El sacrificio como vínculo con lo divino

En las cumbres heladas de los Andes, donde el aire escasea y el tiempo parece haberse detenido, yacen los cuerpos de niños que alguna vez caminaron hacia la muerte no como víctimas, sino como mensajeros. Estas momias, envueltas en tejidos ceremoniales y rodeadas de objetos sagrados, nos hablan desde el pasado de un mundo profundamente espiritual: el del Imperio Inca.

Gracias a descubrimientos impresionantes y al avance de las ciencias forenses, hoy podemos reconstruir con precisión cómo vivieron, cómo murieron y qué significaban estos niños dentro de la compleja cosmovisión incaica plasmada en el ritual del “capacocha”, una ceremonia de sacrificio humano infantil.

Momia de la "Niña del Rayo" encontrada también en la cima del volcán Llullaillaco. La momia de esta niña de 6 años mostraba signos de haber sido alcanzada por un rayo. Foto de Angelique Corthals.

El capacocha tenía una lógica profundamente religiosa. En palabras del cronista Cristóbal de Molina: «Cuando había señal de pestilencia, temblor, o muerte del Inca, se enviaban niños e niñas bien dispuestos… para que con sus vidas aplacasen la ira de los dioses». Y es que el ritual no era frecuente ni indiscriminado. Se realizaba en ocasiones excepcionales: la muerte de un emperador, una catástrofe natural, una sequía prolongada o una celebración religiosa imperial como el “Inti Raymi”. Los niños elegidos, considerados puros y perfectos, eran llevados a las montañas sagradas para cumplir su destino. Para los incas, no morían… ascendían a los cielos.

Una preparación sagrada

El proceso comenzaba mucho antes del sacrificio. Los niños eran llevados a Cuzco, el corazón del imperio, donde recibían vestimentas ceremoniales, bendiciones del Sapa Inca y comenzaban una vida ritualizada. Posteriormente, eran escoltados por sacerdotes y funcionarios hacia los santuarios más altos del imperio: las cumbres sagradas conocidas como “apus”.

Análisis de isótopos estables y restos orgánicos —realizados en momias como las del volcán Llullaillaco— muestran que los niños eran alimentados durante meses con una dieta modificada: pasaron de una alimentación rural común a una basada en maíz, carne seca y chicha (un fermentado alcohólico de maíz), alimentos reservados para los rituales. Los investigadores dirigidos por Andrew Wilson descubrieron, además, que los niveles de coca y alcohol aumentaron significativamente en los últimos meses de vida. La hipótesis más aceptada es que eran usados para sedar a los niños y facilitar una muerte sin sufrimiento.

Una muerte en silencio

Uno de los hallazgos más conmovedores fue el de “La Doncella”, una joven de entre 13 y 15 años encontrada en la cima del volcán Llullaillaco, a 6.739 metros sobre el nivel del mar. Fue descubierta en 1999 por el arqueólogo Johan Reinhard y su equipo, quienes no daban crédito a lo que veían: «Parecía dormida. Su rostro sereno, su piel intacta. Una niña congelada en el tiempo, con trenzas perfectas y mejillas sonrosadas», relató Reinhard.

Los análisis demuestran que "La Doncella" consumió grandes cantidades de coca durante su último año de vida, mientras que solo consumió alcohol durante sus últimas semanas. Foto de Johan Reinhard.

La Doncella, junto a dos niños más (La Niña del Rayo y El Niño), estaba en posición fetal, rodeada de ofrendas: estatuillas de oro, tejidos finos, vasijas con alimentos. Las condiciones extremas congelaron sus cuerpos, conservando tejidos blandos, cabello, uñas e incluso su expresión facial.

Murieron no por violencia, sino por hipotermia, posiblemente inducida tras la ingestión de sustancias sedantes. Así, su muerte fue tranquila, como parte de una ceremonia cuidadosamente orquestada para asegurar que su alma se elevara sin obstáculos al Hanan Pacha, el mundo superior.

Cosmovisión andina: más allá de la muerte

La religión inca no separaba lo terrenal de lo sagrado: todo estaba entrelazado. El sacrificio de un niño no era visto como una pérdida, sino como un acto de reciprocidad, de ayni: dar a la naturaleza y a los dioses lo mejor del mundo humano, a cambio de equilibrio, fertilidad y paz porque creían que estos niños estarían con los dioses, cuidando desde las alturas a sus comunidades.

Las montañas, como el Llullaillaco o el Ampato, no eran solo accidentes geográficos: eran entidades vivas, protectores del territorio. Alimentarlas con una vida pura era mantener vivo ese pacto sagrado entre el hombre y la tierra.

La ciencia, la memoria y el dilema ético

Gracias a estudios de ADN, análisis forenses, imágenes radiológicas y documentación histórica, hoy conocemos detalles asombrosos: desde los linajes genéticos de los niños hasta su dieta, sus enfermedades previas o su lugar de origen.

Pero estos hallazgos también plantean dilemas éticos. ¿Debe exhibirse públicamente un cuerpo que fue enterrado en un contexto sagrado? ¿Qué papel deben tener hoy las comunidades indígenas en la gestión de estos restos?

Las momias incas no son solo cuerpos. Son mensajeros del pasado, fragmentos de un universo espiritual que comprendía la vida y la muerte como partes de un mismo tejido. En un mundo que a menudo separa lo racional de lo espiritual, estas historias nos recuerdan que hubo civilizaciones donde morir podía ser un acto sagrado, donde un niño podía ser puente entre el cielo y la tierra.

jueves, 3 de julio de 2025

UN CAFECITO DE MIERDA

 

Es curioso cómo en lo profundo de los bosques asiáticos, una pequeña criatura —la civeta de las palmas Paradoxurus hermaphroditus— se convierte en la clave detrás de uno de los cafés más singulares y cotizados del mundo: el Kopi Luwak.

La civeta de las palmas común es una especie de mamífero carnívoro de la familia Viverridae (en la que se incluyen nuestras ginetas y garduñas) que se distribuye ampliamente por la India, el sur de China e Indochina. No es muy grande: su longitud total oscila entre 120 y 130 cm, de los cuales la cola representa aproximadamente la mitad.

Su peso medio es de algo más de tres kilos. El cuerpo largo y achaparrado está cubierto de un pelo hirsuto y tosco, generalmente de color grisáceo, con tonos negros en zarpas, orejas y hocico. Presenta tres filas de manchas negras en el cuerpo. Las manchas de la cara le dotan de parecido con el mapache. Su nombre científico hace referencia al hecho de que ambos sexos presentan ciertas glándulas bajo la cola que se asemejan a testículos. Esas glándulas producen una secreción nociva que la civeta puede usar como método de defensa. Sus afiladas garras le permiten trepar fácilmente a los árboles.

La civeta de las palmeras es un omnívoro nocturno. Su dieta incluye principalmente frutas como la del árbol del chicle (Manilkara zapota), el mango (Mangifera indica), y el rambután (Nephelium lappaceum). Cuando los cultivadores de café la dejan moverse a sus anchas en los cafetales, el animalito no elige cualquier grano. Se mueve entre los árboles con instinto preciso, seleccionando solo las drupas de café más maduras y perfectas.

Las drupas pasan por el tracto digestivo, cuyos jugos gástricos descomponen la pulpa de la fruta. El grano intacto sale con las deyecciones de la civeta. El cotizado café kopi luwak se elabora a partir de granos de café que atravesaron el tracto gastrointestinal de una civeta de palmera y, por lo tanto, se sometieron a una combinación de tratamiento ácido, enzimático y de fermentación.

Granos de cafe recién defecados por civetas criadas en cautividad

Durante la digestión, las enzimas digestivas y los jugos gástricos permean a través del endocarpo (hueso o grano) de las drupas de café y descomponen las proteínas almacenadas produciendo péptidos más cortos. Esto altera la composición de aminoácidos e impacta el aroma del café. En el proceso de tostado, las proteínas experimentan una reacción de Maillard no enzimática.

Se cree que la civeta de palmera selecciona las cerezas de café más maduras e impecables. Esta selección influye en el sabor del café, al igual que el proceso digestivo. Los granos comienzan a germinar mediante el malteado, lo que reduce su amargor. Cuando se realizan en la naturaleza, o en estado silvestre, se logran cosechar cerezas óptimamente maduras remover mecánica y químicamente la pulpa y la piel de la cereza, dejando principalmente el grano para tostar.

Al consumirlas, su sistema digestivo transforma los granos en algo más: un café con un sabor profundo, suave y único. Luego, estos granos son recolectados, limpiados, tostados… y se convierten en un café raro, casi sagrado para los amantes del buen sabor dispuestos a pagar más de mil euros por kilogramo cuando los granos proceden de civetas silvestres. Cuando proceden de animales criados en cautividad, el precio se reduce en una cuarta parte.

En la naturaleza, la civeta actúa como un selector divino, como si la sabiduría hubiera sido puesta en su instinto para ofrecer lo mejor.

UN ÁRBOL QUE ENGAÑA A SU POLINIZADOR IMITANDO HOJAS MUERTAS


Frutos de Meiogine heteropetala

El olor de la hojarasca en otoño es una fragancia que evoca memoria y melancolía. Cuando las hojas secas caen y se acumulan en los suelos húmedos de los bosques y parques, comienza una lenta descomposición que libera un aroma terroso, dulce y levemente ácido. Es el perfume del cambio de estación, de lo efímero. Mezcla de madera, tierra mojada y sol apagado, ese olor nos conecta con la naturaleza en su ciclo de renovación. 

Caminar sobre la hojarasca crujiente mientras se respira ese aire fresco y aromático es una experiencia sensorial profunda. No es solo un olor, sino un recuerdo táctil del paso del tiempo. Invita a la introspección, al abrigo, a la calma. El otoño, a través de su fragancia, nos recuerda que todo lo que muere también nutre, y que en cada final hay un inicio silencioso. Así huele el otoño: a transformación.

Los imitadores florales engañan a sus polinizadores desarrollando semejanzas visuales y olfativas que siguen diversos modelos. Por eso, si a nosotros nos seduce el aroma a hojas marchitas, el escarabajo australiano Loberus sharpi queda tan atrapado que hace de transportista involuntario del polen de un arbolito de las flores cuyo aroma le subyuga hasta el punto de que uno y otro están ligados por el implacable motor de la evolución.

El engaño floral es uno de los engaños más audaces de la naturaleza: lo practican muchas flores que engañan a los animales para que las visiten, no con recompensas como polen o néctar, sino con meras ilusiones. Algunas huelen a podrido; otras liberan aromas que imitan a las feromonas que atraen sexualmente a insectos a la búsqueda de pareja y así un sinfín de engaños que sería prolijo enumerar. En cada caso, el polinizador transfiere polen sin darse cuenta al caer en la trampa. Una especie, Meiogine heteropetala, ha optado por un disfraz muy original.

Esta planta del noreste de Australia es miembro de la familia de las chirimoyas (Annonaceae), una familia con la reconocida capacidad de sus flores que atraen a los escarabajos con aromas frutales o fermentados. Sin embargo, un estudio reciente revela que Meiogine heteropetala imita el aspecto y el olor de las hojas y ramitas muertas atrapadas en el dosel para engañar a los escarabajos para que lo polinicen: el primer caso documentado de tal estrategia.

El disfraz foliar de Meiogine heteropetala. Al fondo se ve una flor de la especie (flecha negra) que se asemeja a las hojas muertas (flecha blanca) situadas entre las ramas del árbol. La foto rodeada de un círculo es un primer plano de las flores de M. heteropetala. Fotos de Liu Ming-Fai y Chun-Chiu Pang.

Para descubrir este disfraz foliar, el equipo de investigación desarrolló cinco años de trabajo de campo en los bosques de Queensland, Australia. Observaron árboles en flor, tanto silvestres como en jardines, y registraron qué insectos visitaban las flores y qué hacían una vez que pululaban por las ramas. Para comprender qué hacía a las flores tan atractivas, analizaron su tamaño, color y aroma, y compararon estas características con las de hojas marchitas que permanecían atrapadas en las ramas.

Las flores, con sus pétalos marrón oscuro y su aroma a hojarasca, no son lo que uno consideraría "ostentoso" e incluso parecen penachos de hojas muertas. Sin embargo, eso no impedía que muchos invertebrados, incluyendo escarabajos, ninfas de cucarachas y arañas, las visitaran. ¿Qué tienen en común todos estos animales? Forman parte de la diversa fauna que habita en la hojarasca, lo que sugiere que estas flores se hacen pasar por hojas muertas.

Entre todos los visitantes destacó el pequeño escarabajo Loberus sharpi. No solo era lo suficientemente pequeño como para entrar en la cámara floral interna, donde se encuentran los órganos productores de polen y los óvulos, sino que también era la única especie encontrada que transportaba granos de polen. Lo que era aún más revelador, L. sharpi es un insecto especialista conocido por aparearse y poner sus huevos en la hojarasca; de hecho, los investigadores encontraron huevos de este insecto en los pétalos de Meiogine heteropetala. En conjunto, estos hallazgos proporcionan una sólida evidencia de la eficacia del engaño floral de M. heteropetala.

El escarabajo Loberus sharpi (flecha blanca) visitando una flor de Meiogine heteropetala. Foto de Liu Ming-Fai.

Sin embargo, este engaño es mucho más que un simple retoque de aspecto. Los análisis de olores demostraron que M. heteropetala produce un olor notablemente similar al de las hojas en descomposición; de hecho, el 1.8-cineol es el compuesto aromático más abundante en las flores y en la hojarasca en descomposición. Esta semejanza era tan convincente que los experimentos de laboratorio demostraron que L. sharpi es atraído por el aroma de las flores, por la hojarasca natural y por el 1,8-cineol, lo que sugiere que los escarabajos tienen dificultades para diferenciar los aromas. Si bien seguían prefiriendo el olor de la hojarasca, el parecido aromático era suficiente para engañarlos y llevarlos a las flores, asegurando así la polinización.

Como resultado, este nuevo estudio es más que una simple historia fascinante sobre una flor que engaña a los polinizadores: abre un nuevo capítulo en nuestra comprensión de las relaciones entre plantas y polinizadores al demostrar que incluso las hojas muertas pueden convertirse en un objetivo para el mimetismo evolutivo.

miércoles, 2 de julio de 2025

LAS ORUGAS SABOTEAN MOLECULARMENTE A LAS PLANTAS

Los científicos han descubierto que las orugas inyectan armas químicas en las plantas que desactivan sus defensas antes de que puedan formarse.


El sabor amargo o picante que caracteriza a algunas brasicáceas (la familia de coles, rábanos, brócolis, rúculas, coliflores, repollos y mostazas), forma parte de la defensa de las plantas contra ser devoradas; si es así, ¿cómo pueden las orugas devorar las hojas sin problemas? La respuesta está en la saliva de la oruga.

Es un problema que vale la pena investigar si se tiene en cuenta que el mercado mundial de las brasicáceas valdrá más de cuarenta mil millones de euros este año. Pero este es un mercado asediado por plagas como Spodoptera littoralis, cuya oruga devora sin problemas plantas de más de cuarenta familias. Además de eso, hay especialistas como la mariposa blanca de la col Pieris brassicae, que buscan las brasicáceas porque se han adaptado tanto a la vida en ellas que no pueden sobrevivir en otras plantas. Simplemente las comen bocado tras bocado, así que ¿qué pasa cuando muerden una brasicácea?

Spodoptera littoralis

Los botánicos creían que las plantas detectaban el daño y activaban alarmas químicas como el ácido jasmónico. Este ácido activa los genes defensivos, produciendo compuestos tóxicos y paredes celulares más resistentes para repeler al atacante. Las orugas, a su vez, tendrían sus propias defensas contra estos ataques.

Los ataques de las orugas no solo se acompañan de daños físicos. Las orugas también tienen saliva, y los botánicos han pensado que las plantas pueden detectar esta saliva para activar sus defensas más rápidamente. Pero si las plantas pueden usar la saliva de las orugas, ¿pueden las secreciones orales de las orugas contener sustancias químicas que saboteen las defensas de las plantas?

Para responder a esta pregunta, dos investigadores han hecho unos experimentos simulando picaduras de orugas en la planta Arabidopsis thaliana. No es una col ni un repollo, pero pertenece a la misma familia. Además, es una planta de genoma muy plástico y está muy bien estudiada, por lo que es más fácil rastrear qué sucede con los genes cuando se producen las mordeduras. En este caso, pudieron estudiar miles de genes a la vez.

Las picaduras que realizaron eran punciones de un milímetro similares a los agujeros causados por la mordedura de una oruga joven. Luego agregaron dos microlitros de saliva de Pieris brassicae en algunas plantas; sobre otras agregaron saliva de Spodoptera littoralis; finalmente, otro grupo de plantas recibió agua pura que actuaría de testigo con respecto a las respuestas defensivas provocadas en las plantas que recibieron saliva. Cualquier defensa adicional causada en las plantas de los dos primeros grupos tendría que haber sido causada por la saliva añadida. Tres horas después y veinticuatro horas después de las picaduras, analizaron el ARN.

Hembra (izquierda) y macho de la mariposa de la col Pieris brassicae

La prueba del ARN es fundamental. Todos los genes están codificados en el ADN, pero no tienen ningún efecto a menos que produzcan copias de ARN que viajen a los ribosomas para comenzar a construir proteínas. Es decir: no basta con que el gen esté presente en el ADN; tiene que estar "activado" para que produzca efecto. Por lo tanto, descubrir qué ARN está presente indica qué genes están realmente teniendo efecto.

Los investigadores descubrieron que el daño por sí solo afectaba a 800 genes, pero la situación cambió drásticamente cuando la planta detectó la saliva de la oruga. En ese caso se vieron afectados más de 5.000 genes, lo que amplificó las respuestas a las heridas y desencadenó respuestas al estrés. Pero entre todas estas alarmas de defensa, algo se silenció: la saliva parece inhibir la expresión de genes implicados en el fortalecimiento de la pared celular y la producción de glucosinolatos alifáticos.

Los glucosinolatos alifáticos son las defensas químicas de la planta, unos metabolitos secundarios que contienen azufre. Cuando saboreas el rábano picante o la mostaza amargos, estos compuestos intentan convencerte de que comer más es una mala idea. Los glucosinolatos alifáticos se activan por la enzima mirosinasa. Las células vegetales intactas mantienen separados estos dos componentes, pero cuando una pared celular se rompe por la picadura de una oruga, se unen para crear su carga tóxica. Al inhibir la capacidad de la planta para producir glucosinolatos alifáticos, las orugas eliminan el peligro incluso antes de que se produzca.

Otro frente de batalla fue la cicatrización de las heridas. Los investigadores descubrieron que la saliva también bloqueaba el gen FER114, el gen que ayuda a la planta a cicatrizar heridas. El efecto combinado es que, cuando las nuevas orugas empiezan a comer una hoja, esta se vuelve mucho más apetecible para todas sus hermanas, que proceden a devorarla.

El valor de esta investigación reside en que revela cuán sofisticada se ha vuelto esta carrera armamentística molecular. Durante décadas, los fitopatólogos han intentado anticiparse a las plagas reforzando las defensas de las plantas, unos intentos que acababan al comprobar que las orugas terminaban por adaptarse. Ahora sabemos por qué la batalla ha sido tan difícil. Las defensas no importan si las orugas no tienen que enfrentarse a ellas. Es claramente un enfoque que ha tenido éxito, ya que tanto las plagas especializadas como las generalistas han adoptado la misma estrategia.

Este descubrimiento abre nuevas líneas de investigación. Los científicos ahora pueden buscar en la saliva de la oruga las moléculas específicas que desactivan las defensas de las plantas, lo que podría conducir a elaborar contramedidas específicas. También se podrían buscar variedades de plantas naturalmente resistentes a este sabotaje molecular.

No ocurrirá de un día para otro, pero las soluciones acabarán por aparecer.