Vistas de página en total

domingo, 18 de noviembre de 2012

Emiliano Zapata contra todo y contra todos


Como los volcanes del altiplano, en 1910 el pueblo enfurecido resurgió de las entrañas de México.   Frente a los agravios sociales el grito fue de “Tierra y Libertad”. La respuesta política del poder no pudo ser más dolorosa: la muerte a traición. En 1914 Eulalio Gutiérrez -presidente de México elegido por la soberana Convención Revolucionaria que lo traicionó apenas unos meses después- dejó una de las frases más lapidarias de la historia nacional: "El paisaje mexicano huele a sangre". El historiador José López Portillo y Weber se sumó al lamento y escribió: "La historia de México ha sido la de doce Judas sin ningún Jesucristo". 

Ambos se referían a la terrible guerra civil abierta en 1910 y al cúmulo de contradicciones políticas y sociales que surgieron de la Revolución, un proceso repleto de infamias entre las que abundan las cometidas por próceres, héroes nacionales y padres de la patria que produjeron alianzas inconfesables, corrupción a niveles inauditos y asesinatos a mansalva por el expeditivo método del fusilamiento o por algunos más elaborados, como el cometido -se especula ahora- por medio de un lento veneno, contra Benito Juárez.

Desde Cuautla, Morelos, pequeñas camionetas amarillas -las populares “combis”- parten cada 10 minutos abarrotadas de turistas hacia Anenecuilco y Chinameca, dos pueblos en los que está escrito el principio y el fin de Emiliano Zapata (1879-1919), líder campesino del estado de Morelos y el más radical de todos los revolucionarios mexicanos, el caudillo agrarista que luchó por la devolución a los labradores indígenas de las tierras que les habían robado durante la dictadura de Porfirio Díaz. El movimiento zapatista se enfrentó tanto a los partidarios del porfiriato como a los liberales burgueses que se apropiaron más tarde de la Revolución que derrocó a Díaz, finalizada la cual se propusieron extirpar las reivindicaciones sociales que habían movido a los campesinos desahuciados. 

San Miguel de Anenecuilco, seis kilómetros al sur de Cuautla, situada en las laderas achaparradas que descuellan sobre el río Ayala, era el siglo pasado una aldea desolada y pobre de menos de cuatrocientos habitantes que vivían en casas de adobe dispersas en un yermo duro y reseco como pellejo de vaca. En la parte más opuesta a la entrada del pueblo, según se llega por el camino de Cuautla, está lo que queda de la casita de adobe donde nació Zapata, hoy cobijada en una Casa Museo en cuyo costado norte un mural de Rodríguez Navarro muestra a Zapata estallando con la fuerza de un volcán en el centro de la historia de México, rompiendo las cadenas que ataban a sus compatriotas. En el interior se expone una excelente colección de fotografías del líder rebelde. En el rostro de este mestizo alto y delgado, de enorme bigote, destacan unos ojos negros y brillantes como la obsidiana, y una mirada apacible pero al mismo tiempo aguda y penetrante, que parece reflejar la personalidad de un hombre escéptico y tenaz, de férreas convicciones y principios, de un líder rebelde temerariamente desconfiado que, paradójicamente, sucumbió confiadamente. 

Huérfano a los 16 años, Zapata heredó de su humilde familia un valor sin ambiciones y una empecinada integridad. Después de trabajar en la hacienda de Ignacio de la Torre (yerno de Porfirio Díaz), Zapata regresó indignado a Anenecuilco después de constatar que los caballos de la Ciudad de México vivían mejor que los campesinos de Morelos. Comenzada la Revolución, Zapata se lanzó a la lucha con objeto de recuperar las tierras que originalmente fueron propiedad de los indígenas como él. Proclamado jefe del Ejército Libertador del Sur, en noviembre de 1911 difundió su Plan de Ayala, que exigía la entrega de todas las tierras a los campesinos. 

Las tropas de Zapata ganaron numerosas batallas contra las tropas porfiristas que fueron fundamentales para el triunfo de la Revolución. Finalizada la contienda, Venustiano Carranza, líder de los constitucionalistas triunfantes, impaciente por consolidar un Gobierno liberal y burgués, le invitó a integrarse en el poder y a olvidar las reivindicaciones agraristas. «Como no soy político –respondió Zapata- no entiendo de esos triunfos a medias, gracias a los cuales los derrotados son los que ganan [...] Estoy resuelto a luchar contra todo y contra todos sin más baluarte que la confianza, el cariño y el apoyo de mi pueblo». 

Las negociaciones entre Carranza y Zapata llevaron a posiciones irreductibles. Zapata insistía en que cualquier acuerdo debía asumir el reparto de tierras sin retrasos ni condiciones. Carranza se oponía a toda discusión en torno al reparto de tierras e insistía en el sometimiento del Ejército del Sur a las fuerzas federales. Quien se opusiera a los designios presidenciales sería ejecutado. Se oponían los dos líderes campesinos: Pancho Villa en el norte, en las frías tierras de Durango y Chihuahua, y Emiliano Zapata, en las tierras calientes de Morelos.

El ejército constitucionalista comenzó la campaña contra sus antiguos aliados a los que ahora consideraba unos forajidos iluminados sin la menor idea de lo que convenía a la Revolución. En abril de 1915 el general Obregón venció a Villa en El Bajío y el general Pablo González inició la campaña contra Zapata, que se replegó a Morelos cada vez con menos fuerzas militares pero con el respaldo rural. 

A finales de 1918 González lanzó una nueva campaña en la que contó con un aliado inesperado y feroz: una epidemia de gripe que causó estragos en el territorio zapatista. La población, debilitada por la guerra, los desplazamientos y la mala alimentación, fue rematada por la enfermedad. La muerte causó un despoblamiento atroz. Una cuarta parte de la población falleció. En los primeros meses de 1919 todas las ciudades de Morelos estaban ocupadas por las tropas federales. Merced a la retirada de los zapatistas a la seguridad de las montañas, las aldeas campesinas eran un retrato preciso de la soledad de los pueblos abandonados. Hastiado, Carranza decidió recurrir a la traición para acabar con el líder popular. 

Unos 20 km al sur de Anenecuilco, en el municipio de Cuautla, se encuentra la antigua hacienda azucarera de San Juan Chinameca, que se distingue por su inconfundible chimenea de ladrillo con la inscripción “Tierra y Libertad”. En el antiguo portón del viejo trapiche, donde se yergue una escultura del Caudillo del Sur a lomos de un caballo rampante, Zapata cayó en una trampa fatal el 10 de abril de 1919. 

El coronel Jesús Guajardo, que cumplía órdenes directas del presidente Carranza, después de simular algunos ataques contra sus propias tropas en los que murieron varios carrancistas, ofreció a Zapata desertar con su regimiento, integrarse entre los zapatistas y entregar veinte mil cartuchos a los rebeldes. Para cerrar el acuerdo, Guajardo concertó una entrevista personal en Chinameca. A las dos de la tarde, Zapata entró a caballo en la hacienda acompañado de una pequeña escolta. La guardia estaba formada para presentar honores, pero en cuanto cruzó el portón, el clarín tocó tres veces la llamada de honor y de inmediato, a quemarropa los fusileros se volvieron contra él y le acribillaron a balazos. Zapata cayó del caballo suplicando por dentro, pero sin decir una sola palabra. Como Pedro Páramo, dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como un montón de piedras. 

Cuatro años después, el 20 de julio de 1923, el Centauro del Norte, José Doroteo Arango Arámbula, alias Pancho Villa, el carismático jefe de la legendaria División del Norte, murió asesinado en una emboscada en Hidalgo del Parral, Chihuahua. Los dos revolucionarios, hijos de la miseria, pero no del desaliento, murieron víctimas de una revolución traicionada. 





jueves, 15 de noviembre de 2012

¡Eppur si muove!: Lynn Margulis, in memoriam


Por fin, después de quince intentos fracasados para publicar sus trabajos sobre evolución celular, la joven bióloga Lynn Margulis (1938-2001) consiguió que en 1967 la revista Journal of Theoretical Biology publicara su artículo Origin of Mitosing Cells, en el que esbozaba por primera vez su teoría de la endosimbiosis seriada. El artículo pasó desapercibido para la ciencia oficial, pero Margulis continuó trabajando en su teoría sobre el origen de las células eucariotas hasta que aquel primer artículo adquirió las dimensiones de un libro -Origin of Eukaryotic Cells- que, tras más de un año de intentos, fue publicado por Yale University Press en 1970. 

El libro arrojaba nueva luz sobre la teoría de la evolución formulada por Darwin en El origen de las especies (1859), que, con el paso del tiempo, se había transformado en la doctrina oficial de la Biología evolutiva de la segunda mitad del siglo XX. Pero el éxito había conducido al reduccionismo y la lucha por la existencia como motor de la selección natural había acabado por ofrecer una visión simplista que reducía la evolución a una ensangrentada carrera de dientes y garras que algunos, más papistas que el papa, habían extendido a campos ajenos a las relaciones biológicas. Se había impuesto la versión dura del proceso evolutivo derivado de la competencia incesante e inacabable que el paleontólogo Van Halen había denominado la “hipótesis de la Reina Roja”, en referencia al personaje de Lewis Carroll que tenía que correr siempre para permanecer en el mismo sitio. La lección estaba clara: quien dejaba de correr, de competir, se quedaba atrás y, en la naturaleza, era una estirpe condenada a la extinción.

Las ideas evolucionistas fueron un excelente sustrato para el pensamiento político conservador. El gran Ernst Haeckel, biólogo y filósofo alemán, popularizó el trabajo de Charles Darwin en Alemania, pero se le fue la mano al sostener que las razas “primitivas” estaban en su infancia y precisaban de la supervisión y protección de sociedades más maduras, de lo que extrapoló una nueva filosofía, que denominó monismo que cautivó a los imperialistas. Como muestra, un párrafo seleccionado de su Morfología general de los organismos (1866): «La teoría de la selección nos enseña que en la vida humana, tal como en la vida animal y vegetal, en cada lugar y tiempo sólo la pequeña minoría privilegiada puede seguir existiendo y floreciendo; la gran masa debe padecer inanición y perecer más o menos prematuramente en la miseria». Haeckel, un progresista en su época, cerraba el párrafo sentenciando: «Podemos lamentar profundamente este dato trágico, pero no podemos negarlo ni alterarlo». Sus obras sirvieron de coartada científica para el racismo, el nacionalismo y el darwinismo social, y fundamentaron las teorías racistas del nazismo. 

El darwinismo social corrió como la pólvora entre los hombres de negocios norteamericanos, que tuvieron su particular gurú en Herbert Spencer, un naturalista, filósofo, psicólogo y sociólogo británico, a quien le ocurría lo que a los hombres que detestaba Holofernes en Trabajos de amor perdidos, que «devanaba el hilo de su verbosidad más finamente que la hebra de su argumentación». La sociedad era para Spencer un organismo que evolucionaba hacia formas más complejas conforme al principio de la supervivencia del más fuerte tanto a escala individual como social. Nada, incluidas las tendencias humanitarias, debía interferir con las leyes naturales, que implicaban que el más apto era quien debía sobrevivir y los demás perecer. Spencer detestaba radicalmente todas las manifestaciones de socialismo como la educación pública generalizada u obligatoria, las bibliotecas públicas, los sindicatos, los hospitales benéficos y, en general, toda legislación o proyecto social. Hoy, los neoliberales le hubieran erigido una estatua en pleno barrio de Salamanca.

En un universo científico dominado por el neodarwinismo, Margulis reivindicó un mundo de cooperación en el que el motor de la evolución no era sólo la competencia sino, más acusadamente, la colaboración. Contempló la evolución como una competencia en la que los organismos que llegaban más lejos no eran los que luchaban contra otros y usaban trampas y engaños sino los que cooperaban para un fin común. Propuso la simbiogénesis como el mecanismo evolutivo gracias al cual se podrían originar nuevas especies: dos organismos que han evolucionado por separado se asocian en un determinado momento; si su asociación resulta beneficiosa en el medio en el que viven, acabarán siendo un único organismo. Los postulados de Margulis encajaban perfectamente en la teoría darwinista de la evolución: los organismos aparecidos por simbiosis serían variedades mejor adaptadas que superan la selección natural. Aportando un arsenal de argumentos, tal y como había hecho Darwin un siglo antes, Margulis mostró la cara amable de la evolución, la de un mundo que ha progresado gracias al altruismo y a la cooperación.

Margulis era de ese linaje de científicos como Galileo, Copérnico, Newton o Einstein capaces de mezclar ciencias y humanidades. Su obra está impregnada de reflexiones que uno puede leer en Mutual aid (El apoyo mutuo; 1902), la obra más representativa de la personalidad intelectual de Piotr Kropotkin (1842-1921), en la que se encuentran expresados por igual el hombre de ciencia y el pensador anarquista; el biólogo y el filósofo social; el historiador y el ideólogo; una obra que constituye, además, una particular interpretación del evolucionismo darwinista al que Kropotkin consideraba la cúspide de la ciencia moderna. 

Margulis rescató también del olvido y del oprobio las hipótesis formuladas por algunos heterodoxos como el naturalista ruso Konstantin Merezhkovsky (1855-1921), un científico olvidado que fue el primer autor que propuso la entonces extravagante idea de la simbiogénesis, según la cual algunos órganos, e incluso algunos organismos, no surgían en la evolución por el gradual mecanismo de la selección natural, sino mediante asociaciones simbióticas entre una especie animal o vegetal y algún tipo de microbio. En 1883, el botánico Andreas Schimper propuso que la capacidad fotosintética de las células vegetales podía proceder de cianobacterias aún presentes en la naturaleza y con iguales capacidades. También en Francia, el biólogo Paul Portier llegó en 1918 a conclusiones parecidas sobre el origen simbiótico de las eucariotas. Portier sufrió los ataques del entonces influyente microbiólogo August Lumiére.

Ivan Wallin
Las vituperadas hipótesis de Merezhkovsky, Schimper y Portier fueron desempolvadas en la Universidad de Columbia de Nueva York por el anatomista Ivan Wallin (1883-1969), que en 1927 publicó su libro Simbiosis y el origen de las especies en el que proponía que los cloroplastos y las mitocondrias provenían de antiguas bacterias que habían establecido una relación simbiótica con otra célula huésped. Como suele ocurrir con quienes se adelantan a su tiempo, Wallin, apodado burlonamente como “Mitochondria Man” fue tachado de herético, ridiculizado con saña y tomado por orate. En 1923, cuando tenía cuarenta años, se vio forzado a abandonar Columbia y fue contratado en la modesta Universidad de Colorado en Denver, no muy lejos de la cabaña de North St. Vrain Canyon que había construido con ayuda de sus estudiantes de doctorado. Humillado, no volvería a mencionar su hipótesis ni a escribir nada sobre el asunto. 

Si Wallin hubiese vivido un año más, hubiera podido leer Origin of Eukaryotic Cells y exclamar como Galileo «¡Eppur si muove!». Habría muerto más tranquilo sabiendo que su trabajo no había sido en vano y que sus artículos, ridiculizados en su tiempo, habían servido para que Margulis ofreciera al mundo el texto sobre evolución más importante desde El origen de las especies. 

Lynn Margulis, falleció el 22 de noviembre de 2011, hace ahora un año. Permanece en nuestra memoria, el único paraíso del que no podemos ser expulsados.

lunes, 12 de noviembre de 2012

En defensa del Sistema de Público de Investigación


La Secretaría de Estado de Investigación, Desarrollo e Innovación, adscrita al Ministerio de Economía y Competitividad (MEC), ha elaborado un borrador de la nueva Estrategia Española de Ciencia y Tecnología y de Innovación (Estrategia en adelante) para los próximos ocho años. El documento supone una ruptura con lo establecido en la Ley de la Ciencia (Ley 14/2011) que indica que el Estado coordinará el Sistema Español de Ciencia, Tecnología e Innovación (SECTI) a través de dos instrumentos diferentes: uno orientado hacia la ciencia y la tecnología, que debería servir para alcanzar objetivos generales en materia de fomento de la investigación científica y técnica, y otro orientado hacia la innovación, que debería constituirse en el marco de referencia que implique a todos los agentes políticos, sociales y económicos en la consecución del objetivo común de transformar a la economía española en una economía basada en el conocimiento. Hacer lo que ahora se propone, esto es, la fusión de ambas estrategias en una, tiene implicaciones muy serias en cuanto al valor que se le otorga a la investigación científica y técnica en nuestro país.

Dado que plantea dirigir la formación de doctores en las universidades públicas, la nueva Estrategia pretende no sólo promover cambios profundos en el SECTI sino también en el educativo. La necesidad del cambio se argumenta partiendo de una evaluación del éxito de políticas anteriores que, según el informe, no han conseguido el objetivo previsto a la luz de los indicadores considerados. Se destaca en el informe que aunque se han logrado destacables méritos científicos (novena posición en la producción científica mundial), no se han conseguido unos beneficios económicos equiparables (décimo octava posición en innovación en la UE-27). Con este desfase entre investigación e innovación se justifica la adopción de medidas drásticas que pretenden vincular las actividades investigadoras a la rentabilidad económica. 


Varias de las medidas propuestas tendrán un efecto muy negativo sobre los niveles de competitividad alcanzados por la ciencia en nuestro país. En primer lugar, se propone la presencia activa de las empresas en la toma de decisiones sobre los planes de investigación y de formación investigadora, y se adopta una filosofía finalista para el desarrollo de toda la investigación. De esta forma, toda la investigación pasaría de ser dirigida a mejorar el bienestar social a serlo por el mercado y las empresas, buscando la rentabilidad de la financiación de la investigación en el sistema empresarial español. 

Asumir que el beneficio social se va a alcanzar gracias al beneficio empresarial es, cuando menos, erróneo en su planteamiento como se demuestra con observar las desigualdades cada vez más acusadas entre los beneficios de las empresas y las rentas de los trabajadores. Si son los intereses empresariales los que dirigen la política científica y la formación de los científicos (por ejemplo, de los programas de doctorado), primarán esos intereses y repercutirán negativamente en la formación científica de nuestros investigadores y en el abandono de los incentivos para la producción científica en áreas que no tengan interés económico para las empresas representadas en esos órganos de decisión. 


El documento no presta atención a que es en los parámetros englobados bajo el denominador "Actividades de Empresa" donde estamos muy por debajo de los países líderes en conseguir patentes y beneficios económicos derivados de la innovación. Por ejemplo, en lo que respecta a las inversiones en I+D+i por parte de las empresas, España ocupa la posición vigésimo cuarta en la UE-27. Pese a ello, en el borrador de la nueva Estrategia no existe ninguna medida que asegure una mayor inversión empresarial en investigación ni en formación de investigadores (universidades), pero sí abundan las medidas para incentivar la investigación en empresas a través de planes públicos que van a subvencionarla generosamente. Como de costumbre, financiación de lo privado y abandono de lo público.

Un aspecto de extrema gravedad para la ciencia española es que en la nueva Estrategia no aparece ningún incentivo para el desarrollo de la llamada "ciencia básica" (desaparece el programa conocido como "de Promoción General del Conocimiento"), entendiéndose como tal aquella que se realiza con la finalidad de ampliar el conocimiento y la comprensión del universo en todos sus niveles y de los fenómenos que ocurren en él. La consecuencia directa de la aplicación de esta política será la pérdida, por falta de financiación, de los importantes logros que la investigación básica española ha alcanzado en la última década.

Nadie en su sano juicio puede estar en contra de la investigación aplicada y dirigida a lograr una mayor competitividad de nuestras empresas, pero sí de que esto signifique la eliminación de programas de financiación relacionados con la investigación básica y de que sea exclusivamente la rentabilidad económica de las empresas y no la generación de conocimiento el objetivo de la formación de investigadores. Las universidades españolas deben mantener su función formativa en el conocimiento general asociado a las distintas disciplinas impartidas a sus alumnos y no convertirse en centros de formación profesional de personal cualificado.


La historia reciente del sistema de investigación en nuestro país muestra que las mejoras progresivas experimentadas han estado estrechamente relacionadas con la cantidad de recursos que se han destinado a financiarlo. El estancamiento y la reducción de esa financiación irremediablemente conducirán a un empeoramiento del sistema. La única manera de seguir progresando en el objetivo de mejorar nuestra posición en ciencia e innovación en el contexto internacional es seguir apostando por su desarrollo con los recursos necesarios para ello. Los países líderes en investigación e innovación son aquellos que más financiación aportan a su sistema. España ocupa el décimo lugar en la UE-27 en porcentaje del PIB destinado a I+D (1,39%), equivalente a menos de la mitad de lo que invierte por ejemplo Alemania (2,9%, datos de 2010). Si queremos acercarnos a esos países europeos en su excelencia investigadora e innovadora tenemos que apostar sin reservas por invertir en ello la financiación que requiere. España ha reducido de forma acusada la financiación anual del I+D+i hasta acumular un descenso del 19% en los últimos cuatro años. Para tener éxito, la nueva Estrategia debería empeñarse en destinar los recursos necesarios al sistema investigador y no en parchear una distribución de partidas cada vez más escasas.

El documento actual es un borrador mediante el cual el MEC manifiesta su voluntad de divulgar sus objetivos con objeto de fomentar la adopción de una Estrategia consensuada entre los diferentes agentes, públicos y privados, comprometidos en el fomento de la investigación, así como con el desarrollo en innovación de las ciencias y las tecnologías. Como agentes ejecutores en el sistema español de ciencia y tecnología (así nos define la actual Ley de la Ciencia), los firmantes de este escrito, todos investigadores en activo en universidades y organismos públicos de investigación, manifestamos la necesidad de incluir de nuevo los programas de investigación básica en la Estrategia 2013-2020 y de excluir a las empresas de los equipos responsables del diseño de los planes de investigación públicos y los de formación de investigadores en las universidades públicas. 


Las mejoras de nuestro sistema dependen de la adopción de políticas tendentes a lograr niveles de inversión en I+D+i estables e independientes de ciclos políticos y económicos. El Consejo Europeo estableció en su estrategia de Lisboa el objetivo de conseguir que se invierta en investigación un 3% del PIB. España no llega ni a la mitad de ese porcentaje. Ese es el objetivo que el Gobierno español debería perseguir aumentando la inversión pública.

Rajoy y sus asesores iletrados



El Gobierno de Mariano Rajoy mantiene en cartera 842 asesores y cargos de confianza. A cargo de la Presidencia del Gobierno hay 245 personas nombradas a dedo de los cuales 68 asesores no tienen ni siquiera el Graduado Escolar.
Los Presupuestos Generales del Estado para 2013, aprobados a finales de septiembre, constatan que Rajoy sigue incumpliendo otra de sus promesas electorales: la reducción de altos cargos. Por el contrario, aumentan. Las estructuras del Estado contarán para el año que viene con 455 altos cargos, uno más de los que hay ahora, 454. Aunque el aumento es mínimo, solo de un 0,2%, deja en evidencia las críticas que hacía el PP cuando estaba en la oposición y proclamaba que el "número de altos cargos se había salido de madre". En agosto de 2011, la secretaria general del PP, María Dolores de Cospedal, fue más allá y aseguró que Zapatero tenía más de 500 asesores, cuyo coste era de 550 millones de euros en toda la legislatura. Los datos eran incorrectos. El Ejecutivo socialista salió al paso de estas acusaciones y cifró en 55 el número de asesores del expresidente, de los que "el 60% eran funcionarios".
Los datos demuestran que el Ejecutivo popular no ha hecho lo que prometió: "reducirlos a la mitad"; y lo que más tarde llevó el PP al debate del Estado de la nación en junio de 2011, una reducción del 25%. Nada de eso. El presidente del Gobierno mantendrá el año que viene, según los Presupuestos, el mismo número de asesores y personal eventual que este año: 245. Rajoy ya amplió este capítulo en los primeros Presupuestos que aprobó, los de 2012. Ahí pasó de 56 asesores personales a los 82 que sigue teniendo ahora, que son 27 más de los que tenía el malvado ZP. En total, las nóminas de los asesores del Gobierno Rajoy cuestan unos 23 millones de euros.
¿Qué asesoramiento puede dar una persona sobre economía, política exterior, relaciones institucionales, comunicación o cualquiera de alguno de los frentes abiertos para un cargo del Presidente del Gobierno cuando no alcanza ni siquiera el mínimo de educación obligatoria marcado en este país?
Un título, una formación una preparación académica no garantiza absolutamente nada, pero debería ser al menos condición necesaria pero no suficiente para ostentar cargos que al fin y al cabo dirimen sobre las políticas que rigen en un país. El asesoramiento a nivel barra de bar está muy bien para eso, para la discusión en el bar, pero no para tomar decisiones que trascienden al BOE y que repercuten en todos nosotros. El Presidente del Gobierno debería explicar estos 68 cargos, sus funciones, sus méritos y los consejos e informes que le preparan, porque queda claro, que así, no estamos en buenas manos.

martes, 6 de noviembre de 2012

Thomas Jefferson vs. Aaron Burr. Y si empatan, ¿qué?



Cuando escribo este artículo, la tarde del seis de noviembre, todo indica que la elección del presidente de los Estados Unidos se dilucidará por un margen muy estrecho, apenas por un puñado de votos. Pero, ¿qué ocurriría si Barack Obama y Mitt Romney obtuvieran finalmente el mismo número de votos electorales? Aunque es difícil, tal posibilidad no es en absoluto descartable y pondría al país en la tesitura de resolver un empate para la elección presidencial que tiene un sólo antecedente en la historia estadounidense.

El Tratado de París de 1783 puso fin la guerra que en 1775 habían iniciado las trece colonias británicas originales en América del Norte contra el Reino de Gran Bretaña. El Tratado reconocía la independencia de Estados Unidos. Cincuenta y cinco representantes de las colonias se reunieron en Filadelfia en 1787 con el fin de redactar una Constitución. Se instituyó un único Gobierno federal, con un presidente de la República y un Congreso legislativo bicameral (Cámara de Representantes y Senado), cuya estructura básica continúa funcionando en la actualidad. 

Que el nuevo presidente de la recién estrenada República iba a ser el general George Washington estaba fuera de toda duda, pero el método para elegirlo fue todo un encaje de bolillos. Entre los delegados coloniales los había presidencialistas, que abogaban por la elección popular, para que hubiera un presidente fuerte e independiente del Congreso. Otros, desconfiando del pueblo y recelando de un ejecutivo fuerte, querían que fuese nombrado por el Congreso. Finalmente se decidió que votaría el pueblo, pero sólo para elegir electores. Estos electores luego elegirían al presidente. De esta manera, la influencia del pueblo tendría peso, pero el voto final reposaría en el juicio de los electores, quienes, se suponía, serían más sabios que la población en general. Se constituyó así el Colegio Electoral que ha existido desde entonces como parte del sistema político americano y que tanto despista al resto del mundo.

En 1788 el Congreso constituyente dispuso la elección del primer presidente de los Estados Unidos según la Constitución y fijó su mandato en cuatro años a partir del 4 de marzo de 1789. Los sesenta y nueve electores se reunieron el 4 de febrero de 1789. De acuerdo con la Constitución, cada uno debía votar por dos hombres. El que obtuviera más votos sería presidente,  y el segundo vicepresidente. Washington fue elegido presidente por unanimidad, mientras que treinta y cuatro de los electores votaron también por John Adams. Puesto que ningún otro obtuvo tantos votos, Adams se convirtió en el primer vicepresidente de los Estados Unidos. Desde el inicio, el Gabinete de Washington estuvo dividido en dos facciones que con el paso del tiempo evolucionaron a los dos primeros grandes partidos estadounidenses; los federalistas, liderados por Alexander Hamilton, y los demócratas-republicanos, cuyo líder indiscutible era Thomas Jefferson.

Cuando, en septiembre de 1796, Washington decidió no volverse a presentar como candidato a un tercer período presidencial, federalistas y jeffersonianos se aprestaron para la batalla electoral.  Thomas Jefferson y Aaron Burr se presentaron para presidente y vicepresidente, respectivamente, en nombre de los republicanos, mientras que John Adams y Thomas Pinckney hacían lo propio por los federalistas. El margen de la victoria federalista fue insignificante: Adams obtuvo 71 votos electorales y Jefferson 68. Como Jefferson obtuvo más votos que Pinckney (59), fue nombrado vicepresidente.

Además de su ajustada elección, Adams partía de una posición de debilidad dentro de sus propias filas, dado que el candidato natural hubiera sido Hamilton, el hombre que manejaba las riendas y para el que estaba destinada la Presidencia desde el mismo momento de la redacción de la Constitución. Sin embargo, Hamilton estaba políticamente quemado, había sido acusado de irregularidades financieras y de relaciones ilícitas con mujeres. Era impensable pensar en presentarlo como candidato. Se resignó a permanecer en la sombra. Se convertiría en una sombra alargada para Adams, de quien desconfiaba porque no lo juzgaba lo suficientemente federalista y, lo que le resultaba peor, pensaba que no era lo suficientemente hamiltoniano. De hecho, durante el período electoral maniobró para que los electores se pronunciasen a favor de Pinckney y no de Adams. El tiro le salió por la culata: sus adversarios se movilizaron en contra de Pinckney, Adams ganó la Presidencia y Jefferson resultó elegido vicepresidente.

La muerte de Washington, en diciembre de 1799, simbolizó el final de la hegemonía federalista. El partido que había dirigido Washington se hallaba en una situación deplorable, dividido en facciones irreconciliables. Sin otro candidato mejor que postular para las elecciones de 1800, volvieron a nominar a Adams con Charles C. Pinckney como candidato a la vicepresidencia. Los republicanos escogieron a Jefferson y a Aaron Burr una vez más, con la esperanza de unir las dos poderosas facciones del partido: la de Virginia y la de Nueva York. La campaña fue una de las más enconadas en la historia norteamericana, y los republicanos, que ganaron los estados del Atlántico central y del sur, obtuvieron una ventaja significativa en votos electorales.

El 3 de diciembre de 1800, 138 electores se reunieron para votar. La mayoría de los electores (73), eran demócrata-republicanos, por lo que la elección de Jefferson parecía asegurada. Pero en medio del júbilo, se pasaron de frenada. Según la Constitución, el candidato que ganara mayor número de votos sería el presidente, y el que le seguía, sería el vicepresidente. Por eso, cuando todos los electores demócrata-republicanos votaron a favor de Jefferson y de Burr (73 votos para cada uno) se dispararon en el pie: crearon un empate, el único de la historia americana en la elección de un presidente.

Era un empate de facto, pero todos los electores tenían claramente la intención de votar a Jefferson para la Presidencia y a Burr para la Vicepresidencia. Pero el texto de la Constitución no hacía distinciones subjetivas. En caso de que ningún candidato obtuviese la  mayoría, la elección tenía que ser decidida «inmediatamente» en la Cámara de Representantes, donde cada estado tenía un voto.

Los demócrata-republicanos estaban en un brete y más aún cuando el taimado Burr, un maniobrero político de primera, nunca dijo que se negaría a aceptar la Presidencia (algo que Jefferson no le perdonaría nunca). Así las cosas, el empate tenía que ser resuelto por la Cámara saliente, lo que era un nuevo problema dado que, aunque los jeffersonianos tenían mayoría sobrada en la Cámara entrante, los federalistas dominaban la saliente y se mostraron muy dispuestos a votar a Burr con tal de fastidiar a sus adversarios políticos. Finalmente, se impuso la cordura gracias a Hamilton, que logró que varios federalistas votaran por Jefferson no sin antes tensar la cuerda durante treinta y cinco votaciones. Finalmente, el 17 de febrero de 1801, en la trigésimo sexta votación, se rompió el empate y Jefferson fue elegido por el voto de diez estados contra cuatro. Comenzó así la era jeffersoniana, que vería la mayor expansión territorial de Estados Unidos que bajo su presidencia se extenderían de costa a costa.

Pero eso es ya historia. ¿Qué ocurriría ahora si los dos candidatos de 2012 obtuvieran el mismo número de votos electorales? La Duodécima Enmienda, propuesta al Congreso en 1803 para evitar la indeseada jugada de 1800, establece que será la Cámara de Representantes entrante la que elija al nuevo Presidente. Como se espera que los republicanos mantengan su mayoría actual, Romney será el nuevo Presidente. En el mismo escenario de tablas, correspondería al Senado elegir al vicepresidente y como en el Senado los demócratas tienen mayoría, los senadores podrían elegir al actual vicepresidente Joe Biden. La cohabitación estaría servida. 

sábado, 27 de octubre de 2012

El viaje alucinante del teniente Blassie


Un científico inventa una fórmula que permite reducir el cuerpo humano a un tamaño microscópico durante un tiempo ilimitado. Cuando se dispone a entregarla al Pentágono, unos agentes enemigos provocan un accidente que le causa un trombo cerebral que le deja incapacitado. Las Fuerzas Disuasorias de Miniaturas Combinadas ponen en marcha un plan para operarlo. Un submarino con varios tripulantes es reducido a tamaño microscópico e inyectado en el sistema circulatorio del científico con el propósito de que los miniaturizados tripulantes deshagan el trombo in situ. Ese es el argumento de la película Viaje Alucinante, del prolífico director Richard Fleitcher.

La cinta no es precisamente memorable, salvo por un pequeño detalle: se estrenó en España cuando uno tenía catorce años, edad en la que del cuerpo escultural de Raquel Welch, embutido en un traje que ceñía estrechamente sus curvas, resultaba más que turbador. Cuando la intrépida Raquel abandona el submarino para tomar una muestra de tejido, es atacada por una legión de anticuerpos que se adhieren a su traje de buceo. En la escena siguiente, la película alcanza su clímax erótico cuando la tripulación se abalanza golosamente sobre ella para arrancar los anticuerpos que cubren su voluptuosa anatomía.

Si la jibarizada tripulación pudo hacerlo, nosotros también. No, no me refiero a abalanzarnos sobre una mujer despampanante. Hablo de introducirnos en una célula humana. Lo podemos hacer con la ayuda de un microscopio. Elijan la célula que ustedes quieran. En sus cuerpos tienen 100 billones para elegir. En realidad, para nuestros propósitos debemos descartar unos cinco billones de glóbulos rojos que, como carecen de núcleo y mitocondrias, no nos sirven para encontrar el código de la vida, el ADN.

Elijamos otra célula humana cualquiera, penetremos a través de su membrana y echemos un vistazo a su interior. Hay todo un universo de orgánulos que se mueven entre el citoesqueleto, cuyos filamentos se encargan de sostener la célula. Para nuestros propósitos basta con fijarnos en dos de esos orgánulos. La gran esfera que domina el paisaje celular es el núcleo, en cuyo interior hay una maraña de filamentos, los cromosomas: larguísimas moléculas de ADN nuclear (ADNn) y proteínas. Las formas alargadas que aparecen por todas partes son las mitocondrias, que encierran también filamentos de un ADN especial (ADNm), lo que las distingue del resto de los orgánulos celulares carentes de cromosomas.

Las características del genoma mitocondrial son muy semejantes a las del genoma nuclear, salvo en lo que se refiere a su mucho menor tamaño. El ADNm posee 16.569 pares de bases, una cantidad irrisoria comparada con los 6.000 millones de pares del ADNn. Como es pequeñito, en experimentos de ingeniería genética se manipula mucho más fácilmente que el nuclear. El ADNm se transmite directamente de las madres a su descendencia, sin que se produzcan las recombinaciones que caracterizan a la mezcla entre el ADNn procedente de los espermatozoides y el procedente de los óvulos. En ausencia de recombinación, los únicos cambios en el ADNm que se presenten en un determinado linaje se deben exclusivamente a mutaciones acumuladas a lo largo de multitud de generaciones. Sabemos que aproximadamente cada 10.000 años se produce una mutación en una de las bases del ADNm. Es decir, la diferencia entre una mujer que hubiera nacido hace 50.000 años y un descendiente directo por vía materna que viviera en la actualidad sería de cinco bases. Así las cosas, el ADNm de un hijo es, con casi absoluta seguridad, idéntico al de su madre.

El 11 de mayo de 1972 el teniente Michael Joseph Blassie empezó su particular viaje alucinante. Blassie, piloto del 8º Escuadrón de Operaciones Especiales de las Fuerzas Aéreas, pilotaba su caza-bombardero A-37 Dragonfly en una operación de castigo al Vietcong. Llevaba su avión cargado de napalm, la mortífera gasolina gelatinosa que debe ser lanzada en vuelo bajo, lo que convierte a los aviones en un blanco fácil para las baterías antiaéreas. Los disparos de una ametralladora de 22 mm abatieron el Dragonfly de Blassie que, convertido, en una bola de fuego, se estampó contra el suelo. En la hoja de servicios del joven teniente se anotó la frase “Fallecido en combate. Cuerpo no encontrado”. 

Dos meses más tarde una patrulla recogió en el cráter que había dejado el avión al estrellarse unos cuantos huesos, unos restos de un traje de piloto, una funda de pistola y poca cosa más. Los restos fueron enviados al Laboratorio de Identificación del Ejército. Los forenses militares, que por entonces solo podían identificar restos si existían huellas dactilares o fichas dentales (lo que obviamente no era el caso), hicieron poco más que archivar los restos en la morgue con la etiqueta “Desconocido. Referencia X-26”.

En 1984, el Departamento de Defensa decidió incorporar al mausoleo de los soldados desconocidos del Cementerio Nacional de Arlington algún militar caído en Vietnam. Cuando se solicitaron al laboratorio forense restos no identificados, alguien seleccionó la bolsa X-26. Los huesos fueron introducidos en un bonito féretro de caoba que, envuelto en la bandera y acompañado de una escolta militar en uniforme de gala, fue trasladado hasta el Capitolio en Washington. El túmulo funerario fue visitado por miles de curiosos antes de que el féretro fuera trasladado a Arlington, donde el 11 de julio de 1998 se celebró un solemne funeral presidido por el presidente Reagan, quien dedicó un bonito discurso al soldado desconocido antes de imponerle la Medalla del Honor del Congreso. De haberlo podido ver, Blassie hubiera estado encantado. 

Mientras que Reagan hacía su discurso, el genetista inglés Alec Jeffrey y sus colaboradores de la Universidad de Leicester hacían algo más útil: redactaban un artículo para la revista Nature, en el cual se proponía una nueva y revolucionaria técnica de identificar personas y establecer relaciones de parentesco. Mediante dicha técnica, de la que les ahorro los detalles, se obtiene como resultado una placa radiográfica donde se observan bandas de ADN que recuerdan el código de barras de las mercancías. Tal y como sucede con las huellas dactilares, cada individuo presenta un patrón específico de bandas y no se encontrará en todo el planeta otra persona que presente exactamente el mismo patrón. 

Como las bandas se heredan de padres a hijos, todas las bandas que aparecen en la huella genética de una persona tienen que estar presentes en las huellas de alguno de sus padres. Esto viene de perillas para establecer relaciones de parentesco, para  la identificación de restos anónimos y para el establecimiento de culpabilidad o inocencia en casos criminales. Naturalmente, cuando se logró la técnica para descifrarlo, la identificación se hace a través del ADNm, mucho más seguro (si cabe) que el ADNn para establecer las relaciones de parentesco.

En 1994, un artículo publicado en la revista U. S. Veteran Dispatch alertó a la madre de Blassie de que era probable que los restos depositados en la tumba al soldado desconocido de Arlington fueran los de su hijo. Reclamó y reclamó hasta que las autoridades de Defensa accedieron de mala gana a la exhumación. El ADNm obtenido de los huesos se comparó con el de la madre del teniente. ¡Blanco! No había duda: eran los restos Michael J. Blassie. 

A petición de la familia, los restos fueron llevados hasta el Cementerio Nacional Jefferson, cercano a San Luis, la ciudad natal de Blassie. Hasta el pie de su tumba y movido por la curiosidad, me he trasladado una lluviosa tarde de agosto para comprobar que allí yace un conocido soldado desconocido. El anverso de su lápida lo dice todo. 

domingo, 21 de octubre de 2012

Tecumseh y la Maldición de los Veinte Años



Tecumseh, caudillo shawni y famoso orador, era hijo de un jefe que murió combatiendo contra los colonos británicos en la batalla de Point Pleasant (1774), lo que marcaría para siempre su odio hacia los blancos. Había nacido en 1768 en Old Piqua, Ohio, y según una leyenda, su nacimiento había coincidido con el paso de un gran cometa, lo que fue interpretado por el chamán de su poblado como el nacimiento de un gran caudillo. Con estrella o sin estrella, lo cierto es que creció en el Territorio de Ohio durante la Guerra de Independencia Americana (1775-1783) y la Guerra India del Noroeste (1785-1795) por lo que conocía desde niño los avatares de la guerra, el poderío bélico de los blancos y la necesidad de establecer alianzas intertribales si querían detener sus avances.

Para Tecumseh: «Ninguna tribu puede vender la tierra. ¿No la hizo el Gran Espíritu para uso de sus hijos? La única salida es que los pieles rojas se unan para tener un derecho común e igual en la tierra, como siempre ha sido, porque no se dividió nunca». Fiel a esas ideas, Tecumseh quería crear un gran estado panindio situado entre el valle del Ohio y los Grandes Lagos, bajo protectorado británico. Su concepto básico era el de un socialismo utópico que plasmaba en uno de sus más famosos lemas: «La tierra pertenece a todos, para el uso de cada uno».

Cuando los Estados Unidos compraron Luisiana a los franceses en 1803, toda la región shawni cayó en sus manos. Un grupo de shawnis emigró a Texas, por entonces territorio español. Pero el grupo principal, comandado por Tecumseh, Halcón Negro y varios caudillos de otras tribus algonquinas, preparó una rebelión a gran escala. Enfurecido cada vez que los indios se veían obligados a ceder una gran porción de su territorio al Gobierno de los Estados Unidos, Tecumseh, acompañado por su hermano Tenskwatawa, un iluminado religioso más conocido como “El Profeta”, se dedicó a visitar a las tribus para animarlas a que se uniesen a la rebelión. En 1811 organizaron un gran encuentro indio en las orillas del río Tallapoosa, Alabama, donde consiguieron concentrar cinco mil guerreros –una concentración nativa nunca vista y que no volvería a repetirse hasta que Custer tuviera la desgracia de topársela en Little Big Horn- a quienes exhortó: «¡Que perezca la raza blanca!. Nos roban las tierras; corrompen a nuestras mujeres, pisotean las cenizas de nuestros muertos. Hay que marcarles un rastro de sangre para que regresen por donde vinieron».

Mientras tamaño contingente de guerreros se preparaba para la batalla y esperaba el mejor momento de atacar, Tecumseh viajó al sur en busca de más adhesiones. Mientras lo hacía, el gobernador de Indiana, William Henry Harrison y sus milicianos acamparon provocativamente al lado de los indios, concentrados en Tippecanoe el otoño de 1811. Desobedeciendo las consignas de su hermano y animado por sus alucinadas profecías, Tenskwatawa atacó el campamento de Harrison y fue estrepitosamente derrotado.

La batalla significó un gran golpe para la política de Tecumseh. Aunque Harrison consideró que su victoria era un golpe definitivo a la resistencia india, lejos de rendirse, Tecumseh, que había huido a Canadá, se alió con los británicos, que pronto estuvieron luchando de nuevo contra los estadounidenses, en la guerra de 1812. Los guerreros liderados por Tecumseh fueron derrotados definitivamente en octubre de 1813, en la batalla del Thames, Canadá, en la que murió Tecumseh y, con él, su sueño de unidad indígena. Tras su muerte, los pueblos delaware, miami, ojibwa y hurón firmaron rápidamente una paz desventajosa con los estadounidenses. Por su parte, el 28 de julio de 1814, los shawnis firmarían también un nuevo tratado por el cual se comprometían a ayudar a los Estados Unidos contra Gran Bretaña y, a cambio, se les reconocería como nación soberana.

William Henry Harrison, considerado héroe nacional por sus victorias contra los indios, fue elegido como el noveno presidente de los Estados Unidos a los 68 años, una edad sólo superada por Ronald Reagan que fue elegido en 1980 a los 69 años. Pero mientras que Reagan estuvo ocho años como presidente, Harrison ostenta el récord de haber sido el presidente más efímero de toda la historia estadounidense: treinta y dos días. Cuando Harrison, orgulloso de su hoja de servicios, se presentó en 1841 como candidato a la Presidencia, en su campaña electoral habló más de sus hazañas bélicas que de su programa político. Lo eligieron. Agotado por la intensa campaña electoral, Harrison, todo un anciano para su época, no estaba en las mejores condiciones físicas, pero deseoso de demostrar su gallardía se empeñó en pronunciar su discurso de investidura al aire libre, en el frío invierno de Washington, a pecho descubierto, sin abrigo ni sombrero. Habló durante dos horas, tiempo suficiente para incubar una pulmonía que se lo llevaría a la tumba treinta y un días después. En su entierro muchos recordaron “la maldición de Tecumseh”, más conocida como la “Maldición de los Veinte Años”, lanzada en 1836 pero no por Tecumseh, sino por su hermano, Tenskwatawa. Ese año se celebraban las elecciones presidenciales y los candidatos eran Martin Van Buren, el vicepresidente de Andrew Jackson, y Harrison. 

Se dice que mientras Harrison posaba para un retrato y los presentes discutían el posible resultado de las elecciones, Tenskwatawa lanzó su profética maldición: «Harrison no ganará este año el puesto de Gran Jefe. Pero ganará la próxima vez. Y, cuando lo haga, no terminará su mandato. Morirá en su puesto». «Ningún presidente ha muerto en ejercicio», -apuntó uno de los presentes. «Yo les digo que Harrison morirá y, cuando él muera, se recordará la muerte de mi hermano Tecumseh. Ustedes piensan que he perdido mis poderes, yo que hago que el Sol se oscurezca y que los pieles rojas dejen el aguardiente. Pero les digo que él morirá y que, después de él, todo Gran Jefe escogido cada veinte años de ahí en adelante morirá también y que, cuando cada uno muera, todos recordarán la muerte de nuestro pueblo». 

En algunas cosas acertó. Aquel año resultó elegido Van Buren, que sólo tuvo un mandato porque perdió las elecciones de 1840 frente a Harrison quien, efectivamente, murió en ejercicio sin haber dormido una sola noche en la Casa Blanca. Veinte años después, en las elecciones de 1860, resultó elegido Lincoln, que también murió en ejercicio. Lincoln tomó posesión en 1861; veinte años después lo hizo James A. Garfield, quien apenas ocupó la presidencia un semestre, antes de resultar herido levemente en un atentado y rematado después por un equipo de médicos ineptos. Veinte años después, en 1901, el presidente William McKinley fue asesinado por el anarquista Leon Czolgosz. En 1921 le tocó el turno a Warren Harding, elegido vigésimo noveno por el partido Republicano, fallecido de un ataque al corazón durante el segundo año de su mandato. Veinte años después, en 1941, Franklin Delano Roosevelt fue reelegido por tercera vez; en 1945 falleció en su despacho mientras trabajaba. En 1961 resultó elegido John F. Kennedy, asesinado en 1963. A partir de él, afortunadamente, se rompieron los pronósticos de Tenskwatawa, aunque John Hinckley estuvo a punto de que se cumplieran cuando atentó contra Ronald Reagan el 30 de marzo de 1981, poniéndolo a las puertas de la muerte. 

Cuando George W. Bush tomó posesión el 20 de enero de 2001, supongo que cruzaría los dedos.