Hubo un tiempo en que los
medicamentos tenían nombres tranquilizadores y civilizados. La aspirina sonaba
a algo que uno podía tomar sin miedo. El bicarbonato parecía pertenecer a una
cocina de pueblo. Incluso la penicilina tenía cierta dignidad monástica. Pero
entonces llegaron los laboratorios modernos y decidieron que los nuevos
fármacos debían sonar como planetas hostiles de Star Trek. Así aparecieron
palabras como pembrolizumab, tirzepatida y, finalmente, orforglipron, que
parece más bien el ruido que hace una impresora al tragarse un folio.
Y, sin embargo, detrás de este
trabalenguas farmacéutico se esconde una de las historias más fascinantes de la
medicina reciente.
Porque el orforglipron no es
simplemente otra píldora para adelgazar. Es el resultado de décadas de
investigación bioquímica, millones de euros, robots que prueban moléculas como
camareros nerviosos sirviendo canapés y una inteligencia artificial que revisó
ochenta y cinco millones de reacciones químicas para encontrar la manera de
fabricar algo que pudiera venderse sin arruinar a medio planeta.
Todo empezó, como suelen empezar
las revoluciones médicas, por accidente. Los médicos descubrieron hace algunos
años que un medicamento diseñado para tratar la diabetes tenía un efecto
secundario extraordinario: la gente adelgazaba. Y no adelgazaba un poco, como
ocurre con esas dietas que prometen perder tres kilos a cambio de vivir
exclusivamente de alcachofas hervidas y sufrimiento moral. Adelgazaba mucho.
El responsable era un compuesto
llamado semaglutida, principio activo de Ozempic y Wegovy. La semaglutida
pertenece a la familia de los llamados agonistas del GLP-1, una expresión que
parece el nombre de una logia masónica o de un servicio secreto británico, pero
que en realidad describe algo bastante ingenioso.
El GLP-1 es una hormona producida
en el intestino. Su trabajo consiste en circular por la sangre buscando unos
receptores específicos situados sobre todo en el páncreas y en el cerebro. Un
receptor, simplificando mucho, funciona como una cerradura biológica. Solo
ciertas moléculas tienen la forma adecuada para encajar en ella, como una
llave.
Cuando el GLP-1 encuentra su
cerradura, ocurren varias cosas útiles. El páncreas libera insulina, disminuye
la producción de glucagón y el organismo controla mejor la glucosa en sangre.
Todo estupendo para los diabéticos. Pero además sucede algo inesperado: el
cerebro recibe señales de saciedad. El estómago se vacía más despacio. La
persona siente menos hambre. Y de pronto millones de individuos descubren que
pueden pasar delante de una pastelería sin experimentar un colapso espiritual.
Naturalmente, aquello desencadenó
una fiebre farmacéutica comparable a una carrera del oro, solo que en lugar de
buscadores con barba y mulas había bioquímicos con batas y accionistas
temblando de emoción. El problema era que la semaglutida tenía un inconveniente
importante: debía inyectarse.
La razón es bastante humillante
para nuestra especie. El aparato digestivo humano destruye con entusiasmo los
péptidos, que son cadenas de aminoácidos. La semaglutida es precisamente un
péptido. Si uno la tragara alegremente con el desayuno, el estómago la
reduciría a escombros moleculares antes de que llegara a la sangre. Por eso
Ozempic y Wegovy necesitan agujas.
Los noruegos de la empresa Novo
Nordisk consiguieron desarrollar una versión oral, pero el procedimiento tiene
algo de ritual religioso medieval. La pastilla debe tomarse nada más
despertarse, con muy poca agua, en ayunas y sin ingerir nada más durante media
hora. Parece menos un tratamiento médico que un hechizo druídico cuidadosamente
reglamentado.
Aquí es donde entra el
orforglipron. La idea era encontrar una molécula pequeña, resistente a la
digestión y capaz de activar el mismo receptor GLP-1 sin necesidad de
inyecciones ni ceremonias matinales. En teoría suena razonable. En la práctica
era algo parecido a intentar fabricar una llave diminuta para una cerradura que
nadie había visto nunca.
Primero hubo que descubrir la
estructura exacta del receptor GLP-1. Resultó ser una proteína monstruosa
formada por 463 aminoácidos, serpenteando a través de la membrana celular como
un cable telefónico abandonado. Para visualizarla, los científicos utilizaron
criomicroscopía electrónica, una técnica tan sofisticada que hace que aterrizar
en la Luna parezca bricolaje doméstico.
La investigación reveló un
pequeño “bolsillo” en el receptor: el lugar exacto donde encaja el GLP-1. Y
entonces comenzó una búsqueda extraordinaria. Los científicos modificaron
células humanas para que fabricaran el receptor. Después utilizaron robots para
probar miles de compuestos químicos distintos sobre esas células. Imagine un
ejército de repartidores microscópicos llevando moléculas de un lado a otro
mientras unos ordenadores observan si ocurre algo interesante. La mayoría de
las veces no ocurría nada. Algunas moléculas eran inútiles. Otras tóxicas.
Otras simplemente absurdas. Pero unas pocas producían un pequeño efecto.
Esas candidatas fueron
modificándose químicamente una y otra vez hasta obtener finalmente una molécula
capaz de actuar como agonista no peptídico del GLP-1. Y entonces alguien
decidió que aquel descubrimiento revolucionario debía llamarse “orforglipron”,
quizá porque “Kevin” ya estaba cogido. Pero aún quedaba otro problema
gigantesco.
Descubrir una molécula en el
laboratorio no significa que pueda fabricarse en masa. Muchas sustancias
maravillosas solo pueden producirse mediante procesos tan complejos y caros que
uno sospecha que sería más barato enviar a un químico a recolectarlas personalmente
en la cima del Himalaya.
Aquí apareció ChemAIRS, un
sistema de inteligencia artificial diseñado para optimizar la retrosíntesis
química. La retrosíntesis consiste en trabajar hacia atrás desde la molécula
final para averiguar cómo construirla paso a paso. ChemAIRS analizó ochenta y
cinco millones de reacciones químicas conocidas y calculó cuáles podían
producir orforglipron de forma eficiente y rentable.
Es difícil exagerar lo
extraordinario que resulta esto. Durante buena parte de la historia humana,
fabricar medicamentos dependía de prueba y error, intuición y cantidades
industriales de café. Ahora una inteligencia artificial puede revisar en horas
más química de la que un investigador podría leer en varias vidas.
Finalmente llegaron los ensayos
clínicos. Durante setenta y dos semanas, los participantes perdieron alrededor
del doce por ciento de su peso corporal sin efectos secundarios graves
relevantes. No es un milagro bíblico, pero sí una cifra considerable, sobre
todo tratándose de una simple pastilla. Tras ese ensayo clínico, la
Administración de Alimentos y Medicamentos de EE. UU. (FDA) aprobó el
orforglipron, que se comercializará como Foundayo, que promete ser un gran
éxito comercial.
El orforglipron quizá no sea tan
potente como algunos agonistas inyectables del GLP-1, pero posee dos ventajas
enormes: es más cómodo y barato de fabricar. Y eso, en medicina, puede importar
tanto como la eficacia pura. Porque un tratamiento magnífico sirve de poco si
millones de personas no quieren pincharse o no pueden pagarlo.
De modo que este extraño nombre,
que parece inventado por un comité de marcianos con resaca, representa algo
bastante notable: un medicamento nacido de la biología molecular, la robótica,
la inteligencia artificial y una enorme cantidad de paciencia humana.
Y probablemente también
representa el futuro. Porque uno sospecha que dentro de unas décadas miraremos
atrás y descubriremos que el verdadero milagro no fue Ozempic ni Wegovy, sino
el momento en que aprendimos a convencer al cerebro de que ya estaba lleno…
incluso delante de una bandeja de croquetas.