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miércoles, 27 de mayo de 2026

LUMBALGIA: LA LENTA VENGANZA DE LA GRAVEDAD

 

Hay una edad misteriosa en la vida de todo ser humano en la que uno descubre que levantarse del sofá produce exactamente el mismo sonido que abrir una vieja puerta de castillo. No ocurre de golpe. Un día simplemente te incorporas para ir a por un vaso de agua y tu columna vertebral emite una serie de crujidos que recuerdan vagamente al deshielo de Groenlandia.

Dicen que, pasados los sesenta, si al levantarte por la mañana no te duele algo es que estás muerto. Y sospecho que hay bastante verdad en ello. En mi caso, el protagonista habitual de las protestas anatómicas es la espalda lumbar, esa ingeniosa estructura evolutiva que permite a los humanos caminar erguidos mientras simultáneamente les recuerda que quizá no fue tan buena idea.

Mi educación sobre el asunto llegó gracias a los astronautas. Esto puede parecer extraño, porque solemos imaginar que los astronautas son individuos gloriosamente atléticos que flotan por estaciones espaciales mientras comen tortillas deshidratadas y contemplan amaneceres orbitales dieciséis veces al día. Pero resulta que muchos regresan a la Tierra con dolor de espalda. Y no un dolor romántico y filosófico, sino un dolor lumbar bastante serio.

La explicación tiene que ver con uno de los conceptos científicos más malinterpretados del mundo moderno: la microgravedad. La palabra da la impresión de que en la Estación Espacial Internacional (EEI) apenas existe gravedad. Como si los astronautas hubieran escapado parcialmente de Newton y flotaran felizmente en una especie de limbo físico. Pero no. La gravedad allí sigue siendo aproximadamente el noventa por ciento de la terrestre. Si uno dejara caer un martillo en la EEI, el martillo seguiría cayendo exactamente igual que aquí abajo. El problema es que la estación, los astronautas y el martillo están cayendo juntos.

La EEI viaja alrededor de la Tierra a unos 28 000 kilómetros por hora. Está en caída libre permanente, pero avanza lateralmente tan rápido que nunca llega a tocar el suelo. Newton imaginó algo parecido con un cañón situado en una montaña: si disparas una bala suficientemente deprisa, la Tierra se curva bajo ella al mismo ritmo que cae. Resultado: orbita.

Así que los astronautas no están libres de gravedad. Están, técnicamente, cayéndose de manera extremadamente sofisticada. Y el cuerpo humano detesta eso, porque aquí abajo vivimos aplastados constantemente por la gravedad. Nuestros músculos posturales trabajan sin descanso simplemente para mantenernos erguidos. Los huesos soportan tensión. El corazón bombea cuesta arriba. Incluso permanecer sentado implica una cantidad sorprendente de actividad muscular invisible.

En órbita, sin embargo, el cuerpo interpreta que todas esas estructuras ya no hacen falta. Y el organismo humano, que es maravillosamente eficiente, pero a veces intelectualmente cuestionable, decide empezar a desmontarlas. Los músculos se atrofian. Los huesos pierden densidad. La columna vertebral se expande ligeramente porque los discos dejan de comprimirse. Muchos astronautas crecen varios centímetros en el espacio, lo que suena estupendo hasta que descubres que suele venir acompañado de un dolor lumbar bastante desagradable.

Fue investigando esto en un estudio científico realizado con astronautas cuando descubrí dos músculos de cuya existencia jamás había oído hablar: los multífidos y el transverso abdominal. Los primeros son pequeños músculos que recubren la columna vertebral y estabilizan las vértebras. El segundo funciona como una especie de corsé natural. En otras palabras, son exactamente los músculos que uno ignoraría por completo hasta que dejan de funcionar correctamente.

El estudio realizado con astronautas que habían pasado seis meses en la EEI mostró que el músculo multífido se reducía un diez por ciento y el transverso abdominal un asombroso treinta y cuatro por ciento. Eso significa que el espacio exterior puede convertir lentamente el abdomen humano en algo estructuralmente comparable a una bolsa de supermercado olvidada bajo el fregadero.

Naturalmente, la NASA no puede permitirse tener astronautas incapaces de agacharse para recoger una llave inglesa orbital. De modo que los científicos empezaron a investigar qué tipo de ejercicio podía evitar este deterioro. Y aquí aparece una de las grandes ironías del fitness moderno.

Resulta que levantar pesas espectaculares y desarrollar bíceps capaces de aplastar nueces no necesariamente fortalece los músculos estabilizadores profundos de la columna. Estos responden mejor a lo que los investigadores llaman “ejercicio continuo de baja intensidad”. En otras palabras: movimientos pequeños, frecuentes y constantes.

Esto explica por qué los fisioterapeutas disfrutan proponiendo ejercicios con nombres que parecen insultos surrealistas. El “perro pájaro”, el “bicho muerto”, la “plancha lateral”… Todo ello suena más a una guardería entomológica que a medicina deportiva. Pero aparentemente funciona. Y no solo para astronautas.

Lo interesante es que estudios similares en la Tierra muestran efectos parecidos en personas sedentarias que padecen lumbalgia. Porque el cuerpo humano moderno pasa una cantidad absurda de tiempo sentado. Hemos construido una civilización extraordinariamente sofisticada cuyo objetivo final parece ser evitar levantarse de la silla.

Conducimos sentados hacia oficinas donde trabajamos sentados para regresar luego a casa y descansar sentados viendo series sobre personas que probablemente también están sentadas. La famosa frase “sentarse es el nuevo fumar” quizá sea exagerada, pero contiene una verdad inquietante. El sedentarismo prolongado aumenta el riesgo cardiovascular y metabólico incluso en personas que hacen ejercicio regularmente. Es decir, una hora gloriosa en el gimnasio no compensa necesariamente diez horas inmóvil delante del ordenador.

La razón es fascinante. Los movimientos ligeros y continuos —levantarse, caminar un poco, subir escaleras, cocinar, limpiar o perseguir al perro porque ha robado un calcetín— producen efectos metabólicos importantes. Reducen los picos de glucosa, mejoran la circulación y activan enzimas como la AMPK, una especie de supervisor energético celular que detecta cuándo una célula necesita ponerse seria y empezar a quemar combustible.

Todo esto forma parte de algo conocido como NEAT, siglas de Non-Exercise Activity Thermogenesis, o termogénesis de la actividad no relacionada con el ejercicio. Que es una forma extraordinariamente sofisticada de decir que moverse un poco durante el día importa muchísimo.

Un famoso estudio de la Clínica Mayo sobrealimentó a voluntarios con mil calorías extra diarias. Algunos engordaron bastante. Otros apenas. La diferencia no estaba en el gimnasio, sino en el movimiento cotidiano inconsciente. Quienes permanecían más tiempo de pie, caminaban más y se movían continuamente podían quemar hasta setecientas calorías adicionales sin darse cuenta.

Es decir, las calorías que quemamos accidentalmente podrían ser más importantes que las que quemamos heroicamente en el gimnasio o corriendo desesperadamente por esas calles de dios. Y ahora la cosa se ha vuelto todavía más inquietante. Investigaciones recientes sugieren que estos movimientos continuos de baja intensidad pueden influir incluso sobre el proteoma humano, el vasto conjunto de proteínas que circulan por nuestro organismo. El envejecimiento se asocia con ciertos patrones proteómicos inflamatorios, y algunos científicos ya utilizan “relojes proteómicos” para estimar la edad biológica real de una persona.

En otras palabras: quizá algún día una analítica pueda revelar no la edad que figura en tu DNI, sino la edad auténtica de tus proteínas. Lo cual resulta ligeramente aterrador. Porque sospecho que las de más de uno tienen el aspecto general de un sofá abandonado en una estación de autobuses.

De modo que ahora he adoptado una estrategia bastante sencilla. Cada media hora me levanto, camino un poco y realizo algunas flexiones de rodilla. A veces incluso practico un par de “bichos muertos”, aunque sigo pensando que ningún ejercicio serio debería sonar como una amenaza de fumigación. 

Y mientras tanto encuentro cierto consuelo en saber que, en algún lugar sobre nuestras cabezas, un astronauta está haciendo exactamente lo mismo para evitar que sus músculos multífidos se evaporen silenciosamente en mitad de una órbita alrededor de la Tierra.