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sábado, 27 de junio de 2026

LA ÚLTIMA PLANTA QUE INTRIGÓ A DARWIN HA FLORECIDO EN CUATRO CAÑOS

 

En un alcorque de Cuatro Caños, bajo una de las parrotias recién plantadas, ha aparecido un visitante inesperado. La última vez lo había visto en el viaje enloquecido con el que, empujado por el viento, volaba por las praderas próximas a North Platte, Nebraska. Verlo ahora, tan cerca de mi casa, me ha traído el recuerdo que une a esta planta con Charles Darwin.

A principios de abril de 1882, Darwin escribió una de las últimas cartas de su vida. Tenía setenta y tres años, llevaba tiempo soportando una enfermedad cardíaca que lo obligaba a limitar su actividad y sabía que las fuerzas empezaban a abandonarlo. Después de haber revolucionado la biología con la teoría de la evolución por selección natural, cualquiera imaginaría que sus últimas inquietudes científicas estarían relacionadas con el origen del ser humano, las orquídeas, las plantas insectívoras o alguno de los muchos asuntos que habían ocupado sus investigaciones durante medio siglo.

Sin embargo, aquella carta iba dirigida a un joven botánico estadounidense, James Edward Todd, al que le pedía con una sencillez casi conmovedora que, si le era posible, le enviara unas semillas de Solanum rostratum. Acababa de leer el trabajo que Todd había publicado sobre aquella discreta solanácea de las praderas norteamericanas y deseaba cultivarla en Down House, su casa cercana a Londres, para observar personalmente sus flores. Las semillas nunca llegaron a tiempo. Nueve días después, el 19 de abril de 1882, Darwin fallecía sin haber podido satisfacer aquella última curiosidad científica: hasta el último momento Darwin siguió convencido de que la naturaleza siempre escondía algún secreto nuevo para quien estuviera dispuesto a mirar con suficiente atención.

La intuición de Darwin era acertada. S. rostratum constituye una de las demostraciones más brillantes de cómo la evolución puede ir resolviendo, uno tras otro, los problemas que plantea la existencia de una planta. Cada rasgo de su anatomía parece responder a una pregunta distinta. ¿Cómo evitar ser devorada? ¿Cómo atraer polinizadores sin malgastar recursos? ¿Cómo dispersar las semillas a grandes distancias? ¿Cómo colonizar nuevos territorios?

En conjunto, la especie parece un catálogo de soluciones evolutivas acumuladas durante millones de años de ensayo y error. No es extraño que hoy haya dejado de ser una curiosidad botánica para convertirse en uno de los organismos modelo con los que los biólogos estudian la evolución de las flores y las relaciones entre plantas e insectos.

El primer desafío consiste, naturalmente, en sobrevivir. Una planta no puede huir cuando aparece un herbívoro ni esconderse detrás de una roca. Debe permanecer inmóvil mientras vacas, ciervos, conejos o insectos deciden si merece la pena convertirla en la siguiente comida. S. rostratum afronta este problema con una contundencia que raya la exageración. Toda su superficie está armada. Los tallos aparecen cubiertos de largas espinas amarillentas; los pecíolos también; los nervios principales de las hojas exhiben aguijones igualmente afilados, e incluso el cáliz que envuelve al fruto termina transformándose en una auténtica jaula de púas. La sensación es que la planta desconfía profundamente del mundo y ha decidido fortificarse hasta donde le permite la anatomía.

Sin embargo, la evolución rara vez deposita toda su confianza en una única estrategia. Si algún animal decide soportar los pinchazos, encontrará una segunda línea defensiva mucho menos visible, pero probablemente más eficaz. Como muchas otras solanáceas, la especie sintetiza alcaloides esteroidales, entre ellos solanina, solasonina y solamargina, compuestos de sabor desagradable y potencialmente tóxicos que disuaden a numerosos herbívoros. Primero intenta convencer al atacante de que busque un alimento más cómodo; si eso no basta, procura que la experiencia resulte inolvidable.

Una vez resuelto el problema de no ser comida, aparece otro igual de importante: ¿cómo abandonar el lugar donde uno nació cuando está condenado a vivir enraizado? Muchas plantas confían esta tarea al viento mediante semillas provistas de vilanos; otras recurren al agua o seducen a los animales con frutos apetitosos. S. rostratum decidió no limitarse a una sola posibilidad. Al finalizar el verano, el tallo se seca y se vuelve quebradizo hasta desprenderse de la raíz. A partir de ese momento la planta entera se convierte en una esfera rodante impulsada por el viento. 

Es el fenómeno que los botánicos denominan estepicursor. Mientras rueda por praderas, cunetas o terrenos abiertos va liberando lentamente miles de semillas, distribuyéndolas a lo largo de un recorrido que puede alcanzar centenares de metros e incluso varios kilómetros si el viento sopla con suficiente intensidad. Es una solución tan sencilla que casi parece una broma de la evolución: si no puedes caminar, conviértete tú mismo en el vehículo. Pero, como ocurre tantas veces en biología, la planta tampoco deposita toda su confianza en este procedimiento. También produce pequeñas bayas que pueden ser consumidas por distintos animales, añadiendo una segunda vía de dispersión. Diversificar siempre ha sido una buena estrategia, tanto para un inversor como para una planta.

La reproducción constituye, sin embargo, el aspecto que convirtió a S. rostratum en objeto de la curiosidad de Darwin. A cierta distancia, sus flores amarillas no parecen especialmente diferentes de las de otras muchas solanáceas. Sólo cuando se observan de cerca comienza a advertirse que algo resulta extraño. Los cinco estambres no son iguales. Cuatro permanecen agrupados y son relativamente pequeños, mientras que el quinto es mucho más largo, aparece separado de los demás y ocupa una posición extravagante.

Un abejorro (Bombus terrestris) se acerca a una flor de Solanum rostratum listo para comenzar la polinización vibratoria. Foto.

Durante mucho tiempo aquella asimetría desconcertó a los botánicos. Hoy sabemos que representa uno de los ejemplos más refinados de heteranteria, un fenómeno en el que distintos estambres de una misma flor se especializan en funciones diferentes. Los cuatro estambres menores producen el polen que las abejas recolectarán como alimento para sus larvas. El quinto, en cambio, está diseñado para depositar polen sobre una región muy concreta del cuerpo del insecto, desde donde podrá ser transportado hasta otra flor. El polen de ambos tipos de anteras es viable; lo que cambia no es su fertilidad, sino el papel ecológico que desempeña. La planta, por decirlo de algún modo, paga a sus visitantes, pero procura que la mayor parte del capital reproductor no termine almacenado en las corbículas de una abeja.

Lo verdaderamente ingenioso es que ni siquiera ese polen resulta fácil de obtener. Las anteras permanecen cerradas y sólo presentan un diminuto poro en su extremo. Para que el polen salga no basta con que un insecto se pose sobre la flor. Hace falta una técnica muy concreta que sólo dominan determinadas abejas y abejorros. Estos insectos se aferran a los estambres con las mandíbulas y las patas, desacoplan los músculos que normalmente utilizan para volar y convierten su tórax en un pequeño vibrador capaz de producir cientos de oscilaciones por segundo.

La flor entera comienza entonces a zumbar y el polen sale despedido por los poros como si alguien estuviera agitando un salero microscópico. Este fenómeno, conocido como polinización por vibración, constituye uno de los mecanismos de polinización más sofisticados del reino vegetal. Las especies incapaces de producir esas vibraciones abandonan la flor con las patas prácticamente vacías. La recompensa existe, pero sólo para quienes saben abrir la cerradura.

Posición de un abejorro forrajero (Bombus terrestris audax) en floresde Solanum rostratum en dos orientaciones: horizontal (A) y colgante (B). Fotos.

Como si esta colección de ingenios no fuera suficiente, S. rostratum desempeña además un papel ecológico de enorme importancia en los agroecosistemas. La planta actúa como hospedadora natural del escarabajo de la patata (Leptinotarsa decemlineata), uno de los insectos fitófagos más conocidos del mundo. Gracias a ella, las poblaciones del coleóptero pueden mantenerse vivas incluso cuando los campos de patatas han desaparecido temporalmente del paisaje. Desde el punto de vista agrícola, esto supone un inconveniente considerable, ya que facilita la persistencia de una plaga extremadamente voraz. Desde la perspectiva del insecto, en cambio, representa una estrategia de supervivencia admirable. La evolución no entiende de buenos ni malos; únicamente favorece a quienes consiguen dejar descendencia.

Quizá por eso S. rostratum ha logrado extenderse muy lejos de las praderas donde evolucionó. Originaria de Norteamérica, hoy forma parte de la flora de amplias regiones de Europa, Asia, África, Australia y Sudamérica. Ha colonizado terrenos alterados, márgenes de caminos, campos de cultivo, vías férreas y solares urbanos con una eficacia extraordinaria. Su éxito no depende de una única adaptación milagrosa, sino de la suma de muchas pequeñas ventajas que, combinadas, forman un conjunto extraordinariamente eficaz. Espinas, alcaloides, plantas rodadoras, frutos para los animales, flores especializadas, polinización por vibración y una notable capacidad para convivir con el ser humano constituyen las piezas de un mismo rompecabezas evolutivo.

Es posible que Darwin nunca llegara a imaginar todas las respuestas que hoy conocemos sobre aquella planta cuyas semillas esperaba con impaciencia. Sin embargo, comprendió algo esencial: la grandeza de la evolución rara vez se manifiesta únicamente en los organismos más espectaculares. Con frecuencia se esconde en especies humildes que pasan inadvertidas para casi todo el mundo.

Basta detenerse unos minutos al borde de un camino para descubrir que una planta cubierta de espinas puede encerrar una colección de soluciones biológicas más ingeniosas que muchas de las máquinas construidas por nuestra propia especie. Quizá esa sea la razón por la que, hasta el último momento de su vida, Darwin siguió buscando respuestas en las flores más corrientes. Había aprendido que la naturaleza nunca desperdicia una buena idea y que, cuando una de ellas funciona, acaba escribiéndola pacientemente en el lenguaje silencioso de la evolución.