En un alcorque de Cuatro Caños, bajo
una de las parrotias recién plantadas, ha aparecido un visitante
inesperado. La última vez lo había visto en el viaje enloquecido con el que,
empujado por el viento, volaba por las praderas próximas a North Platte,
Nebraska. Verlo ahora, tan cerca de mi casa, me ha traído el recuerdo que une a
esta planta con Charles Darwin.
A principios de abril de 1882, Darwin
escribió una de las últimas cartas de su vida. Tenía setenta y tres años,
llevaba tiempo soportando una enfermedad cardíaca que lo obligaba a limitar su
actividad y sabía que las fuerzas empezaban a abandonarlo. Después de haber
revolucionado la biología con la teoría de la evolución por selección natural,
cualquiera imaginaría que sus últimas inquietudes científicas estarían
relacionadas con el origen del ser humano, las orquídeas, las plantas
insectívoras o alguno de los muchos asuntos que habían ocupado sus
investigaciones durante medio siglo.
Sin embargo, aquella carta iba
dirigida a un joven botánico estadounidense, James Edward Todd, al que le pedía
con una sencillez casi conmovedora que, si le era posible, le enviara unas
semillas de Solanum rostratum. Acababa de leer el trabajo que Todd había
publicado sobre aquella discreta solanácea de las praderas norteamericanas y
deseaba cultivarla en Down House, su casa cercana a Londres, para observar
personalmente sus flores. Las semillas nunca llegaron a tiempo. Nueve días
después, el 19 de abril de 1882, Darwin fallecía sin haber podido satisfacer
aquella última curiosidad científica: hasta el último momento Darwin siguió
convencido de que la naturaleza siempre escondía algún secreto nuevo para quien
estuviera dispuesto a mirar con suficiente atención.
La intuición de Darwin era
acertada. S. rostratum constituye una de las demostraciones más
brillantes de cómo la evolución puede ir resolviendo, uno tras otro, los
problemas que plantea la existencia de una planta. Cada rasgo de su anatomía
parece responder a una pregunta distinta. ¿Cómo evitar ser devorada? ¿Cómo
atraer polinizadores sin malgastar recursos? ¿Cómo dispersar las semillas a
grandes distancias? ¿Cómo colonizar nuevos territorios?
En conjunto, la especie parece un
catálogo de soluciones evolutivas acumuladas durante millones de años de ensayo
y error. No es extraño que hoy haya dejado de ser una curiosidad botánica para
convertirse en uno de los organismos modelo con los que los biólogos estudian
la evolución de las flores y las relaciones entre plantas e insectos.
El primer desafío consiste,
naturalmente, en sobrevivir. Una planta no puede huir cuando aparece un
herbívoro ni esconderse detrás de una roca. Debe permanecer inmóvil mientras
vacas, ciervos, conejos o insectos deciden si merece la pena convertirla en la siguiente
comida. S. rostratum afronta este problema con una contundencia que raya
la exageración. Toda su superficie está armada. Los tallos aparecen cubiertos
de largas espinas amarillentas; los pecíolos también; los nervios principales
de las hojas exhiben aguijones igualmente afilados, e incluso el cáliz que
envuelve al fruto termina transformándose en una auténtica jaula de púas. La
sensación es que la planta desconfía profundamente del mundo y ha decidido
fortificarse hasta donde le permite la anatomía.
Sin embargo, la evolución rara
vez deposita toda su confianza en una única estrategia. Si algún animal decide
soportar los pinchazos, encontrará una segunda línea defensiva mucho menos
visible, pero probablemente más eficaz. Como muchas otras solanáceas, la
especie sintetiza alcaloides esteroidales, entre ellos solanina, solasonina y
solamargina, compuestos de sabor desagradable y potencialmente tóxicos que
disuaden a numerosos herbívoros. Primero intenta convencer al atacante de que
busque un alimento más cómodo; si eso no basta, procura que la experiencia
resulte inolvidable.
Una vez resuelto el problema de no ser comida, aparece otro igual de importante: ¿cómo abandonar el lugar donde uno nació cuando está condenado a vivir enraizado? Muchas plantas confían esta tarea al viento mediante semillas provistas de vilanos; otras recurren al agua o seducen a los animales con frutos apetitosos. S. rostratum decidió no limitarse a una sola posibilidad. Al finalizar el verano, el tallo se seca y se vuelve quebradizo hasta desprenderse de la raíz. A partir de ese momento la planta entera se convierte en una esfera rodante impulsada por el viento.
Es el
fenómeno que los botánicos denominan estepicursor. Mientras rueda por praderas,
cunetas o terrenos abiertos va liberando lentamente miles de semillas,
distribuyéndolas a lo largo de un recorrido que puede alcanzar centenares de
metros e incluso varios kilómetros si el viento sopla con suficiente
intensidad. Es una solución tan sencilla que casi parece una broma de la
evolución: si no puedes caminar, conviértete tú mismo en el vehículo. Pero,
como ocurre tantas veces en biología, la planta tampoco deposita toda su
confianza en este procedimiento. También produce pequeñas bayas que pueden ser
consumidas por distintos animales, añadiendo una segunda vía de dispersión.
Diversificar siempre ha sido una buena estrategia, tanto para un inversor como
para una planta.
La reproducción constituye, sin
embargo, el aspecto que convirtió a S. rostratum en objeto de la
curiosidad de Darwin. A cierta distancia, sus flores amarillas no parecen
especialmente diferentes de las de otras muchas solanáceas. Sólo cuando se
observan de cerca comienza a advertirse que algo resulta extraño. Los cinco
estambres no son iguales. Cuatro permanecen agrupados y son relativamente
pequeños, mientras que el quinto es mucho más largo, aparece separado de los
demás y ocupa una posición extravagante.
Un
abejorro (Bombus terrestris) se acerca a una flor de Solanum
rostratum listo para comenzar la polinización vibratoria. Foto.
Durante mucho tiempo aquella
asimetría desconcertó a los botánicos. Hoy sabemos que representa uno de los
ejemplos más refinados de heteranteria, un fenómeno en el que distintos
estambres de una misma flor se especializan en funciones diferentes. Los cuatro
estambres menores producen el polen que las abejas recolectarán como alimento
para sus larvas. El quinto, en cambio, está diseñado para depositar polen sobre
una región muy concreta del cuerpo del insecto, desde donde podrá ser
transportado hasta otra flor. El polen de ambos tipos de anteras es viable; lo
que cambia no es su fertilidad, sino el papel ecológico que desempeña. La
planta, por decirlo de algún modo, paga a sus visitantes, pero procura que la
mayor parte del capital reproductor no termine almacenado en las corbículas de
una abeja.
Lo verdaderamente ingenioso es
que ni siquiera ese polen resulta fácil de obtener. Las anteras permanecen
cerradas y sólo presentan un diminuto poro en su extremo. Para que el polen salga
no basta con que un insecto se pose sobre la flor. Hace falta una técnica muy
concreta que sólo dominan determinadas abejas y abejorros. Estos insectos se
aferran a los estambres con las mandíbulas y las patas, desacoplan los músculos
que normalmente utilizan para volar y convierten su tórax en un pequeño vibrador
capaz de producir cientos de oscilaciones por segundo.
La flor entera comienza entonces
a zumbar y el polen sale despedido por los poros como si alguien estuviera
agitando un salero microscópico. Este fenómeno, conocido como polinización por
vibración, constituye uno de los mecanismos de polinización más sofisticados
del reino vegetal. Las especies incapaces de producir esas vibraciones
abandonan la flor con las patas prácticamente vacías. La recompensa existe,
pero sólo para quienes saben abrir la cerradura.
Posición
de un abejorro forrajero (Bombus terrestris audax) en floresde Solanum
rostratum en dos orientaciones: horizontal (A) y colgante (B). Fotos.
Como si esta colección de
ingenios no fuera suficiente, S. rostratum desempeña además un papel
ecológico de enorme importancia en los agroecosistemas. La planta actúa como
hospedadora natural del escarabajo de la patata (Leptinotarsa decemlineata),
uno de los insectos fitófagos más conocidos del mundo. Gracias a ella, las
poblaciones del coleóptero pueden mantenerse vivas incluso cuando los campos de
patatas han desaparecido temporalmente del paisaje. Desde el punto de vista
agrícola, esto supone un inconveniente considerable, ya que facilita la
persistencia de una plaga extremadamente voraz. Desde la perspectiva del
insecto, en cambio, representa una estrategia de supervivencia admirable. La
evolución no entiende de buenos ni malos; únicamente favorece a quienes
consiguen dejar descendencia.
Quizá por eso S. rostratum
ha logrado extenderse muy lejos de las praderas donde evolucionó. Originaria de
Norteamérica, hoy forma parte de la flora de amplias regiones de Europa, Asia,
África, Australia y Sudamérica. Ha colonizado terrenos alterados, márgenes de
caminos, campos de cultivo, vías férreas y solares urbanos con una eficacia
extraordinaria. Su éxito no depende de una única adaptación milagrosa, sino de
la suma de muchas pequeñas ventajas que, combinadas, forman un conjunto
extraordinariamente eficaz. Espinas, alcaloides, plantas rodadoras, frutos para
los animales, flores especializadas, polinización por vibración y una notable
capacidad para convivir con el ser humano constituyen las piezas de un mismo
rompecabezas evolutivo.
Es posible que Darwin nunca
llegara a imaginar todas las respuestas que hoy conocemos sobre aquella planta
cuyas semillas esperaba con impaciencia. Sin embargo, comprendió algo esencial:
la grandeza de la evolución rara vez se manifiesta únicamente en los organismos
más espectaculares. Con frecuencia se esconde en especies humildes que pasan
inadvertidas para casi todo el mundo.
Basta detenerse unos minutos al
borde de un camino para descubrir que una planta cubierta de espinas puede
encerrar una colección de soluciones biológicas más ingeniosas que muchas de
las máquinas construidas por nuestra propia especie. Quizá esa sea la razón por
la que, hasta el último momento de su vida, Darwin siguió buscando respuestas
en las flores más corrientes. Había aprendido que la naturaleza nunca
desperdicia una buena idea y que, cuando una de ellas funciona, acaba
escribiéndola pacientemente en el lenguaje silencioso de la evolución.