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sábado, 25 de julio de 2026

¿POR QUÉ CRUJEN LOS NUDILLOS? UN MISTERIO QUE LA CIENCIA TARDÓ SETENTA AÑOS EN RESOLVER

 

Hay a quien le gusta crujir los dedos. Se calcula que aproximadamente una de cada cuatro personas lo hace con cierta frecuencia. Algunos entrelazan las manos y hacen sonar todos los nudillos de una vez. Otros doblan un dedo cada vez con mucho esmero. Hay quien asegura que el gesto le ayuda a concentrarse antes de una reunión y quien es incapaz de pasar una hora sin repetirlo.

Naturalmente, casi todos hemos oído la misma advertencia.

—No hagas eso. De mayor tendrás artritis.

La frase suele proceder de madres, abuelas o profesores y pertenece a esa colección de certezas familiares que incluye «no leas con poca luz o te quedarás ciego» o «espera dos horas después de comer antes de bañarte». Se repite con tanta convicción que uno termina aceptándola sin preguntarse jamás si alguien la ha comprobado.

Lo curioso es que, durante buena parte del siglo XX, la propia ciencia tampoco sabía explicar con seguridad qué ocurría dentro de una articulación cuando sonaba aquel crack. Anatomistas, reumatólogos, físicos e ingenieros discutieron durante décadas sobre un fenómeno que cualquiera puede reproducir en cinco segundos delante de ellos. Parecía una cuestión trivial, pero escondía un pequeño misterio de la física.

Las articulaciones sinoviales —las de los dedos, las rodillas, las caderas o los hombros— son una de las obras maestras de la evolución. Los extremos de los huesos están recubiertos por un cartílago extraordinariamente liso y bañados por un líquido viscoso, el líquido sinovial, que actúa al mismo tiempo como lubricante, amortiguador y sistema de nutrición del cartílago. Gracias a él podemos mover una rodilla millones de veces a lo largo de la vida con un desgaste sorprendentemente pequeño.

Todo ese sofisticado mecanismo suele funcionar en silencio. O casi. Basta tirar ligeramente de un dedo para que aquella maquinaria perfectamente engrasada produzca un chasquido que puede oírse desde el otro extremo de la habitación. Durante muchos años la explicación parecía evidente. El líquido sinovial contiene gases disueltos, sobre todo nitrógeno, oxígeno y dióxido de carbono. Al separar rápidamente las superficies articulares, la presión disminuiría y esos gases formarían una burbuja que inmediatamente explotaría. El sonido correspondería precisamente a esa explosión.

Era una hipótesis tan razonable que apenas fue cuestionada. El problema era que nadie había conseguido observar directamente el fenómeno. El interior de una articulación mide apenas unos milímetros y todo sucede en una fracción de segundo. Era como intentar explicar un relámpago disponiendo únicamente de una fotografía tomada antes de la tormenta y otra después.

Los primeros experimentos revelaron un dato muy interesante. Cuando se aplicaba una fuerza creciente para separar un dedo, llegaba un momento en que la resistencia desaparecía de forma brusca y sonaba el característico crack. Aquella curva de fuerzas llamó la atención de los ingenieros porque recordaba extraordinariamente a un fenómeno bien conocido en hidráulica: la cavitación.

La cavitación aparece cuando la presión de un líquido cae tan deprisa que los gases disueltos dejan de permanecer invisibles y forman pequeñas cavidades. Es exactamente lo que sucede al destapar una botella de agua con gas. Mientras permanece cerrada, el dióxido de carbono continúa disuelto; al desaparecer la presión, miles de burbujas aparecen casi instantáneamente.

Algo parecido parecía ocurrir dentro de nuestros nudillos. Cuando las superficies articulares se separan apenas unos milímetros, aumenta el volumen de la cavidad, disminuye la presión y los gases forman una diminuta burbuja. La explicación parecía perfecta. Solo tenía un inconveniente: nadie sabía si el sonido se producía cuando la burbuja nacía... o cuando desaparecía.

El misterio permaneció sin resolver durante casi setenta años. La solución llegó en 2015 desde la Universidad de Alberta (Canadá), cuando el investigador Greg Kawchuk y su equipo utilizaron una resonancia magnética capaz de obtener imágenes casi continuas mientras un voluntario se hacía crujir un dedo dentro del escáner.

Las imágenes mostraron algo inesperado. En el instante exacto del chasquido aparecía una pequeña cavidad oscura en el interior de la articulación: la burbuja acababa de formarse. Pero había un detalle desconcertante. La burbuja seguía allí después del sonido. Aquel sencillo detalle obligó a abandonar una explicación aceptada durante décadas. Si la burbuja permanecía visible varios segundos, el crack no podía deberse a su completa desaparición. El fenómeno era bastante más complejo de lo que todos habían imaginado.

Durante algún tiempo pareció que el enigma había quedado resuelto. Sin embargo, la ciencia rara vez se conforma con una explicación cuando todavía quedan detalles por aclarar. En 2018, los investigadores V. Chandran Suja y Alain Barakat desarrollaron un modelo matemático que refinaba la interpretación de las imágenes obtenidas por Kawchuk. Según sus cálculos, el sonido no procede de la desaparición de la burbuja, sino de un colapso parcial que ocurre inmediatamente después de su formación. La cavidad se contrae de forma extremadamente rápida, genera la onda sonora y, después, permanece estable durante algunos segundos, exactamente como mostraba la resonancia magnética.

Es un magnífico ejemplo de cómo progresa la ciencia. La resonancia había mostrado qué ocurría dentro de la articulación; la física intentó explicar cómo ocurría. Lejos de contradecirse, ambos trabajos terminaron complementándose. La nueva explicación resolvió además otra curiosidad que cualquiera puede comprobar en casa. Después de hacerse crujir un dedo, resulta imposible repetir inmediatamente el chasquido. Podemos tirar una y otra vez del mismo nudillo y no sucederá nada. Solo transcurridos unos quince o veinte minutos volverá a producirse el característico crack.

La razón es sencilla. La burbuja formada durante la cavitación no desaparece de inmediato. Poco a poco, los gases vuelven a disolverse en el líquido sinovial hasta que la articulación recupera las condiciones necesarias para repetir el proceso. Es el tiempo que tarda, por así decirlo, en «recargarse».

Muchas personas describen además una agradable sensación de alivio después del chasquido. Todo indica que no procede del sonido, sino del ligero estiramiento de la cápsula articular y de la estimulación de receptores nerviosos sensibles a la tensión. Es una sensación parecida a la que experimentamos cuando nos desperezamos al levantarnos por la mañana.

Pero volvamos a la advertencia de nuestras madres y abuelas: ¿produce realmente artritis hacerse crujir los dedos? La respuesta es, con bastante seguridad, no.

La historia más conocida la protagonizó Donald Unger, un médico estadounidense que decidió comprobar personalmente aquella creencia. Durante cincuenta años hizo sonar los nudillos de la mano izquierda varias veces al día, mientras dejaba completamente tranquila la derecha. En 1998, en el número 41(5) de Arthritis & Rheumatism, publicó el resultado de aquel extravagante experimento: ambas manos presentaban un estado prácticamente idéntico y no existía ninguna diferencia atribuible a la costumbre de hacerse crujir los dedos.

Naturalmente, un solo sujeto no basta para resolver una cuestión médica. Sin embargo, estudios epidemiológicos posteriores, realizados con grupos mucho más amplios, tampoco han encontrado una relación convincente entre esta costumbre y la aparición de artritis o artrosis. Algunos trabajos han sugerido una ligera disminución de la fuerza de prensión en quienes realizan el gesto de forma muy frecuente, pero la evidencia es débil y no ha podido confirmarse de manera consistente.

Eso sí, conviene distinguir entre los distintos ruidos articulares. El crack limpio e indoloro de un nudillo suele deberse a la cavitación del líquido sinovial y, por sí solo, carece de importancia clínica. Otros chasquidos pueden originarse cuando un tendón cambia bruscamente de posición al deslizarse sobre un hueso. En cambio, una crepitación acompañada de dolor, inflamación o pérdida de movilidad puede indicar un problema articular que merece atención médica. En realidad, el mejor indicador nunca ha sido el ruido, sino el dolor.

La historia, sin embargo, aún guarda un último giro. La cavitación que en nuestros dedos produce un inocente chasquido puede convertirse en un fenómeno extraordinariamente violento. Los ingenieros la conocen bien porque deteriora lentamente las hélices de los barcos y las turbinas hidráulicas: el colapso de millones de diminutas burbujas acaba erosionando incluso el acero.

Y la naturaleza, como tantas veces, decidió aprovechar ese mismo principio físico. La gamba pistola (Alpheus), un pequeño crustáceo tropical, posee una enorme pinza que funciona como un diminuto cañón hidráulico. Al cerrarla genera una burbuja de cavitación que colapsa casi instantáneamente produciendo una onda de choque capaz de aturdir o matar a sus presas. Durante ese brevísimo instante se alcanzan presiones enormes y temperaturas de varios miles de grados, acompañadas incluso por un diminuto destello luminoso, un fenómeno denominado sonoluminiscencia.

Resulta difícil imaginar que el mismo principio físico responsable del discreto crack de nuestros nudillos pueda convertirse, bajo el agua, en un arma de caza. Quizá esa sea la lección más hermosa de esta historia. Durante décadas, anatomistas, físicos e ingenieros discutieron apasionadamente sobre el comportamiento de una burbuja que vive menos de un segundo y mide apenas unos milímetros. Parecía un problema insignificante, pero terminó demostrando que incluso los gestos más cotidianos pueden esconder una física extraordinariamente sofisticada.

La próxima vez que alguien haga sonar los nudillos antes de una reunión o de una partida de ajedrez, la mayoría apenas prestará atención. Usted, en cambio, sabrá que acaba de escuchar el eco de una diminuta burbuja nacida en el interior de una articulación. Un fenómeno tan cotidiano que casi pasa desapercibido y, al mismo tiempo, tan fascinante que necesitó cerca de setenta años de investigación para que pudiéramos entenderlo.