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domingo, 5 de julio de 2026

LA DAMA DE COBRE

 

Entre los fuegos artificiales, los desfiles militares y la retórica patriótica que han acompañado este año al 250º aniversario de la independencia de Estados Unidos, ha quedado casi oculto otro aniversario mucho más discreto. El próximo 28 de octubre se cumplirán 140 años de la inauguración de la Estatua de la Libertad. Resulta una omisión curiosa. Pocas imágenes resumen mejor la historia de Estados Unidos. Y pocas sirven también para medir hasta qué punto ese país atraviesa uno de esos momentos en los que vuelve a preguntarse quién es.

La estatua sigue donde siempre. No ha cambiado de sitio desde 1886. Continúa levantando la antorcha sobre la pequeña isla que guarda la entrada del puerto de Nueva York, observando el ir y venir de ferris, remolcadores y cargueros. Cada año recibe cerca de cuatro millones de visitantes. Hay quien hace cola durante horas para subir hasta la corona. Otros se conforman con fotografiarla desde el ferry de Staten Island, quizá el mejor mirador de toda la ciudad porque, además de ser gratuito, permite contemplar a la dama de cobre en compañía del perfil de Manhattan.

Lo curioso es que la estatua nunca ha significado exactamente lo mismo. Los monumentos importantes cambian de sentido con el tiempo, porque son las sociedades quienes proyectan sobre ellos sus esperanzas y sus miedos. En sus primeros años fue el gran símbolo de la victoria de la Unión tras la Guerra Civil y del fin de la esclavitud. Más tarde se convirtió en la primera imagen de América para millones de inmigrantes que cruzaban el Atlántico y desembarcaban en la cercana Ellis Island. Durante la Guerra Fría pasó a representar al llamado «mundo libre» frente al totalitarismo soviético. Después de los atentados del 11 de septiembre volvió a transformarse, esta vez en símbolo de la resistencia de Nueva York frente al terrorismo.

No deja de ser extraordinario que una estatua haya sobrevivido intacta a tantos cambios de significado. En realidad, tampoco nació como un monumento estadounidense. Nació en Francia, en 1865, cuando el jurista Édouard de Laboulaye reunió a un grupo de intelectuales convencidos de que Estados Unidos representaba el experimento democrático más prometedor del mundo occidental. Francia vivía entonces bajo el Segundo Imperio de Napoleón III. Defender la democracia americana era también una forma elegante de criticar el autoritarismo francés sin decirlo demasiado alto.

Laboulaye encontró un aliado perfecto en el escultor Frédéric Auguste Bartholdi, un hombre de enorme ambición que imaginó una colosal figura femenina sosteniendo una antorcha. La construcción se prolongó durante más de dos décadas y requirió una movilización popular a ambos lados del Atlántico. Francia financió la estatua mediante donaciones y la venta de objetos conmemorativos. Estados Unidos hizo lo propio para levantar el pedestal. Fue una obra colectiva antes incluso de que existiera el crowdfunding.

La estatua era mucho más que un regalo diplomático. Representaba una alianza política e intelectual. Recordaba que la independencia norteamericana difícilmente habría triunfado sin la ayuda francesa. Desde la llegada del marqués de Gilbert du Motier, marqués de Lafayette hasta las tropas del conde de Jean-Baptiste Donatien de Vimeur, conde de Rochambeau y la escuadra del almirante François Joseph Paul de Grasse, Francia desempeñó un papel decisivo en la victoria de los rebeldes frente a Gran Bretaña.

Todo invitaba a pensar que 2026 sería un año de celebraciones compartidas. Los 140 años de la estatua coincidían prácticamente con el cuarto de milenio de la Declaración de Independencia. Parecía inevitable imaginar ceremonias conjuntas, discursos solemnes y homenajes a Lafayette en el cementerio parisino de Picpus o a Bartholdi en Montparnasse. Ha ocurrido exactamente lo contrario.

El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha abierto una grieta profunda entre Washington y buena parte de Europa. Los aranceles, las diferencias sobre Ucrania o los desencuentros diplomáticos son solo la superficie de un conflicto bastante más profundo. Bajo ellos late una disputa ideológica sobre qué significa hoy la democracia liberal.

La conferencia de seguridad celebrada en Múnich en febrero de 2025 dejó una imagen reveladora. Allí, el vicepresidente J. D. Vance acusó a Europa de encontrarse en pleno «declive civilizatorio», atribuible al “wokismo”, la inmigración y la pérdida de identidad cultural. Los asistentes europeos escuchaban con una mezcla de incredulidad y desconcierto. No esperaban escuchar ese discurso del principal aliado de Occidente.

Desde entonces, muchos gobiernos europeos han empezado a revisar algunas certezas que parecían inamovibles. Países especialmente vinculados a Washington, como el Reino Unido, o especialmente dependientes de la protección estadounidense frente a Rusia, como Polonia o las repúblicas bálticas, han comprendido que la garantía norteamericana ya no puede darse por descontada. El debate sobre la autonomía estratégica europea, que durante años sonó casi académico, ha adquirido una urgencia inesperada.

Francia contempla este giro con menos sorpresa que otros socios. Su tradición gaullista siempre mantuvo una cierta distancia respecto a Washington. El desarrollo de su propia fuerza de disuasión nuclear fue precisamente una forma de garantizar esa independencia. Hoy, cuando Europa vuelve a discutir cómo organizar su seguridad, París encuentra argumentos que hace apenas unos años parecían minoritarios.

Eso no significa, sin embargo, que Estados Unidos haya dejado de ser reconocible. Conviene distinguir entre una Administración y un país. El movimiento MAGA ha introducido una fuerte sacudida en la política estadounidense, pero Estados Unidos sigue siendo una sociedad con dos siglos y medio de experiencia democrática, instituciones sólidas y una sociedad civil extraordinariamente diversa. Como observó Alexis de Tocqueville, los estadounidenses suelen vivir con intensidad sus enfrentamientos políticos, aunque tarde o temprano regresan a la vida cotidiana y a sus preocupaciones privadas.

Quizá por eso la Estatua de la Libertad conserva toda su fuerza. Los monumentos no cambian gobiernos ni ganan elecciones, pero sobreviven a los ciclos políticos. Permanecen cuando los presidentes pasan, cuando las alianzas se enfrían y cuando las palabras pierden valor. Su mera presencia recuerda que hubo un tiempo en que Francia y Estados Unidos quisieron celebrar juntos un mismo ideal: la libertad entendida como patrimonio común de las democracias liberales.

Mientras la política levanta nuevas fronteras, la vieja dama de cobre sigue mirando hacia el Atlántico. No distingue entre aliados y adversarios. Tampoco sabe quién ocupa la Casa Blanca o el Palacio del Elíseo. Simplemente sostiene una antorcha.

Quizá sea eso lo que convierte a los símbolos en algo más resistente que la política: pueden esperar. Y ciento cuarenta años después, la Estatua de la Libertad sigue esperando que Estados Unidos vuelva a parecerse al país que un día inspiró su construcción.