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miércoles, 21 de octubre de 2026

ANTROPOCENO: CUANDO NUESTRAS COSAS PESARON MÁS QUE LA VIDA

 

Restos de plástico y otros residuos sobre la arena y en un pequeño talud. La imagen ilustra la incorporación de materiales humanos al paisaje; por sí sola no permite determinar su antigüedad ni identificar un límite geológico. Foto de M. Korhan Ertura en una zona costera del Mar Negro, NW de Turquía. 

En la fotografía hay dunas, cielo azul y un pequeño corte en la arena. También aparecen restos de plástico esparcidos por la superficie y objetos que asoman en el talud. No sabemos dónde se tomó la imagen ni cuándo llegaron los residuos. La fotografía no permite fechar un estrato, pero sí reconocer una aportación muy nuestra al paisaje. El viento y el agua llevan mucho tiempo trabajando con granos minerales y restos de organismos. Nosotros hemos ampliado el catálogo con envases. La naturaleza no los había echado en falta.

La escena invita a hablar del Antropoceno, una palabra que describe la magnitud de la transformación humana del planeta. Antes conviene corregir una confusión: no es una época geológica oficialmente reconocida. Seguimos en el Holoceno, iniciado hace unos 11 700 años, dentro del Cuaternario y de la era Cenozoica. En marzo de 2024 se ratificó el rechazo de una propuesta para formalizar el Antropoceno como nueva época. El término sigue siendo útil, pero carece de casilla propia en la escala internacional.

La discusión no consistía en decidir si dejamos huella, sino en cómo convertir esa transformación en una unidad geológica. La propuesta situaba el comienzo en los años cincuenta del siglo XX, con señales de las pruebas nucleares como marcador. Entre las objeciones estaban las raíces mucho más antiguas de nuestra influencia y su desarrollo desigual. Podemos discutir dónde colocar la frontera sin dejar de reconocer que estamos cambiando el paisaje. La basura de una playa no necesita esperar el resultado de una votación para resultar preocupante.

Una manera sorprendente de medir nuestra presencia consiste en pesarla. No a nosotros, sino a nuestras cosas: edificios, carreteras, puentes, máquinas y objetos. En diciembre de 2020, un equipo del Instituto Weizmann encabezado por Emily Elhacham publicó en Nature una comparación entre esa masa antropogénica y la biomasa mundial. Estimó que ambas se igualaban alrededor de 2020, con una incertidumbre de seis años. Por una vez, la noticia no se refería a cuánto dinero valían nuestras pertenencias, sino a cuánto marcaban en una balanza imaginaria.

La cifra rondaba los 1,1 billones de toneladas de masa seca. La precisión importa: se descontó el agua de los seres vivos, y el inventario principal de objetos fabricados consideraba los que seguían en uso. No debemos imaginar un pesaje literal ni un instante exacto en el que una última carretilla de hormigón inclinó el planeta. Se trata de estimaciones globales. Su interés reside en el orden de magnitud: la acumulación material de nuestra civilización había adquirido una escala comparable a la del conjunto de los organismos.

En ese conjunto, los animales ocupan menos espacio del que les concede nuestra imaginación. La biomasa está dominada por las plantas, y los microorganismos aportan cantidades importantes que rara vez aparecen en las postales de naturaleza. Un bosque no es simplemente el escenario donde viven ciervos y pájaros: los árboles son una parte fundamental de su masa viva. Pensar en toneladas obliga a corregir nuestro reparto habitual de protagonistas. La biosfera se parece menos a un desfile de grandes mamíferos que a una inmensa arquitectura vegetal acompañada de habitantes invisibles.

También nos equivocamos al imaginar qué llena el platillo artificial. Pensamos en móviles y botellas, pero el grueso del inventario corresponde a materiales de construcción. Nuestra presencia más pesada está en el suelo que pisamos, en los cimientos y en las infraestructuras que apenas vemos. Los objetos pequeños dominan nuestra atención porque los compramos y los tiramos con frecuencia. El aparcamiento donde dejamos el coche, en cambio, parece formar parte del paisaje desde siempre. Esa familiaridad lo vuelve casi invisible, aunque materialmente resulte difícil encontrar algo menos ligero.

El estudio calculaba unos 35 000 millones de toneladas de masa antropogénica en 1900. Para el lustro anterior a su publicación estimaba una acumulación anual de unos 30.000 millones. El crecimiento observado se aproximaba a una duplicación cada veinte años. Conviene mantener esas cifras en su fecha: describen la investigación de 2020, no una medición actualizada a este año. Incluso así, muestran hasta qué punto una variación anual puede alcanzar dimensiones que antes exigían reunir todo un inventario histórico de construcciones y objetos.

Para dar escala al resultado, el equipo comparó la masa de las construcciones e infraestructuras de Nueva York con la de todos los peces del mundo. También señaló que la masa de los plásticos rondaba el doble de la masa seca de todos los animales. Son comparaciones deliberadamente desconcertantes. No significan que el plástico pese más que toda la vida: los animales son solo una pequeña parte de ella. Tampoco permiten medir por sí solas el daño ambiental, que depende de dónde se encuentra cada material y de qué hace allí.

Una tonelada de materiales destinados a llevar agua potable y otra convertida en objetos innecesarios pueden sumar lo mismo, pero no merecen idéntica valoración. La balanza no distingue una necesidad de un despilfarro. Ese juicio exige preguntar para qué construimos, cuánto tiempo servirá lo construido y si podría repararse o aprovecharse mejor. El estudio ofrece una medida de escala, no una condena de toda infraestructura. Precisamente porque necesitamos viviendas, hospitales y redes de saneamiento, importa pensar cómo obtener esos servicios con un uso más sensato de los materiales.

Además, no hemos creado esa materia de la nada. La hemos extraído, transportado y transformado. El planeta no pesa más porque levantemos una autopista; lo que cambia es la organización de sus materiales y el funcionamiento de los lugares afectados. Una montaña, una cantera y un firme de carretera no son equivalentes desde el punto de vista de quienes viven allí. Decir que todo sigue en la Tierra resulta una respuesta bastante pobre para explicar lo que le ha ocurrido a un paisaje.

La fotografía nos devuelve a otro detalle decisivo: los residuos. El inventario principal del estudio no los incluía, pero excluirlos de una cuenta no los expulsa del planeta. «Tirar» es un verbo engañoso: describe el final de nuestra relación con un objeto, no el final de su existencia. Después de tirarlo continúa en alguna parte. Puede que dejemos de verlo desde la ventana de casa y vuelva a aparecer en una playa. Nuestra comodidad tiene un radio de acción menor que el de nuestros materiales.

Tampoco ese «nosotros» implica una responsabilidad idéntica para todos. Las medias planetarias no explican quién decide qué se produce, quién obtiene sus beneficios ni quién convive con los residuos. Por eso recoger basura, siendo necesario, no agota la respuesta. También cuentan la duración y reparación de los objetos, las decisiones de construcción y las posibilidades reales de reutilizar materiales. Pedir al paseante que cuide la playa tiene sentido; suponer que sus buenos modales resolverán por sí solos el problema atribuye unas facultades extraordinarias a la bolsa de recogida.

No sabemos qué fragmentos de la fotografía resistirán ni si alguno llegará a formar parte de un registro duradero. Sería excesivo presentarlos como fósiles del futuro. Basta verlos como lo que ya son: restos de decisiones humanas mezclados con la arena. El Antropoceno puede seguir fuera del calendario oficial, pero la pregunta que plantea está aquí, a nuestros pies. Antes de discutir cómo nos recordará la Tierra, quizá convenga decidir qué merece la pena dejarle.