En la fotografía hay dunas,
cielo azul y un pequeño corte en la arena. También aparecen restos de plástico
esparcidos por la superficie y objetos que asoman en el talud. No sabemos dónde
se tomó la imagen ni cuándo llegaron los residuos. La fotografía no permite
fechar un estrato, pero sí reconocer una aportación muy nuestra al paisaje. El
viento y el agua llevan mucho tiempo trabajando con granos minerales y restos
de organismos. Nosotros hemos ampliado el catálogo con envases. La naturaleza
no los había echado en falta.
La escena invita a hablar
del Antropoceno, una palabra que describe la magnitud de la transformación
humana del planeta. Antes conviene corregir una confusión: no es una época
geológica oficialmente reconocida. Seguimos en el Holoceno, iniciado hace unos
11 700 años, dentro del Cuaternario y de la era Cenozoica. En marzo de 2024 se
ratificó el rechazo de una propuesta para formalizar el Antropoceno como nueva
época. El término sigue siendo útil, pero
carece de casilla propia en la escala internacional.
La discusión no consistía en
decidir si dejamos huella, sino en cómo convertir esa transformación en una
unidad geológica. La propuesta situaba el comienzo en los años cincuenta del
siglo XX, con señales de las pruebas nucleares como marcador. Entre
las objeciones estaban las raíces mucho más antiguas de nuestra influencia y su
desarrollo desigual. Podemos discutir dónde colocar la frontera sin dejar
de reconocer que estamos cambiando el paisaje. La basura de una playa no
necesita esperar el resultado de una votación para resultar preocupante.
Una manera sorprendente de
medir nuestra presencia consiste en pesarla. No a nosotros, sino a nuestras
cosas: edificios, carreteras, puentes, máquinas y objetos. En diciembre de
2020, un equipo del Instituto Weizmann encabezado por Emily Elhacham publicó en
Nature una comparación entre esa masa antropogénica y la biomasa
mundial. Estimó que ambas
se igualaban alrededor de 2020, con una incertidumbre de seis años. Por una
vez, la noticia no se refería a cuánto dinero valían nuestras pertenencias,
sino a cuánto marcaban en una balanza imaginaria.
La cifra rondaba los 1,1
billones de toneladas de masa seca. La precisión importa: se descontó el agua
de los seres vivos, y el inventario principal de objetos fabricados consideraba
los que seguían en uso. No debemos imaginar un pesaje literal ni un instante
exacto en el que una última carretilla de hormigón inclinó el planeta. Se trata
de estimaciones globales. Su interés reside en el orden de magnitud: la
acumulación material de nuestra civilización había adquirido una escala
comparable a la del conjunto de los organismos.
En ese conjunto, los
animales ocupan menos espacio del que les concede nuestra imaginación. La biomasa está dominada por las
plantas, y los microorganismos aportan cantidades importantes que rara vez
aparecen en las postales de naturaleza. Un bosque no es simplemente el
escenario donde viven ciervos y pájaros: los árboles son una parte fundamental
de su masa viva. Pensar en toneladas obliga a corregir nuestro reparto habitual
de protagonistas. La biosfera se parece menos a un desfile de grandes mamíferos
que a una inmensa arquitectura vegetal acompañada de habitantes invisibles.
También nos equivocamos al
imaginar qué llena el platillo artificial. Pensamos en móviles y botellas, pero
el grueso del inventario corresponde a materiales de construcción. Nuestra
presencia más pesada está en el suelo que pisamos, en los cimientos y en las
infraestructuras que apenas vemos. Los objetos pequeños dominan nuestra
atención porque los compramos y los tiramos con frecuencia. El aparcamiento
donde dejamos el coche, en cambio, parece formar parte del paisaje desde
siempre. Esa familiaridad lo vuelve casi invisible, aunque materialmente
resulte difícil encontrar algo menos ligero.
El estudio calculaba unos 35
000 millones de toneladas de masa antropogénica en 1900. Para el lustro
anterior a su publicación estimaba una acumulación anual de unos 30.000
millones. El crecimiento observado se aproximaba a una duplicación cada veinte
años. Conviene mantener esas cifras en su fecha: describen la investigación de
2020, no una medición actualizada a este año. Incluso así, muestran hasta qué
punto una variación anual puede alcanzar dimensiones que antes exigían reunir
todo un inventario histórico de construcciones y objetos.
Para dar escala al
resultado, el equipo comparó la masa de las construcciones e infraestructuras
de Nueva York con la de todos los peces del mundo. También señaló que la masa de los plásticos rondaba el doble
de la masa seca de todos los animales. Son comparaciones deliberadamente
desconcertantes. No significan que el plástico pese más que toda la vida: los
animales son solo una pequeña parte de ella. Tampoco permiten medir por sí
solas el daño ambiental, que depende de dónde se encuentra cada material y de
qué hace allí.
Una tonelada de materiales
destinados a llevar agua potable y otra convertida en objetos innecesarios
pueden sumar lo mismo, pero no merecen idéntica valoración. La balanza no
distingue una necesidad de un despilfarro. Ese juicio exige preguntar para qué
construimos, cuánto tiempo servirá lo construido y si podría repararse o
aprovecharse mejor. El estudio ofrece una medida de escala, no una condena de
toda infraestructura. Precisamente porque necesitamos viviendas, hospitales y
redes de saneamiento, importa pensar cómo obtener esos servicios con un uso más
sensato de los materiales.
Además, no hemos creado esa
materia de la nada. La hemos extraído, transportado y transformado. El planeta
no pesa más porque levantemos una autopista; lo que cambia es la organización
de sus materiales y el funcionamiento de los lugares afectados. Una montaña,
una cantera y un firme de carretera no son equivalentes desde el punto de vista
de quienes viven allí. Decir que todo sigue en la Tierra resulta una respuesta
bastante pobre para explicar lo que le ha ocurrido a un paisaje.
La fotografía nos devuelve a
otro detalle decisivo: los residuos. El inventario principal del estudio no los
incluía, pero excluirlos de una cuenta no los expulsa del planeta. «Tirar» es
un verbo engañoso: describe el final de nuestra relación con un objeto, no el
final de su existencia. Después de tirarlo continúa en alguna parte. Puede que
dejemos de verlo desde la ventana de casa y vuelva a aparecer en una playa.
Nuestra comodidad tiene un radio de acción menor que el de nuestros materiales.
Tampoco ese «nosotros»
implica una responsabilidad idéntica para todos. Las medias planetarias no
explican quién decide qué se produce, quién obtiene sus beneficios ni quién
convive con los residuos. Por eso recoger basura, siendo necesario, no agota la
respuesta. También cuentan la duración y reparación de los objetos, las
decisiones de construcción y las posibilidades reales de reutilizar materiales.
Pedir al paseante que cuide la playa tiene sentido; suponer que sus buenos
modales resolverán por sí solos el problema atribuye unas facultades
extraordinarias a la bolsa de recogida.
No sabemos qué fragmentos de
la fotografía resistirán ni si alguno llegará a formar parte de un registro
duradero. Sería excesivo presentarlos como fósiles del futuro. Basta verlos
como lo que ya son: restos de decisiones humanas mezclados con la arena. El
Antropoceno puede seguir fuera del calendario oficial, pero la pregunta que
plantea está aquí, a nuestros pies. Antes de discutir cómo nos recordará la
Tierra, quizá convenga decidir qué merece la pena dejarle.
