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jueves, 22 de octubre de 2026

EL GRANADO, UNA MULTITUD BAJO LA MISMA PIEL

 

Aspectos botánicos de Punica granatum. A. Rama florida. Flor: sección longitudinal (1), estambres (2), polen (3), cortes del ovario a diferentes alturas (4 y 5), y extremo del estilo con estigma (6). La rama principal representa una forma de flor doble. B. Rama fructificada con fruto y semilla: granada en sección longitudinal y transversal (7 y 8); semilla con sarcotesta (9), secciones de la semilla (10, longitudinal y 11, tranversal), semilla sin la parte carnosa (12), y embrión (13). Modificada a partir de la láminas originales de Köhler's Medizinal-Pflanzen, dominio público.

Hay frutas que se entregan sin condiciones y otras que exigen una pequeña negociación. La granada pertenece al segundo grupo. Antes de comer hay que abrir una cubierta correosa, separar tabiques, rescatar granos y aceptar que alguno termine en el suelo o deje una señal indeleble en la camisa. A cambio, ofrece una de las arquitecturas más sorprendentes de la frutería: centenares de pequeñas reservas de zumo empaquetadas bajo una misma piel. Ahora que los granados vuelven a cargarse de frutos, merece la pena detenerse ante ellos con algo más que un cuchillo.

El granado, Punica granatum, es un arbusto o arbolillo caducifolio, frecuentemente espinoso, de hojas simples, enteras y por lo común opuestas. Su nombre conserva una antigua geografía comercial. Punica remite a lo púnico, a Cartago y a los cartagineses, asociados por los romanos con aquel fruto que llamaban malum punicum, manzana púnica. El epíteto granatum, relacionado con el latín granum, alude a su abundancia de granos. En dos palabras científicas quedaron reunidos los comerciantes del Mediterráneo y el contenido de su mercancía.

Durante mucho tiempo el granado tuvo familia propia, las punicáceas. La clasificación actual lo incluye en las litráceas, Lythraceae, una familia a la que también pertenecen las salicarias y el árbol de Júpiter de nuestros jardines. El nombre aceptado sigue siendo el que publicó Linneo en 1753. Los cambios han afectado a sus relaciones de parentesco, no a su identidad. Su aspecto familiar puede hacernos olvidar que cada árbol reúne una historia evolutiva bastante más larga que nuestra costumbre de cultivarlo.

La flor anuncia el fruto con una precisión admirable. Sobre un receptáculo en forma de copa se dispone un cáliz grueso, rojizo y persistente, acompañado por pétalos delicados, generalmente escarlatas, y numerosos estambres. Los pétalos parecen hechos de papel arrugado; el cáliz tiene la consistencia de un objeto destinado a durar. Y dura: sus lóbulos permanecen en el extremo de la granada madura, formando esa pequeña corona que permite reconocerla incluso en un dibujo infantil.

Sin embargo, no todas las flores del mismo árbol tienen idéntico porvenir. El granado produce flores hermafroditas, con ovario bien desarrollado, y otras funcionalmente masculinas, cuyo aparato femenino no completa su desarrollo. Las primeras suelen presentar una base más abultada, semejante a una pequeña vasija; las segundas, más estrecha, recuerdan una campana. También existen formas intermedias. Una flor caída no es necesariamente una promesa de fruta malograda: puede haber cumplido su función aportando polen.

El ovario ocupa una posición ínfera, integrado en la parte inferior de la estructura floral. Su organización interna es poco corriente: los compartimentos se distribuyen en niveles superpuestos. En los inferiores, los óvulos se insertan hacia el eje central; en los superiores, su disposición parece parietal, próxima a las paredes. Esta organización ayuda a entender por qué una granada abierta no ofrece la simetría sencilla de una naranja. Los tabiques y las agrupaciones de semillas dibujan un interior más complicado, que se aprecia mejor comparando un corte transversal con otro longitudinal.

El fruto, un original en el universo polimorfo de los frutos, recibe el nombre botánico de balausta. Su cubierta resistente protege numerosas semillas, separadas por tabiques membranosos de color claro. Pero la verdadera sorpresa está en lo que comemos. En un melocotón, la carne procede de la pared del ovario. En la granada, la parte jugosa pertenece a la propia cubierta de la semilla: es la sarcotesta. Cada grano entero es, por tanto, una semilla con una envoltura externa carnosa y un interior más duro. En textos comerciales se habla con frecuencia de «arilos», aunque sarcotesta describe con mayor precisión su origen anatómico.

La diferencia puede parecer una exquisitez de botánicos, pero cambia nuestra manera de mirar el plato. Cuando desgranamos una granada no estamos apartando semillas para alcanzar la pulpa: estamos reuniendo semillas para comérnoslas. El árbol ha convertido su envoltura en una recompensa apetecible. El color tampoco es una obligación uniforme: según la variedad, los granos pueden ser muy rojos, rosados o casi blanquecinos.

También su historia merece algún cuidado. El cultivo es antiquísimo y su origen se sitúa en Asia occidental y regiones próximas. En un poema escrito en un papiro del Antiguo Egipto del año 1150 a. C., conocido como «Papiro Erótico de Turín», se equiparan las granadas con los senos femeninos. Desde Oriente próximo el granado se extendió por el Mediterráneo mediante contactos e intercambios entre pueblos. Atribuir su llegada a la península ibérica a los bereberes del siglo X retrasa demasiado el calendario: las investigaciones arqueobotánicas documentan la incorporación de frutales como el granado al este peninsular durante el primer milenio antes de nuestra era, en el contexto de los contactos con los fenicios. La agricultura andalusí heredó y enriqueció una tradición anterior.

Conviene ser igualmente prudentes con la afirmación de que la ciudad de Granada recibió su nombre del fruto. La asociación es antigua, poderosa y visible en su heráldica, pero el origen del topónimo no está resuelto mediante esa semejanza. La arabista María Jesús Viguera ha defendido una interpretación relacionada con el color rojo de la tierra y las construcciones. El emblema resulta indiscutible; la etimología exige más cautela que un escudo.

La medicina tradicional utilizó preparaciones del granado contra diarreas y parásitos intestinales. Su riqueza en taninos ayuda a explicar la astringencia y usos como el curtido y la tinción. Sin embargo, la corteza de raíz y tronco contiene alcaloides, entre ellos la peletierina, que explican tanto su antiguo empleo antihelmíntico como sus riesgos. La experiencia histórica incluye remedios eficaces contra un organismo que tampoco eran inocuos para quien los tomaba.

Tanto para babilonios, chinos y europeos cristianos, la granada representó eternidad y resurrección, un símbolo de mediación entre la vida y la muerte. En especial, gracias a su dualidad como alimento y medicamento, distintos pueblos han empleado este fruto de color rojo púrpura, probablemente domesticado en Irán y en Afganistán, para regular el estómago y los intestinos, reducir la fiebre, detener el sangrado, así como para evitar tener hijos. En el siglo II, el médico griego Sorano de Éfeso, considerado uno de los padres de la ginecología, escribió seis recetas de anticonceptivos que contenían granada. Su colega, el bizantino Aecio de Amida del siglo VI, sugirió que un hombre podría frotar su pene con corteza de granada antes del coito para evitar la concepción.

Algunos eruditos cristianos la han considerado un símbolo tanto de la castidad de María como de la resurrección de Jesús. La fruta fue usada en los ritos zoroastrianos como símbolo de prosperidad e inmortalidad del alma. Inanna, una diosa adorada por los sumerios como la «señora de la fertilidad y la sexualidad», fue representada en vasijas del 3100 a. C. rodeada de granadas, quizá debido a sus numerosas semillas prominentes. Los eruditos chinos durante el período de las Seis Dinastías —entre los años 222 y 589— se referían a las flores de granada como «flores de longevidad». Y no extraña que, junto con el bastón de Asclepio —Esculapio, para los romanos—, el caduceo —unión del báculo y la serpiente— y la cruz roja, la granada aparezca frecuentemente en la iconografía médica.

La investigación moderna estudia sus compuestos, pero una actividad antioxidante o antiproliferativa en el laboratorio no demuestra, como pretenden algunos y se explica en los herbolarios, que comer granadas prevenga o cure el cáncer. Los estudios en personas apuntan a posibles reducciones de la presión arterial y pequeñas disminuciones de la glucemia; no permiten atribuirle beneficios generales ni efectos claros sobre los lípidos sanguíneos. La fruta puede formar parte de una alimentación saludable sin cargar con las obligaciones de un medicamento.

Quedan usos más placenteros y menos discutibles: comer los granos frescos, incorporarlos a ensaladas, preparar salsas, postres o zumos. La granadina tradicional transforma ese zumo en jarabe. Y queda, sobre todo, el gesto de abrir una granada en otoño. Bajo una cubierta discreta aparece una multitud luminosa, cuidadosamente alojada en sus compartimentos. Después de conocer su anatomía, cuesta verla como una fruta corriente; después de probarla, tampoco parece necesario pedirle milagros.