Vistas de página en total

martes, 8 de mayo de 2012

¿Cuántas "bankias" hay en España?



Cuando en 2009 se creó el Fondo de Reestructuración Ordenada Bancaria (FROB), se abrió la posibilidad de un saneamiento estructural del sistema bancario español (SBE). Unos meses después se habían producido fusiones de entidades pequeñas mientras que las grandes miraban para otro lado silbando distraídamente. Para cualquiera que siguiera con algún interés el via crucis de las cajas era difícil entender que fusionar tejidos enfermos pudiera obrar el milagro de engendrar un organismo vigoroso y fuerte. Tres años después, Bankia, monstruo de Frankestein creado con sus propias miserias y las adherencias enfermas de otras cajas menores, confirma los peores temores de una historia que comenzó mal y terminado aún peor.


Con su característica actitud de pollo que corre sin cabeza cacareando anacolutos y eufemismos, el ministro de Guindos  anunció el pasado febrero la cuadratura del círculo en forma de una nueva regulación del SBE que iba a dejar el solar financiero patrio limpio como una patena. Su terapia ha dado el resultado que cabía esperar de quien estando a la cabeza no olió la bancarrota de Lehman Brothers: la noticia del día es el colapso de Bankia y la dimisión de su hasta ayer presidente, Rodrigo Rato, al que lo ha matado aquello a lo que tantos años sirvió y tanto daño ha causado en este país: el ladrillo. 


Las ratas abandonan el barco que se hunde, pero si son roedores financieros se tiran por la borda provistos de salvavidas. Un organismo repleto de seres supuestamente inteligentes, el Banco de España, dirigido por Miguel Ángel Fernández Ordóñez, el hombre que aplaude cada vez que se recortan derechos sociales y laborales, autorizó el pasado mes de abril a Bankia a abonar la retribución variable, también conocida como bonus, unos millones de euros (M€) que se repartirán sus eficaces directivos. A ver si lo he explicado bien: a los ingenieros si se les cae un puente los meten en la cárcel. Es seguro que el ingeniero en ningún momento quería que se le cayera el puente, pero es todavía más seguro que los ejecutivos de los bancos arruinados saben de sobra lo que están haciendo: jugar con el dinero de los demás para desplumar a los clientes. Pues eso, hunden Bankia con sus decisiones equivocadas y el Banco de España autoriza la recompensa por el desaguisado que han montado. 


¿Saben ustedes cuántos años tiene que trabajar un español con el salario mínimo interprofesional para ganar lo que Rato en un año? Más de 240 años. Ahora, el que fue uno de los arquitectos de la burbuja inmobiliaria y el hombre que dejó en ridículo a España huyendo del FMI, acaba de hundir la cuarta entidad financiera de España y, en lugar de ir a los tribunales, se retira con un botín en forma de indemnización de 1,2 M€. Así siguen las cosas por estos pagos: llegas a una caja enferma, le aplicas una terapia pésima que la aboca a una situación aún peor, y cuando está a punto de expirar, en lugar de tomar el Último Viático, tomas las de Villadiego, dejas a 400.000 accionistas con un 37% de pérdidas y el peor banco en Bolsa, le cuestas a los españoles el importe de los recortes en sanidad y educación, y encima te llevas una bonificación que equivale al subsidio con el que tienen que sobrevivir mensualmente tres mil parados. 


Para cualquiera que pusiera algún interés más del que habitualmente ponemos en el trofeo Pichichi, lo de Bankia se veía venir desde su salida a Bolsa en julio de 2011. Cuando entonces hizo una ampliación de capital de 3.100 M€, el precio de salida de cada acción (sospechosamente rebajada dos veces antes de salir al parqué) era de 3,75 euros, lo que suponía que la entidad estaba valorada en unos 6.500 M€, una cotización ridícula que suponía que el valor real del nuevo banco era un cuarto (0,256 veces) de su valor contable. 


A buen entendedor pocas palabras bastan: la única conclusión posible era suponer que el valor contable estaba inflado por unos activos que no valían nada. Ahora sabemos que Bankia y su particular “banco malo”, el Banco Financiero y de Ahorro (BFA), se habían convertido en la mayor inmobiliaria de España con unos activos problemáticos vinculados al ladrillo por valor de 31.800 M€. A día de hoy, Bankia, a través de su matriz BFA ya ha consumido 4.465 M€ del FROB. Los intereses de estas ayudas provocaron pérdidas a BFA de 439 M€ en 2011, lo que no impidió que sus jerifaltes pidiesen cobrar bonus. Ahora, si se hace otra inyección de entre 7.000 a 10.000 M€ al 8%, como al parecer quiere hacer el Gobierno, es materialmente imposible que la entidad pueda afrontar los intereses de la ayuda. La nacionalización está cantada y más valdría hacerla cuanto antes porque está en la mente de todos que Bankia no es un caso aislado y el miedo puede cundir fácilmente entre depositantes y ciudadanos. ¿Cuántas “bankias hay en España”? A perro flaco todo son pulgas. Habrá más casos peligrosos en los próximos días, no lo duden.


Malo vendrá que bueno te hará. El sucesor de Rato al frente de BFA-Bankia no viene desnudo. José Ignacio Goirigolzarri fue despedido del BBVA hace ahora dos años y ocho meses con una cuantiosa indemnización y una pensión vitalicia por jubilación (a pesar de tener 55 años) de 68,7 M€ (oiga: que son 12.000 millones de pesetas) a los que ahora no tendrá que renunciar y a los que sumará su sueldo en BFA-Bankia. [Antes de seguir, una digresión. Si era tan bueno, ¿por qué lo despidieron?]


Uno pensaba que el gran objetivo de la reforma bancaria era abrir el grifo del crédito y a las palabra de las más altas autoridades económicas me remito. El pasado 5 de marzo, el verbalmente incontenido, metafórico y eufemístico ministro de Economía, intervino en el "Encuentro Financiero Internacional Bankia 2012" (¡qué casualidad!), en el que afirmó que las restricciones de crédito que están imponiendo los bancos y las cajas españolas a las familias y las empresas, «sin las cuales no hay crecimiento ni creación de empleo», se deben a «problemas estructurales, que serían resueltos con la reforma financiera aprobada por el Gobierno». 


Pues muy bien don Luis, pero no parece de la misma opinión el caballero que vuecencia ha elegido para regir los destinos de BFA-Bankia, Además de su educación jesuítica (a estos efectos léase la Araña Negra, de Blasco Ibáñez y A.M.D.G., de Pérez de Ayala) y su afición al Athletic Club de Bilbao (que no causará mayores dolencias a los contribuyentes), el señor Goirigolzarri -“Goiri” para los amigos- mantiene un blog de su puño y letra en el que escribió el pasado 16 de febrero un artículo titulado Qué le pediría a la reforma financiera en el que afirmaba justamente lo contrario que de Guindos al escribir que la reforma financiera puesta en marcha por el Gobierno del PP «no conllevará un aumento del crédito por mucho que se proclame desde todas las instancias». Para no dar puntada sin hilo, el señor Goirigolzarri libraba al sector financiero de toda responsabilidad en el desarrollo de la crisis y cargaba la suerte en el sector público, opinión que sólo puede sostener un hooligan enfebrecido de la doctrina neoliberal. 


Con estos mimbres tenemos que construir el cesto del destino de nuestro país. ¡Que Dios (y San Ignacio de Loyola) nos pillen confesados!

La generación de los sueños rotos





El síntoma más evidente de la enfermedad que está consumiendo el sistema bancario español (SBE) afloró hace ahora tres años, cuando se intervino Caja Castilla-La Mancha. Realizada la oportuna disección, los forenses del Banco de España levantaron acta: los niveles de morosidad de la entidad manchega superaban el 17%. Mientras tanto, el resto del sector declaraba una morosidad de tan sólo el 5% (que no es poco). Tamaña diferencia no era creíble. Como el tiempo se está encargando de demostrar, la caja intervenida no era un ejemplo aislado sino el único cadáver diseccionado de una pandemia que amenazaba a todo el SBE cuyos síntomas se enmascaraban con la manipulación contable. El canje de deuda impagada por activos inmobiliarios a precios ficticios permitía a las entidades ocultar sus niveles de morosidad.


Debilitado por la enfermedad que lo corroía a la vez que se oponía tercamente a una terapia efectiva, el renqueante SBE llegó hasta finales de 2011, cuando el anunciado ascenso del PP al poder debía restablecer al enfermo por vía de la aparición en escena de un taumaturgo llamado Mariano Rajoy. No hubo tal. El nuevo Gobierno adoptó en febrero unas medidas que han fracasado en su principal objetivo: “recuperar la credibilidad y la confianza en el sistema financiero español”. La prueba más palpable del fracaso es que la cotización bursátil de los bancos continúa cayendo y que la morosidad crece sin cesar y seguirá creciendo por la recesión y el paro.


¿Por qué falla la confianza? Sencillamente, porque a estas alturas de la crisis los inversores no confían más que una terapia de choque que sanee por completo la exposición inmobiliaria, lo que habrá que hacer anotando el suelo en los balances a valor prácticamente cero, porque todo el mundo está de acuerdo en que van a pasar muchos años antes de que se vuelva a construir en España. Asunto bien diferente es el de las viviendas, que deberían contabilizarse a su precio de mercado, que es menos de la mitad del tasado. Nadie se puede creer que con más de un millón de viviendas vacías los precios hayan caído tan solo un 13%, cuando en otros países el estallido de la burbuja inmobiliaria provocó caídas de los precios de hasta el 60% con respecto a su precio de tasación. Ni que decir tiene que la adquisición por particulares de este colosal parque de viviendas actuaría como locomotora dinamizadora de otros sectores productivos ahora paralizados por la falta de demanda. 


El saneamiento exigirá ampliaciones de capital generalizadas que los bancos españoles no están dispuestos a hacer ahora porque consideran que sus acciones se cotizan demasiado a la baja. Pero eso también lo decían hace un año y desde entonces han seguido bajando. Para hacerlos entrar en razón está el Gobierno, porque la estrategia bancaria de provisionar sus balances con activos inflados, no recortar los dividendos ni entrar en pérdidas, es la misma estrategia del avestruz que se siguió en Japón hace más de veinte años y el mejor ejemplo de que echar balones fuera no es la táctica más adecuada si se quiere ganar el partido. 


Japón atraviesa desde hace 20 años una crisis económica y social cuyo origen fue muy similar a la actual crisis española. A principios de los ochenta la economía japonesa iba como un misil, sus exportaciones crecían y sus compañías multinacionales invadían los mercados. En 1990 se produjo una explosión de la burbuja inmobiliaria y bursátil que hizo perder a los japoneses la mitad de sus ahorros y la riqueza acumulada. Tras innumerables medidas de política económica que nunca tomaron el toro por los cuernos, la economía japonesa sigue estancada, su población más joven está sumida en la deseperanza y considera con resignación que la austeridad es el valor predominante del tiempo que les ha tocado vivir.  


A partir de 1985, cuando el Gobierno japonés cedió ante la presión estadounidense para apreciar el yen con objeto de reducir el enorme déficit comercial de Estados Unidos, la economía japonesa, que crecía a una media aproximada del 6%, intentó afrontar el nuevo escenario bajando los tipos de interés con una política monetaria expansiva para incrementar la inversión interna. Es la misma estrategia que siguió el Banco Central Europeo cuando bajó los tipos de interés a principios de la década de los 2000. Los japoneses, como hicimos los españoles, compraron viviendas, cuyos precios empezaron a subir muy rápidamente, y canalizaron sus elevados ahorros hacia la compra de activos financieros, impulsando una fuerte subida de la Bolsa. Una vez que el precio de la vivienda y de los activos financieros fue subiendo, pidieron préstamos a los bajos tipos de interés existentes para aprovechar estas subidas especulativas. La doble burbuja, inmobiliaria y bursátil, empezó a inflarse. 


En 1990 estallaron las burbujas y se desplomaron el precio de la vivienda y la cotización de los activos financieros. Las familias y las empresas japonesas no pudieran devolver las deudas contraídas y el sistema financiero se tambaleó. La economía entró en crisis, aumentó el paro y se produjeron numerosos cambios de Gobierno con políticas muy expansivas que llevaron la deuda pública emitida del 3% del PIB en 1990 al 180% del PIB que tiene en la actualidad, casi tres veces la deuda pública española, y la deuda más alta de todos los países industrializados. 


La política monetaria siguió siendo muy expansiva con tipos de interés casi nulos. A pesar de ello, el pueblo japonés optó por ahorrar y no consumir. Los márgenes empresariales cayeron y las empresas no hicieron inversiones productivas. La Bolsa y el precio de las viviendas nunca se recuperaron. El Gobierno, presionado por la banca, fue aplazando afrontar la crisis del sistema bancario y el país entró en deflación, con bajas tasas de crecimiento y estancamiento de su PIB por habitante. Según los datos más recientes, mientras el PIB japonés en 1985 era la mitad del norteamericano, ahora es menos de la tercera parte. El resultado de los diversos intentos de recuperación ha dado lugar a la aparición de la generación de los sueños rotos, integrada por quienes piensan que consumir es de idiotas. 


¿Qué debemos aprender de la gestión de la crisis japonesa? En primer lugar, que es mejor afrontar la crisis con rapidez que intentar salir lentamente de ella por más que presionen los bancos. Un largo periodo de tiempo en crisis sin ofrecer un horizonte de futuro termina generando un cambio de expectativas y de comportamientos: se abandona el consumo y se fomenta el ahorro excesivo. En segundo lugar, que ocultar la crisis financiera hace que se pierda la eficacia de la política monetaria: por mucho dinero que se ponga en circulación, los bancos lo absorben ilimitadamente para mantener su propia liquidez y el crédito al consumo y a la inversión productiva no se restablecen. 


En tercer lugar, y por obtener una moraleja que deberíamos aprender de una vez por todas, es que debemos diferenciar tres tipos de inversión: en activos financieros, en vivienda e infraestructura, y en equipamientos, formación y tecnología. La política es muy libre de decidir en qué lo hace, pero debemos ser conscientes de que los efectos que producen cada una de ellas en la economía y en el empleo son distintos. Incentivar la inversión productiva de un país genera empleo sostenible, lo que no ocurre con la vivienda o la infraestructura. Las autoridades monetarias, al igual que vigilan que la moderación de los precios, deberían hacer lo mismo con los precios de las viviendas y de los activos financieros.



Rajoy sigue forrándose



El pasado 26 de febrero escribí una entrada en este blog (¿Qué cosas tienes Mazón!) en la que me ocupé de la denuncia que preparaba el abogado murciano José Luis Mazón contra Mariano Rajoy, quien no ha renunciado a su plaza de registrador de propiedad de Santa Pola y continúa recibiendo todos los meses un salario de varios miles de euros.

El periódico digital El Plural.com se hizo ayer eco de una noticia que pone de relieve como el presidente Rajoy aprieta el cinturón de los demás mientras llena sus propios bolsillos.




lunes, 7 de mayo de 2012

Ayudemos a las abejas gallegas




La Xunta de Galicia va a permitir a la Asociación Española de Fabricantes de Pasta, Papel y Cartón (ASPAPEL) fumigar los eucaliptos de media Galicia con el pesticida Flufenoxurón, con el fin de acabar con una plaga de insectos. Pero no sólo acabará con esa plaga. Los efectos dañinos de este insecticida pueden suponer la extinción casi total de las abejas de Galicia, las responsables de polinizar los cultivos agrícolas.

Lee la información con mayor detalle en: 


El pesticida tiene una alta toxicidad no sólo para las abejas y otras especies, sino que también se ha tenido constancia de algún caso de intoxicación de seres humanos. Por ello, la Comisión Europea ha prohibido su venta a partir del 1 de Agosto.

María Luisa vive en Galicia y quiere a toda costa evitar estas fumigaciones y el daño que pueden causar a la fauna, flora e incluso a las personas de su tierra. Por eso ha firmado una petición pidiéndole a la Xunta y a ASPAPEL que no fumiguen con ese producto venenoso. Hay muy poco tiempo, y necesita muchas voces como la tuya para detener esta locura.


María Luisa cree que la salud es más importante que cualquier industria, y por eso considera que la Xunta de Galicia no debería proteger el negocio de las papeleras poniendo en riesgo la flora y fauna de la región y, lo que es peor, la salud de su ciudadanía. 

Es posible evitar que este veneno se extienda por los montes, aldeas y pueblos de Galicia y así salvar no sólo a las abejas -vitales para la agricultura de esta región- sino también nuestra salud.


En nombre de  María Luisa , muchas gracias.



sábado, 5 de mayo de 2012

Una lección elemental de náutica bancaria



La estabilidad es la tendencia que debe tener una embarcación a recobrar su posición inicial cuando es apartada de ella por la acción de fuerzas exteriores como la mar y el viento. Tal comportamiento parece desafiar la primera ley de Newton, puesto que si la ola imprime al buque un movimiento en dirección determinada, el barco debería continuar moviéndose en la misma dirección hasta que algo lo detuviese.


Felizmente no ocurre así porque, como se encargó de demostrar Arquímedes, el peso del agua desalojada ejerce sobre la nave una fuerza que tiende a enderezarla. Mas para que tan venturoso fenómeno pueda acontecer evitando el naufragio, es preciso que el centro de gravedad esté muy bajo. Para hacerlo dsecender hay que llenar la sentina con algún material pesado a modo de lastre, lo que trae como resultado que el centro de gravedad venga a quedar lo suficientemente bajo como para recuperarse del cabeceo. Si por una causa cualquiera se arrojase el lastre por la borda, el resultado vendría a ser el mismo que el de ponerse de pie en un bote de remos: el centro de gravedad subiría, el equilibrio sería inestable y la zozobra más que probable. 


Durante siglos, los galeones españoles de la ruta americana hacían el viaje de ida lastrados con materiales de construcción: clavos de hierro, mármoles, adoquines y ladrillos, que se utilizaban para la pavimentación y la construcción de edificios coloniales. Dejaban los ladrillos y regresaban cargados con lingotes de plata y metales preciosos.


Las entidades financieras españolas emprendieron hace años su particular singladura a tierras americanas. Zarpaban con las sentinas repletas de ladrillos. Durante una década los alisios a favor habían insuflado las velas del préstamo hipotecario. Uno entraba en una sucursal bancaria y a poco que se descuidase salía con una hipoteca inflada bajo el brazo. Hábiles comerciales bancarios, conchabados con tasadores a sueldo, multiplicaban por tres lo que valía uno. Los promotores inmobiliarios entraban por una puerta con pedazos de suelo y salían por la otra cargados de millones. Aquel pelotazo era Jauja.


Para mantener el pelotazo en movimiento sólo era necesario contar con un pelotón de incautos. Sabido es que hay dos formas de fe: la “del carbonero”, que hace creer a los incautos en lo que piensan que existe, y la de los cautos que, esperando obtener alguna ventaja, fingen creer en lo que saben que no existe. Entre quienes movían la pelota los había de uno y otro credo, pero predominaban abrumadoramente los incautos. Un buen día, los cautos, que sabían que de existir el paraíso está en el cielo y no en el suelo, decidieron dejar de empujar la pelota, recogieron ganancias y pusieron pies en polvorosa. Las viviendas dejaron de venderse del mismo instante en que los más avispados se habían dado cuenta de que, nuevamente, se había confundido valor y precio. 


Al caer la venta, los promotores inmobiliarios dejaron de recibir dinero fresco y en poco tiempo fueron incapaces de devolver sus préstamos. Entraron por la misma puerta del banco por la que habían salido cargados de crédito y devolvieron sus avales: suelo y ladrillos. Las sentinas bancarias quedaron lastradas con suelo improductivo que no quería nadie y con viviendas que valían un tercio de lo que fijaba su precio. Había más de un millón de viviendas que nadie quería o, si alguno la necesitaba, no podía pagarla porque había fallado la principal función de los bancos: conceder créditos para mover la economía productiva.


Por si fuera poco, la tesorería bancaria estaba exhausta porque los bancos habían estado haciendo su particular travesía americana. Obtenían dinero en Europa a intereses de risa. Cargaban las bodegas de euros y cruzaban el Atlántico. Enredaban en Wall Street y regresaban cargados de un tipo especial y postmoderno de metales preciosos. Se llamaban derivados financieros, luego se llamaron hipotecas subprime y más tarde activos tóxicos. Falta de capital y repleta de artificios contables que tapaban sus vergüenzas, la otrora Armada Invencible de la banca española navegó al menos desde el 2000 con sus sentinas lastradas de tierra y ladrillos y con las bodegas cargadas de basura financiera. 


Estando en esas, Lehman Brothers desencadenó la tormenta perfecta. El mundo supo que la colosal carga de basura financiera tenía dimensiones planetarias. El mal de muchos se palió a base de cañonazos de dólares y euros a escalas mil millonarias que disparaban los gobiernos cebándolas con la metralla monetaria de la deuda soberana. No es un eufemismo, se llama deuda soberana porque acaba pagándola el pueblo soberano. Olvidándose de que es el abandono que la política hace de sus deberes reguladores lo que está conduciendo la flota al naufragio, los condenados a pagar las consecuencias económicas reales del desastre naval no son quienes con su codicia lo han lastrado, sino los inocentes perdedores que en, una clamorosa injusticia que supone socializar los costes derivados del fallo del sistema, cargan con las consecuencias de los actos depredadores de unos pocos. 


La tempestad que acosa a la banca en forma de un exceso de ladrillo es heredera de los vientos que ella misma agitó. La microeconomía básica nos dice que si en un mercado un bien está en exceso de oferta, su precio debe bajar. Es decir, no se debe decir “hay más vendedores que compradores”, sino “a este precio hay más vendedores que compradores”. La banca tiene una provisión excesiva de bienes inmuebles a precios excesivos. Lo que debe hacer es bajar los precios de su stock de viviendas y darles salida a precios asequibles. Es una cuestión que parece fácil pero que no lo es. 


El Santander, que, como todos sus colegas, tiene activos inmobiliarios más que problemáticos, está dando ejemplo de lo que debería hacerse. Resumo a partir de El Confidencial del pasado 29 de febrero: «El Santander, gracias a una agresiva estrategia de precios, ha conseguido ‘quitarse de encima’ casi todos los pisos que heredó en Seseña. Las últimas viviendas que vendía por 65.000 euros han ‘volado’ en apenas quince días, con lo que la entidad ha conseguido sacar de su balance la práctica totalidad de los inmuebles ubicados en la localidad toledana. En noviembre, el Santander vendía a partir de 89.000 euros, precio que mantuvo hasta mediados de enero, cuando volvió a tirar los precios hasta vender los inmuebles de dos dormitorios por 65.000 euros, por debajo incluso del coste de construcción». 


Los pájaros se tiran a las escopetas. ¿Cómo es que un banco se pone a perder dinero, se preguntarán ustedes? Pierden a corto, pero ganan a medio, esta es la primera lección de teoría de precios básica que ofrece el maestro Botín. La elección no es vender con pérdidas o sin pérdidas. Botín tenía dos alternativas: mantener los pisos vacíos en el balance, consumiendo capital, para terminar por venderlos en un par de años con pérdidas y deteriorados, o anotar la pérdida ahora. Hacer esto último es lo correcto y es lo que deberían hacer el resto de los bancos con los miles de inmuebles vacíos que figuran en sus balances como artificios contables hasta sumar los 175.000 millones de euros a los que asciende la “problemática” cartera inmobiliaria en manos de las entidades crediticias españolas.


Rellenar la “problemática cartera” acabaremos haciéndolo los de siempre, el pueblo soberano, a poco que nos descuidemos. Vienen nuevas piruetas financieras en forma de “bancos malos”. Pero esa es ya otra historia. Atenta la marinería.

viernes, 27 de abril de 2012

Un sindiós



Desde que los ministros de Rajoy, en especial Montoro y Ana Mato, decidieron explicar didácticamente los porqués de la demolición del Estado, entendemos las cosas mucho mejor. He aquí un resumen, claro como el agua, de sus argumentos: Se pone precio a la sanidad para que continúe siendo gratuita y se expulsa de ella a determinados colectivos para que siga siendo universal. Se liquidan las leyes laborales para salvaguardar los derechos de los trabajadores y se penaliza al jubilado y al enfermo para proteger a los colectivos más vulnerables. En cuanto a la educación, ponemos las tasas universitarias por las nubes para defender la igualdad de oportunidades y estimulamos su privatización para que continúe siendo pública. No es todo, ya que al objeto de mantener el orden público amnistiamos a los delincuentes grandes, ofrecemos salidas fiscales a los defraudadores ambiciosos y metemos cuatro años en la cárcel al que rompa una farola. Todo este programa reformador de gran calado no puede ponerse en marcha sin mentir, de modo que mentimos, sí, pero al modo de los novelistas: para que la verdad resplandezca. Dentro de esta lógica implacable, huimos de los periodistas para dar la cara y convocamos ruedas de prensa sin turno de preguntas para responder a todo. Nadie que tenga un poco de buena voluntad pondrá en duda por tanto que hemos autorizado la subida del gas y de la luz a fin de que resulten más baratos y que obedecemos sin rechistar a Merkel para no perder soberanía. A no tardar mucho, quizá dispongamos que los aviones salgan con más retraso para que lleguen puntuales. Convencidos de que el derecho a la información es sagrado en toda democracia que se precie, vamos a tomar RTVE al asalto para mantener la pluralidad informativa. A nadie extrañe que para garantizar la libertad, tengamos que suprimir las libertades.


Juan José Millás. El País, 27-IV-2012

sábado, 21 de abril de 2012

Johnny cogió su fusil




Escribo estas líneas mientras una delegación de la Comisión Europea revisa en Madrid las cuentas españolas. En Bruselas no quieren ningún nuevo susto como el de la ingeniería financiera a la griega, inicio de la crisis de la deuda soberana que amenaza con derrocar al rey Euro. Es una prueba más de la desconfianza internacional hacia el estado económico y financiero español. 


En la entrada anterior (Una de zombis) me ocupé de la influencia del sector privado en nuestra falta de credibilidad ante el altar de los mercados. Aunque el porcentaje de la deuda pública española al cierre de marzo pasado (68,5%) se aleja del 60% de endeudamiento máximo que exige la Unión Europea, conviene reconocer que es muy inferior al de Alemania, Francia o el Reino Unido y afecta poco a nuestra credibilidad como deudores. El gran problema de nuestras cuentas públicas es que nadie se cree los ilusorios números del Gobierno. 


Antes de que se presentanse los Presupuestos Generales del Estado (PGE), el Gobierno adoptó unas medidas terapéuticas que no inspiraron precisamente confianza en los mercados, porque, lejos de aliviar al enfermo, lo empeoraban. La terapia de incrementar el IRPF supone, siendo benevolentes, un aumento del 0,4% del PIB, mientras que la resucitada deducción por compra de vivienda representa un coste anual del 0,6%, lo que para cualquiera que se moleste en restar quiere decir que la política tributaria aprobada incrementa el déficit estructural, es decir, consigue lo contrario de lo que los mercados esperaban. 


El gobierno ha confeccionado unos PGE esclavos de la demagógica y ventajista oposición que hizo a las difíciles decisiones de mayo del 2010 adoptadas por el malvado ZP: recortar pensiones, subir el IVA y congelar los salarios de los funcionarios. El ventajismo político de favorecer los intereses partidistas tendiendo una alfombra roja bajo los pies de Arenas resultó letal para los intereses del país. El retraso en la presentación de los presupuestos, junto con las medidas iniciales de subir pensiones y reintroducir deducción de vivienda, ha sido una cornada en la femoral por dos razones: ha malgastado el periodo de gracia de cien días que nos daba el mercado y que le dieron los ciudadanos al Gobierno, y ha mandado la señal de que se supeditaban decisiones urgentes a intereses políticos. Lo de la amnistía fiscal no hizo más que empeorar la percepción de país fiscalmente poco serio que tienen de nosotros en el extranjero.


Desde que se conocieron las líneas básicas de los PGE, la opinión unánime entre los analistas fue que eran de imposible cumplimiento y que, en el improbable caso de que un milagro acercara la realidad a la ficción, tal aproximación hubiera representado un lastre añadido a nuestra credibilidad. Existen, al menos, dos razones de peso para opinar así: la política de recortes no reduce el problema de disminuir el déficit sino que lo aumenta; y a los inversores les trae sin cuidado los artificios contables del ministro Montoro traducidos en unas cuentas tan voluntariosas como fantásticas cuya inanidad el capital inversor da por descontada. 


Vaya por delante que los PGE y el tijeretazo posterior de otros 10.000 millones de euros (M€), prueba del nueve de que las cuentas del ministro Montoro son tan creativas y no menos disparatadas que la Alicia de Lewis Carroll, satisfacen de momento las exigencias de los políticos y burócratas del Eurogrupo y organizaciones afines, cuyas únicas y obsesivas aspiraciones son que las medidas de contención del gasto logren el tan ansiado 5,3% de déficit público sobre PIB en 2012 y, luego, “sólo” quedará rebajarlo hasta el 3% para 2013. Así salvan su cara partiendo la nuestra.


Puede que en los cuadros macroeconómicos de Bruselas nuestros números terminen por cuadrar (que lamentablemente no cuadrarán) y hasta que produzca un burocrático orgasmo entre la tropa funcionarial, pero el verdadero problema de la sociedad española son el paro y la ausencia de crédito a empresas, familias y particulares. Como ha dicho nuestro presidente en otra involuntaria prueba de que la hoja de ruta gubernamental nos conduce al desastre, ni la reforma laboral, ni la reforma financiera, ni los ajustes van a solucionar los problemas. De ahí se derivarán, lamentablemente, el estancamiento económico, el incremento hasta porcentajes apocalípticos del paro (que alcanzará finales de año los seis millones), el empobrecimiento de las clases medias, la reducción de los salarios más bajos y la caída en picado de dos pilares básicos de la movilidad social en España: la educación y la sanidad. 


La política del recorte por el recorte es equivocada por más que uno comprenda que satisfaga ideológicamente al Gobierno y a su presidente, convertido en una especie de cirujano de hierro empecinado en convertir al país en un cuerpo amputado al estilo del inolvidable protagonista de Johnny cogió su fusil. Pasemos, pues, al quirófano e imaginemos que nuestro cirujano amputa un dedo de una mano en forma de una reducción de 10.000 M€, un 1% del PIB en números redondos. 


Como cualquier estudiante de Económicas sabe, reducir el gasto en un punto básico disminuye el PIB entre un 0,6% y un 0,8%, que no sale de balde, porque reduce la recaudación impositiva en medio punto (0,5%), lo que significa que el Estado perderá entre 3.000 y 4.000 M€. Pero por si no quieres caldo, toma dos tazas: para los que se pasan el día haciendo de entusiastas palmeros de los recortes al gasto público que afectan a hospitales, colegios, universidades e institutos, instituciones que, por lo visto, son las responsables de la crisis, una caída del PIB tiene un inmediato efecto bumerang, que hace subir automáticamente las prestaciones de desempleo y otras prestaciones sociales. Seamos generosos y asumamos que una caída mínima del PIB del 1% solo sube el gasto en un 0,1%, unos 1000 M€.


Reunamos, pues, los números con el telón de fondo de un recorte del 1% y una subida del gasto del 0,1%. Si la caída del PIB es la del escenario menor (0,6%), el efecto sobre el déficit del recorte será 10.000 (-3.000)-1.000 = 6.000 M€. Si el escenario es el del 0,8%, tendremos 10.000 (-4.000)-1.000 = 5.000 M€. Por tanto, si queremos reducir el déficit del 8,51% de finales de 2011 al 5,3% en 2012, no hay que reducir el gasto en 32.000 M€ como se pretende, sino entre unos 53.000 y 64.000 M€, lo cual no puede ser y además es imposible, como el tiempo se encargará de demostrar cuando el daño social sea irreparable.


Durante estos días el ministro de Guindos da la vuelta al ruedo mundial cortando orejas y rabos en plazas repletas de representantes de foros subvencionados a cargo del denostado erario público, de políticos afines y de burócratas de organismos internacionales, tan entusiastas ahora como incapaces fueron de detectar la crisis que nos está crujiendo. Mientras tanto, el modesto respetable público de sol (nosotros) se une al del tendido cero (los mercados internacionales) y agita los pañuelos del tongo ante el matador. 


Nosotros ya sabemos la cruz que nos toca, pero ¿qué demonios quieren los ricachones del tendido cero? Los muy taimados, actuando dentro del marco legal y lógico de la maximización del beneficio, quieren cobrar lo prestado con sus correspondientes intereses. Les traen sin cuidado los muletazos presupuestarios y los floridos recortes al capote del maestro Rajoy y su vistosa cuadrilla. 


Ajenos a la lidia, miran con temor cómo el cuadro macroeconómico empeora a corto plazo y no se vislumbra crecimiento económico alguno, y cómo, con la austeridad por bandera, el presupuesto arrasa con todo lo que sea inversión en capital físico o humano. Si no hay crecimiento económico vía consumo, disminuirán las ventas de las empresas, caerán sus beneficios, se despedirán trabajadores y tendran serias dificultades para pagar sus deudas. El Estado recaudará menos impuestos y deberá recortar gastos para no generar más déficit público, metiéndose en una negra espiral dentro de la cual habrá (como ya las hay) serias dificultades para justificar cómo se va a poder pagar la deuda y más, si como se teme, nos vemos en el trance de asumir parte de la deuda privada por el conocido via crucis de la refinanciación bancaria. 


Al tiempo.