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miércoles, 24 de abril de 2013

Las cuentas de Rajoy duran menos que las duchas de Cañete


Abandonando por una vez la tele de plasma, el presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, obligado a dar una rueda de prensa junto al primer ministro de la República Eslovaca, ha anunciado nuevos recortes en el Consejo de Ministros del próximo viernes. Además, ha tenido que reconocer lo que todos los analistas afirmaban desde hace meses: sus previsiones económicas no han aguantado ni un trimestre, y ahora toca reconocer la verdad y ´ennegrecer el panorama´. Además, sus ministros económicos se han sumado a la ceremonia de la confusión. PP en estado puro.

La Unión Europea no ha tragado con las mentiras y maquillajes de las cuentas preparadas por el ministro de Hacienda Cristóbal Montoro. El Banco de España, el Fondo Monetario Internacional, la Unión Europea, el Banco Central Europeo, una pléyade de instituciones financieras y el propio ministro de Economía, Luis de Guindos, eso sí, para la prensa extranjera, han reconocido que 2013 será otro año perdido. El paro, el déficit y la deuda siguen creciendo imparables. La caída del PIB, estimulada por los recortes del PP, esa “errónea medicina que está matando al paciente” como no se cansan de repetir desde la oposición hasta el FMI, todos salvo  la canciller alemana Angela Merkel, será el triple de la estimada.

Pero nada de eso es achacable, según Rajoy, a la gestión de su ejecutivo. El simplemente pasaba por allí: "España no ha hecho nada distinto a lo que ha hecho en otras ocasiones y (lo que han hecho) otros países", ha subrayado el presidente, para quien el cambio de previsiones es "lógico", porque la economía está sujeta a muchos cambios y circunstancias, ha ¿explicado? Rajoy.


De este modo, los presupuestos del PP y el cuadro macroeconómico que los acompaña y justifica, ha durado menos casi que los yogures, cuya fecha de caducidad ha ampliado generosamente el ministro del ramo, Miguel Arias Cañete. Toda una “ducha fría” para el Gobierno, como las que, por cierto, el ministro Cañete recomienda a los españoles para ahorrar.

Según el presidente, que hasta prácticamente ayer negaba la evidencia, España no hará nada "diferente" a lo que han tenido que hacer los diferentes organismos económicos y la "inmensa mayoría" de los países de la UE por el cambio en el escenario económico europeo. De hecho, ha asegurado que las rebajas en las previsiones de algunos países vecinos serán mayores que las de España. Gran ‘consuelo’, que aún falta por ver si será verdad.

La respuesta que prepara para el viernes será la contraria de la que se han empeñado en hacer creer los días pasados los diferentes portavoces del Gobierno: más recortes. Rajoy, quizás porque a tres días vista no lo sepa, quizás porque quiera seguir pretendiendo ocultar sus intenciones, no ha dado detalles de los nuevos hachazos que colará en el Consejo. Tan sólo ha apuntado que  los recortes “afectarán a algunas partidas presupuestarias”. "Es probable alguno en alguna partida presupuestaria", ha dicho Rajoy en una rueda de prensa junto al primer ministro de la República Eslovaca, Robert Fico. Una vez más el presidente ha vestido de solemnidad una obviedad digna de Don Tancredo: obviamente, los recortes se producirán en partidas presupuestarias. Es difícil, ‘lo que viene siendo imposible’, recortar gasto de otro sitio que no sean los presupuestos.

Además, Rajoy ha sacado su vena de estadista para reconocer que “a nadie le gusta hacer recortes”. Para redondear la jugada, se ha empeñado en transmitir a la opinión pública que “no quiere subir impuestos como el IVA o el IRPF este año”… para completar la frase afirmando que todo dependerá del crecimiento económico (nulo este año) y la reducción del déficit (que el viernes reconocerá que se va a disparar). Por tanto, la única duda que cabe a los analistas es cuándo se disipará esta última cortina de humo del PP y el Gobierno impondrá nuevas subidas de impuestos.

Finalmente, y para que no falte ningún ingrediente en los tradicionales ‘bailes de la yenka’ que anteceden la acción de las podadoras del PP, los ministros económicos del Gobierno, Cristóbal Montoro y Luis de Guindos, como un solo hombre pero con dos voces muy diferenciadas, se han lanzado con entusiasmo a corregir, matizar, desmentir, las palabras de su supuesto jefe de filas y, por supuesto las de su ilustre colega. Mientras Montoro insiste en el trágala de que el Consejo del viernes no tendrá recortes, sino “medidas de dinamización de la economía”, Luis de Guindos avisa de recortes “sin concretar” dependiendo de la evolución de la situación económica de España. Osea, que no tiene ni idea.

Por su parte, la ministra del desempleo, Fátima Báñez, con más de 6 millones de parados a sus espaldas, anuncia por libre que entre los recortes figurarán la reducción de los fondos para las políticas activas de empleo, con la peregrina argumentación de que no por gastar se va a crear empleo. Efectivamente, quizás sería más efectivo un cambio de Gobierno, pero para eso todavía falta un tiempo.

domingo, 7 de abril de 2013

A chorro tieso (dedicado al ministro Wert)


Los sucesos ocurrieron en Ohanes de las Alpuxarras, partido de Uxixar, Almería, el año de Gracia de 1734, trigésimo cuarto del reinado de Felipe V de Borbón, rey de España, Nápoles, Sicilia y Cerdeña, duque de Milán y soberano de los Países Bajos. Tal y como lo he leído, ortografía incluida, transcribo un añejo expediente municipal. Recoge un trágico suceso que podría ocurrir perfectamente en nuestros días si se continúa con las políticas de atentar contra lo público que fomentan políticos a los que la educación se la trae al pairo. 

15 de marzo, don Zenón, maestro de primeras letras, escribe al señor alcalde: “Tengo el honor de poner en su conocimiento la inquietud que me produce ver la viga que media la clase que regento, pues está partida por medio, por lo cual el tejado ha cedido y ha formado una especie de embudo que recoge las aguas de las lluvias y las deja caer a chorro tieso sobre mi mesa de trabajo, mojándome los papeles y haciéndome coger unos dolores reumáticos que no me dejan mantenerme derecho. En fin, señor Alcalde, espero de su amabilidad ponga coto a esto si no quiere que ocurra alguna desgracia con los niños y con su maestro, éste su muy seguro servidor. Dios guarde a Vd muchos años”. 

Ocho meses después, el 28 de noviembre, el señor alcalde, don Bartolomé Zancajo y Zancajo, se digna contestar al oficio del maestro: "Recibo con gran extrañeza el oficio que ha tenido a bien dirigirme y me apresuro a contestarle. Es cosa rara que los agentes de mi autoridad no me hayan dado cuenta de nada referente a la viga, y es más, pongo en duda que se encuentre en esas condiciones, pues según me informa el Tio Sarmiento no hará sesenta años que se puso, y no creo una vez dadas esas explicaciones, que no tengo por qué, paso a decirle que eso no son más que excusas y pretextos para no dar golpe. En cuanto a lo de los papeles que se le mojan y el reúma que se le avecina, pueda muy bien guardárselos, aquéllos en el cajón o en casa, y éste yendo a la escuela con una manta. No obstante lo que antecede, enviaré uno de estos días alguno de mis subordinados que mire lo que hay de eso. Y ojo, que su engaño le estaría estar otros seis años sin cobrar los 500 reales de su sueldo. Dios guarde a Vd muchos años.

Al día siguiente, responde don Zenón: "Tengo el honor de acusar recibo a su atento oficio de ayer donde tiene a bien poner en duda el estado de la viga. Desde mi oficio anterior, Sr. Alcalde, hace unos ocho meses, pasaron las lluvias del invierno; y yo siempre mirando la viga, con la inquietud consiguiente: ¿caerá?, ¿no caerá? Y así un día y otro, como el en vez de una viga fuera una margarita. Si Vd. no cree lo que le estoy diciendo, puede mandar dos personas peritas, o venir Vd. mismo dando un paseito, si no le cuesta mucha molestia, que yo no le engaño, mas para darle una idea del estado de mi clase me permito acompañarle un dibujo, tomado del natural, que le dará una estampa real de ella. Y de lo del sueldo, no creo que se atreva a tocar los quinientos reales, porque ya sabe Vd. lo que dice el refrán "Al cajón ni..."En fin, Sr. Alcalde, Dios le guarde muchos años de los efectos de la viga.

El alcalde Zancajo se toma casi un año para responder. El 15 de octubre de 1735 manda oficio a don Zenón: “Acuso recibo de su oficío del 29 de noviembre del pasado año y me parece excesiva tanta machaconería, en el asunto de la viga. Sepa el Sr. Maestro, que si no le conviene la escuela puede píllar el camino e irse a otro sitio, que aquí para lo que enseña, falta no hace. ¿Qué le importa a estas gentes, ni a nadie, dónde está Marte, ni las vueltas que da la luna, ni que cuatro por seis son veintisiete ni que Miguel de Cervantes descubrió las Américas? Para coger un mancaje basta y sobra con tener fuerzas para ello. No obstante, como soy amante de la curtura y no que digan que he echao al Maestro y que no lo trato, como se debe, nombraré una comisión que informe sobre el asunto de la viga, y si resulta que Vd. me ha engañao, sa caido. Dios guarde a V. muchos años.

El alcalde recaba informe técnico a los peritos y asesoría jurídica al escribano municipal. Transcribo ambos firmados el 15 de mayo de 1736. Informe de los doctos peritos: "Antonio Fuentes Barranco y Juan González, maestros Albañiles graduados de la villa de Ohanes de la Alpuxarra, INFORMAN: Que personados en el sitio denominado u llamado, sea con perdón, la Escuela de este lugar, a las doce de mañana del día 15 de mayo de 1736, acompañados por el Escribano de este Ayuntamiento, y mandados por el Sr Alcalde, opinamos, pensamos, que la viga que ocupa el centro de la clase, aula o sala, que por estos tres nombres se le denomina o circunscribe, que la dicha viga no se haya movido, sólo que ha bajao cosa de diez o doce deos, sólo caer, pero nunca juntarse con el suelo aplastando a los que coja dentro. Pero como quiera que la madera es un cuerpo astilloso, tiene que crujir antes de pegar el golpazo dando tiempo a que se salven por lo menos siete u ocho, todo lo cual, y puesta la mano en el corazón y en conciencia, decimos, que el peligro que ofrece la aludida viga es un peligro leve, o sea de poca trascendencia. Todo lo cual firmamos y no sellamos, por no tener sello en Ohanes a la fecha arriba indicada”.

El asesor jurídico, Don Celedonío González-García, lo tiene claro: "DIGO, declaro y doy fe, de cuanto en esta información del Maestro de primeras letras de esta localidad, sobre una viga que dice el primero al Sr Alcalde, o sea al segundo, está partida en el techo de su clase. Mi informe imparcial, desapasionado y verídico, como corresponde a mi profesión, es el siguiente: Si la viga cae y amenaza peligro, puede ocurrir: a) que mate al maestro, en cuyo caso esta corporación se ahorraría los quinientos reales que se le pagan; b) que matase a los niños y no al maestro, en cuyo caso sobraría el maestro; c) que matase a los niños y al maestro, ocurriendo en este caso como suele decirse, que se mataban dos pájaros de un tiro; d) que no matase a nadie, en cuyo caso supuesto no hay porque alarmarse. Examinados en derecho las causas y efectos que anteceden, emito este informe, honrado y leal, cumpliendo con ello un deber de conciencia”.

El expediente se cierra en 1740: "Yo, don Joseph Sancho Mengíbar, Cronista ofícial de la villa de Ohanes de las Alpuxarras, declaro por mi honor ser ciertos los hechos que a continuación describo, para que de ellos quede constancia en el Histórico Archivo de esta villa, lamentando que la índole de los mismos ponga un hito trágico en los bucólicos anales de este pueblo. El día catorce de octubre, del año de Nuestro Señor Jesucristo de míl setecientos cuarenta, siendo Alcalde de esta villa don Bartolomé Zancajo y Zancajo, y siendo las doce de su mañana, se hundió el techo del salón de la Escuela de esta localidad, pereciendo en el siniestro, el señor Maestro de primeras letras, don Zenón [ilegible]  Marín y los catorce niños que en aquellos momentos daban su clase. Después de laboriosos trabajos, fueron extraídos de entre los escombros, los restos de las víctimas y trasladados al Depósito del Cementerio Municipal, acompañados del pueblo en masa, que era partícipe por entero del dolor que significaba tal catástrofe, ya que todos, más o menos directamente, les alcanzaba, dado el número tan elevado de inmolados en aras de la cultura.

Abierto el oportuno expediente, se ha podido comprobar que por parte de la Autoridad competente se tomaban periódicamente todas las medidas encaminadas a velar por el buen funcionamiento del sagrado recinto; y como prueba concluyente, se presentó un Expediente, incoado al efecto, en que dos peritos albañiles y el Ilustre Escribano de esta villa, informaban sobre el buen estado del local, en fecha muy próxima al suceso, ya que los informes datan del día 15 de mayo de 1736; quedando plenamente demostrado que únicamente un accidente fortuito fue el responsable del hundimiento a que hemos hecho referencia. Y para que quede constancia, lo redacto y lo firmo en Ohanes de las Alpuxarras a quince de diciembre de mil setecientos cuarenta".

España. País que pereció por incapacidad de su clase política y por apatía de su población. Descanse en paz.

A nuestro establishment no le gusta el escrache


FIRMA INVITADA
Mi buen amigo Agustín Baeza, economista y consultor, ha tenido la amabilidad de autorizarme a publicar esta entrada que apareció el pasado tres de abril en "nuevatribuna.es".

Los españoles siempre hemos sido un poco exagerados, tanto para lo bueno como para lo malo. Reconozcámoslo. Dicen que pasamos en apenas un lustro de no tener cajeros automáticos en las calles a tener más cajeros per cápita que cualquier país europeo. A pesar de la crisis y la reducción drástica del consumo somos uno de los países del mundo con mayor penetración de los Smart Phones. Y recién acabada la Semana Santa uno comprueba que el personal patrio es capaz de gastarse lo que no tiene en túnicas, capirotes y demás abalorios propios de estas celebraciones. Hasta el New York Times “critica el lujo de la Semana Santa” y sus reporteros se llevan las manos a la cabeza por semejante contradicción sólo comprensible por estas latitudes.

También somos expertos en conjugar nuevas palabras a la velocidad de un rayo. Es el caso del escrache. Hace dos meses no creo que hubiera más de veinte personas en España que conociera su significado (y todas ellas, claro está, habrían vivido al menos una temporada en Argentina). Sin embargo, hoy el escrache forma parte de tertulias televisivas, conversaciones informales, análisis de politólogos y sesudos artículos de opinión. Este artículo es una demostración de ello. De repente nos hemos convertido en expertos mundiales en escrache, y nos lanzamos a debatir sobre ello sin complejos. ¿Es esto una nueva demostración de nuestra demostrada capacidad para la exageración de la que hablaba anteriormente? Me temo que no, dejando atrás la ironía creo que estamos ante la enésima prueba del enorme poder del establishment para imponer los debates que más le convienen.

Vayamos por partes. Todo surge a raíz de una denuncia del Sr. González Pons en la que argumenta que la PAH “ha violentado su domicilio”. A partir de ahí portavoces, voceros, medios de comunicación y todas las “personas de bien” se lanzan a degüello contra la PAH y su portavoz Ada Colau. Les han llamado de todo, desde filoetarras hasta fascistas. Aunque en mi humilde opinión si te topas por la calle con un grupo de la PAH camino de una acción de denuncia más parecen un grupo lúdico que van a jugar al parchís con sus carteles de colorines que un comando con fines violentos. Pero en fin, dicen que la vista es un sentido que a veces engaña.

A continuación el Ministerio del Interior da orden de que se identifique y en caso de resistencia detenga a quienes protagonicen un escrache. Una orden criticada por asociaciones de policías y de jueces que tienen más claro que el Gobierno la diferencia entre una protesta ciudadana pacífica (aunque duela y escueza a quien la sufre) y un delito.  ¿Por qué el gobierno, los principales medios de comunicación y amplios sectores de la sociedad y la política demonizan el escrache?

En primer lugar porque así consiguen desviar la atención sobre el asunto de fondo que es la lucha desde hace cuatro años de una plataforma ciudadana plural para hacer frente al drama social de los desahucios. Una lucha desigual porque se enfrentan no ya al gobierno de turno, sino al poder financiero y económico que no está dispuesto a que se modifique un ápice la legislación hipotecaria a pesar de que recientemente el Tribunal de Luxemburgo la ha declarado ilegal y abusiva.

En segundo lugar porque en ausencia de una oposición real, se han dado cuenta de que la verdadera oposición al gobierno está en la calle. Desnortado el PSOE, sin la fortaleza necesaria para hacerles daño en los partidos minoritarios y desaparecidos los agentes sociales tradicionales de la esfera pública, la oposición al gobierno está en las calles y la protagonizan miles de personas con acciones reales, coordinadas por plataformas como la PAH. Y por ello es necesario sacar toda la artillería contra ella. No basta solo con tumbar la ILP en el Parlamento, que lo harán. Deben acabar con toda resistencia utilizando de manera coercitiva todos los poderes del Estado.

En esta labor de destrucción de la reputación de la PAH les favorece y mucho que, a diferencia de otros movimientos como el 15-M, haya una persona visible contra la que descargar toda la furia del poder que se ve amenazado e interpelado. Aunque, Ada Colau una y otra vez reitera su condición de mera portavoz de la PAH y en ningún caso se presenta como líder, está sirviendo como pararrayos de las embestidas mediáticas y políticas de muchos a los que les viene muy mal que a estas alturas los ciudadanos se organicen, se autoconvoquen y consigan reunir un millón y medio de firmas para presentar una ILP. Y además que lo hagan ellos por su cuenta.  Pero ¿cómo osan hacer eso? ¿Es que acaso no votan ya a sus partidos? ¡Pues déjennos a nosotros resolver estas cosas como siempre se ha hecho!

Pese al escándalo que produce en el establishment y en las “personas de bien”, el escrache argentino no es un fichaje de la PAH para sus nuevas acciones reivindicativas. La denuncia directa, cara a cara, del ciudadano que se siente infrarrepresentado, engañado o estafado por parte de sus representantes es una constante en nuestro país. Que se lo digan si no a las decenas de miles de concejales o a los miles de Alcaldes que son interpelados en el bar, a la puerta de su casa o en el hipermercado cuando hacen la compra el fin de semana. Por tanto, no es verdad que estén preocupados por lo que ellos denominan “acoso a los políticos”, están preocupados, y mucho, por el liderazgo y el enorme apoyo social de la PAH.

A pesar de que nos la quieran vender como una turba enfurecida armada con pegatinas verdes que está dispuesta a ejercitar la violencia contra los políticos en sus espacios privados, lo que está pasando es lisa y llanamente que la gente se ha hartado. Se ha hartado de que los poderosos siempre se salgan con la suya. De que los poderes financieros sean los que realmente impongan leyes y legislaciones. De que sus representantes les engañen. De que les prometan una cosa y hagan lo contrario.

Y sobre todo, han decidido arremangarse y ponerse manos a la obra. Deberíamos verlo como algo positivo. Una ola de indignación canalizada en energía positiva. La rabia convertida en pegatinas verdes. La desilusión transformada en activismo social, impulsado desde la base, horizontal, donde no existen jerarquías. Con participación activa y protagonismo de las personas afectadas. Y con las redes sociales y las nuevas tecnologías como grandes aliadas que amplifican en el tiempo y en el espacio sus reivindicaciones. Una nueva sociedad que emerge frente a un viejo sistema institucional que no da respuestas.

Frente al ejercicio de ciudadanía crítica y reivindicativa, pero pacífica y propositiva, tenemos un establishment bien pensante surgido del régimen de la Transición sumido en una institucionalidad esclerótica y paralizante. Incluso sorprende ver a líderes y periodistas que defienden el fondo pero critican la forma, incapaces de librarse de los efluvios narcotizantes de un régimen en decadencia. Un poder que sabe que el éxito de la PAH y de otras plataformas ciudadanas puede significar su defunción definitiva. Por ello no dudarán en utilizar todas las armas a su alcance para frenar a la nueva ciudadanía que no quiere ser convidada de piedra en esta “democracia zombie”, tal y como la ha llamado el politólogo Simon Tormey.

sábado, 16 de marzo de 2013

Anastasia y Olga: la imaginación nunca descansa


¡Ah, señores, qué breve es nuestra vida! [...] 
Si vivimos, vivimos para pisotear cabezas de reyes. 
Si morimos, ¿habrá mejor muerte que en compañía de príncipes? 
William Shakespeare: Enrique IV.


Ekaterimburgo (Rusia), madrugada del 17 de julio de 1918. El zar Nicolás II, su familia y sus criados son conducidos al sótano de la casa Ipátiev, donde permanecen como prisioneros de la policía secreta bolchevique. Yákov Yurovski, un fotógrafo siniestro reciclado en comisario político, les convence de que va a tomarles un retrato de familia. Una vez en el lóbrego sótano, les lee una improvisada sentencia de muerte y ordena su fusilamiento. El zar y la zarina Alejandra mueren en la primera ráfaga de disparos. El zarevich Alexéi es apuñalado y rematado. Los asesinos comprueban que las cuatro hijas del zar están en el suelo, aún vivas en un mar de sangre. Las joyas y piedras preciosas zurcidas a sus corsés les han servido de chaleco antibalas. Mientras reza de rodillas, Anastasia es ensartada con una bayoneta. María agoniza. Tatiana recibe un tiro en la nuca. Olga intenta levantarse, pero le plantan una bota en la cara para sujetarla y le disparan en la mandíbula. La bala le entra por la boca y le atraviesa el cerebro. Fin de la historia oficial. Comienza la leyenda.

Febrero de 1919. Tras un intento frustrado de homicidio, una muchacha fue rescatada de un canal berlinés e internada en un hospital psiquiátrico. Como no traía papeles y rehusó identificarse, la inscribieron con el nombre “fraulien unbekannt” (señora desconocida). Presentaba cicatrices en su cabeza y abdomen. Cuando la interrogaron habló en alemán, con un acento descrito por el personal médico como ruso. Influida por la lectura de una nota periodística sobre el incierto destino de algunos miembros de la familia imperial rusa, de la que se desconocía dónde había sido sepultada, Clara Peuthert, una de las internas del frenopático se empecinó en que la mujer rescatada de las aguas era la gran duquesa Tatiana Romanov. Un careo con la baronesa Sophie Buxhoeveden, antigua dama de compañía de la zarina Alejandra, bastó para descartar esa posibilidad. Apenas la tuvo delante, la baronesa declaró que Tatiana era mucho más alta que esa impostora. Para sorpresa de todos, la desconocida respondió que ella no había dicho que fuera Tatiana. Ella era Anastasia. 

En marzo de 1922, las declaraciones de que había aparecido una Gran Duquesa rusa atrajeron por primera vez la atención pública. La mayor parte de los miembros de la familia de Anastasia y los que la conocían, incluyendo al mozo de cámara de la zarina, Alexei Volkov, al tutor de la corte Pierre Gilliard y a su esposa, Shura, que había sido niñera de Anastasia, y a la hermana del zar, la gran duquesa Olga Aleksándrovna Románova, dijeron que era una impostora, pero otros muchos exiliados rusos estaban convencidos que era Anastasia. Entre ellos pesaba mucho el testimonio de Tatiana Melnik, hija del doctor Eugene Botkin, médico personal de la familia imperial, que había sido asesinado por los comunistas junto a la familia del zar en la matanza de Ekaterimburgo. Tatiana, que había conocido a la gran duquesa Anastasia cuando era niña y había hablado con ella por última vez en febrero de 1917, aseguró que la mujer era Anastasia y consideró que cualquier incapacidad de su parte para recordar los acontecimientos y su rechazo a hablar en ruso, eran causados por su deteriorado estado físico y psicológico.

En las décadas siguientes, la mujer, que había adoptado el nombre de Anna Anderson tras usar el apellido Tschaikovsky, se enfrentó a numerosas acusaciones de impostura. Pero aunque ella no podía ofrecer ninguna prueba acerca de su identidad, hasta su muerte en 1984 nadie pudo demostrar tampoco que Anderson no era quien decía ser, a pesar de que en 1927 una agencia de detectives contratada por Ernesto Luis de Hesse-Darmstadt, gran duque de Hesse, hermano de la zarina asesinada, la identificó como Franziska Schanzkowska, una obrera polaca con un historial de enfermedades mentales que desapareció misteriosamente en la misma época en que Anna Anderson fue internada en el hospital psiquiátrico. Después de un pleito legal que se prolongó durante décadas, los tribunales alemanes resolvieron que Anderson no había logrado demostrar que era Anastasia. 

Entre 1922 y 1968, Anna Anderson vivió en los Estados Unidos y Alemania con varios de sus partidarios, además de permanecer ocasionalmente en sanatorios y asilos de ancianos. En 1979 fue sometida a una intervención quirúrgica en la que le extrajeron un fragmento de intestino que los patólogos conservaron en parafina. Años más tarde, ese fragmento proporcionaría el ADN que puso fin a la discusión acerca de su identidad. Tras su muerte en 1984, el cuerpo de Anderson fue incinerado y sus cenizas fueron enterradas en el cementerio del castillo de Seeon, en Alemania. 

Después de la caída del comunismo se descubrieron los restos del zar, de la zarina y sus cinco hijos. A mediados de la década de 1990 se analizaron las huellas genéticas del zar Nicolás, de su esposa, del duque de Edimburgo y de Anna Anderson. No quedó ninguna duda: eran la misma persona y no existía ninguna relación entre Anna y la familia imperial. En cambio, el ADN mitocondrial de Anna coincidió con el de Karl Maucher, un sobrino nieto de Schanzkowska: Anderson y Schanzkowska eran la misma persona. El tema parecía zanjado.

«Disparos, un alarido de mamá, blasfemias, lamentos... Un torrente de fuego me cubrió los ojos... Así, en el suelo, boca abajo, yací herida, con el cráneo destrozado y un silbido lacerante en los oídos. Varias balas me habían rozado. Una me había dado de lleno. Sentía la sangre caliente, que me empapaba el vestido. Oh, terrible: estaba muerta y estaba viva. No, no estaba viva: era Dios que me permitía ver desde el más allá. En el suelo, un mar de sangre. Alguien aún gemía. Intentaba levantarme, pero caía sobre mí misma. Mis manos estaban como lejos de mí. Me esforzaba por abrir los ojos para disponerme a morir. Pero antes quería mirar por última vez el rostro de mis seres queridos. De pronto, me pareció disolverme en un largo sopor. Ya no vi nada, solo una sombra rojiza, una turbia luz que se apagaba... ¿Por qué, Dios mío, has querido que yo, sola, sobreviviera a mi familia?».

Así narra la ejecución la presunta gran duquesa Olga Nicolaievna en su autobiografía Estoy viva, recientemente publicada en España por la editorial Martínez-Roca. Cuando escribió su autobiografía a mediados de los años cincuenta del siglo pasado, Olga ya no era Olga Nicolaievna ni era rusa. Se hacía llamar Marga Boodts, con pasaporte alemán, una de las varias identidades que habría adoptado para eludir a los espías soviéticos. Después de la caída del régimen soviético, los restos de la otra Olga, la que habría muerto asesinada, fueron exhumados en Ekaterimburgo por un equipo de arqueólogos y trasladados a la catedral de San Pedro y San Pablo de San Petersburgo, donde fueron sepultados con los de sus padres y dos de sus hermanas. En 2007 se encontraron los restos del zarevich y de otra de las duquesas. Tres equipos forenses certificaron con pruebas de ADN que los Romanov descansaban en paz. 

Volvemos a las andadas: la aparición con medio siglo de retraso de las memorias de Marga Boodts prueba que una vez que un hecho traspasa el umbral de lo legendario, la imaginación nunca descansa.

domingo, 3 de marzo de 2013

Orce 1, Atapuerca 0


Con la habitual dosis de fanfarria mediática, el pasado viernes el consejero de Cultura y Deporte de la Junta de Andalucía, Luciano Alonso, el investigador del Instituto Catalán de Paleoecología Humana y Evolución Social, Bienvenido Martínez Navarro, y el director del Museo Arqueológico de Granada, Isidro Toro Moyano, presentaron el hallazgo en el yacimiento del Barranco León, en Orce (Granada), de un diente de leche de un homínido que, según los datos bioestratigráficos, está en una biozona datada en 1,4 millones de años, lo cual supone que los yacimientos de Orce sean el "registro paleobiológico más importante de Europa para estudiar los últimos millones de años en el mundo", por delante de Atapuerca, datado en 1,2 millones de años. 

Ahí queda eso: Orce 1, Atapuerca 0. El yacimiento granadino necesitaba reivindicarse desde el gatillazo de los restos que encontró en 1982, también en Orce, el también paleoantropólogo y también catalán Josep Gibert en el yacimiento de Venta Micena, que se consideró un fragmento craneal del “Hombre de Orce”, de 1,3 millones de años, un presunto homínido que resultó no ser tal sino los restos que la quijada de una hembra de rumiante. Por eso, el partido del viernes era una especie de revancha, una reedición en formato antropológico del famoso sketch de los Monty Python de 1972 que muestra el duelo balompédico entre un equipo estrella de filósofos griegos y uno de alemanes, capitaneado por Hegel, con Leibniz en la portería. Los equipos se pasaron la mayoría del partido paseándose y filosofando, ignorando el balón (“Aquí está Marx... veamos si él puede darle algo de vida a este ataque alemán... Evidentemente no”), hasta que Arquímedes tuvo un momento de ¡Eureka! y dirigió un ataque que culminó con Sócrates metiendo de un testarazo el balón, que le había pasado Heráclito, en la portería germana. Aquel partido (a pesar de las protestas de Kant y Hegel) tuvo un claro ganador, al igual que el partido del viernes, pero es difícil imaginar que la lucha sobre el origen del hombre en Europa pueda depender de un solo diente y más cuando los dientes han dado algún sonoro quebradero de cabeza a algunos reputados paleontólogos.

Según su descubridor, es "incontestable" que el diente corresponde a un humano, concretamente es un molar de un niño de diez años y así lo evidencian los estudios a los que ha sido sometido este fósil, tanto en el Museo Nacional de Historia Natural de París o la Universidad Autónoma de Barcelona, entre otras instituciones científicas. "Anatómicamente es incontestable que se trata de un diente humano de lo que podemos llamar el Niño o la Niña de Orce", subrayaba la mar de contento. 

Es exactamente la misma secuencia que siguió el venerable Henry Fairfield Osborn, director del Museo Norteamericano de Historia Natural, considerado el padre de la paleoantropología americana, cuando en 1922 confundió el diente de un pecarí encontrado en Snake Creek, Nebraska, con un molar de homínido. Que los pecaríes sean unos parientes cercanos de los cerdos domésticos no ayudó mucho a que el error de Osborn pasara desapercibido entre los antievolucionistas y más aún cuando el descubrimiento supuestamente sensacional llegó en el que parecía ser el mejor momento para Osborn, enzarzado como estaba en un debate público frente al congresista por Nebraska William Jennings Bryan, un fundamentalista religioso, tres veces candidato a la presidencia de los Estados Unidos, que llegó a ser Secretario de Estado entre 1913 y 1915, durante la presidencia de Woodrow Wilson. 

Bryan era el ariete político de los creacionistas, una suerte de talibanes que sostenían (y sostienen) que cada ser vivo que existe actualmente proviene de un acto independiente de creación divina. Los creacionistas se mantuvieron en la sombra durante varios años hasta que, a mediados de los años 1920, en una búsqueda del renacimiento de valores que ellos consideraban tradicionales, propusieron prohibir toda noción de evolución en la enseñanza pública y enseñar, por el contrario, los disparates que surgen de defender a pies juntillas la historicidad y literalidad de la Biblia, lo que inevitablemente conduce a sostener necedades y dislates tales como creer que Dios creó el mundo en seis días y, según las lunáticas cuentas que el arzobispo anglicano y primado de Irlanda James Ussher hizo en su libro Anales del Antiguo Testamento, que la Tierra fue creada en el anochecer previo al 23 de octubre de 4000 AC. 

En 1920, Bryan, que había olfateado entre los creacionistas un granero de votos, puso en marcha una campaña legislativa por toda la nación contra la enseñanza de la evolución que culminó en el célebre juicio de Scopes de 1925 del que prometo ocuparme en otra ocasión. En esa campaña se desató la controversia entre Bryan y Osborn que se separa de lo que es habitual en este tipo de debates en los que los creacionistas se suelen enfrentar a evolucionistas descreídos, laicos, agnósticos y ateos. No era el caso, porque el propio Osborn, un científico arrogante, aristocrático y ultraconservador, era, además de un gran paleontólogo, un teísta convencido de que Dios existía y consideraba que la evolución era la más hermosa expresión del designio divino. Para Osborn, Bryan era un político oportunista y un paleto que estaba evitando que la ciencia sirviera de intérprete a la más alta expresión de la Divina Providencia. 

En 1922, en pleno debate Bryan-Osborn, Dios pareció ponerse de parte del científico cuando Harold Cook, un geólogo profesional, encontró un diente fósil en los depósitos del Plioceno medio de Snake Crek al occidente de Nebraska. Envió el diente a Osborn, quien obró con la habitual prudencia de los científicos puesto que consultó con varios especialistas antes de concluir que el diente perteneció a un primate antropoide. La conclusión entusiamó a Osborn porque el hallazgo constituía el primer registro fósil de primates antropoideos en Norteamérica. Como ahora se ha hecho con el diente de Orce, Osborn publicó el hallazgo del que llamó Hesperopithecus haroldcookii -que significa "Simio del mundo occidental"- en dos de las más prestigiosas revistas de la época. En una de ellas, ni más ni menos que en los Proceedings of the National Academy of Sciences, el exultante Osborn se permitió lanzar una puya a Bryan, un dardo que hubiera sido tolerable en cualquier publicación divulgativa pero que rechina en una revista científica. Aludiendo al nombre latino que había dado al supuesto homínido poseedor del molar fosilizado, el crecido Osborn hizo un chiste: «Se ha sugerido jocosamente que debería llamarse a este animal Bryopithecus, en honor del primate más distinguido que ha producido hasta hoy el estado de Nebraska». 

La alegría duró poco. Osborn se dedicó con ahínco a buscar pruebas que confirmaran su nuevo homínido y envió varias expediciones para recolectar nuevos fósiles. Cumplieron, pero el tiro le salió por la culata. En 1927, el colega y amigo de Osborn, William King Gregory, el experto más cualificado en dientes de primates y uno de los científicos que habían avalado la humanidad del molar del Hesperopithecus, publicó un artículo en Science en el que justificaba el error de Osborn que, dadas la similitudes estructurales entre los molares de los humanos y alguno artiodáctilos, había atribuido el diente de Hesperopithecus a un homínido cuando en realidad resultaba ser de un pecarí extinguido del género Prosthennops.

Aquella rectificación significó un gran regocijo para Bryan y un mazo con el que golpear al evolucionismo: ¿Qué podía esperarse de los paleontólogos si uno de ellos, el gran Osborn, había confundido un diente humano con el de un cerdo? 

Atentos en Orce: ¡cuidado con los dientes!

Mañana en la batalla piensa en mí


Ricardo, tu mujer, aquella desgraciada Ana, tu mujer, 
que jamás durmió una hora en paz contigo, 
ahora llena tu sueño de agitaciones: 
mañana en la batalla piensa en mí 
y caiga tu espada sin filo. ¡Desespera y muere! 
William Shakespeare: Ricardo III (Acto V, Escena III).

Campos de Market Bosworth, Leicestershire (Inglaterra), madrugada del 22 de agosto de 1485. Las tropas de Ricardo III Plantagenet, rey de Inglaterra, de la casa de York, y los mercenarios franceses del pretendiente a la corona de la casa de Lancaster, Enrique Tudor, se aprestan para la batalla decisiva de la larga disputa por el trono de Inglaterra conocida como la Guerra de las Dos Rosas. Traicionado por algunos de sus nobles en pleno combate, Ricardo intenta una carga desesperada contra el grupo que rodeaba a Enrique. No lo consigue. Desmontado, pelea como un jabato (su marca heráldica llevaba al jabalí como insignia) y muere luchando bravamente con el cráneo atravesado por una flecha. 

El descendiente de Ricardo Corazón de León tuvo una muerte digna del rey Arturo de Thomas Malory y no la del villano cobarde que los vencedores promovieron después. Su cuerpo, ignominiosamente atravesado en un caballo, fue llevado hasta Leicester, donde se exhibió desnudo y apaleado por las calles, hasta acabar aplastado contra el antepecho de un puente sobre el río Soar. Sus restos fueron finalmente sepultados en la capilla franciscana de Greyfriars, sobre cuyas ruinas se levantaría más tarde la catedral de Leicester.

Departamento de Genética de la Universidad de Leicester, nueve de la mañana del lunes 10 de septiembre de 1984. El genetista Alec Jeffreys comienza su jornada de trabajo sin saber que aquella mañana cambiaría su vida y la de muchas otras personas alrededor del mundo. Jeffreys estaba tratando de identificar diferencias genéticas a nivel molecular. Por casualidad, cuando observaba ADN procedente de su técnica de laboratorio Jenny Foxon y de sus padres, descubrió una región del ADN que era enormemente variable. Nada importante si Jeffreys no hubiera sido curioso. Observó la región con los rayos X y se dio cuenta de que había algo parecido a un código de barras; resultaba muy borroso, pero aun así era fácil detectar cómo la huella de Jenny consistía en una combinación de la de su madre y su padre, pero a la vez era única. En unos segundos el científico se percató de que había encontrado un método de identificación basado en el ADN que podría utilizarse no solo para identificación biológica, sino para dilucidar todo tipo de relaciones familiares. Le puso nombre a esa marca que hace a cada individuo un ejemplar único: “ADN fingerprints”: la huella genética. 


El número 316 de la revista Nature, que apareció el 4 de julio de 1985, cayó como una bomba en los laboratorios forenses de todo el mundo. En sólo tres páginas, el artículo firmado por Jeffreys y dos de sus colaboradoras describía el método de identificar personas y establecer relaciones de parentesco. El procedimiento consiste en extraer el ADN de una muestra de tejido humano, cortarlo en fragmentos de distintos tamaños y separarlos en un campo eléctrico. Luego se usa una pequeña porción de ADN radioactivo que se pega a los fragmentos del genoma que llevan una secuencia específica variable de individuo en individuo. 

El resultado final del procedimiento es una placa radiográfica donde se observa una serie de bandas que recuerda los códigos de barras usados para marcar artículos comerciales. Tal y como sucede con las huellas dactilares, cada persona presenta un patrón específico de bandas sin que exista otra persona que presente exactamente el mismo patrón. Como las bandas se heredan de padres a hijos, todas las que aparecen en la huella genética de una persona tienen que estar presentes en las huellas de alguno de sus padres. Esto viene de perillas para establecer relaciones de parentesco.



Veintiocho de agosto de 2012. Un equipo de arqueólogos descubre un esqueleto debajo del aparcamiento de la catedral de Leicester. Unos días después, el laboratorio forense certifica que el cráneo encontrado fue atravesado por un objeto punzante y que la curvatura de la columna confirmaba la joroba de Ricardo III. De confirmarse la sospecha, se trataba de un hallazgo sensacional porque pocos monarcas ingleses han despertado tanto interés ni ninguno tuvo jamás más fama de malvado. El principal propagador de esa leyenda negra fue Shakespeare quien trazó con su pluma los contornos inmortales de numerosos personajes, capaces de las mejores obras, de las peores y también de las más contradictorias. Suyos son los retratos de grandes reyes atormentados y de brujas, generales, duendes traviesos, esposos enfermizamente celosos, dulces enamorados o villanos desalmados. Shakespeare hizo de Ricardo III un arquetipo de la peor condición humana: si Shylock es el codicioso ávaro, Falstaff el festivo, cobardón, vanidoso y pendenciero, Otelo el celoso y Macbeth el insomne acosado por su propia conciencia, Ricardo III aparece como un asesino vil, deforme, ambicioso y corrupto. 

Inspirada en la biografía del último rey de la casa Lancaster que escribió Tomás Moro en 1513, Ricardo III, la tragedia histórica de Shakespeare, presenta al personaje en función de quien estaba en el poder en aquel momento, la reina Isabel I, nieta de Enrique VII, vencedor de la batalla de Bosworth e implacable enemigo de Ricardo. ¡Vae victis! Shakespeare lo retrató como “the son of hell”, el “hijo del infierno”, un jorobado tiránico con un brazo atrofiado, un “ponzoñoso reptil jorobado”, como le llama la reina Margarita, capaz de ordenar asesinar al rey Enrique VI, a su propio hermano Jorge y a sus dos sobrinos cautivos en la Torre de Londres para poder acceder al trono. Si Ricardo hubiese ganado en Bosworth, si hubiese sobrevivido y sus herederos hubieran continuado en el trono, es muy posible que Inglaterra siguiera siendo hoy un país católico. Pero el vencedor de la batalla fue Enrique Tudor, cuyo hijo, Enrique VIII, obligó a su país a convertirse al protestantismo porque el Vaticano no le permitió divorciarse de su primera esposa, Catalina de Aragón, para casarse con la hermosa, gatuna y provocadora Ana Bolena. 


Febrero de 2013. La noticia de su primera semana en Inglaterra fue la confirmación de que el esqueleto encontrado en Leicester era el del rey Ricardo III. A pesar de que entre la actual soberana de los británicos, Isabel II, y su antecesor lejano en el trono Ricardo III median veintitrés reyes, ninguno estaba relacionado con Ricardo III por vía familiar. El linaje del último monarca inglés muerto en un campo de batalla, despreciado por Shakespeare y por la historia, tenía su último descendiente en Michael Ibsen, un ebanista canadiense, de quien se sabía por estudios genealógicos que era el único descendiente directo vivo de la dinastía Plantagenet. Quinientos años y diecisiete generaciones después, el cotejo de la huella genética de Ibsen y la de los restos de Leicester confirmó uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes en la historia del Reino Unido: el hijo del infierno había salido de las tinieblas del olvido. 


No es el único rey ungido de Inglaterra que yace en un lugar poco apropiado. Algunos historiadores creen que Boadicea, reina de los icenos, una pequeña tribu celta que ocupaba el actual territorio de Norfolk, al norte de Londres, que se rebeló contra las legiones de Nerón y fue violada y asesinada junto con sus hijas por las tropas del pretor Suetonio, está sepultada bajo el andén décimo de King’s Cross Station. Otros eruditos, más iconoclastas, lo niegan porque sostienen que está enterrada bajo un McDonalds de Birmingham. 

Sic transit gloria mundi.

jueves, 28 de febrero de 2013

El ADN cumple años


Hoy, 28 de febrero, se cumplen sesenta años de la descodificación de la estructura del ADN, el acta fundacional de la revolución biológica más importante desde que un siglo antes Darwin formulara su hipótesis sobre el origen de las especies. 

Los parroquianos del Eagle, un pub de Cambridge desde el que se divisan las torres góticas del King’s College, estaban acostumbrados a que alguno de los excéntricos científicos de la universidad entrara de vez en cuando anunciando que había descubierto “el no va más”. Por eso, cuando el 28 de febrero de 1953 James Watson, un desgarbado científico norteamericano de veinticinco años, y Francis Crick, su jefe inglés ocho años mayor, anunciaron a voces que habían descifrado el secreto de la vida, los parroquianos siguieron bebiendo sus pintas, lanzando dardos y discutiendo acerca de si el primer ministro Churchill era un carcamal cuyo tiempo político ya había pasado. No tenían por qué saber que aquellos dos jóvenes decían la verdad: habían desencriptado la doble hélice, la estructura del ADN, el constituyente básico de los genes. 


Watson y Crick no hicieron ni un solo experimento de laboratorio antes de encontrar la estructura definitiva. Trabajaron con la información disponible, principalmente con los datos que la cristalógrafa Rosalind Franklin -quien habría recibido también el Nobel de no haber fallecido prematuramente en 1958- había obtenido estudiando cristales de ADN, pero también con los datos obtenidos por otros científicos. A lo largo de horas y horas de discusión en la que no faltaron las celebradas en el Eagle, elaboraron un modelo teórico. 



Después construyeron figuras de cartulina que representaban las moléculas y las dispusieron de todas las maneras posibles hasta encontrar una configuración que les pareció satisfactoria. El método con el que descubrieron la estructura del ADN puede compararse en cierto modo con la resolución del cubo de Rubick. El artículo que expuso el sensacional hallazgo a la comunidad científica se publicó el 25 de abril 1953 en la revista Nature y apenas ocupa una página. Así de simple es la estructura del ADN. En 1962, cuando Watson, Crick y su compañero de laboratorio, el neozelandés Maurice Wilkins, recibieron el Nobel, se estaba gestando una nueva especialidad en los laboratorios de Biología Molecular. Era la Ingeniería Genética, la tecnología que permite analizar y manipular el ADN y transferirlo de un organismo a otro.

El principal problema que enfrentaban quienes trabajaban con ADN era la excesiva longitud de esta molécula. Una molécula de ADN humano completamente extendida mide unos cuantos centímetros. A escala humana parece poca cosa, pero comparada con cualquier otra molécula presente en los seres vivos es gigantesca. No se podría avanzar gran cosa hasta que se descubrieran las tijeras y el pegamento adecuados para cortarla y unir los trozos sueltos. Primero se descubrió el pegamento, una enzima llamada ADN-ligasa que, como su nombre indica, liga fragmentos de ADN, formando una molécula a partir de dos. En 1967, gracias al uso de esta enzima, Arthur Kornberg (que había logrado el Nobel de 1959 junto a Severo Ochoa por los experimentos que consiguieron sintetizar la enzima ADN-polimerasa a partir de moléculas de nucleótidos en ausencia de células vivas), logró multiplicar en un tubo de ensayo el ADN de un virus. 


Tres años después se descubrieron las tijeras para cortar ADN, una familia de proteínas conocidas como endonucleasas de restricción, cada una de las cuales es capaz de reconocer una secuencia característica de nucleótidos dentro de una molécula de ADN y cortarlo en ese punto en concreto. El Nobel de Medicina de 1978 fue concedido a los microbiólogos Arber, Nathans y Smith por ese descubrimiento que condujo al desarrollo de la tecnología de ADN recombinante, cuyo primer uso práctico trabajo fue la manipulación del organismo procariota más estudiado por el ser humano, la bacteria Escherichia coli, para producir insulina humana para los diabéticos.


El descubrimiento de esas herramientas, las tijeras (endonucleasas) y el pegamento (ligasas), permitió dar un paso gigantesco en la manipulación del ADN. A partir de ese momento, el desarrollo de la ingeniería genética se volvió tan imparable como lento. Quedaba un gran problema por resolver: el “corta-pega” era un trabajo enormemente tedioso que consumía horas y horas de trabajo rutinario que podían reducirse si alguien encontraba la técnica adecuada. 



Aquí entra en la historia el bioquímico estadounidense, Kary Banks Mullis, muy conocido por la invención de la técnica para amplificar secuencias de ADN y menos conocido por sus heterodoxas opiniones sobre el virus del sida y el cambio climático. Cuando publicó en 1988 su autobiografía Dancing naked in the mind field, Mullis contó que la idea se le ocurrió mientras iba conduciendo por la carretera 128 a través de las suaves colinas de California. Era una cálida noche de mayo de 1983, las ventanillas estaban bajadas y dejaban entrar el penetrante aroma de los castaños californianos. Acurrucada en el asiento del acompañante, su novia dormía profundamente. 

Mullis tenía entonces treinta y nueve años y trabajaba como ingeniero genetista para Cetus, una empresa de biotecnología. Era uno de esos técnicos que se aburrían copiando moléculas de ADN en tubos de ensayo. Era una tarea tediosa porque no había ninguna forma rápida de obtener numerosas copias de un gen perdido en medio de una gigantesca molécula de ADN. Lo que se le ocurrió a Mullis aquella noche fue un método para obtener millones de copias de un segmento de ADN contenido en una molécula mucho más grande.

Todo se basaba en desarrollar una reacción en cadena. No importaba cuán larga fuera la molécula de ADN original, porque el método permitía copiar únicamente el segmento deseado. En el primer ciclo se obtenían dos moléculas a partir de una. En el segundo ciclo se obtenían dos a partir de cada una de las dos copias anteriores, es decir cuatro. En el tercer ciclo el número de copias se duplicaba a ocho y en el siguiente a dieciséis, y así sucesivamente. En unas pocas horas se podía completar una gran cantidad de ciclos y conseguir una cantidad impresionante de copias.


¡Eureka!, exclamó Mullis, y se detuvo en el arcén. Buscó lápiz y papel en la guantera. Calculó que repitiendo el ciclo diez veces se producían unas mil moléculas, repitiéndolo veinte se producía un millón, repitiéndolo treinta, mil millones. “Se me acaba de ocurrir algo increíble”, le dijo a su novia. Ella se removió en el asiento y siguió durmiendo. Mullis reanudó el viaje. Un kilómetro y medio más adelante volvió a detenerse. Estaba empezando a comprender la magnitud de su descubrimiento. Si el método funcionaba, permitiría hacer la cantidad de copias que uno quisiera del fragmento de ADN que uno deseara. Lo usarían todos los laboratorios del mundo. Se haría famoso. Le darían el premio Nobel. Acertó: el Nobel de Química lo recibió en 1993.

El método ideado por Mullis es el PCR (abreviatura en inglés de Reacción en Cadena de la Polimerasa), una técnica usada actualmente de forma tan rutinaria por miles de laboratorios de todo el mundo que hasta los estudiantes pueden realizar sus prácticas con métodos que cuando yo estudié biología eran pura ciencia ficción. Las noticias con ADN se han convertido en cosa de todos los días porque las aplicaciones de esa especie de fotocopiaje genético son innumerables. Una de ellas, frecuentemente usada por paleontólogos y biólogos evolucionistas para recuperar el ADN de restos fósiles y establecer relaciones de parentesco, ha saltado este mes a la prensa gracias a su empleo en la identificación de los restos del desdichado rey inglés Ricardo III. 


No es el primer caso de su empleo para el reconocimiento de las sagas reales, pero esa es una interesante historia que reservo para otro día.