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jueves, 13 de agosto de 2026

¿POR QUÉ MÉXICO SE ESCRIBE CON X?

 

Hay países que han tenido que defender sus fronteras, su independencia, sus recursos naturales y hasta su cocina. México, además, ha tenido que defender una letra.

La última batalla de esta guerra ortográfica se produjo hace apenas unos meses y tuvo como protagonista a Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, que viajó a México dispuesta a reivindicar la Conquista, el mestizaje y, muy especialmente, a Hernán Cortés. La visita terminó convertida en una considerable tormenta política. Claudia Sheinbaum respondió a las declaraciones de la dirigente madrileña, Ayuso acusó al Gobierno mexicano de hostilidad y acabó cancelando parte de su agenda. En medio de aquel intercambio apareció una vieja conocida: la jota.

Ayuso escribió Méjico. No cometió, conviene decirlo desde el principio, ninguna falta de ortografía. La Real Academia Española admite Méjico, mejicano y mejicanismo. Pero recomienda las grafías con x, que son las utilizadas en México y mayoritarias en todo el mundo hispánico. La cuestión interesante no consiste, por tanto, en decidir si Méjico está bien o mal escrito. Consiste en preguntarse por qué alguien decide utilizar precisamente esa forma cuando visita un país cuyos 130 millones de habitantes escriben el nombre de su nación con x.

Porque entonces la ortografía empieza a convertirse en política. El asunto tiene además una deliciosa paradoja histórica. En algunos ambientes de la derecha española, la jota se reivindica como una forma genuinamente española frente a una equis asociada al indigenismo, a la corrección política o, recurriendo a una palabra que actualmente sirve para casi todo, a lo woke. El problema es que, si de lo que se trata es de reivindicar a Hernán Cortés y la España de los conquistadores, la letra apropiada es precisamente la X.

Para entenderlo tenemos que regresar al castellano que se hablaba cuando Cortés desembarcó en las costas mexicanas. A comienzos del siglo XVI nuestra lengua sonaba bastante diferente de la actual. Entre otras cosas, poseía un sonido fricativo parecido al sh del inglés show. Aquel sonido se escribía con x.

Por eso nuestros antepasados escribían dixo, traxo o Quixote. Y por eso, cuando los españoles intentaron trasladar al alfabeto latino las palabras que escuchaban a los hablantes de náhuatl, utilizaron la x para representar un sonido que su propio idioma poseía. Escribieron Mexico, inicialmente sin nuestra tilde moderna, porque esa era la solución ortográfica natural para un español del siglo XVI.

La x de México, por tanto, no es una ocurrencia nacionalista posterior a la independencia, ni una corrección indigenista introducida para borrar las huellas españolas. La pusieron allí los propios españoles. Lo que ocurrió después fue que cambió el español.

Durante los siglos XVI y XVII tuvo lugar una profunda reorganización de las consonantes de nuestra lengua. Aquel sonido semejante a sh fue desplazándose hacia la parte posterior de la boca hasta acabar convertido en el sonido velar que hoy representamos normalmente mediante j o mediante g cuando es delante de e e i. La escritura fue adaptándose al cambio. Dixo se convirtió en dijo, traxo en trajo y Quixote en Quijote.

México, sin embargo, conservó su x. La Real Academia Española intentó poner orden en 1815. Si aquellas palabras ya se pronunciaban con el sonido de la jota, razonaron los académicos, parecía lógico escribirlas con jota. La reforma sustituyó muchas antiguas equis y, siguiendo ese criterio, México debía convertirse en Méjico. El calendario histórico no pudo ser más inoportuno. Seis años después, en 1821, México consumaba su independencia de España.

A partir de entonces, una cuestión que en principio era puramente ortográfica comenzó a adquirir otro significado. Para los mexicanos, la x formaba parte del nombre con el que se reconocían a sí mismos. Resultaba difícil explicarles que una institución situada a nueve mil kilómetros de distancia había decidido que estaban escribiendo incorrectamente el nombre de su propio país. México siguió escribiendo México.

Y la x fue adquiriendo algo que ninguna letra posee al nacer: historia. Se convirtió en una pequeña señal de identidad nacional. No porque los mexicanos hubieran inventado esa grafía, sino precisamente porque la habían heredado. Las lenguas están llenas de estos fósiles. Conservamos letras que ya no pronunciamos, pronunciaciones que no coinciden con la escritura y palabras que llevan adheridos siglos de historia sin que pensemos en ello cuando las utilizamos.

El caso mexicano ni siquiera está solo. Ahí están Oaxaca y Xalapa, que conservan igualmente antiguas equis y se pronuncian con el sonido de nuestra jota. Son supervivientes ortográficos de aquel castellano que cruzó el Atlántico hace cinco siglos.

La Academia Española tardó mucho tiempo en aceptar plenamente la realidad. Durante buena parte de los siglos XIX y XX mantuvo su preferencia por la jota. Con el tiempo, y dentro de una concepción cada vez más panhispánica de la lengua, terminó reconociendo lo evidente: los nombres propios también pertenecen a quienes los llevan. Hoy admite las dos grafías, pero recomienda expresamente México, mexicano y mexicanismo.

Por eso resulta tan peculiar que la cuestión haya resucitado ahora ligada precisamente a la reivindicación de Hernán Cortés. Se puede discutir durante años sobre la Conquista de México. Se puede hablar de violencia, alianzas indígenas, epidemias, mestizaje, evangelización, destrucción, intercambio cultural o nacimiento de una nueva sociedad. Es un proceso histórico gigantesco y extraordinariamente complejo que difícilmente cabe en las consignas políticas del siglo XXI. Pero sobre la x podemos estar bastante más seguros:

Cuando Hernán Cortés vivía, se escribía México.

Más aún: aquella x pertenecía al castellano que hablaban y escribían los conquistadores. Si Cortés pudiera regresar y tuviera que elegir entre México y Méjico, la segunda forma probablemente le resultaría bastante más extraña que la primera. Reivindicar la jota como homenaje a la España del siglo XVI tiene algo de viajar al Siglo de Oro vestido con una camiseta del Real Madrid porque uno considera que es indumentaria tradicional castellana.

Naturalmente, nadie debería convertir una variante ortográfica legítima en motivo de escándalo. Un español puede escribir Méjico con la tranquilidad de contar con el respaldo del diccionario. Otra cosa es utilizar deliberadamente esa jota como afirmación política frente a quienes escriben México. En ese momento ya no estamos hablando de ortografía, sino de identidad.

Y las identidades tienen la incómoda costumbre de no dejarse corregir con un diccionario. Quizá esa sea la parte más interesante de toda esta historia. Las palabras cambian, viajan y terminan significando mucho más de lo que significaban cuando nacieron. Una x utilizada por los escribanos españoles para representar un sonido indígena acabó atravesando la Conquista, la evolución fonética del castellano, las reformas de la Academia y la independencia de México hasta convertirse en una minúscula seña nacional.

Cinco siglos después, seguimos discutiendo por ella. Quienes quieran reivindicar a Hernán Cortés pueden hacerlo. Pero si pretenden además escribir como en tiempos de Hernán Cortés, tendrán que resignarse a usar la equis.