Hay países que han tenido que
defender sus fronteras, su independencia, sus recursos naturales y hasta su
cocina. México, además, ha tenido que defender una letra.
La última batalla de esta guerra
ortográfica se produjo hace apenas unos meses y tuvo como protagonista a Isabel
Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, que viajó a México dispuesta
a reivindicar la Conquista, el mestizaje y, muy especialmente, a Hernán Cortés.
La visita terminó convertida en una considerable tormenta política. Claudia
Sheinbaum respondió a las declaraciones de la dirigente madrileña, Ayuso acusó
al Gobierno mexicano de hostilidad y acabó cancelando parte de su agenda. En
medio de aquel intercambio apareció una vieja conocida: la jota.
Ayuso escribió Méjico. No
cometió, conviene decirlo desde el principio, ninguna falta de ortografía. La
Real Academia Española admite Méjico, mejicano y mejicanismo. Pero recomienda
las grafías con x, que son las utilizadas en México y mayoritarias en todo el
mundo hispánico. La cuestión interesante no consiste, por tanto, en decidir si
Méjico está bien o mal escrito. Consiste en preguntarse por qué alguien decide
utilizar precisamente esa forma cuando visita un país cuyos 130 millones de
habitantes escriben el nombre de su nación con x.
Porque entonces la ortografía
empieza a convertirse en política. El asunto tiene además una deliciosa
paradoja histórica. En algunos ambientes de la derecha española, la jota se
reivindica como una forma genuinamente española frente a una equis asociada al
indigenismo, a la corrección política o, recurriendo a una palabra que
actualmente sirve para casi todo, a lo woke. El problema es que, si de
lo que se trata es de reivindicar a Hernán Cortés y la España de los
conquistadores, la letra apropiada es precisamente la X.
Para entenderlo tenemos que
regresar al castellano que se hablaba cuando Cortés desembarcó en las costas
mexicanas. A comienzos del siglo XVI nuestra lengua sonaba bastante diferente
de la actual. Entre otras cosas, poseía un sonido fricativo parecido al sh del
inglés show. Aquel sonido se escribía con x.
Por eso nuestros antepasados
escribían dixo, traxo o Quixote. Y por eso, cuando los españoles intentaron
trasladar al alfabeto latino las palabras que escuchaban a los hablantes de
náhuatl, utilizaron la x para representar un sonido que su propio idioma poseía.
Escribieron Mexico, inicialmente sin nuestra tilde moderna, porque esa era la
solución ortográfica natural para un español del siglo XVI.
La x de México, por tanto, no es
una ocurrencia nacionalista posterior a la independencia, ni una corrección
indigenista introducida para borrar las huellas españolas. La pusieron allí los
propios españoles. Lo que ocurrió después fue que cambió el español.
Durante los siglos XVI y XVII
tuvo lugar una profunda reorganización de las consonantes de nuestra lengua.
Aquel sonido semejante a sh fue desplazándose hacia la parte posterior
de la boca hasta acabar convertido en el sonido velar que hoy representamos
normalmente mediante j o mediante g cuando es delante de e
e i. La escritura fue adaptándose al cambio. Dixo se convirtió en dijo,
traxo en trajo y Quixote en Quijote.
México, sin embargo, conservó su
x. La Real Academia Española intentó poner orden en 1815. Si aquellas palabras
ya se pronunciaban con el sonido de la jota, razonaron los académicos, parecía
lógico escribirlas con jota. La reforma sustituyó muchas antiguas equis y,
siguiendo ese criterio, México debía convertirse en Méjico. El calendario
histórico no pudo ser más inoportuno. Seis años después, en 1821, México
consumaba su independencia de España.
A partir de entonces, una
cuestión que en principio era puramente ortográfica comenzó a adquirir otro
significado. Para los mexicanos, la x formaba parte del nombre con el que se
reconocían a sí mismos. Resultaba difícil explicarles que una institución situada
a nueve mil kilómetros de distancia había decidido que estaban escribiendo
incorrectamente el nombre de su propio país. México siguió escribiendo México.
Y la x fue adquiriendo algo que
ninguna letra posee al nacer: historia. Se convirtió en una pequeña señal de
identidad nacional. No porque los mexicanos hubieran inventado esa grafía, sino
precisamente porque la habían heredado. Las lenguas están llenas de estos
fósiles. Conservamos letras que ya no pronunciamos, pronunciaciones que no
coinciden con la escritura y palabras que llevan adheridos siglos de historia
sin que pensemos en ello cuando las utilizamos.
El caso mexicano ni siquiera está
solo. Ahí están Oaxaca y Xalapa, que conservan igualmente antiguas equis y se
pronuncian con el sonido de nuestra jota. Son supervivientes ortográficos de
aquel castellano que cruzó el Atlántico hace cinco siglos.
La Academia Española tardó mucho
tiempo en aceptar plenamente la realidad. Durante buena parte de los siglos XIX
y XX mantuvo su preferencia por la jota. Con el tiempo, y dentro de una
concepción cada vez más panhispánica de la lengua, terminó reconociendo lo
evidente: los nombres propios también pertenecen a quienes los llevan. Hoy
admite las dos grafías, pero recomienda expresamente México, mexicano y
mexicanismo.
Por eso resulta tan peculiar que
la cuestión haya resucitado ahora ligada precisamente a la reivindicación de
Hernán Cortés. Se puede discutir durante años sobre la Conquista de México. Se
puede hablar de violencia, alianzas indígenas, epidemias, mestizaje,
evangelización, destrucción, intercambio cultural o nacimiento de una nueva
sociedad. Es un proceso histórico gigantesco y extraordinariamente complejo que
difícilmente cabe en las consignas políticas del siglo XXI. Pero sobre la x
podemos estar bastante más seguros:
Cuando Hernán Cortés vivía, se
escribía México.
Más aún: aquella x pertenecía al
castellano que hablaban y escribían los conquistadores. Si Cortés pudiera
regresar y tuviera que elegir entre México y Méjico, la segunda forma
probablemente le resultaría bastante más extraña que la primera. Reivindicar la
jota como homenaje a la España del siglo XVI tiene algo de viajar al Siglo de
Oro vestido con una camiseta del Real Madrid porque uno considera que es
indumentaria tradicional castellana.
Naturalmente, nadie debería
convertir una variante ortográfica legítima en motivo de escándalo. Un español
puede escribir Méjico con la tranquilidad de contar con el respaldo del
diccionario. Otra cosa es utilizar deliberadamente esa jota como afirmación
política frente a quienes escriben México. En ese momento ya no estamos
hablando de ortografía, sino de identidad.
Y las identidades tienen la
incómoda costumbre de no dejarse corregir con un diccionario. Quizá esa sea la
parte más interesante de toda esta historia. Las palabras cambian, viajan y
terminan significando mucho más de lo que significaban cuando nacieron. Una x
utilizada por los escribanos españoles para representar un sonido indígena
acabó atravesando la Conquista, la evolución fonética del castellano, las
reformas de la Academia y la independencia de México hasta convertirse en una
minúscula seña nacional.
Cinco siglos después, seguimos
discutiendo por ella. Quienes quieran reivindicar a Hernán Cortés pueden
hacerlo. Pero si pretenden además escribir como en tiempos de Hernán Cortés,
tendrán que resignarse a usar la equis.