Imagine que está en una pequeña
embarcación, en algún lugar frío del océano. El mar está tranquilo, las
montañas se pierden entre nubes bajas y, de pronto, aparece junto al barco una
orca. Esto ya sería suficiente para mejorar una mañana que hasta entonces solo
había ofrecido agua, frío y quizá un café mediocre. El animal se aproxima y
entonces descubre que lleva algo en la boca. Es un pez. La orca lo suelta junto
a la embarcación y se queda allí. No se marcha ni se come el pez. Flota cerca y
espera.
Uno puede imaginar la incomodidad
del momento. Cuando alguien nos ofrece un canapé sabemos aproximadamente qué se
espera de nosotros. Con una orca de cinco toneladas que acaba de depositar un
salmón a nuestros pies, las normas de urbanidad son menos claras. ¿Hay que
cogerlo? ¿Devolverlo? ¿Dar las gracias? La situación resulta aún más
desconcertante si, al no aceptar el presente, la orca recoge el pez y vuelve a
dejarlo delante de nosotros. Entonces surge una sospecha: quizá no seamos nosotros
quienes estamos observando a la orca. Quizá sea ella la que está observándonos.
Durante años aparecieron relatos
de encuentros parecidos en lugares muy alejados. Una orca se aproximaba a una
embarcación y dejaba una presa; otra hacía algo semejante ante un buceador;
alguna llegó a depositar comida junto a una persona situada en la orilla. Jared
Towers, Ingrid Visser y Vanessa Prigollini decidieron reunir los casos que
podían documentarse y examinarlos con criterios científicos. El resultado fue
un estudio publicado en
2026 con un título espléndido: Testing the waters: Attempts by wild
killer whales (Orcinus orca) to provision people (Homo sapiens). “Testing
the Waters” significa «probar las aguas», pero también «tantear el terreno»,
averiguar qué ocurre antes de decidir qué hacer.
Los investigadores reunieron treinta
y cuatro episodios registrados durante unas dos décadas, correspondientes a
seis poblaciones de orcas distribuidas por cuatro océanos. Para admitir un caso
no bastaba con que a una orca se le hubiera caído un pescado cerca de alguien.
El animal debía aproximarse por iniciativa propia y colocar ante la persona una
presa u otro objeto. Veintiún encuentros ocurrieron con personas que estaban en
embarcaciones, once con personas dentro del agua y dos con personas situadas en
tierra. Participaron machos y hembras, jóvenes y adultos, de modo que no podía
atribuirse todo a alguna extravagancia juvenil.
El menú fue considerable. Las
orcas presentaron organismos pertenecientes a dieciocho especies: peces,
mamíferos, aves, invertebrados, un reptil e incluso un alga. Algunas eran
presas enteras que podían comerse. No parecía, por tanto, que los animales se
limitaran a tirar las sobras de la cena.
Lo más interesante sucedía
después. Las orcas no dejaban el objeto y desaparecían, sino que solían
permanecer cerca atendiendo a la reacción humana. Cuando la persona no aceptaba
la presa, algunas la recuperaban y, en ciertos casos, volvían a presentarla.
Esa secuencia —acercarse, soltar, esperar, observar y a veces repetir—
convierte una curiosidad zoológica en un problema de comportamiento animal. Una
cosa es que a una orca se le caiga un salmón. Otra muy distinta es que lo deje
delante de usted y permanezca allí pendiente de lo que hace con él.
Conviene contener el entusiasmo
porque nuestra especie posee una facilidad extraordinaria para atribuir
intenciones humanas a los animales. Decimos que un perro siente culpa, que un
gato nos trae un ratón como regalo o que un cuervo se venga de quien lo ha
molestado. Algunas de esas interpretaciones pueden contener parte de verdad;
otras reflejan nuestra irresistible costumbre de encontrar pequeños seres
humanos escondidos dentro de los demás animales.
Por eso los autores hablan con
prudencia de intentos de provisioning, “aprovisionamiento”, y no
sostienen que las orcas hayan decidido alimentar a la humanidad. Sin embargo,
la hipótesis no surge de la nada. Las orcas comparten alimento entre ellas, son
cazadoras cooperativas y viven en sociedades complejas. Una presa no siempre
pertenece en exclusiva al individuo que la captura: puede repartirse y formar
parte de una relación social.
Además, hemos descubierto que no
existe una única manera de ser orca. Diferentes poblaciones comen presas
distintas y utilizan técnicas de caza diferentes. Algunas persiguen salmones;
otras cazan mamíferos marinos. Hay orcas que provocan olas coordinadas para
hacer caer focas de las placas de hielo y otras que se aproximan a las playas
hasta quedar casi varadas para capturar lobos marinos. Los jóvenes observan,
practican y aprenden de los adultos. Si aceptamos una definición biológica de
cultura como información y comportamiento transmitidos socialmente, podemos
hablar sin demasiado escándalo de culturas de orcas.
Incluso tienen modas. En 1987
algunas orcas residentes del Pacífico comenzaron a llevar salmones muertos
sobre la cabeza. La ocurrencia se extendió a otros individuos y después
desapareció. Décadas más tarde volvió a observarse. Resulta difícil encontrarle
una ventaja adaptativa, a menos que los salmones posean alguna propiedad como
sombreros que nosotros desconocemos. Como ocurre entre los humanos, no toda
cultura necesita producir una catedral o mejorar la captura de focas.
Compartir una presa con nosotros
resulta así menos extravagante. Una orca acostumbrada a repartir alimento
podría extender ocasionalmente esa conducta hacia otro ser con el que
interactúa. Aunque existe una explicación todavía más sugerente: puede que el pescado
no sea un regalo, sino un experimento.
Las orcas son animales curiosos y
nosotros constituimos una considerable rareza en su mundo. Aparecemos sobre
embarcaciones, producimos sonidos, arrojamos objetos al agua y a veces nos
sumergimos vestidos con equipos incomprensibles. Para un animal acostumbrado a
reconocer individuos y prestar atención al comportamiento ajeno, los humanos
debemos de ser difíciles de ignorar.
Desde esa perspectiva, dejar un
pescado junto a una persona y esperar adquiere otro significado. No sería «he
traído esto para que comas», sino algo parecido a «veamos qué haces con esto».
El objeto serviría para provocar una reacción. Si el humano no responde, la
orca lo recupera; si responde, obtiene información. La repetición observada en
algunos encuentros resulta especialmente sugerente porque indica que la
reacción del destinatario tenía importancia.
Esto conduce hacia un terreno
delicado. Los psicólogos comparados llaman “teoría de la mente” a la capacidad
de atribuir a otros individuos conocimientos, deseos o intenciones diferentes
de los propios. Demostrarla en animales es extraordinariamente difícil. Sabemos
que las orcas cooperan, coordinan movimientos, reconocen individuos, aprenden
unas de otras y adaptan su conducta a la de sus compañeros. Todo ello exige una
gran capacidad para anticipar el comportamiento ajeno, aunque no demuestre que
posean una teoría de la mente semejante a la nuestra.
Tampoco podemos descartar el
juego. Los cetáceos juegan con objetos, algas, animales y entre ellos. Una
presa puede ser alimento, juguete y objeto social. Nuestra necesidad de
clasificar cada conducta como caza, juego, regalo o investigación quizá diga más
sobre nosotros que sobre las orcas. Podemos ofrecer una aceituna a un amigo
para que pruebe un sabor desconocido y estar al mismo tiempo compartiendo
comida, divirtiéndonos y observando su reacción. No hay razón para exigir que
una orca tenga una sola motivación.
Los treinta y cuatro episodios
deben interpretarse además con prudencia. Son pocos, ocurrieron durante muchos
años y proceden de encuentros oportunistas, no de un experimento diseñado de
antemano. Existe también un sesgo inevitable: las personas recuerdan,
fotografían y cuentan el día en que una orca les ofrece un pez; nadie escribe
un informe sobre las miles de ocasiones en que una orca pasa junto a una
embarcación y no ofrece absolutamente nada. El estudio demuestra que la
conducta existe, pero no sabemos con qué frecuencia ocurre ni qué proporción de
orcas la practica.
Aun así, estos encuentros tienen
el mérito de invertir una perspectiva a la que estamos demasiado acostumbrados.
Seguimos ballenas, fotografiamos aves, ponemos cámaras a los lobos y diseñamos
pruebas para averiguar cuánto comprende un chimpancé. Somos, en nuestra
imaginación, el naturalista situado fuera del escenario mientras las demás
especies representan la obra.
Una orca que se aproxima con un
pez introduce una pequeña grieta en esa cómoda distribución de papeles. Deja la
presa, se aparta y espera. Nosotros miramos a la orca tratando de averiguar qué
pretende. La orca nos mira esperando averiguar qué vamos a hacer. Durante unos
segundos hay dos grandes mamíferos sociales, inteligentes y curiosos separados
por la superficie del océano, y cada uno parece estar estudiando al otro.
Por eso, es posible que la
pregunta más interesante de aquellos encuentros no sea por qué las orcas
quisieron darnos de comer. Es posible que ni siquiera quisieran hacerlo. La
pregunta verdaderamente perturbadora es otra: después de siglos dedicados a
averiguar hasta qué punto los animales nos comprenden, puede que alguna orca
haya decidido realizar el experimento contrario.
Y nosotros, sin saberlo, éramos
el animal de laboratorio.