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martes, 11 de agosto de 2026

¿QUÉ QUIERE UNA ORCA CUANDO TE OFRECE UN PESCADO?

 

Imagine que está en una pequeña embarcación, en algún lugar frío del océano. El mar está tranquilo, las montañas se pierden entre nubes bajas y, de pronto, aparece junto al barco una orca. Esto ya sería suficiente para mejorar una mañana que hasta entonces solo había ofrecido agua, frío y quizá un café mediocre. El animal se aproxima y entonces descubre que lleva algo en la boca. Es un pez. La orca lo suelta junto a la embarcación y se queda allí. No se marcha ni se come el pez. Flota cerca y espera.

Uno puede imaginar la incomodidad del momento. Cuando alguien nos ofrece un canapé sabemos aproximadamente qué se espera de nosotros. Con una orca de cinco toneladas que acaba de depositar un salmón a nuestros pies, las normas de urbanidad son menos claras. ¿Hay que cogerlo? ¿Devolverlo? ¿Dar las gracias? La situación resulta aún más desconcertante si, al no aceptar el presente, la orca recoge el pez y vuelve a dejarlo delante de nosotros. Entonces surge una sospecha: quizá no seamos nosotros quienes estamos observando a la orca. Quizá sea ella la que está observándonos.

Durante años aparecieron relatos de encuentros parecidos en lugares muy alejados. Una orca se aproximaba a una embarcación y dejaba una presa; otra hacía algo semejante ante un buceador; alguna llegó a depositar comida junto a una persona situada en la orilla. Jared Towers, Ingrid Visser y Vanessa Prigollini decidieron reunir los casos que podían documentarse y examinarlos con criterios científicos. El resultado fue un estudio publicado en 2026 con un título espléndido: Testing the waters: Attempts by wild killer whales (Orcinus orca) to provision people (Homo sapiens). “Testing the Waters” significa «probar las aguas», pero también «tantear el terreno», averiguar qué ocurre antes de decidir qué hacer.

Los investigadores reunieron treinta y cuatro episodios registrados durante unas dos décadas, correspondientes a seis poblaciones de orcas distribuidas por cuatro océanos. Para admitir un caso no bastaba con que a una orca se le hubiera caído un pescado cerca de alguien. El animal debía aproximarse por iniciativa propia y colocar ante la persona una presa u otro objeto. Veintiún encuentros ocurrieron con personas que estaban en embarcaciones, once con personas dentro del agua y dos con personas situadas en tierra. Participaron machos y hembras, jóvenes y adultos, de modo que no podía atribuirse todo a alguna extravagancia juvenil.

El menú fue considerable. Las orcas presentaron organismos pertenecientes a dieciocho especies: peces, mamíferos, aves, invertebrados, un reptil e incluso un alga. Algunas eran presas enteras que podían comerse. No parecía, por tanto, que los animales se limitaran a tirar las sobras de la cena.

Lo más interesante sucedía después. Las orcas no dejaban el objeto y desaparecían, sino que solían permanecer cerca atendiendo a la reacción humana. Cuando la persona no aceptaba la presa, algunas la recuperaban y, en ciertos casos, volvían a presentarla. Esa secuencia —acercarse, soltar, esperar, observar y a veces repetir— convierte una curiosidad zoológica en un problema de comportamiento animal. Una cosa es que a una orca se le caiga un salmón. Otra muy distinta es que lo deje delante de usted y permanezca allí pendiente de lo que hace con él.

Conviene contener el entusiasmo porque nuestra especie posee una facilidad extraordinaria para atribuir intenciones humanas a los animales. Decimos que un perro siente culpa, que un gato nos trae un ratón como regalo o que un cuervo se venga de quien lo ha molestado. Algunas de esas interpretaciones pueden contener parte de verdad; otras reflejan nuestra irresistible costumbre de encontrar pequeños seres humanos escondidos dentro de los demás animales.

Por eso los autores hablan con prudencia de intentos de provisioning, “aprovisionamiento”, y no sostienen que las orcas hayan decidido alimentar a la humanidad. Sin embargo, la hipótesis no surge de la nada. Las orcas comparten alimento entre ellas, son cazadoras cooperativas y viven en sociedades complejas. Una presa no siempre pertenece en exclusiva al individuo que la captura: puede repartirse y formar parte de una relación social.

Además, hemos descubierto que no existe una única manera de ser orca. Diferentes poblaciones comen presas distintas y utilizan técnicas de caza diferentes. Algunas persiguen salmones; otras cazan mamíferos marinos. Hay orcas que provocan olas coordinadas para hacer caer focas de las placas de hielo y otras que se aproximan a las playas hasta quedar casi varadas para capturar lobos marinos. Los jóvenes observan, practican y aprenden de los adultos. Si aceptamos una definición biológica de cultura como información y comportamiento transmitidos socialmente, podemos hablar sin demasiado escándalo de culturas de orcas.

Incluso tienen modas. En 1987 algunas orcas residentes del Pacífico comenzaron a llevar salmones muertos sobre la cabeza. La ocurrencia se extendió a otros individuos y después desapareció. Décadas más tarde volvió a observarse. Resulta difícil encontrarle una ventaja adaptativa, a menos que los salmones posean alguna propiedad como sombreros que nosotros desconocemos. Como ocurre entre los humanos, no toda cultura necesita producir una catedral o mejorar la captura de focas.

Compartir una presa con nosotros resulta así menos extravagante. Una orca acostumbrada a repartir alimento podría extender ocasionalmente esa conducta hacia otro ser con el que interactúa. Aunque existe una explicación todavía más sugerente: puede que el pescado no sea un regalo, sino un experimento.

Las orcas son animales curiosos y nosotros constituimos una considerable rareza en su mundo. Aparecemos sobre embarcaciones, producimos sonidos, arrojamos objetos al agua y a veces nos sumergimos vestidos con equipos incomprensibles. Para un animal acostumbrado a reconocer individuos y prestar atención al comportamiento ajeno, los humanos debemos de ser difíciles de ignorar.

Desde esa perspectiva, dejar un pescado junto a una persona y esperar adquiere otro significado. No sería «he traído esto para que comas», sino algo parecido a «veamos qué haces con esto». El objeto serviría para provocar una reacción. Si el humano no responde, la orca lo recupera; si responde, obtiene información. La repetición observada en algunos encuentros resulta especialmente sugerente porque indica que la reacción del destinatario tenía importancia.

Esto conduce hacia un terreno delicado. Los psicólogos comparados llaman “teoría de la mente” a la capacidad de atribuir a otros individuos conocimientos, deseos o intenciones diferentes de los propios. Demostrarla en animales es extraordinariamente difícil. Sabemos que las orcas cooperan, coordinan movimientos, reconocen individuos, aprenden unas de otras y adaptan su conducta a la de sus compañeros. Todo ello exige una gran capacidad para anticipar el comportamiento ajeno, aunque no demuestre que posean una teoría de la mente semejante a la nuestra.

Tampoco podemos descartar el juego. Los cetáceos juegan con objetos, algas, animales y entre ellos. Una presa puede ser alimento, juguete y objeto social. Nuestra necesidad de clasificar cada conducta como caza, juego, regalo o investigación quizá diga más sobre nosotros que sobre las orcas. Podemos ofrecer una aceituna a un amigo para que pruebe un sabor desconocido y estar al mismo tiempo compartiendo comida, divirtiéndonos y observando su reacción. No hay razón para exigir que una orca tenga una sola motivación.

Los treinta y cuatro episodios deben interpretarse además con prudencia. Son pocos, ocurrieron durante muchos años y proceden de encuentros oportunistas, no de un experimento diseñado de antemano. Existe también un sesgo inevitable: las personas recuerdan, fotografían y cuentan el día en que una orca les ofrece un pez; nadie escribe un informe sobre las miles de ocasiones en que una orca pasa junto a una embarcación y no ofrece absolutamente nada. El estudio demuestra que la conducta existe, pero no sabemos con qué frecuencia ocurre ni qué proporción de orcas la practica.

Aun así, estos encuentros tienen el mérito de invertir una perspectiva a la que estamos demasiado acostumbrados. Seguimos ballenas, fotografiamos aves, ponemos cámaras a los lobos y diseñamos pruebas para averiguar cuánto comprende un chimpancé. Somos, en nuestra imaginación, el naturalista situado fuera del escenario mientras las demás especies representan la obra.

Una orca que se aproxima con un pez introduce una pequeña grieta en esa cómoda distribución de papeles. Deja la presa, se aparta y espera. Nosotros miramos a la orca tratando de averiguar qué pretende. La orca nos mira esperando averiguar qué vamos a hacer. Durante unos segundos hay dos grandes mamíferos sociales, inteligentes y curiosos separados por la superficie del océano, y cada uno parece estar estudiando al otro.

Por eso, es posible que la pregunta más interesante de aquellos encuentros no sea por qué las orcas quisieron darnos de comer. Es posible que ni siquiera quisieran hacerlo. La pregunta verdaderamente perturbadora es otra: después de siglos dedicados a averiguar hasta qué punto los animales nos comprenden, puede que alguna orca haya decidido realizar el experimento contrario.

Y nosotros, sin saberlo, éramos el animal de laboratorio.