Hay preguntas que todos creemos conocer hasta el momento en que alguien nos obliga a responderlas. ¿Por qué bostezamos? ¿Por qué lloramos? ¿Por qué el cielo es azul? La menstruación pertenece a esa categoría de fenómenos tan cotidianos que apenas despiertan curiosidad. La mitad de la humanidad convive con ella durante cuatro décadas de su vida y la otra mitad sabe perfectamente en qué consiste. A pesar de ello, cuando intentamos explicar por qué existe, descubrimos que nuestras respuestas resultan sorprendentemente pobres. Casi todos podemos describir qué ocurre durante un ciclo menstrual, pero muy pocos sabemos por qué la evolución conservó un mecanismo que obliga al organismo a fabricar todos los meses un tejido complejo para desprenderlo apenas unas semanas después.
Las explicaciones tradicionales describen el fenómeno, pero
no responden a la pregunta. Unas sostienen que la regla sirve para limpiar el
útero; otras la presentan como una simple consecuencia de las variaciones
hormonales. La biología distingue entre el mecanismo y la función. Saber que la
caída de la progesterona desencadena la menstruación equivale a saber que una
manzana cae porque la gravedad la atrae hacia el suelo. El mecanismo queda
descrito, pero la cuestión evolutiva sigue intacta: ¿qué ventaja obtuvo una
especie cuyos individuos pierden sangre de forma periódica y reconstruyen el
revestimiento del útero una y otra vez, mientras el resto de los mamíferos
parece haberse ahorrado ese gasto?
La respuesta intuitiva suele ser errónea. Damos por hecho
que todas las hembras de los mamíferos menstrúan y que las mujeres no hacen
sino seguir la norma general. Basta asomarse a la zoología para comprobar que
ocurre exactamente lo contrario. Las perras pueden presentar un sangrado
durante el celo, pero no es una menstruación. Vacas, cabras, ciervas, gatas,
yeguas, elefantas, ratonas o ballenas preparan el útero para un posible
embarazo igual que las mujeres, pero cuando la fecundación no ocurre, el endometrio
(el revestimiento interno del útero, donde se implanta el embrión al inicio del
embarazo) no se desprende hacia el exterior, sino que el propio organismo lo
reabsorbe.
La menstruación espontánea solo aparece en los seres
humanos, los grandes simios, algunos monos del Viejo Mundo, unas pocas especies
de murciélagos y, sorprendentemente, en un pequeño roedor africano, el ratón
espinoso (Acomys), del que poco se sabía hasta hace poco. Entre más de seis mil
quinientas especies de mamíferos, apenas un dos por ciento comparte ese rasgo.
La pregunta cambia entonces de sentido. Ya no se trata de
averiguar por qué las mujeres tienen la regla, sino qué poseen en común esas
pocas especies que las demás no tienen. La ciencia buscó durante siglos la
respuesta en el propio sangrado. Aristóteles interpretó la menstruación como
una forma de eliminar un exceso de alimento y esa idea, transformada con el
paso del tiempo, sobrevivió hasta la medicina moderna.
Durante buena parte del siglo XX se aceptó otra explicación
más refinada: la regla actuaría como un mecanismo de limpieza del útero,
eliminando microorganismos introducidos durante las relaciones sexuales y
renovando el endometrio antes del siguiente embarazo.
La hipótesis parecía razonable, pero encerraba una
contradicción difícil de resolver. Si la menstruación hubiera evolucionado para
limpiar el útero, cabría esperar que apareciera en la mayoría de los mamíferos,
porque todos copulan y todos están expuestos a microorganismos. El hecho de que
casi ninguno menstrúe obligaba a buscar la explicación en otra parte.
Ese cambio de perspectiva comenzó hace apenas unas décadas
gracias a los trabajos de Jan Brosens, Günter Wagner y Diana Emera. Sus
investigaciones demostraron que el protagonista de esta historia no era la
menstruación, sino un tipo muy particular de embarazo. La regla no constituye
el fenómeno que la evolución seleccionó, sino la consecuencia visible de una
innovación mucho más profunda.
Para comprender por qué las mujeres menstrúan hay que
olvidarse durante un momento del ciclo menstrual y dirigir la mirada hacia la
placenta, porque el origen de la regla no se encuentra en la sangre que aparece
cada mes, sino en la manera en que un embrión consigue abrirse camino dentro
del cuerpo de su madre.
La imagen del embarazo que solemos conservar tiene mucho de
idilio. Un óvulo es fecundado, el embrión se implanta en el útero y, desde ese
momento, el organismo materno pone todos sus recursos al servicio de la nueva
vida. La realidad es bastante más compleja. Madre e hijo cooperan porque ambos
necesitan que el embarazo llegue a buen término, pero esa cooperación convive
con un inevitable conflicto de intereses.
La madre debe sobrevivir, conservar reservas para futuros
embarazos y criar a toda su descendencia. El embrión, en cambio, solo participa
en una apuesta: la suya. Desde el punto de vista de la selección natural,
cualquier gen que le permita obtener un poco más de alimento, de oxígeno o de
sangre aumentará sus probabilidades de supervivencia, aunque ello suponga un
pequeño coste para la madre. Robert Trivers formuló esta idea en la década de
1970 bajo el nombre de “conflicto materno-filial”, un concepto que cambió
profundamente la forma de entender el embarazo.
Ese conflicto se desarrolla en la placenta, un órgano que
solemos considerar una simple superficie de intercambio, cuando en realidad
constituye una de las estructuras más sofisticadas del cuerpo humano. La
placenta no pertenece a la madre, sino al embrión. Son las células del propio
hijo las que construyen el órgano encargado de obtener nutrientes del organismo
materno.
Lejos de permanecer pasiva, la placenta invade el tejido
uterino, remodela vasos sanguíneos, produce hormonas y modifica el metabolismo
de la madre para asegurar un suministro constante de glucosa y oxígeno. El
embarazo deja así de parecer una convivencia tranquila para convertirse en un
diálogo fisiológico permanente entre dos organismos cuyos intereses coinciden
solo en parte.
La intensidad de esa invasión varía mucho entre unas
especies y otras. En numerosos mamíferos la placenta mantiene una separación
considerable respecto a la circulación materna. En nuestra especie ocurre
exactamente lo contrario. El embrión humano desarrolla una de las placentas más
invasivas conocidas. Las células del trofoblasto (la capa externa del embrión,
cuyas células darán origen a la placenta y serán las primeras en invadir el
útero materno) penetran profundamente en la pared del útero y transforman las
arterias espirales(los pequeños vasos sanguíneos que llevan sangre al
revestimiento interno del útero) en auténticos conductos de gran calibre por
los que circulan enormes cantidades de sangre.
Gracias a ese aporte continuo de oxígeno y nutrientes puede
desarrollarse el órgano que mejor define a nuestra especie: el cerebro. Aunque
solo representa alrededor del dos por ciento del peso corporal, consume una
quinta parte de la energía que utilizamos en reposo. Durante la gestación esa
demanda resulta todavía mayor. Sin una placenta capaz de garantizar semejante
suministro energético, la evolución difícilmente habría producido un cerebro
del tamaño y la complejidad del nuestro.
Toda innovación evolutiva tiene un precio. Una placenta muy
invasiva aumenta el riesgo de que el embrión penetre demasiado en los tejidos
maternos. Si la invasión resulta insuficiente aparecen complicaciones como la
preeclampsia (una complicación del embarazo que cursa con hipertensión y puede
poner en peligro la vida de la madre y del feto) o el retraso del crecimiento
fetal; si resulta excesiva pueden producirse alteraciones graves, como la
placenta acreta (una complicación en la que la placenta se adhiere de forma
anómala al útero y puede causar hemorragias potencialmente mortales durante el
parto), que ponen en peligro la vida de la madre durante el parto.
El embarazo humano discurre, por tanto, sobre un equilibrio
extraordinariamente delicado. La placenta necesita invadir lo suficiente para
alimentar al feto, pero nunca tanto como para comprometer la supervivencia de
la mujer. La pregunta decisiva consiste en averiguar quién mantiene ese
equilibrio.
Durante mucho tiempo se creyó que el útero reaccionaba
cuando llegaba el embrión. Las investigaciones de las últimas décadas han
demostrado que sucede justo lo contrario. En las especies que menstrúan, el
organismo materno prepara el endometrio antes de que exista siquiera un
embarazo. El útero no espera la llegada del embrión; construye con antelación
el escenario donde se desarrollará esa compleja negociación biológica. Ese
descubrimiento cambió por completo la interpretación del ciclo menstrual y abrió
el camino hacia la verdadera explicación de por qué unas pocas especies, entre
ellas la nuestra, tienen la regla.
La clave de toda esta historia recibe un nombre poco
conocido fuera de la biología reproductiva: “decidualización espontánea”, un
nombre que resulta engañoso. «Decidualización» procede del latín deciduus, «que
cae», porque los primeros anatomistas bautizaron así al revestimiento del útero
al comprobar que se desprendía tras el parto. Hoy sabemos que lo importante no
es que ese tejido caiga, sino la extraordinaria transformación que experimenta
para recibir y controlar la implantación del embrión.
Aunque el término resulte un tanto equívoco y poco
atractivo, describe una innovación evolutiva extraordinaria. En la mayoría de
los mamíferos, el endometrio solo experimenta una transformación profunda
cuando un embrión comienza a implantarse. En las especies que menstrúan ocurre
justo lo contrario. El útero inicia esa transformación antes de saber si
existirá o no un embarazo. La madre no espera a comprobar cómo actuará el
embrión; prepara el terreno de antemano para controlar su implantación desde el
primer instante.
Durante ese proceso, el endometrio deja de ser un simple
revestimiento del útero. Sus células acumulan reservas energéticas, reorganizan
la red de vasos sanguíneos, producen nuevas proteínas y modifican el ambiente
químico del tejido. La comparación con una fortaleza resulta bastante fiel a la
realidad. El organismo materno levanta sus defensas antes de abrir la puerta
porque el visitante que está a punto de llegar posee una capacidad de invasión
extraordinaria.
Las células del trofoblasto degradan tejidos, atraviesan
barreras celulares y remodelan vasos sanguíneos con una eficacia que, observada
en el laboratorio, recuerda en algunos aspectos al comportamiento de un tumor.
La diferencia es decisiva: un cáncer invade sin control; el embarazo normal
mantiene esa invasión dentro de unos límites muy precisos.
Hoy sabemos que ese control corresponde sobre todo al
organismo materno. Durante años se pensó que era la placenta quien regulaba la
profundidad de la invasión. Las investigaciones recientes indican que el útero
desempeña un papel mucho más activo. La decidualización convierte el endometrio
en una auténtica barrera reguladora, capaz de modular el avance de la placenta
y de mantener un diálogo bioquímico continuo con el embrión. El objetivo no
consiste en impedir la implantación, sino en evitar que el hijo obtenga más
recursos de los que la madre puede permitirse ceder sin comprometer su propia
supervivencia.
Ese diálogo también transforma el sistema inmunitario. Un
embrión contiene la mitad de su información genética procedente del padre y,
desde ese punto de vista, debería ser reconocido como un tejido extraño. Sin
embargo, el útero no apaga sus defensas, sino que las reorganiza.
Durante la decidualización proliferan las llamadas células
NK uterinas, muy distintas de las que circulan por la sangre. En lugar de
destruir el tejido embrionario, colaboran en la remodelación de las arterias
uterinas y vigilan que la invasión placentaria permanezca dentro de unos
límites seguros. El sistema inmunitario deja de comportarse como un ejército
dedicado a expulsar al intruso y asume el papel de árbitro en una negociación
compleja entre madre y embrión.
Las investigaciones más recientes han añadido un elemento
todavía más sorprendente. El endometrio decidualizado no parece limitarse a
controlar la invasión, sino que también participa en una primera selección de
los embriones. La reproducción humana resulta extraordinariamente ineficaz: se
estima que alrededor del setenta por ciento de las concepciones se pierde antes
de que la mujer llegue a saber que estaba embarazada, la mayoría debido a
anomalías cromosómicas incompatibles con un desarrollo normal.
Diversos estudios indican que las células del endometrio
responden de forma distinta según las señales químicas emitidas por el embrión.
Los más viables favorecen la implantación; los que presentan alteraciones
importantes tienen muchas más probabilidades de interrumpir su desarrollo en
esas primeras fases. Desde el punto de vista evolutivo, la estrategia resulta
comprensible. Interrumpir un embarazo inviable durante sus primeros días supone
un coste mucho menor que mantener durante meses una gestación condenada al
fracaso.
La decidualización espontánea deja así de parecer un detalle
fisiológico para revelarse como una de las grandes innovaciones de la
reproducción humana. El útero no es un órgano pasivo que recibe al embrión,
sino un sistema de control que regula la invasión placentaria, reorganiza las
defensas inmunitarias y selecciona los embarazos con mayores posibilidades de
prosperar. Solo queda una cuestión por resolver. ¿Qué hace el organismo cuando
toda esa compleja maquinaria ha sido construida y el embarazo nunca llega a
producirse?
La respuesta a esa última pregunta constituye el desenlace
de toda esta historia. Una vez que el endometrio ha completado su
transformación, el organismo materno mantiene aquella compleja estructura
mientras exista la posibilidad de que un embrión se implante. Si la fecundación
no llega a producirse, o si el embrión no consigue establecer un diálogo
adecuado con el útero, el cuerpo lúteo deja de fabricar progesterona y
desaparece la señal hormonal que sostenía aquel elaborado entramado celular.
Los vasos sanguíneos se contraen, disminuye el aporte de oxígeno, parte del
tejido degenera y el endometrio termina por desprenderse. Ese desprendimiento
es la menstruación.
Vista desde esa perspectiva, la regla deja de ser el
acontecimiento principal para convertirse en el desenlace de un proceso mucho
más complejo. La selección natural no favoreció la menstruación, sino un
mecanismo capaz de preparar el útero antes de la llegada del embrión, controlar
la invasión de la placenta y aumentar las probabilidades de éxito del embarazo.
El sangrado aparece porque ese sofisticado dispositivo deja de tener utilidad
cuando la gestación no llega a iniciarse. La menstruación no constituye una
adaptación por sí misma; es la consecuencia inevitable de otra adaptación mucho
más profunda.
Todavía queda una cuestión abierta. Si la mayoría de los
mamíferos reabsorbe el endometrio, ¿por qué las mujeres no hacen lo mismo? La
respuesta definitiva aún no existe, aunque la hipótesis más aceptada sostiene
que el endometrio decidualizado ha cambiado tanto durante el ciclo que resulta
más eficiente destruirlo y construir uno nuevo que intentar devolverlo a su
estado inicial. No sería un caso excepcional. Nuestro organismo renueva de
forma continua la epidermis, el revestimiento intestinal e incluso buena parte
del tejido óseo. En muchas ocasiones, empezar de nuevo supone un gasto menor
que reparar una estructura profundamente remodelada.
También conviene desterrar una idea muy extendida. La
menstruación no resulta necesaria para quedarse embarazada. Lo indispensable es
la ovulación y la preparación hormonal del endometrio. La regla aparece
precisamente cuando el embarazo no se ha producido. La prueba más evidente es
que desaparece durante la gestación y puede suprimirse durante largos periodos
mediante determinados tratamientos hormonales sin impedir que la fertilidad se
recupere cuando estos se interrumpen. El ciclo menstrual existe para coordinar
la reproducción; la menstruación solo marca el final de un ciclo que no culminó
con éxito.
La historia de la ciencia ofrece pocas ironías tan notables
como esta. Durante siglos se buscó la explicación de la regla en la propia
menstruación. Hoy sabemos que la pregunta estaba mal formulada. La clave no se
encuentra en el sangrado mensual, sino en la evolución de un tipo de placenta
capaz de invadir profundamente el útero y en la respuesta que el organismo
materno desarrolló para mantener esa invasión bajo control. El sangrado no es
el problema que la evolución resolvió; es la huella que deja esa solución
cuando el embarazo no llega a producirse.
La biología evolutiva enseña con frecuencia que los rasgos más visibles no son siempre los más importantes. La cola del pavo real solo cobra sentido cuando se entiende la selección sexual; el largo cuello de la jirafa no puede explicarse sin la competencia por el alimento. La menstruación tampoco puede comprenderse aislada del embarazo. Es el último episodio de una historia que comienza mucho antes, cuando el útero prepara el terreno para recibir a uno de los embriones más invasivos del reino animal.
Quizá esa sea la enseñanza más interesante de este capítulo. Durante milenios la menstruación se interpretó como una simple incomodidad periódica o como un mecanismo de limpieza del organismo. Hoy sabemos que constituye el rastro visible de una de las innovaciones reproductivas que hicieron posible nuestra propia evolución. Sin una placenta capaz de suministrar enormes cantidades de energía al feto habría sido imposible desarrollar un cerebro como el nuestro. Sin un útero preparado para controlar esa invasión, el embarazo habría representado un riesgo inaceptable para la madre. La regla aparece cuando ese complejo equilibrio deja de ser necesario.endometrio No es el origen de la historia. Es su epílogo.