¿Cuál es la fábrica más
sofisticada del mundo?
Hay quien respondería que una
planta de microchips en Taiwán. Otros pensarán en una cadena de montaje de
automóviles o en una gigantesca refinería de petróleo. Todas ellas son
prodigios de la ingeniería. Sin embargo, ninguna puede compararse con otra mucho
más pequeña, silenciosa y eficiente que funciona en tu interior desde el mismo
día en que naciste.
No tiene chimeneas. No hace
ruido. Nunca cierra por vacaciones. Y, aunque jamás aparecerá en una revista tecnológica,
es capaz de hacer algo que ninguna fábrica construida por el ser humano ha
conseguido todavía: transformar una manzana en pensamientos, una tostada en
músculos y un vaso de leche en huesos.
Lo más curioso es que fue
diseñada para un mundo que ya no existe. Durante casi toda nuestra historia
evolutiva la comida era un bien escaso. Conseguir unas pocas calorías podía
exigir horas de caminata, una cacería peligrosa o una búsqueda paciente de frutos
silvestres. Quien desperdiciaba alimento tenía muchas probabilidades de morir
antes de dejar descendencia. Por eso la evolución acabó construyendo una
fábrica obsesionada con aprovechar absolutamente todo.
Tomemos una simple manzana. Hasta
hace apenas un instante era una fruta perfectamente reconocible. Dentro de unas
horas será una mezcla de glucosa alimentando tus neuronas, aminoácidos
reparando tejidos, vitaminas participando en cientos de reacciones químicas y,
si has abusado un poco del postre, quizá una discreta reserva energética
alrededor de la cintura. En ningún momento volverás a verla. Desaparecerá para
convertirse, literalmente, en un poco más de ti.
La operación comienza en una sala
de trituración que cualquier ingeniero reconocería inmediatamente. Los dientes
no mastican por cortesía hacia el estómago; trituran porque la química trabaja
mucho mejor cuanto más pequeños son los fragmentos. Mientras tanto, la saliva
hace bastante más que humedecer el alimento. Contiene amilasa, una enzima que
empieza a desmontar el almidón antes incluso de que hayamos terminado de
masticar. La fábrica no pierde el tiempo.
Unos segundos después la
mercancía, que ha atravesado un tubo, el esófago, alcanza el departamento más
espectacular de toda la instalación. Si una empresa anunciara que ha construido
un reactor capaz de remover continuamente alimentos dentro de ácido clorhídrico
sin que el recipiente se destruyera a sí mismo, aparecería en todas las
revistas de ingeniería del planeta. Tú llevas uno instalado desde antes de
aprender a caminar.
El estómago funciona como una
gigantesca hormigonera biológica. Mezcla, agita, esteriliza y comienza a
desmontar las proteínas mientras convierte el contenido en una papilla llamada
quimo. Desde el punto de vista culinario resulta poco apetecible; desde el
fisiológico constituye una auténtica obra maestra. Sin embargo, el mayor
prodigio todavía está por llegar.
Hasta este momento nuestra
manzana sigue siendo una visitante. Ha atravesado la boca, ha sobrevivido al
ácido estomacal y se ha convertido en una papilla irreconocible, pero, por
extraño que parezca, todavía no forma parte de ti. Desde un punto de vista
biológico continúa «fuera» del organismo, igual que el agua que circula por el
interior de una manguera no pertenece a la goma que la contiene. Para obtener
la nacionalidad de tu cuerpo tendrá que superar un último control de fronteras.
Ese control se encuentra en el
intestino delgado, el auténtico corazón de la fábrica. Aquí trabajan tres
departamentos perfectamente coordinados: el hígado, la vesícula biliar y el
páncreas. El primero aporta un ingrediente con muy mala fama, pero absolutamente
imprescindible: la bilis. Su función recuerda a la de un lavavajillas frente a
una sartén cubierta de aceite. No destruye la grasa. Hace algo mucho más
inteligente: la rompe en millones de diminutas gotas para que las enzimas
puedan atacarla con facilidad.
Mientras tanto, el páncreas abre
su laboratorio químico y libera un cóctel de enzimas tan especializado que cada
una reconoce un único tipo de molécula. Hay quien imagina la digestión como un
gran triturador universal. En realidad, se parece mucho más a un taller de
relojería donde cada operario desmonta una sola pieza utilizando una
herramienta diseñada exclusivamente para ella.
Y entonces ocurre el auténtico
milagro. Nuestra manzana deja de serlo. La glucosa atraviesa la pared
intestinal rumbo a la sangre; los aminoácidos emprenden el viaje que los
llevará a fabricar proteínas y los ácidos grasos buscan nuevos destinos. A
partir de ese momento resulta imposible saber qué parte de tu cuerpo procederá
de aquella fruta. Quizá una neurona. Quizá una fibra muscular. Quizá una
molécula de colágeno de la piel. O quizá —porque la evolución sigue siendo
extraordinariamente desconfiada— una pequeña reserva de energía para un hambre
que, en la mayoría de nosotros, nunca llegará.
Es una idea difícil de olvidar.
Todo lo que eres estuvo un día sobre un plato. Tus huesos fueron leche, pescado
o verduras; tus músculos fueron legumbres, carne o huevos; incluso las neuronas
con las que estás leyendo estas líneas se construyeron utilizando materiales
que antes formaban parte de otras plantas y otros animales. Somos,
literalmente, comida reciclada.
Pero la fábrica todavía no ha
terminado su jornada. Cuando el intestino delgado ha rescatado casi todos los
nutrientes entra en acción otro equipo del que apenas tuvimos noticia hasta
hace unas décadas. Durante mucho tiempo pensamos que el intestino grueso era
poco más que un almacén de residuos. Hoy sabemos que alberga una comunidad
formada por billones de microorganismos: la microbiota intestinal.
Mientras nosotros dormimos, ellos
fermentan la fibra que nuestras enzimas fueron incapaces de digerir, producen
sustancias beneficiosas para el intestino, ayudan a entrenar el sistema
inmunitario y dificultan que los microbios peligrosos encuentren un lugar donde
instalarse. Si alguna vez has tenido la impresión de que en tu casa vive más
gente de la que figura en el padrón, no ibas del todo desencaminado. En tu
intestino reside una multitud microscópica y, afortunadamente, estos inquilinos
pagan el alquiler trabajando.
La obsesión de esta fábrica por
no desperdiciar nada no termina ahí. El colon recupera buena parte del agua que
todavía acompaña a los residuos antes de formar las heces, y los riñones hacen
otro tanto con la sangre. Filtran continuamente su contenido, rescatan el agua
y las sustancias útiles y solo permiten abandonar el organismo aquello que
realmente carece de valor. Si fueran menos eficientes, nos deshidrataríamos en
cuestión de horas.
Cuando termina todo el proceso
resulta inevitable mirar atrás con cierta admiración. Una simple manzana ha
pasado por trituradoras mecánicas, reactores químicos, laboratorios
especializados, plantas de reciclaje y depuradoras de alta precisión. Todo ello
ha ocurrido sin que hayas tenido que pulsar un solo botón, consultar un manual
de instrucciones o llamar al servicio técnico.
Quizá esa sea la mayor lección de
este viaje. Pasamos media vida admirando las obras de ingeniería construidas
por el ser humano. Visitamos fábricas automatizadas, contemplamos robots
industriales y nos maravillamos ante cadenas de montaje capaces de fabricar un
automóvil en pocos minutos. Todo eso es admirable, pero ninguna de esas
instalaciones puede transformar una manzana en un pensamiento, una zancada, una
sonrisa o un recuerdo.
Mañana volverás a desayunar.
Quizá sea una tostada, una pieza de fruta o simplemente una taza de café. Todo
parecerá un gesto rutinario. Sin embargo, en cuanto el primer bocado
desaparezca entre tus labios volverá a ponerse en marcha la fábrica más perfecta
del mundo. Mientras tú lees el periódico, conversas o sales de casa, millones
de células, miles de millones de bacterias y un puñado de órganos perfectamente
coordinados estarán ocupados transformando esa sencilla comida en un poco más
de ti.
Quizá la mayor obra de ingeniería
que conocerás en toda tu vida no esté en Japón, ni en Alemania, ni en Silicon
Valley. La llevas contigo desde el día en que naciste.
Si te ha gustado esta visita
guiada, puedes recorrer la fábrica en el capítulo de mi
próximo libro, El correo de un biólogo, donde exploro con algo más de detalle cada uno de sus
departamentos y descubro algunos de los mecanismos más sorprendentes de esta
extraordinaria obra de ingeniería biológica. En este enlace puedes acceder a él.