| El USS Maddox (DD-731) en alta mar. Foto coloreada a partir del original. Comando de Historia y Patrimonio Naval de los Estados Unidos. |
El 7 de agosto de 1944 el Congreso
de Estados Unidos aprobó casi por unanimidad la Resolución del Golfo de Tonkín,
que dio comienzo la guerra de Vietnam. Tres días, antes tuvo lugar un incidente
fantasma que provocó dicha Resolución
En ocasiones la historia cambia
de rumbo por un hecho indiscutible: una invasión, el asesinato de un dirigente
o el estallido de una revolución. Otras veces basta con algo mucho más
inquietante: un enemigo que quizá nunca existió. Eso fue lo que ocurrió la noche
del 4 de agosto de 1964 en el golfo de Tonkín. Horas después, Estados Unidos
creyó haber sido atacado por segunda vez por patrulleras norvietnamitas,
bombardeó Vietnam del Norte y dio el primer paso hacia una guerra que acabaría
costando millones de vidas. Lo más sorprendente es que, seis décadas después,
la mayoría de los historiadores coincide en que aquel segundo ataque
probablemente nunca ocurrió.
La historia parece sacada de una
novela sobre los peligros de la desinformación, aunque en realidad habla de
algo todavía más inquietante: de lo difícil que resulta tomar decisiones cuando
la información es confusa y del enorme precio que puede llegar a pagarse por un
error de interpretación. Porque el incidente del golfo de Tonkín no solo
desencadenó la primera ofensiva militar abierta de Estados Unidos contra
Vietnam del Norte; también abrió la puerta a una de las guerras más largas,
sangrientas y controvertidas del siglo XX.
Para comprender lo ocurrido hay
que retroceder unos días. En el verano de 1964 Estados Unidos ya estaba
profundamente implicado en Vietnam, aunque oficialmente insistía en que sus
veinte mil soldados desplegados en el país eran simples «asesores militares».
En realidad, Washington dirigía buena parte del esfuerzo bélico del gobierno
survietnamita contra el Frente de Liberación Nacional —el Viet Cong, como lo
bautizaron los estadounidenses— y respaldaba una serie de operaciones
clandestinas destinadas a hostigar a Vietnam del Norte.
Entre ellas figuraba el OPLAN
34A, un programa secreto de sabotajes y ataques costeros ejecutados por
comandos survietnamitas, pero diseñado y coordinado por Estados Unidos. Su
objetivo consistía en provocar a Hanoi, poner a prueba sus defensas y obligarlo
a distraer hombres y recursos. En ese contexto apareció el destructor USS
Maddox, enviado al golfo de Tonkín para realizar una misión de inteligencia
electrónica. Oficialmente patrullaba en aguas internacionales interceptando
comunicaciones militares y vigilando las respuestas de los radares
norvietnamitas. Extraoficialmente, su presencia coincidía casi al minuto con
las incursiones de los comandos del OPLAN 34A contra pequeñas islas situadas
frente a la costa. No resulta difícil imaginar cómo podían interpretar los
norvietnamitas aquella combinación de ataques y buques estadounidenses
merodeando tan cerca de sus aguas territoriales.
El 2 de agosto tres lanchas
torpederas salieron a interceptar al Maddox. Esta vez el enfrentamiento
fue real. El destructor abrió fuego antes incluso de que las embarcaciones
alcanzaran distancia de lanzamiento de sus torpedos y recibió el apoyo de
cazabombarderos procedentes del portaaviones USS Ticonderoga. Las
lanchas acabaron retirándose y el único daño sufrido por el buque
estadounidense fue un impacto de bala sin importancia. En Washington, sin
embargo, el incidente fue interpretado como una agresión deliberada de Vietnam
del Norte y reforzó la impresión de que era necesario responder con firmeza.
Dos días después, el Maddox
regresó al golfo acompañado por otro destructor, el USS C. Turner Joy.
La noche del 4 de agosto el tiempo era pésimo. Llovía intensamente, el mar
estaba embravecido y la visibilidad era casi nula. Para complicar todavía más
las cosas, los sistemas electrónicos de ambos barcos no funcionaban con total
normalidad. Poco después de las ocho de la tarde comenzaron las alarmas. Los
operadores del radar detectaban ecos que aparecían y desaparecían. El sonar
parecía registrar torpedos aproximándose desde distintas direcciones. Algunos
marineros aseguraban distinguir luces de embarcaciones enemigas entre la
lluvia. Los destructores empezaron a maniobrar bruscamente para esquivar
ataques invisibles mientras abrían fuego contra objetivos que nadie conseguía
ver con claridad. Durante varias horas dispararon centenares de proyectiles
convencidos de que estaban librando una batalla naval. Lo extraordinario fue
que nadie llegó a observar un solo barco enemigo.
Mientras tanto, un caza F-8
Crusader enviado desde el Ticonderoga sobrevoló la zona durante cerca de
hora y media. Su piloto era el comandante James Stockdale, que años después
alcanzaría notoriedad tras sobrevivir más de siete años como prisionero de guerra
en Hanoi. Su testimonio posterior resultó demoledor. «Tenía el mejor asiento
para verlo todo», recordaría. «Y allí no había barcos, ni estelas, ni torpedos;
solo mar oscuro y fuego estadounidense.»
Las dudas comenzaron incluso
antes de que terminara el supuesto combate. El capitán del Maddox, John
Herrick, observó que los contactos del sonar aparecían y desaparecían de forma
absurda y que muchos de los presuntos torpedos podían ser simples errores provocados
por el mal estado de la mar o incluso por el ruido de las propias hélices del
destructor. A la una y media de la madrugada envió un mensaje urgente
recomendando revisar cuidadosamente todo lo sucedido, porque los informes del
ataque parecían «muy dudosos». Poco después matizó parcialmente esa valoración,
influido por algunos testimonios de la tripulación, pero la incertidumbre nunca
desapareció.
En Washington, sin embargo, el
tiempo corría mucho más deprisa que las dudas. El secretario de Defensa, Robert
McNamara, informó al presidente Lyndon B. Johnson de que los destructores
habían vuelto a ser atacados. Una interceptación de comunicaciones parecía
confirmarlo. Hoy sabemos que aquella interceptación correspondía en realidad al
combate del 2 de agosto y no al supuesto ataque del día 4, pero entonces nadie
—o casi nadie— era consciente del error. Johnson, además, se encontraba en
plena campaña electoral y no responder habría sido interpretado como una
muestra de debilidad frente al comunismo. Apenas unas horas después compareció
por televisión para anunciar represalias inmediatas. Esa misma noche los
aviones estadounidenses despegaron para bombardear bases navales e
instalaciones militares de Vietnam del Norte. Era el primer ataque aéreo
abierto de Estados Unidos contra territorio norvietnamita.
Tres días más tarde llegó el
verdadero punto de inflexión. El Congreso aprobó casi por unanimidad la Resolución
del Golfo de Tonkín, autorizando al presidente a emplear «todas las medidas
necesarias» para defender las fuerzas estadounidenses y evitar nuevas
agresiones. No era una declaración formal de guerra, pero en la práctica
equivalía a un cheque en blanco. Johnson quedó investido con poderes
extraordinarios para ampliar la intervención militar sin necesidad de volver a
consultar al Congreso. Años después describiría aquella resolución con una de
sus metáforas favoritas: era como «el camisón de mi abuela: lo cubre todo». Y
realmente lo cubría todo. En pocos meses comenzaron a llegar decenas de miles
de soldados estadounidenses; después serían cientos de miles. La guerra
terminaría prolongándose durante más de una década y causaría la muerte de
cerca de 58 000 estadounidenses y de varios millones de vietnamitas, entre
militares y civiles.
La gran incógnita sigue siendo
qué sabían realmente Johnson y sus colaboradores. Es posible que al principio
creyeran sinceramente que el segundo ataque había ocurrido y que las dudas
llegaran demasiado tarde. Otros historiadores sostienen, por el contrario, que
la administración exageró deliberadamente los hechos para obtener el respaldo
político que necesitaba. Nunca sabremos con certeza qué pasaba por la cabeza
del presidente en aquellas horas, aunque sí conocemos una frase que pronunció
poco después en privado y que contrasta radicalmente con sus declaraciones
públicas. Según recordó uno de sus colaboradores, Johnson comentó con
irritación que aquellos «malditos marineros probablemente estaban disparando
contra peces voladores». Aquellas dudas jamás fueron compartidas con la opinión
pública.
Con el paso de los años fueron
apareciendo documentos desclasificados, testimonios y análisis técnicos que
desmontaron la versión oficial. La Marina nunca encontró restos de las
supuestas embarcaciones hundidas. Las interceptaciones de radio habían sido mal
interpretadas y los operadores del sonar probablemente confundieron el ruido de
las hélices, el oleaje y otros ecos producidos por la meteorología con torpedos
inexistentes. La batalla del 4 de agosto había sido, con toda probabilidad, una
batalla contra fantasmas.
El incidente del golfo de Tonkín
terminó convirtiéndose en mucho más que un episodio de la guerra de Vietnam. Se
transformó en un símbolo de los peligros de tomar decisiones trascendentales
cuando la información es incompleta, confusa o interesadamente presentada.
Desde entonces, cada vez que un gobierno invoca una amenaza urgente para
justificar una intervención militar, el nombre de Tonkín reaparece
inevitablemente en el debate. La historia recuerda así una lección incómoda:
las guerras no siempre empiezan con grandes invasiones o solemnes
declaraciones. A veces basta una noche de lluvia, unos radares confundidos,
unos hombres convencidos de ver enemigos donde no los hay... y un dirigente
dispuesto a actuar antes de que las dudas tengan tiempo de abrirse paso.