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martes, 4 de agosto de 2026

LA GUERRA CONTRA LOS FANTASMAS

 

El USS Maddox (DD-731) en alta mar. Foto coloreada a partir del original. Comando de Historia y Patrimonio Naval de los Estados Unidos.

El 7 de agosto de 1944 el Congreso de Estados Unidos aprobó casi por unanimidad la Resolución del Golfo de Tonkín, que dio comienzo la guerra de Vietnam. Tres días, antes tuvo lugar un incidente fantasma que provocó dicha Resolución

En ocasiones la historia cambia de rumbo por un hecho indiscutible: una invasión, el asesinato de un dirigente o el estallido de una revolución. Otras veces basta con algo mucho más inquietante: un enemigo que quizá nunca existió. Eso fue lo que ocurrió la noche del 4 de agosto de 1964 en el golfo de Tonkín. Horas después, Estados Unidos creyó haber sido atacado por segunda vez por patrulleras norvietnamitas, bombardeó Vietnam del Norte y dio el primer paso hacia una guerra que acabaría costando millones de vidas. Lo más sorprendente es que, seis décadas después, la mayoría de los historiadores coincide en que aquel segundo ataque probablemente nunca ocurrió.

La historia parece sacada de una novela sobre los peligros de la desinformación, aunque en realidad habla de algo todavía más inquietante: de lo difícil que resulta tomar decisiones cuando la información es confusa y del enorme precio que puede llegar a pagarse por un error de interpretación. Porque el incidente del golfo de Tonkín no solo desencadenó la primera ofensiva militar abierta de Estados Unidos contra Vietnam del Norte; también abrió la puerta a una de las guerras más largas, sangrientas y controvertidas del siglo XX.

Para comprender lo ocurrido hay que retroceder unos días. En el verano de 1964 Estados Unidos ya estaba profundamente implicado en Vietnam, aunque oficialmente insistía en que sus veinte mil soldados desplegados en el país eran simples «asesores militares». En realidad, Washington dirigía buena parte del esfuerzo bélico del gobierno survietnamita contra el Frente de Liberación Nacional —el Viet Cong, como lo bautizaron los estadounidenses— y respaldaba una serie de operaciones clandestinas destinadas a hostigar a Vietnam del Norte.

Entre ellas figuraba el OPLAN 34A, un programa secreto de sabotajes y ataques costeros ejecutados por comandos survietnamitas, pero diseñado y coordinado por Estados Unidos. Su objetivo consistía en provocar a Hanoi, poner a prueba sus defensas y obligarlo a distraer hombres y recursos. En ese contexto apareció el destructor USS Maddox, enviado al golfo de Tonkín para realizar una misión de inteligencia electrónica. Oficialmente patrullaba en aguas internacionales interceptando comunicaciones militares y vigilando las respuestas de los radares norvietnamitas. Extraoficialmente, su presencia coincidía casi al minuto con las incursiones de los comandos del OPLAN 34A contra pequeñas islas situadas frente a la costa. No resulta difícil imaginar cómo podían interpretar los norvietnamitas aquella combinación de ataques y buques estadounidenses merodeando tan cerca de sus aguas territoriales.

El 2 de agosto tres lanchas torpederas salieron a interceptar al Maddox. Esta vez el enfrentamiento fue real. El destructor abrió fuego antes incluso de que las embarcaciones alcanzaran distancia de lanzamiento de sus torpedos y recibió el apoyo de cazabombarderos procedentes del portaaviones USS Ticonderoga. Las lanchas acabaron retirándose y el único daño sufrido por el buque estadounidense fue un impacto de bala sin importancia. En Washington, sin embargo, el incidente fue interpretado como una agresión deliberada de Vietnam del Norte y reforzó la impresión de que era necesario responder con firmeza.

Dos días después, el Maddox regresó al golfo acompañado por otro destructor, el USS C. Turner Joy. La noche del 4 de agosto el tiempo era pésimo. Llovía intensamente, el mar estaba embravecido y la visibilidad era casi nula. Para complicar todavía más las cosas, los sistemas electrónicos de ambos barcos no funcionaban con total normalidad. Poco después de las ocho de la tarde comenzaron las alarmas. Los operadores del radar detectaban ecos que aparecían y desaparecían. El sonar parecía registrar torpedos aproximándose desde distintas direcciones. Algunos marineros aseguraban distinguir luces de embarcaciones enemigas entre la lluvia. Los destructores empezaron a maniobrar bruscamente para esquivar ataques invisibles mientras abrían fuego contra objetivos que nadie conseguía ver con claridad. Durante varias horas dispararon centenares de proyectiles convencidos de que estaban librando una batalla naval. Lo extraordinario fue que nadie llegó a observar un solo barco enemigo.

Mientras tanto, un caza F-8 Crusader enviado desde el Ticonderoga sobrevoló la zona durante cerca de hora y media. Su piloto era el comandante James Stockdale, que años después alcanzaría notoriedad tras sobrevivir más de siete años como prisionero de guerra en Hanoi. Su testimonio posterior resultó demoledor. «Tenía el mejor asiento para verlo todo», recordaría. «Y allí no había barcos, ni estelas, ni torpedos; solo mar oscuro y fuego estadounidense.»

Las dudas comenzaron incluso antes de que terminara el supuesto combate. El capitán del Maddox, John Herrick, observó que los contactos del sonar aparecían y desaparecían de forma absurda y que muchos de los presuntos torpedos podían ser simples errores provocados por el mal estado de la mar o incluso por el ruido de las propias hélices del destructor. A la una y media de la madrugada envió un mensaje urgente recomendando revisar cuidadosamente todo lo sucedido, porque los informes del ataque parecían «muy dudosos». Poco después matizó parcialmente esa valoración, influido por algunos testimonios de la tripulación, pero la incertidumbre nunca desapareció.

En Washington, sin embargo, el tiempo corría mucho más deprisa que las dudas. El secretario de Defensa, Robert McNamara, informó al presidente Lyndon B. Johnson de que los destructores habían vuelto a ser atacados. Una interceptación de comunicaciones parecía confirmarlo. Hoy sabemos que aquella interceptación correspondía en realidad al combate del 2 de agosto y no al supuesto ataque del día 4, pero entonces nadie —o casi nadie— era consciente del error. Johnson, además, se encontraba en plena campaña electoral y no responder habría sido interpretado como una muestra de debilidad frente al comunismo. Apenas unas horas después compareció por televisión para anunciar represalias inmediatas. Esa misma noche los aviones estadounidenses despegaron para bombardear bases navales e instalaciones militares de Vietnam del Norte. Era el primer ataque aéreo abierto de Estados Unidos contra territorio norvietnamita.

Discurso de Johnson en televisión el 4 de agosto de 1944 anunciando las represalias inmediatas contra los norvietnamitas. 

Tres días más tarde llegó el verdadero punto de inflexión. El Congreso aprobó casi por unanimidad la Resolución del Golfo de Tonkín, autorizando al presidente a emplear «todas las medidas necesarias» para defender las fuerzas estadounidenses y evitar nuevas agresiones. No era una declaración formal de guerra, pero en la práctica equivalía a un cheque en blanco. Johnson quedó investido con poderes extraordinarios para ampliar la intervención militar sin necesidad de volver a consultar al Congreso. Años después describiría aquella resolución con una de sus metáforas favoritas: era como «el camisón de mi abuela: lo cubre todo». Y realmente lo cubría todo. En pocos meses comenzaron a llegar decenas de miles de soldados estadounidenses; después serían cientos de miles. La guerra terminaría prolongándose durante más de una década y causaría la muerte de cerca de 58 000 estadounidenses y de varios millones de vietnamitas, entre militares y civiles.

La gran incógnita sigue siendo qué sabían realmente Johnson y sus colaboradores. Es posible que al principio creyeran sinceramente que el segundo ataque había ocurrido y que las dudas llegaran demasiado tarde. Otros historiadores sostienen, por el contrario, que la administración exageró deliberadamente los hechos para obtener el respaldo político que necesitaba. Nunca sabremos con certeza qué pasaba por la cabeza del presidente en aquellas horas, aunque sí conocemos una frase que pronunció poco después en privado y que contrasta radicalmente con sus declaraciones públicas. Según recordó uno de sus colaboradores, Johnson comentó con irritación que aquellos «malditos marineros probablemente estaban disparando contra peces voladores». Aquellas dudas jamás fueron compartidas con la opinión pública.

Con el paso de los años fueron apareciendo documentos desclasificados, testimonios y análisis técnicos que desmontaron la versión oficial. La Marina nunca encontró restos de las supuestas embarcaciones hundidas. Las interceptaciones de radio habían sido mal interpretadas y los operadores del sonar probablemente confundieron el ruido de las hélices, el oleaje y otros ecos producidos por la meteorología con torpedos inexistentes. La batalla del 4 de agosto había sido, con toda probabilidad, una batalla contra fantasmas.

El incidente del golfo de Tonkín terminó convirtiéndose en mucho más que un episodio de la guerra de Vietnam. Se transformó en un símbolo de los peligros de tomar decisiones trascendentales cuando la información es incompleta, confusa o interesadamente presentada. Desde entonces, cada vez que un gobierno invoca una amenaza urgente para justificar una intervención militar, el nombre de Tonkín reaparece inevitablemente en el debate. La historia recuerda así una lección incómoda: las guerras no siempre empiezan con grandes invasiones o solemnes declaraciones. A veces basta una noche de lluvia, unos radares confundidos, unos hombres convencidos de ver enemigos donde no los hay... y un dirigente dispuesto a actuar antes de que las dudas tengan tiempo de abrirse paso.