Durante mis paseos mañaneros por
la playa he acabado identificando una peculiar variante de la especie humana
que aparece con los primeros calores, alcanza densidades extraordinarias
durante julio y agosto y desaparece casi por completo cuando llega el otoño. No
conozco su nombre científico, así que provisionalmente los llamo «los vuelta y
vuelta».
Son fáciles de reconocer. Llegan
a la playa provistos de una toalla, una hamaca o algún otro artefacto que les
permita permanecer tumbados durante horas. Escogen cuidadosamente un lugar
despejado, lejos de cualquier sombra inoportuna, se despojan de casi toda la
ropa, se untan con cremas y aceites y se tienden al sol. Allí permanecen
inmóviles durante un tiempo considerable hasta que, obedeciendo quizá a algún
misterioso reloj interior, se dan la vuelta y exponen la otra cara.
El procedimiento recuerda
inevitablemente a un filete sobre una parrilla. Un rato por un lado, otro rato
por el otro y, si el día acompaña, regreso a casa con un tostado uniforme.
Lo extraordinario no es que
semejante comportamiento exista. Los seres humanos hacemos cosas mucho más
extravagantes. Lo sorprendente es que lo hagamos después de décadas escuchando
advertencias sobre los peligros de la exposición excesiva al sol. Todos los
veranos los dermatólogos repiten lo mismo. Evite las horas centrales del día.
Busque la sombra. Utilice ropa adecuada. Póngase sombrero. Use protector solar.
Evite las quemaduras. Vigile los lunares. Y, sobre todo, no se tumbe durante
horas bajo una radiación solar intensa con el propósito deliberado de cambiar
el color de su piel.
Pese a ello, basta caminar por
cualquier playa mediterránea a mediodía para comprobar el éxito limitado de la
campaña.
Uno se pregunta si los vuelta y
vuelta están desinformados o si, sencillamente, han decidido que las
advertencias médicas son una de esas cosas que les suceden a los demás.
Probablemente haya un poco de ambas cosas, pero también interviene una poderosa
circunstancia cultural: durante el último siglo hemos conseguido convertir una
reacción defensiva del organismo en un atributo de belleza. Decimos que alguien
«tiene buen color», que está «moreno y saludable» o que «se le nota que ha
estado de vacaciones», sin reparar en que ese saludable color tostado es la
consecuencia visible de que sus células han detectado una agresión.
Porque eso es exactamente un
bronceado, una agresión. La piel humana es un órgano formidable. Constituye
nuestra frontera con el exterior, regula la pérdida de agua, participa en el
control de la temperatura, alberga receptores sensoriales y mantiene alejados a
multitud de microorganismos que estarían encantados de conocernos más
íntimamente. Pero tiene además que enfrentarse a un enemigo que llega desde 150
millones de kilómetros de distancia: la radiación solar.
La mayor parte de la radiación
ultravioleta que alcanza la superficie terrestre corresponde a los llamados
rayos UVA; una fracción menor son UVB. Los UVC, mucho más energéticos, son
absorbidos prácticamente por completo por la atmósfera. UVA y UVB penetran de
manera diferente en la piel y producen daños mediante mecanismos distintos,
aunque ambos pueden contribuir a la carcinogénesis. Los UVB son especialmente
eficaces produciendo lesiones directas en el ADN; los UVA penetran más
profundamente y generan buena parte de sus efectos mediante moléculas reactivas
capaces de dañar proteínas, membranas y material genético.
La piel, naturalmente, no
permanece cruzada de brazos. En la parte profunda de la epidermis viven unas
células llamadas melanocitos. No son particularmente abundantes
—aproximadamente uno por cada varias decenas de queratinocitos (las células más
abundantes de la epidermis; producen queratina, una proteína que aporta
resistencia y contribuye a formar la barrera protectora de la piel)—, pero
poseen prolongaciones con las que distribuyen entre las células vecinas unos
pequeños paquetes llamados melanosomas. Dentro de ellos se encuentra la
melanina, el pigmento responsable de buena parte de la coloración de nuestra
piel, cabello y ojos.
La melanina tiene una propiedad
particularmente útil: absorbe radiación ultravioleta y ayuda a disipar su
energía antes de que alcance estructuras celulares más delicadas. Los
melanosomas transferidos a los queratinocitos llegan incluso a disponerse alrededor
y por encima de sus núcleos, formando una especie de diminuto parasol molecular
que contribuye a proteger el ADN.
Cuando la radiación ultravioleta
daña las células de la epidermis, se ponen en marcha varias respuestas
defensivas. Una de ellas acaba estimulando a los melanocitos para que aumenten
la producción y distribución de melanina. Durante los días siguientes la piel
se oscurece. Nosotros contemplamos satisfechos el resultado en el espejo y
pensamos que estamos adquiriendo un magnífico aspecto veraniego. Nuestras
células, si pudieran opinar, probablemente describirían la situación de otra
manera.
Están intentando que dejemos de
hacerles daño. Hay incluso una ironía adicional. El bronceado proporciona
cierta protección frente a exposiciones posteriores, pero es sorprendentemente
pequeña. Una piel bronceada naturalmente ofrece una defensa equivalente,
aproximadamente, a un protector solar de factor muy bajo. Nada que justifique
permanecer tumbado durante horas bajo el sol de agosto creyendo que, una vez
alcanzado el color adecuado, hemos adquirido una armadura.
Aquí aparece otro personaje
indispensable de nuestras playas: el protector solar. Su invención ha sido uno
de los grandes avances de la fotoprotección, pero los seres humanos poseemos
una notable capacidad para convertir una medida de seguridad en un permiso para
asumir más riesgos. Algunas personas se aplican un protector de factor 30 o 50
y parecen interpretar el número como una autorización administrativa para pasar
la tarde entera bajo el sol. Es algo parecido a ponerse el cinturón de
seguridad y concluir que, gracias a ello, ya podemos conducir a doscientos
kilómetros por hora.
Los protectores reducen la
cantidad de radiación ultravioleta que llega a la piel cuando se aplican
correctamente, en cantidad suficiente y se renuevan cuando corresponde. Pero no
convierten el sol en inocuo ni fueron concebidos para prolongar indefinidamente
la exposición. Su función es protegernos cuando estamos al aire libre, no
ayudarnos a permanecer más tiempo sobre la parrilla.
Todo esto conduce a una paradoja
bastante curiosa. Durante millones de años, la evolución perfeccionó mecanismos
destinados a defender nuestra piel de la radiación ultravioleta. Nosotros hemos
descubierto que uno de esos mecanismos produce un color que nos resulta
atractivo y hemos decidido provocar deliberadamente la agresión para obtener la
respuesta defensiva.
Tomar el sol para ponerse moreno
se parece un poco a golpear repetidamente una puerta para admirar después lo
bien que funciona la alarma antirrobo. El problema es que las alarmas
biológicas tampoco son perfectas. La mayor parte del daño producido por la
radiación se repara. Algunas células demasiado dañadas se suicidan mediante
apoptosis y otras son eliminadas. Pero de vez en cuando una lesión escapa a los
mecanismos de reparación y queda convertida en una mutación permanente.
Habitualmente no ocurre nada. Tenemos millones de células y una extraordinaria
maquinaria para mantenerlas bajo control. Sin embargo, basta que determinadas
mutaciones aparezcan en determinadas células para que las reglas cambien.
Y entre las células que viven
discretamente en nuestra epidermis están precisamente aquellas encargadas de
fabricar el pigmento que tanto nos gusta lucir durante el verano: los
melanocitos. De ellos puede surgir uno de los tumores más temidos de la piel: el
melanoma.
El melanoma no es el cáncer de
piel más frecuente. Ese dudoso honor corresponde a los carcinomas basocelulares
y epidermoides, tumores muchísimo más comunes que, aunque pueden causar
problemas importantes, suelen crecer localmente y rara vez producen metástasis,
sobre todo en el caso del basocelular. El melanoma es bastante menos frecuente,
pero posee una característica que explica su mala reputación: tiene una
capacidad considerable para invadir otros tejidos y diseminarse por el
organismo si no se detecta a tiempo.
Su punto de partida son los
melanocitos, las mismas células laboriosamente ocupadas fabricando melanina
para protegernos del sol. Como cualquier célula, un melanocito contiene genes
que regulan cuándo debe dividirse, cuándo debe detenerse y, llegado el caso,
cuándo debe morir. Si se acumulan determinadas alteraciones en esos sistemas de
control, la célula puede empezar a proliferar por su cuenta. Ha dejado de
comportarse como una ciudadana respetable del organismo y comienza una carrera
que puede desembocar en un melanoma.
La radiación ultravioleta
desempeña un papel fundamental en ese proceso, aunque la relación entre sol y
melanoma resulta bastante más interesante que la sencilla ecuación según la
cual cuantas más horas de sol acumulemos, mayor será inevitablemente el riesgo.
En realidad, los distintos cánceres cutáneos parecen conservar una especie de
memoria diferente de nuestra relación con el sol.
El carcinoma epidermoide está
estrechamente asociado con la exposición acumulada durante muchos años. Por eso
aparece con frecuencia en las zonas que reciben radiación de manera habitual:
cara, cuero cabelludo de las personas calvas, orejas, cuello o dorso de las
manos. Es, por decirlo así, el cáncer de la factura solar que se ha ido
acumulando lentamente.
En el melanoma tiene especial
importancia otro patrón: las exposiciones intensas e intermitentes, sobre todo
cuando terminan en quemadura. El ejemplo clásico es el de quien pasa gran parte
del año trabajando bajo techo y, cuando llegan las vacaciones, se instala de
repente durante horas bajo un sol para el que su piel apenas ha tenido
oportunidad de adaptarse. El riesgo es particularmente importante cuando esas
quemaduras ocurren durante la infancia y la adolescencia.
Eso explica una circunstancia que
a primera vista puede resultar desconcertante. Los melanomas no aparecen
necesariamente en las partes del cuerpo que reciben más sol todos los días. En
los hombres son frecuentes en el tronco, especialmente en la espalda; en las
mujeres, una localización habitual son las piernas. También pueden aparecer en
lugares poco o nada expuestos al sol y existen melanomas oculares, mucosos o
situados bajo las uñas. El sol es el principal factor ambiental modificable,
pero no es la única pieza de la historia.
También importa enormemente la
persona que recibe la radiación. Quienes tienen la piel clara, se queman con
facilidad, poseen numerosos lunares —sobre todo algunos de aspecto atípico— o
cuentan con antecedentes familiares de melanoma presentan un riesgo mayor. Hay,
además, una predisposición genética que explica por qué dos personas pueden
recibir cantidades parecidas de radiación y no pagar necesariamente el mismo
precio biológico.
El melanoma plantea, por tanto,
una de esas situaciones en las que las estadísticas son inequívocas, pero no
permiten predecir el destino individual. Una persona puede haber cometido todas
las imprudencias imaginables, haberse quemado repetidamente durante décadas y
no desarrollar jamás un melanoma. Otra puede comportarse con mucha mayor
prudencia y padecerlo. De ahí procede probablemente una de nuestras trampas
psicológicas favoritas: todos conocemos a alguien que tomó el sol durante toda
su vida y llegó tan campante a los noventa años. También conocemos fumadores
longevos. Nunca ha sido un argumento particularmente bueno para empezar a
fumar.
La buena noticia es que el
melanoma tiene un pronóstico excelente cuando se descubre pronto y permanece
limitado a las capas superficiales de la piel. El problema comienza cuando
profundiza, alcanza vasos linfáticos o sanguíneos y algunas de sus células emprenden
viaje hacia ganglios u otros órganos. Por eso los dermatólogos insisten tanto
en observar las lesiones pigmentadas y prestar atención a cambios de tamaño,
forma, color o aspecto. No porque cualquier lunar sea una bomba de relojería
—la inmensa mayoría no lo es—, sino porque en este cáncer el tiempo y la
profundidad importan extraordinariamente.
Todo ello hace aún más peculiar
nuestra afición a tostarnos voluntariamente. Sabemos que la radiación
ultravioleta daña el ADN, sabemos que las quemaduras solares aumentan el riesgo
y sabemos que una parte importante de esa exposición puede evitarse. Sin
embargo, cada verano millones de personas se tumban deliberadamente al sol para
conseguir precisamente la señal visible de que su piel ha reaccionado frente a
esa radiación.
Pero quizá estamos siendo
injustos con los vuelta y vuelta. Para comprender por qué alguien puede conocer
el peligro y seguir considerando deseable una piel tostada hay que abandonar
por un momento la dermatología y entrar en dos terrenos bastante más extraños:
la evolución humana y la moda. Porque hubo un tiempo, no demasiado lejano, en
que nadie con aspiraciones sociales quería estar moreno.
Durante la mayor parte de nuestra
historia, el color de la piel no tuvo nada que ver con la moda. Fue, ante todo,
una adaptación. Cuando nuestros antepasados perdieron buena parte del pelo
corporal, una piel intensamente pigmentada proporcionó protección frente a la
fuerte radiación ultravioleta de las regiones tropicales. Más tarde, cuando
algunas poblaciones humanas emigraron hacia latitudes donde esa radiación era
mucho menor, la selección natural favoreció pieles más claras, que facilitaban
la producción de vitamina D bajo cielos menos generosos. El resultado fue el
extraordinario gradiente de pigmentación que hoy presenta nuestra especie.
Nada de aquello tenía como
objetivo estar favorecido en bañador. Durante siglos, de hecho, ocurrió
exactamente lo contrario. En Europa, una piel pálida indicaba que su
propietario podía permitirse permanecer bajo techo mientras campesinos,
pescadores, albañiles y marineros se tostaban trabajando al aire libre. Las damas
se protegían con sombrillas y sombreros; las clases acomodadas evitaban
cuidadosamente un bronceado que habría resultado socialmente sospechoso.
Pero en el siglo XX las cosas
cambiaron. El trabajo fue trasladándose a fábricas y oficinas, llegaron las
vacaciones pagadas, se popularizaron los viajes y las playas dejaron de ser
lugares donde trabajaban pescadores para convertirse en destinos de ocio. Tener
la piel morena empezó a significar que uno disponía de tiempo y dinero
suficientes para tumbarse al sol sin hacer absolutamente nada. La antigua marca
del trabajador se convirtió en distintivo del veraneante.
La moda hizo el resto. Coco
Chanel suele aparecer en esta historia como responsable de popularizar el
bronceado entre las clases acomodadas durante los años veinte, aunque atribuir
a una sola persona semejante transformación simplifica demasiado las cosas. El
cine, las revistas, el turismo y la creciente asociación entre aire libre,
deporte, vacaciones y salud hicieron mucho más. En pocas décadas, la palidez
perdió prestigio y el color tostado pasó a venderse como prueba visible de
vitalidad.
Y así llegamos de nuevo a la
playa. Cuando regreso a la caída de la tarde para leer un rato mientras espero
la puesta de sol, los vuelta y vuelta continúan ocupados en su peculiar
ceremonia. Algunos leen, otros duermen y muchos permanecen simplemente
inmóviles. Cada cierto tiempo se incorporan, se untan nuevamente de crema y
cambian de postura para que ninguna región del cuerpo quede injustamente
privada de radiación.
Quizá no sean ignorantes ni
descerebrados. Probablemente sean víctimas de una contradicción que nosotros
mismos hemos construido. La biología les proporciona un mecanismo destinado a
proteger la piel de una agresión y la cultura les dice que la señal visible de
esa defensa resulta atractiva.
Entonces uno de ellos se da la
vuelta sobre la toalla y ofrece al sol la parte que todavía conserva demasiado
blanca. Vuelta y vuelta.
Como en la parrilla.