Mi amigo Luis Monje es fotógrafo
científico, que es una manera bastante modesta de decir que sabe hacer con una
cámara cosas que los demás apenas sabemos imaginar. Durante el eclipse de ayer
consiguió la fotografía que acompaña estas líneas. Es una imagen soberbia, no
solo por su belleza, sino porque reúne en un único fotograma varias cosas que
normalmente permanecen ocultas bajo el resplandor del Sol. La Luna ocupa casi
toda la escena como un enorme disco negro. Alrededor de su borde aparece un
finísimo arco rojo, salpicado aquí y allá por pequeñas llamaradas, mientras que
en la parte inferior derecha una cuchillada de luz blanca parece abrirse paso
entre ambos astros. Es difícil pedirle más a una fotografía.
La imagen tiene además algo
paradójico. El Sol es el objeto más visible de nuestra vida cotidiana y, al
mismo tiempo, uno de los que peor podemos mirar. Está ahí todos los días, ocupa
el centro de nuestro sistema planetario y proporciona prácticamente toda la
energía de la que depende la vida, pero intentar observarlo directamente es una
pésima idea. Su superficie visible, la fotosfera, emite tanta luz que oculta
las regiones mucho más tenues situadas por encima de ella. Sabemos que están
ahí, pero normalmente no podemos verlas, del mismo modo que resulta difícil
distinguir una luciérnaga situada junto a un reflector de estadio.
Entonces aparece la Luna.
Una de las coincidencias más
afortunadas de la astronomía consiste en que el Sol tiene un diámetro unas
cuatrocientas veces mayor que el de la Luna, pero también se encuentra
aproximadamente cuatrocientas veces más lejos. Como consecuencia, ambos presentan
desde la Tierra casi el mismo tamaño aparente. Cuando la geometría es la
adecuada, la Luna puede cubrir con extraordinaria precisión el disco solar.
Durante unos minutos se convierte así en el mejor “coronógrafo” que la
naturaleza podría haber construido: tapa la parte deslumbrante del Sol y
permite contemplar lo que normalmente permanece escondido.
Eso es precisamente lo que ha
captado Luis. El finísimo arco rojo que rodea buena parte del disco lunar es la cromosfera, una región de
la atmósfera solar situada inmediatamente por encima de la fotosfera. Tiene
varios miles de kilómetros de espesor, una insignificancia comparada con los
casi 1,4 millones de kilómetros de diámetro del Sol, y recibe su nombre
precisamente por el color que exhibe durante los eclipses. Chroma
significa color en griego.
Su tonalidad rojiza procede en
buena medida del hidrógeno. Los átomos de este elemento, excitados por las
enormes cantidades de energía presentes en la atmósfera solar, emiten
intensamente en una longitud de onda de 656,3 nanómetros, la célebre línea H-alfa,
situada en la región roja del espectro visible. Con la fotosfera descubierta
jamás apreciaríamos ese delicado resplandor. Basta que la Luna apague durante
unos instantes el reflector para que aparezca la luciérnaga.
La cromosfera es, además, un
lugar bastante extraño. Uno podría suponer que, a medida que nos alejamos de la
superficie del Sol, la temperatura debería disminuir. Al principio así sucede:
desde los aproximadamente 5.800 grados kelvin de la fotosfera desciende hasta
poco más de 4 000. Pero después cambia de opinión y comienza a aumentar. En las
regiones superiores de la cromosfera alcanza decenas de miles de grados y, más
arriba, en la corona, supera el millón. Explicar cómo la atmósfera solar llega
a estar mucho más caliente que la superficie que tiene debajo fue durante
décadas uno de los grandes problemas de la física solar. Hoy sabemos que los
campos magnéticos y las ondas que transportan energía desempeñan un papel
fundamental, aunque los detalles siguen siendo objeto de investigación.
La fotografía muestra también
otra maravilla. En distintos puntos del borde rojo sobresalen pequeñas lenguas
de fuego. Una especialmente visible aparece hacia la derecha; otra, mucho
menor, se distingue en la parte superior. Son protuberancias solares,
gigantescas estructuras de plasma que se elevan sobre la superficie y quedan
suspendidas y modeladas por los campos magnéticos del Sol.
Conviene desconfiar aquí de
nuestros ojos. En la fotografía parecen pequeñas irregularidades, casi rebabas
en el borde de una moneda. En realidad, pueden extenderse durante decenas o
incluso cientos de miles de kilómetros. La Tierra tiene 12 742 kilómetros de
diámetro, de modo que algunas de aquellas delicadas llamitas rojas podrían
albergar varias Tierras sin mayores dificultades. Gracias al Sol podemos
convertir nuestras referencias habituales de tamaño en algo ridículo.
El plasma de una prominencia es
más frío y denso que el material que la rodea. Cuando lo observamos contra el
disco solar mediante determinados filtros aparece oscuro y hablamos entonces de
un filamento; cuando la misma estructura sobresale por el borde del Sol y la
vemos contra la negrura del espacio, brilla y recibe el nombre de prominencia.
No son, por tanto, dos fenómenos distintos, sino dos maneras de contemplar la
misma cosa.
Queda por explicar la
espectacular llamarada blanca y amarilla de la parte inferior derecha. Ahí
estamos viendo algo completamente diferente. La Luna ha dejado de cubrir —o
todavía no ha terminado de cubrir— una pequeñísima porción de la fotosfera. Y
basta esa rendija para comprender hasta qué punto es brillante la superficie
solar. La intensidad es tan superior a la de la cromosfera que la cámara queda
saturada y registra una franja blanca rodeada de amarillo y naranja.
En las proximidades del contacto
total pueden aparecer además las llamadas perlas
de Baily que comenté en un artículo anterior. El borde de la Luna no es
perfectamente liso. Está formado por montañas, cráteres y valles. Cuando apenas
queda una fracción del Sol por cubrir, su luz atraviesa algunos de esos valles
mientras las montañas lunares la bloquean en otros puntos. Desde la Tierra
vemos entonces una sucesión de puntos luminosos, como las cuentas de un collar
que se extinguen una tras otra. Cuando queda una última región brillante
acompañada por la corona aparece el famoso «anillo de diamantes».
La fotografía de Luis parece
corresponder precisamente a uno de esos instantes próximos al comienzo o al
final de la totalidad. Es un momento fugaz. Unos segundos antes o después, la
escena sería completamente distinta. Con el Sol enteramente oculto, la protagonista
pasaría a ser la corona, la región más externa de la atmósfera solar, una
envoltura extraordinariamente tenue que se prolonga millones de kilómetros
hacia el espacio.
La corona es blanca, delicada y
fantasmal, y su forma cambia siguiendo el campo magnético solar. Durante los
periodos de gran actividad tiende a extenderse en muchas direcciones; cerca del
mínimo solar adopta estructuras más alargadas alrededor del ecuador. Es también
el lugar del que parte el viento solar, ese flujo continuo de protones,
electrones y otras partículas que atraviesa el sistema solar y que, cuando
interacciona con el campo magnético terrestre, puede acabar produciendo auroras
a cientos de millones de kilómetros de su lugar de origen.
Todo eso está normalmente
escondido detrás de algo que vemos todos los días. Me parece que por eso los
eclipses impresionan tanto. No consisten simplemente en que un objeto pase
delante de otro. Durante unos minutos alteran las reglas de iluminación con las
que hemos vivido desde que nacimos. El cielo se oscurece, la temperatura
desciende, los
pájaros callan, otros animales
modifican su comportamiento y aparece ante nuestros ojos una estrella que
de pronto ya no se parece al pequeño disco amarillo que dibujábamos de niños.
La fotografía de Luis captura
precisamente ese cambio de identidad. En ella aparecen tres mundos
superpuestos: delante, la Luna, completamente negra; detrás, la fotosfera,
reducida a una rendija cegadora; entre ambas visualmente, aunque perteneciente
al Sol, la delicada cromosfera roja con sus monstruosas prominencias. Más allá
estaría la corona, demasiado tenue para dominar esta exposición.
Lo extraordinario es que todo
ocurre porque un satélite de apenas 3 474 kilómetros de diámetro se ha colocado
durante unos minutos en el lugar exacto. La Luna no hace que el Sol cambie.
Simplemente tapa aquello que normalmente nos impide verlo.
A veces, para descubrir algo, no
hace falta iluminarlo mejor. Basta con apagar la luz.