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domingo, 9 de agosto de 2026

¿PUEDE UN PAÍS HACERSE RICO CON EL TURISMO?

 

Hay cifras económicas que producen satisfacción inmediata. Que aumenten las exportaciones, que baje el desempleo o que crezca la inversión suele considerarse una buena noticia. En España hemos añadido otra a esa colección: el número de turistas. Cada pocos meses conocemos un nuevo récord y lo celebramos con una exaltación deportiva. En 2025 llegaron 96,8 millones de visitantes extranjeros, más que nunca, y gastaron 134 712 millones de euros. España continúa disputándose con Francia el privilegio de ser el país más visitado del mundo.

Parece difícil encontrar algo perverso en semejante éxito. Tenemos playas, clima, ciudades monumentales, gastronomía, patrimonio, paisajes y una infraestructura turística construida durante más de medio siglo. Los extranjeros vienen voluntariamente, dejan aquí su dinero y regresan a sus países. Pocas actividades económicas parecen más inocentes.

Pero Marko Jukic formuló en la revista estadounidense Palladium, una pregunta bastante oportuna: ¿conocemos algún país que se haya hecho rico gracias al turismo? Su respuesta, adelantada desde el propio título del artículo —No Country Ever Got Rich From Tourism—, era tajante: ninguno. La afirmación parece exagerada, pero tiene la virtud de obligarnos a distinguir entre dos cosas diferentes: que el turismo produzca riqueza y que sea capaz de transformar un país en una economía extraordinariamente rica.

Jukic señala una peculiaridad del sur de Europa. Mientras que en Estados Unidos los informativos anuncian las cifras de empleo, inversión o crecimiento del PIB, en los países mediterráneos seguimos con expectación las llegadas de turistas. En 2019, antes de la pandemia, los ingresos del turismo internacional equivalían al 53% de las exportaciones de Montenegro, al 38% de las de Croacia, al 28% de las de Grecia, al 23% de las de Portugal y al 19% de las españolas.

España constituye probablemente el caso más interesante porque no es una pequeña isla tropical ni un microestado mediterráneo. Es una economía desarrollada de casi cincuenta millones de habitantes. Según el Instituto Nacional de Estadística, la actividad turística generó en 2024 unos 200 700 millones de euros, equivalentes al 12,6% del PIB, y proporcionó más de 2,7 millones de puestos de trabajo. No estamos hablando de una actividad complementaria, sino de uno de los pilares de la economía española.

La cuestión es si ese pilar puede sostener indefinidamente nuestro crecimiento. Para explicarlo, Jukic propone un experimento mental con Croacia, un país que reúne casi todo lo necesario para convertirse en potencia turística: una costa espectacular, centenares de islas, ciudades históricas y centenares de millones de europeos a pocas horas de viaje.

Supongamos que quisiera alcanzar gracias al turismo una renta por habitante semejante a la suiza, unos 100 000 dólares anuales. Con 3,86 millones de habitantes necesitaría generar alrededor de 386 000 millones de dólares. Si cada turista gastara unos 200 dólares diarios, harían falta aproximadamente 1.930 millones de pernoctaciones anuales. En 2024 hubo unos 85 millones. Habría que multiplicarlas por más de veinte.

El cálculo es deliberadamente absurdo, y por eso resulta útil. El turismo posee una limitación que otras actividades económicas no tienen en la misma medida: ocupa espacio y necesita personas. Una fábrica puede duplicar su producción mediante robots sin duplicar su plantilla. Una empresa informática puede crear un programa y venderlo a cien millones de clientes. Una farmacéutica puede desarrollar una molécula y comercializarla en todo el planeta.

Un hotel de cien habitaciones, en cambio, seguirá teniendo cien habitaciones. Podemos aumentar su ocupación y sus precios, automatizar las reservas y conseguir que los huéspedes gasten más, pero para alojar al doble de personas acabaremos necesitando más habitaciones, suelo, agua, electricidad y trabajadores. Un camarero puede atender diez mesas, quizá quince, pero no mil.

Además, aquello que vende el turismo suele ser un recurso limitado. Benidorm puede construir más hoteles, pero no fabricar más costa. Barcelona puede aumentar sus alojamientos turísticos, pero no producir otra Sagrada Familia. Granada puede ampliar hoteles y aparcamientos, pero la Alhambra seguirá teniendo el mismo tamaño.

Llega así un momento en que aumentar el número de visitantes empieza a deteriorar aquello que los atrae. Es una de las paradojas del turismo contemporáneo: su propio éxito puede convertirse en su enemigo. Cuando una ciudad recibe pocos visitantes, cada turista adicional aporta ingresos con costes relativamente pequeños. Cuando está saturada, compite con los residentes por vivienda, transporte, agua, espacio público y servicios.

El turismo tiene además otra característica económica menos visible. Crea muchos empleos, pero una parte importante se concentra en actividades cuya productividad resulta difícil aumentar: hostelería, restauración, comercio, limpieza, transporte local y servicios personales. Esto importa porque, a largo plazo, la principal manera de aumentar los salarios de una sociedad es elevar la productividad.

Los países más ricos no lo son porque sus habitantes trabajen muchas más horas, sino porque cada hora de trabajo genera más valor. Suiza no es rica porque los suizos trabajen diez veces más que los croatas, sino porque buena parte de su economía se concentra en actividades capaces de producir muchísimo valor con relativamente pocos trabajadores: industria farmacéutica, ingeniería, maquinaria de precisión, finanzas y tecnologías avanzadas.

Existen, desde luego, países ricos y turísticos. Mónaco es riquísimo; también lo son pequeños territorios como Bermudas, y Malta o Chipre han alcanzado niveles elevados de renta. Pero cuando se examinan aparecen otros motores económicos: finanzas, ventajas fiscales, juego, servicios internacionales o atracción de grandes patrimonios. Ninguno demuestra que un país de tamaño considerable pueda alcanzar los niveles de renta de Suiza, Noruega o Estados Unidos especializándose fundamentalmente en servir comidas, alquilar habitaciones y organizar excursiones.

Aquí conviene separarse un poco de Jukic. Que ningún país se haya hecho extraordinariamente rico gracias al turismo no significa que este sea una mala estrategia económica. Para un país pobre posee una ventaja formidable: permite exportar algo que no puede trasladarse. Una playa no puede meterse en un contenedor y enviarse a Alemania, pero podemos traer al alemán hasta la playa. Lo mismo sucede con una selva tropical, un arrecife de coral o una ciudad medieval.

El turismo ha contribuido decisivamente al desarrollo de países como Maldivas, Mauricio, Seychelles o Costa Rica. Ha creado empleo, financiado infraestructuras y permitido aprovechar recursos naturales y culturales que de otro modo producirían pocos ingresos. Negarlo sería tan absurdo como negar su importancia en el desarrollo español.

España tampoco era un país rico cuando comenzaron a aterrizar masivamente suecos, alemanes y británicos en nuestras costas durante los años sesenta. Aquellos turistas trajeron algo que la economía franquista necesitaba desesperadamente: divisas con las que financiar las importaciones necesarias para modernizar el país.

Pero mientras llegaban los turistas ocurría algo más: España se industrializaba. Se construían fábricas de automóviles, siderurgias, refinerías e industrias químicas. Crecían la banca y las telecomunicaciones. Millones de trabajadores abandonaban una agricultura de bajísima productividad para incorporarse a la industria y los servicios urbanos. Después llegaron la integración europea, la modernización de las infraestructuras y la internacionalización de grandes empresas españolas.

España no se hizo rica gracias al turismo. Se hizo rica también con el turismo. La diferencia parece pequeña, pero es fundamental. El peligro aparece cuando una economía que ya ha alcanzado un nivel elevado de desarrollo comienza a especializarse cada vez más en actividades donde resulta difícil aumentar la productividad. Y ahí la pregunta de Jukic deja de ser una curiosidad intelectual para convertirse en una pregunta muy española.

Mientras celebramos récord tras récord de visitantes, la OCDE lleva años señalando un dato mucho menos festejado: España continúa teniendo un problema de productividad. Nuestra convergencia en renta por habitante con las economías más avanzadas sigue siendo limitada.

Puede que llevemos demasiado tiempo formulando la pregunta equivocada. La pregunta habitual es cuántos turistas más puede recibir España. Cien millones parecen ya al alcance de la mano. Después podrían ser ciento diez o ciento veinte. Siempre habrá otro récord que superar. Pero una economía no es una competición para ver cuántas personas consigue meter dentro de sus fronteras durante el verano.

La pregunta verdaderamente importante es otra: ¿qué queremos venderle al mundo dentro de veinte años? Podemos vender noches de hotel, paellas, playas y visitas a la Alhambra, y debemos seguir haciéndolo porque somos extraordinariamente buenos en ello. Pero también podemos vender medicamentos, ingeniería, inteligencia artificial, biotecnología, maquinaria, energía, diseño, software y conocimiento.

La diferencia es que para duplicar la producción de algunas de esas cosas no necesitamos construir otra España.

Quizá el problema del turismo no sea que pueda hacernos pobres. Sería absurdo sostenerlo cuando genera cientos de miles de millones de euros y millones de empleos. El problema es mucho más sutil: el turismo puede ser una magnífica manera de comenzar a hacerse rico. Lo que todavía nadie ha demostrado es que sea una buena manera de terminar de serlo.