Vistas de página en total

sábado, 8 de agosto de 2026

VUELTA Y VUELTA: POR QUÉ ALGUNOS SE EMPEÑAN EN TOSTARSE AL SOL

 

Durante mis paseos mañaneros por la playa he acabado identificando una peculiar variante de la especie humana que aparece con los primeros calores, alcanza densidades extraordinarias durante julio y agosto y desaparece casi por completo cuando llega el otoño. No conozco su nombre científico, así que provisionalmente los llamo «los vuelta y vuelta».

Son fáciles de reconocer. Llegan provistos de una toalla, una hamaca o algún otro artefacto que les permita permanecer tumbados durante horas. Escogen cuidadosamente un lugar despejado, lejos de cualquier sombra inoportuna, se despojan de casi toda la ropa, se untan con cremas y aceites y se tienden al sol. Allí permanecen inmóviles hasta que, obedeciendo quizá a algún misterioso reloj interior, se dan la vuelta y exponen la otra cara.

El procedimiento recuerda inevitablemente a un filete sobre una parrilla. Un rato por un lado, otro rato por el otro y, si el día acompaña, regreso a casa con un tostado uniforme.

Lo sorprendente es que lo hagamos después de décadas escuchando advertencias sobre los peligros de la exposición excesiva al sol. Todos los veranos los dermatólogos repiten lo mismo: evite las horas centrales del día, busque la sombra, utilice ropa adecuada, póngase sombrero, use protector solar, evite las quemaduras. Pese a ello, basta caminar por cualquier playa mediterránea a mediodía para comprobar el éxito limitado de la campaña.

Uno se pregunta si los vuelta y vuelta están desinformados o si han decidido que las advertencias médicas son una de esas cosas que les suceden a los demás. Pero también interviene una poderosa circunstancia cultural: hemos conseguido convertir una reacción defensiva del organismo en un atributo de belleza. Decimos que alguien «tiene buen color» o está «moreno y saludable», sin reparar en que ese saludable color tostado es la consecuencia visible de que sus células han detectado una agresión.

Porque eso es exactamente un bronceado.

La piel tiene que enfrentarse continuamente a un enemigo que llega desde 150 millones de kilómetros de distancia: la radiación solar. La mayor parte de la radiación ultravioleta que alcanza la superficie terrestre corresponde a los rayos UVA; una fracción menor son UVB. Ambos pueden dañar nuestras células. Los UVB son especialmente eficaces produciendo lesiones directas en el ADN; los UVA penetran más profundamente y provocan buena parte de sus efectos mediante moléculas reactivas capaces de dañar proteínas, membranas y material genético.

La piel, naturalmente, no permanece cruzada de brazos. En la epidermis viven unas células llamadas melanocitos que distribuyen entre las células vecinas pequeños paquetes cargados de melanina, el pigmento responsable de buena parte del color de nuestra piel, cabello y ojos. La melanina absorbe radiación ultravioleta y ayuda a disipar su energía antes de que alcance estructuras celulares más delicadas. Los pequeños paquetes que la contienen llegan incluso a disponerse alrededor de los núcleos celulares formando una especie de diminuto parasol molecular que protege el ADN.

Cuando la radiación ultravioleta daña la epidermis, una de las respuestas defensivas consiste en estimular a los melanocitos para que aumenten la producción de melanina. Durante los días siguientes la piel se oscurece. Nosotros contemplamos satisfechos el resultado en el espejo. Nuestras células probablemente describirían la situación de otra manera: están intentando que dejemos de hacerles daño.

El bronceado proporciona cierta protección frente a exposiciones posteriores, pero es sorprendentemente pequeña. Y aquí aparece otro personaje indispensable de nuestras playas: el protector solar. Algunas personas se aplican un factor 30 o 50 y parecen interpretar el número como una autorización administrativa para pasar la tarde entera bajo el sol. Es algo parecido a ponerse el cinturón de seguridad y concluir que gracias a ello podemos conducir a doscientos kilómetros por hora. Los protectores reducen la radiación que llega a la piel, pero no convierten el sol en inocuo ni fueron concebidos para ayudarnos a permanecer más tiempo sobre la parrilla.

La paradoja es formidable. Durante millones de años, la evolución perfeccionó mecanismos destinados a defender nuestra piel de la radiación ultravioleta. Nosotros hemos descubierto que uno de ellos produce un color atractivo y hemos decidido provocar deliberadamente la agresión para obtener la respuesta defensiva.

Tomar el sol para ponerse moreno se parece un poco a golpear repetidamente una puerta para admirar después lo bien que funciona la alarma antirrobo.

El problema es que las alarmas biológicas tampoco son perfectas. Gran parte del daño causado por la radiación se repara y muchas células demasiado dañadas son eliminadas. Pero ocasionalmente alguna lesión escapa a los mecanismos de reparación y queda convertida en una mutación permanente. Y entre las células que pueden acumular esas alteraciones están precisamente los melanocitos. De ellos puede surgir uno de los tumores más temidos de la piel: el melanoma.

El melanoma no es el cáncer cutáneo más frecuente. Los carcinomas basocelulares y epidermoides son muchísimo más comunes, pero suelen crecer localmente y rara vez producen metástasis, especialmente los primeros. El melanoma es menos frecuente, pero posee una capacidad mucho mayor para invadir tejidos y diseminarse por el organismo si no se detecta a tiempo.

La relación entre sol y melanoma es además más interesante que una simple suma de horas. El carcinoma epidermoide está estrechamente relacionado con la exposición acumulada durante muchos años y por eso aparece con frecuencia en cara, orejas, cuello o manos. En el melanoma tiene especial importancia otro patrón: las exposiciones intensas e intermitentes, sobre todo cuando terminan en quemaduras. El ejemplo clásico es quien pasa el año trabajando bajo techo y, al llegar las vacaciones, se instala durante horas bajo un sol para el que su piel apenas está preparada. Las quemaduras sufridas durante la infancia y la adolescencia resultan especialmente preocupantes.

Eso ayuda a explicar por qué los melanomas no aparecen necesariamente donde recibimos más sol todos los días. En los hombres son frecuentes en el tronco, especialmente en la espalda; en las mujeres, una localización habitual son las piernas. También influyen otros factores: la piel clara, la facilidad para quemarse, poseer numerosos lunares o ciertos antecedentes familiares y genéticos.

Las estadísticas, naturalmente, no predicen destinos individuales. Alguien puede haberse quemado repetidamente durante décadas y no desarrollar jamás un melanoma, mientras otra persona mucho más prudente puede padecerlo. De ahí procede una de nuestras trampas favoritas: todos conocemos a alguien que tomó el sol toda su vida y llegó tan campante a los noventa años. También conocemos fumadores longevos. Nunca ha sido un argumento demasiado bueno para empezar a fumar.

Quizá, sin embargo, estamos siendo injustos con los vuelta y vuelta. Durante la mayor parte de nuestra historia, el color de la piel fue ante todo una adaptación a diferentes intensidades de radiación ultravioleta. Pero mucho después la cultura decidió otorgarle un significado social.

Durante siglos, en Europa una piel pálida indicaba que su propietario podía permitirse permanecer bajo techo mientras campesinos, pescadores y albañiles se tostaban trabajando al aire libre. Las clases acomodadas evitaban cuidadosamente el bronceado. En el siglo XX todo cambió. El trabajo se trasladó a fábricas y oficinas, llegaron las vacaciones pagadas, se popularizaron los viajes y las playas se convirtieron en destinos de ocio. Tener la piel morena empezó a significar que uno disponía de tiempo y dinero suficientes para tumbarse al sol sin hacer absolutamente nada. La antigua marca del trabajador se convirtió en distintivo del veraneante.

El cine, las revistas, el turismo y la asociación entre aire libre, deporte, vacaciones y salud hicieron el resto. En pocas décadas, la palidez perdió prestigio y el color tostado pasó a venderse como prueba visible de vitalidad.

Y así llegamos de nuevo a la playa. Cuando regreso a la caída de la tarde para leer un rato mientras espero la puesta de sol, los vuelta y vuelta continúan ocupados en su peculiar ceremonia. Algunos leen, otros duermen y muchos permanecen simplemente inmóviles. Cada cierto tiempo se incorporan, se untan nuevamente de crema y cambian de postura para que ninguna región del cuerpo quede injustamente privada de radiación.

Quizá no sean ignorantes ni descerebrados. Probablemente sean víctimas de una contradicción que nosotros mismos hemos construido. La biología les proporciona un mecanismo destinado a proteger la piel de una agresión y la cultura les dice que la señal visible de esa defensa resulta atractiva.

Entonces uno de ellos se da la vuelta sobre la toalla y ofrece al sol la parte que todavía conserva demasiado blanca. Vuelta y vuelta.

Como en la parrilla.


Si quieres leer una versión más larga de este artículo, cliquea en este enlace