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lunes, 10 de agosto de 2026

LA GALLINA HEREDÓ EL ESTÓMAGO DE LOS DINOSAURIOS

 

Hay comportamientos animales que resultan perfectamente razonables hasta que uno se detiene a pensar en ellos. Una gallina que escarba el suelo pertenece a esa categoría. Picotea aquí y allá, encuentra una semilla, captura algún insecto y, de vez en cuando, recoge cuidadosamente una piedrecilla y se la traga. Una piedra no contiene proteínas ni vitaminas y aporta una cantidad de calorías que puede redondearse cómodamente a cero. Sin embargo, la gallina sabe lo que hace.

La explicación comienza con una carencia anatómica evidente: las gallinas no tienen dientes. Tampoco los tienen ninguna de las aproximadamente once mil especies de aves actuales. Esto plantea un problema porque los dientes son instrumentos extraordinariamente útiles para reducir los alimentos antes de enviarlos al aparato digestivo. Una gallina, en cambio, se traga un grano de trigo prácticamente como lo encuentra.

Para compensarlo posee una maquinaria digestiva formidable. El alimento puede almacenarse temporalmente en el buche y pasa después al proventrículo, el estómago glandular, donde comienza el tratamiento químico mediante ácido y enzimas. Pero la verdadera trituración ocurre a continuación, en la molleja, una cámara provista de paredes musculares extraordinariamente potentes.

Las piedrecillas ingeridas voluntariamente, los gastrolitos, permanecen durante algún tiempo dentro de ella. Al contraerse la molleja, chocan unas contra otras y contra el alimento, rompiendo semillas y triturando fibras vegetales. Los músculos proporcionan la fuerza y las piedras hacen de muelas. En cierto sentido, una gallina lleva los dientes en el estómago.

El continuo roce desgasta los gastrolitos. Sus aristas desaparecen y se hacen cada vez más lisos y redondeados hasta que terminan avanzando por el aparato digestivo y deben ser sustituidos por otros. Los criadores proporcionan por eso grit a las aves que no pueden conseguir grava por sí mismas.

Hasta aquí, todo parece una curiosa solución de las aves al inconveniente de carecer de dientes. Pero la historia se vuelve mucho más interesante cuando formulamos una pregunta: ¿qué apareció antes, la pérdida de los dientes o el molino estomacal?

Porque las aves son dinosaurios. Más exactamente, constituyen el único linaje superviviente de los dinosaurios terópodos, el grupo al que pertenecieron animales como Velociraptor o Tyrannosaurus. Y cuando los paleontólogos comenzaron a excavar esqueletos de dinosaurios encontraron algo familiar: acumulaciones de piedras precisamente donde había estado el abdomen.

Durante décadas se interpretaron como indicio de herbivoría. Si las aves comedoras de plantas utilizan piedras para triturar vegetales, parecía lógico pensar que un dinosaurio con gastrolitos hacía lo mismo. Encontrarlos equivalía casi a descubrir los restos fosilizados de una ensalada.

Había un inconveniente. Los cocodrilos y algunas aves carnívoras también tragan piedras. Y se han encontrado gastrolitos en dinosaurios inequívocamente depredadores como Tarbosaurus, un enorme tiranosáurido asiático que difícilmente necesitaba un molino para preparar una ensalada de helechos.

La solución al enigma fue maravillosamente sencilla. Si una piedra pasa semanas dentro de una máquina que la golpea continuamente contra otras piedras, debería acabar mostrando las consecuencias. Quizá lo importante no fuera encontrar gastrolitos, sino observar su forma.

Un equipo internacional de investigadores estudió 104 individuos de 46 especies actuales de aves y cocodrilos y comparó la forma de sus gastrolitos con la musculatura del estómago. El resultado, publicado en Paleobiology en 2026, fue muy claro: cuanto más musculoso era el estómago, más redondeadas eran las piedras. Una molleja potente no solo tritura semillas; también pule las herramientas con las que trabaja.

Esto permite convertir una humilde piedra en una especie de registro de actividad digestiva. Un gastrolito redondeado no demuestra directamente que el animal fuera herbívoro; demuestra que estuvo dentro de un estómago que ejercía una intensa acción abrasiva.

Los investigadores aplicaron después el método a 29 especímenes fósiles de 16 especies de dinosaurios y encontraron algo inesperado. Herbívoros indiscutibles como Psittacosaurus y Haya, y saurópodos como Diplodocus, tenían gastrolitos predominantemente angulosos. Sus estómagos no eran grandes molinos. Los ornitisquios solucionaban el problema con aparatos masticadores eficaces. Los saurópodos, con escasa capacidad de masticación, probablemente confiaban en enormes aparatos digestivos donde los microorganismos fermentaban lentamente el material vegetal. Cuando uno pesa varias decenas de toneladas puede permitirse llevar consigo una planta de fermentación.

Los terópodos contaban otra historia. En Caudipteryx, Jeholornis, Archaeorhynchus o Limusaurus aparecieron gastrolitos redondeados. Allí sí había trabajado un estómago musculoso. Limusaurus resulta particularmente interesante. Los jóvenes poseían dientes, pero los adultos los perdían. Al desaparecer la maquinaria trituradora de la boca, aumentaba la importancia del procesamiento digestivo. La evolución había encontrado dos lugares donde instalar un molino: podía mantenerlo en la cabeza, mediante dientes y músculos mandibulares, o trasladarlo al abdomen.

Gastrolitos en un espécimen  de Caudipteryx zoui, hallado en Beipiao, Liaoning (China). Crédito: Tiouraren (Y.-C. Tsai) / Wikimedia Commons

La reconstrucción evolutiva sitúa un estómago musculoso al menos en la base de los Maniraptoriformes, un linaje de terópodos que acabaría incluyendo a las aves. La innovación existía ya hace unos 150 millones de años y pudo facilitar que varios grupos redujeran o perdieran sus dientes. Si el alimento podía triturarse después de ser tragado, la boca quedaba parcialmente liberada de esa tarea.

Las consecuencias quizá fueron más profundas. Reducir dientes, mandíbulas y musculatura masticadora podía disminuir el peso y las exigencias estructurales del cráneo. Los investigadores sugieren que esa reorganización pudo contribuir a facilitar la expansión relativa del cerebro y los órganos sensoriales durante la evolución aviana, aunque la hipótesis todavía no está demostrada. Las aves, desde luego, no perdieron los dientes simplemente porque hubieran inventado la molleja: la evolución rara vez ofrece explicaciones tan cómodas.

Lo fascinante es que las piedras hayan conservado la huella de aquel proceso. Un gastrolito que pasó meses chocando con sus compañeros dentro de una poderosa molleja acabó redondeándose. Enterrado junto al esqueleto, fosilizó algo más que una piedra: conservó indirectamente el funcionamiento del estómago de un dinosaurio.

Y eso nos devuelve a la gallina. La vemos picotear tranquilamente en un corral y tragarse de vez en cuando una piedrecilla. Nada parece especialmente grandioso. Sin embargo, dentro de su abdomen funciona una máquina cuya historia comenzó cuando los dinosaurios dominaban el planeta. La molleja se contrae, las piedras chocan, los granos se rompen y los gastrolitos pierden lentamente sus aristas. La gallina no tuvo que inventar una solución para vivir sin dientes. La heredó de los dinosaurios.

Quizá por eso convenga mirar con algo más de respeto a la próxima gallina que encontremos comiéndose una piedra. Si permanece suficiente tiempo en su molleja, saldrá más redonda de lo que entró. A veces la evolución deja esqueletos gigantescos. Otras veces escribe su historia puliendo una piedra.