Hay comportamientos animales que
resultan perfectamente razonables hasta que uno se detiene a pensar en ellos.
Una gallina que escarba el suelo pertenece a esa categoría. Picotea aquí y
allá, encuentra una semilla, captura algún insecto y, de vez en cuando, recoge
cuidadosamente una piedrecilla y se la traga. Una piedra no contiene proteínas
ni vitaminas y aporta una cantidad de calorías que puede redondearse
cómodamente a cero. Sin embargo, la gallina sabe lo que hace.
La explicación comienza con una
carencia anatómica evidente: las gallinas no tienen dientes. Tampoco los tienen
ninguna de las aproximadamente once mil especies de aves actuales. Esto plantea
un problema porque los dientes son instrumentos extraordinariamente útiles para
reducir los alimentos antes de enviarlos al aparato digestivo. Una gallina, en
cambio, se traga un grano de trigo prácticamente como lo encuentra.
Para compensarlo posee una
maquinaria digestiva formidable. El alimento puede almacenarse temporalmente en
el buche y pasa después al proventrículo, el estómago glandular, donde comienza
el tratamiento químico mediante ácido y enzimas. Pero la verdadera trituración
ocurre a continuación, en la molleja, una cámara provista de paredes musculares
extraordinariamente potentes.
Las piedrecillas ingeridas
voluntariamente, los gastrolitos, permanecen durante algún tiempo dentro de
ella. Al contraerse la molleja, chocan unas contra otras y contra el alimento,
rompiendo semillas y triturando fibras vegetales. Los músculos proporcionan la
fuerza y las piedras hacen de muelas. En cierto sentido, una gallina lleva los
dientes en el estómago.
El continuo roce desgasta los
gastrolitos. Sus aristas desaparecen y se hacen cada vez más lisos y
redondeados hasta que terminan avanzando por el aparato digestivo y deben ser
sustituidos por otros. Los criadores proporcionan por eso grit a las aves que
no pueden conseguir grava por sí mismas.
Hasta aquí, todo parece una
curiosa solución de las aves al inconveniente de carecer de dientes. Pero la
historia se vuelve mucho más interesante cuando formulamos una pregunta: ¿qué
apareció antes, la pérdida de los dientes o el molino estomacal?
Porque las aves son dinosaurios.
Más exactamente, constituyen el único linaje superviviente de los dinosaurios
terópodos, el grupo al que pertenecieron animales como Velociraptor o
Tyrannosaurus. Y cuando los paleontólogos comenzaron a excavar esqueletos de
dinosaurios encontraron algo familiar: acumulaciones de piedras precisamente
donde había estado el abdomen.
Durante décadas se interpretaron
como indicio de herbivoría. Si las aves comedoras de plantas utilizan piedras
para triturar vegetales, parecía lógico pensar que un dinosaurio con
gastrolitos hacía lo mismo. Encontrarlos equivalía casi a descubrir los restos
fosilizados de una ensalada.
Había un inconveniente. Los
cocodrilos y algunas aves carnívoras también tragan piedras. Y se han
encontrado gastrolitos en dinosaurios inequívocamente depredadores como Tarbosaurus,
un enorme tiranosáurido asiático que difícilmente necesitaba un molino para
preparar una ensalada de helechos.
La solución al enigma fue
maravillosamente sencilla. Si una piedra pasa semanas dentro de una máquina que
la golpea continuamente contra otras piedras, debería acabar mostrando las
consecuencias. Quizá lo importante no fuera encontrar gastrolitos, sino observar
su forma.
Un equipo internacional de
investigadores estudió 104 individuos de 46 especies actuales de aves y
cocodrilos y comparó la forma de sus gastrolitos con la musculatura del
estómago. El resultado, publicado
en Paleobiology en 2026, fue muy claro: cuanto más musculoso era el
estómago, más redondeadas eran las piedras. Una molleja potente no solo tritura
semillas; también pule las herramientas con las que trabaja.
Esto permite convertir una
humilde piedra en una especie de registro de actividad digestiva. Un gastrolito
redondeado no demuestra directamente que el animal fuera herbívoro; demuestra
que estuvo dentro de un estómago que ejercía una intensa acción abrasiva.
Los investigadores aplicaron
después el método a 29 especímenes fósiles de 16 especies de dinosaurios y
encontraron algo inesperado. Herbívoros indiscutibles como Psittacosaurus
y Haya, y saurópodos como Diplodocus, tenían gastrolitos
predominantemente angulosos. Sus estómagos no eran grandes molinos. Los
ornitisquios solucionaban el problema con aparatos masticadores eficaces. Los
saurópodos, con escasa capacidad de masticación, probablemente confiaban en
enormes aparatos digestivos donde los microorganismos fermentaban lentamente el
material vegetal. Cuando uno pesa varias decenas de toneladas puede permitirse
llevar consigo una planta de fermentación.
Los terópodos contaban otra
historia. En Caudipteryx, Jeholornis, Archaeorhynchus o Limusaurus
aparecieron gastrolitos redondeados. Allí sí había trabajado un estómago
musculoso. Limusaurus resulta particularmente interesante. Los jóvenes
poseían dientes, pero los adultos los perdían. Al desaparecer la maquinaria
trituradora de la boca, aumentaba la importancia del procesamiento digestivo.
La evolución había encontrado dos lugares donde instalar un molino: podía
mantenerlo en la cabeza, mediante dientes y músculos mandibulares, o
trasladarlo al abdomen.
Gastrolitos en un espécimen de Caudipteryx zoui, hallado en Beipiao, Liaoning (China). Crédito: Tiouraren (Y.-C. Tsai) / Wikimedia Commons
La reconstrucción evolutiva sitúa
un estómago musculoso al menos en la base de los Maniraptoriformes, un linaje
de terópodos que acabaría incluyendo a las aves. La innovación existía ya hace
unos 150 millones de años y pudo facilitar que varios grupos redujeran o
perdieran sus dientes. Si el alimento podía triturarse después de ser tragado,
la boca quedaba parcialmente liberada de esa tarea.
Las consecuencias quizá fueron
más profundas. Reducir dientes, mandíbulas y musculatura masticadora podía
disminuir el peso y las exigencias estructurales del cráneo. Los investigadores
sugieren que esa reorganización pudo contribuir a facilitar la expansión
relativa del cerebro y los órganos sensoriales durante la evolución aviana,
aunque la hipótesis todavía no está demostrada. Las aves, desde luego, no
perdieron los dientes simplemente porque hubieran inventado la molleja: la
evolución rara vez ofrece explicaciones tan cómodas.
Lo fascinante es que las piedras
hayan conservado la huella de aquel proceso. Un gastrolito que pasó meses chocando
con sus compañeros dentro de una poderosa molleja acabó redondeándose.
Enterrado junto al esqueleto, fosilizó algo más que una piedra: conservó
indirectamente el funcionamiento del estómago de un dinosaurio.
Y eso nos devuelve a la gallina. La
vemos picotear tranquilamente en un corral y tragarse de vez en cuando una
piedrecilla. Nada parece especialmente grandioso. Sin embargo, dentro de su
abdomen funciona una máquina cuya
historia comenzó cuando los dinosaurios dominaban el planeta. La molleja se
contrae, las piedras chocan, los granos se rompen y los gastrolitos pierden
lentamente sus aristas. La gallina no tuvo que inventar una solución para vivir
sin dientes. La heredó de los dinosaurios.
Quizá por eso convenga mirar con
algo más de respeto a la próxima gallina que encontremos comiéndose una piedra.
Si permanece suficiente tiempo en su molleja, saldrá más redonda de lo que
entró. A veces la evolución deja esqueletos gigantescos. Otras veces escribe su
historia puliendo una piedra.