Llevo unos días viajando por
Australia y hay una distinción que, pese a conocerla desde hace mucho tiempo,
resulta mucho más llamativa cuando uno la escucha sobre el terreno. Los
australianos hablan de kangaroos y wallabies con la naturalidad con que nosotros
distinguimos un caballo de un burro. Este es un canguro, aquel es un wallabí.
Ninguna duda. El problema aparece cuando uno intenta averiguar exactamente
dónde termina uno y empieza el otro.
La respuesta es que, en realidad,
no existe una frontera zoológica precisa entre canguros y wallabíes. Ambos
pertenecen a la familia Macropodidae, nombre que procede del griego makrós,
grande, y poús, podós, pie. «Los de los pies grandes» es una
descripción bastante aceptable para unos animales cuyas extremidades
posteriores parecen haber sido diseñadas por alguien que empezó el trabajo por
los pies y después tuvo que acomodar apresuradamente el resto del cuerpo.
Los macropódidos comprenden
alrededor de setenta especies de marsupiales distribuidas por Australia, Nueva
Guinea y algunas islas próximas. Entre ellos encontramos animales enormes, como
el canguro rojo, machos adultos de casi dos metros y que excepcionalmente
pueden acercarse a los noventa kilos, junto a criaturas que apenas superan el
tamaño de un conejo. Para poner algún orden en semejante variedad, los humanos
hemos decidido llamar «canguros» a unos, «wallabíes» a otros, «pademelones» a
algunos más y «canguros arborícolas» a los que, desafiando nuestras
expectativas, decidieron subirse a los árboles.
El problema es que la evolución
nunca recibió una copia de nuestra clasificación. La palabra canguro se reserva
habitualmente para unas pocas especies grandes. Entre ellas se encuentran el
canguro rojo (Osphranter rufus), los canguros grises oriental y
occidental (Macropus giganteus y M. fuliginosus) y el canguro
antilopino (Osphranter antilopinus). Son animales de espacios abiertos,
con enormes extremidades posteriores, pies extraordinariamente largos y una
cola musculosa que actúa como estabilizador durante el salto y como apoyo
cuando se desplazan despacio.
Los wallabíes, por regla general,
son macropódidos menores. Suelen tener el cuerpo más compacto, patas y pies
proporcionalmente más cortos y una anatomía mejor adaptada para moverse entre
bosques, matorrales o terrenos rocosos. En lugar de recorrer grandes espacios
abiertos mediante saltos largos y eficientes, muchos necesitan girar, frenar y
esquivar árboles, rocas y arbustos.
Hasta aquí parece sencillo:
grande, canguro; pequeño, wallabí. Por desgracia, la naturaleza siente escaso
respeto por las explicaciones sencillas. Hay wallabíes grandes y canguros
pequeños, y existen especies que reciben nombres comunes diferentes pese a
estar estrechamente emparentadas.
El asunto se complica todavía más
con los wallaroos, cuyo nombre inglés parece inventado por alguien incapaz de
decidirse entre wallaby y kangaroo. En realidad, eso es casi exactamente lo que
ocurrió: el término procede de una palabra aborigen, aunque su semejanza con
ambos nombres resulta irresistible. Los wallaroos presentan, además, un tamaño
y aspecto intermedios, como si estuvieran empeñados en demostrar que nuestras
categorías no les preocupan demasiado.
También están los pademelones,
pequeños y rechonchos habitantes de bosques densos. En Tasmania me encuentro
con Thylogale billardierii, el pademelón tasmano, que a primera vista
podría pasar por un wallabí de tamaño reducido. Posee patas posteriores
potentes, una cola robusta y el mismo sistema básico de locomoción. Desde el
punto de vista evolutivo, todos pertenecen al mismo gran experimento
australiano.
Ese experimento consiste en
desplazarse dando saltos. El salto de los grandes canguros es una de las formas
de locomoción más extraordinarias entre los mamíferos. A velocidades moderadas
resulta sorprendentemente económico. Los enormes tendones de las patas
posteriores funcionan como resortes: almacenan energía cuando el animal
aterriza y la liberan durante el siguiente salto. Conforme aumenta la
velocidad, el coste energético no crece como cabría esperar. Para un animal que
debe recorrer grandes distancias por las llanuras australianas buscando pastos
y agua, semejante mecanismo constituye una ventaja formidable.
La cola participa también en el
sistema, aunque su función resulta todavía más curiosa cuando el animal deja de
saltar. Al avanzar lentamente mientras pasta, el canguro apoya las extremidades
anteriores y la cola en el suelo, adelanta las patas posteriores y repite el
movimiento. En esa marcha de cinco apoyos, la cola funciona casi como una
extremidad adicional. Un canguro tiene oficialmente cuatro patas, pero en
determinadas circunstancias parece desplazarse como si la evolución le hubiera
concedido una quinta.
Los wallabíes utilizan el mismo
principio mecánico, adaptado a otra escala y a otros ambientes. Sus saltos
suelen ser más cortos y su menor tamaño facilita las maniobras en vegetación
cerrada. La diferencia entre ambos, por tanto, no consiste únicamente en pesar
más o menos. Refleja también distintas especializaciones dentro de un mismo
diseño corporal.
Comparten, además, una
característica mucho más profunda: todos son marsupiales. Tras una gestación
muy breve, las hembras paren crías diminutas y extraordinariamente inmaduras
que trepan hasta el marsupio y se fijan a una mama. Allí continúan durante meses
un desarrollo que los mamíferos placentarios realizamos en gran parte dentro
del útero. Una hembra de canguro puede llevar simultáneamente una cría grande
que entra y sale de la bolsa, otra pequeña adherida a una mama e incluso
mantener un embrión en pausa hasta que las circunstancias permitan continuar su
desarrollo. Comparado con semejante organización, nuestro sistema reproductivo
resulta casi convencional.
Queda entonces la pregunta
inicial: ¿qué demonios es exactamente un canguro?
La respuesta estricta resulta
menos satisfactoria de lo esperado. «Canguro» no designa una categoría
taxonómica equivalente a una familia o un género. Es un nombre común aplicado
por tradición a determinados macropódidos, sobre todo a los de mayor tamaño. «Wallabí»
tampoco define una unidad evolutiva única. Son etiquetas útiles para describir
diferentes formas corporales y modos de vida dentro de una familia
extraordinariamente diversa.
Un canguro no es, por tanto,
simplemente un wallabí grande, aunque esa definición funcione bastante bien
durante los primeros cinco minutos de conversación. Tampoco un wallabí es un
canguro pequeño y mucho menos, como alguna vez se oye, un canguro joven. Cada
especie nace, crece y muere siendo lo que es.
Después de unos días en Australia
empiezo a comprender por qué los australianos no parecen tener ningún problema
con el asunto. No necesitan una definición filogenética cada vez que un
macropódido cruza la carretera. Lo miran y saben si es un canguro, un wallabí o
un pademelón, del mismo modo que nosotros distinguimos sin consultar un tratado
de zoología un gorrión de una paloma.
El problema surge cuando el
biólogo pregunta dónde está exactamente la frontera. Entonces la naturaleza
ofrece una de sus respuestas favoritas. La frontera la hemos puesto nosotros.