Vistas de página en total

sábado, 31 de octubre de 2026

¿QUÉ DEMONIOS ES EXACTAMENTE UN CANGURO?

 

Llevo unos días viajando por Australia y hay una distinción que, pese a conocerla desde hace mucho tiempo, resulta mucho más llamativa cuando uno la escucha sobre el terreno. Los australianos hablan de kangaroos y wallabies con la naturalidad con que nosotros distinguimos un caballo de un burro. Este es un canguro, aquel es un wallabí. Ninguna duda. El problema aparece cuando uno intenta averiguar exactamente dónde termina uno y empieza el otro.

La respuesta es que, en realidad, no existe una frontera zoológica precisa entre canguros y wallabíes. Ambos pertenecen a la familia Macropodidae, nombre que procede del griego makrós, grande, y poús, podós, pie. «Los de los pies grandes» es una descripción bastante aceptable para unos animales cuyas extremidades posteriores parecen haber sido diseñadas por alguien que empezó el trabajo por los pies y después tuvo que acomodar apresuradamente el resto del cuerpo.

Los macropódidos comprenden alrededor de setenta especies de marsupiales distribuidas por Australia, Nueva Guinea y algunas islas próximas. Entre ellos encontramos animales enormes, como el canguro rojo, machos adultos de casi dos metros y que excepcionalmente pueden acercarse a los noventa kilos, junto a criaturas que apenas superan el tamaño de un conejo. Para poner algún orden en semejante variedad, los humanos hemos decidido llamar «canguros» a unos, «wallabíes» a otros, «pademelones» a algunos más y «canguros arborícolas» a los que, desafiando nuestras expectativas, decidieron subirse a los árboles.

El problema es que la evolución nunca recibió una copia de nuestra clasificación. La palabra canguro se reserva habitualmente para unas pocas especies grandes. Entre ellas se encuentran el canguro rojo (Osphranter rufus), los canguros grises oriental y occidental (Macropus giganteus y M. fuliginosus) y el canguro antilopino (Osphranter antilopinus). Son animales de espacios abiertos, con enormes extremidades posteriores, pies extraordinariamente largos y una cola musculosa que actúa como estabilizador durante el salto y como apoyo cuando se desplazan despacio.

Los wallabíes, por regla general, son macropódidos menores. Suelen tener el cuerpo más compacto, patas y pies proporcionalmente más cortos y una anatomía mejor adaptada para moverse entre bosques, matorrales o terrenos rocosos. En lugar de recorrer grandes espacios abiertos mediante saltos largos y eficientes, muchos necesitan girar, frenar y esquivar árboles, rocas y arbustos.

Hasta aquí parece sencillo: grande, canguro; pequeño, wallabí. Por desgracia, la naturaleza siente escaso respeto por las explicaciones sencillas. Hay wallabíes grandes y canguros pequeños, y existen especies que reciben nombres comunes diferentes pese a estar estrechamente emparentadas.

El asunto se complica todavía más con los wallaroos, cuyo nombre inglés parece inventado por alguien incapaz de decidirse entre wallaby y kangaroo. En realidad, eso es casi exactamente lo que ocurrió: el término procede de una palabra aborigen, aunque su semejanza con ambos nombres resulta irresistible. Los wallaroos presentan, además, un tamaño y aspecto intermedios, como si estuvieran empeñados en demostrar que nuestras categorías no les preocupan demasiado.

También están los pademelones, pequeños y rechonchos habitantes de bosques densos. En Tasmania me encuentro con Thylogale billardierii, el pademelón tasmano, que a primera vista podría pasar por un wallabí de tamaño reducido. Posee patas posteriores potentes, una cola robusta y el mismo sistema básico de locomoción. Desde el punto de vista evolutivo, todos pertenecen al mismo gran experimento australiano.

Ese experimento consiste en desplazarse dando saltos. El salto de los grandes canguros es una de las formas de locomoción más extraordinarias entre los mamíferos. A velocidades moderadas resulta sorprendentemente económico. Los enormes tendones de las patas posteriores funcionan como resortes: almacenan energía cuando el animal aterriza y la liberan durante el siguiente salto. Conforme aumenta la velocidad, el coste energético no crece como cabría esperar. Para un animal que debe recorrer grandes distancias por las llanuras australianas buscando pastos y agua, semejante mecanismo constituye una ventaja formidable.

La cola participa también en el sistema, aunque su función resulta todavía más curiosa cuando el animal deja de saltar. Al avanzar lentamente mientras pasta, el canguro apoya las extremidades anteriores y la cola en el suelo, adelanta las patas posteriores y repite el movimiento. En esa marcha de cinco apoyos, la cola funciona casi como una extremidad adicional. Un canguro tiene oficialmente cuatro patas, pero en determinadas circunstancias parece desplazarse como si la evolución le hubiera concedido una quinta.

Los wallabíes utilizan el mismo principio mecánico, adaptado a otra escala y a otros ambientes. Sus saltos suelen ser más cortos y su menor tamaño facilita las maniobras en vegetación cerrada. La diferencia entre ambos, por tanto, no consiste únicamente en pesar más o menos. Refleja también distintas especializaciones dentro de un mismo diseño corporal.

Comparten, además, una característica mucho más profunda: todos son marsupiales. Tras una gestación muy breve, las hembras paren crías diminutas y extraordinariamente inmaduras que trepan hasta el marsupio y se fijan a una mama. Allí continúan durante meses un desarrollo que los mamíferos placentarios realizamos en gran parte dentro del útero. Una hembra de canguro puede llevar simultáneamente una cría grande que entra y sale de la bolsa, otra pequeña adherida a una mama e incluso mantener un embrión en pausa hasta que las circunstancias permitan continuar su desarrollo. Comparado con semejante organización, nuestro sistema reproductivo resulta casi convencional.

Queda entonces la pregunta inicial: ¿qué demonios es exactamente un canguro?

La respuesta estricta resulta menos satisfactoria de lo esperado. «Canguro» no designa una categoría taxonómica equivalente a una familia o un género. Es un nombre común aplicado por tradición a determinados macropódidos, sobre todo a los de mayor tamaño. «Wallabí» tampoco define una unidad evolutiva única. Son etiquetas útiles para describir diferentes formas corporales y modos de vida dentro de una familia extraordinariamente diversa.

Un canguro no es, por tanto, simplemente un wallabí grande, aunque esa definición funcione bastante bien durante los primeros cinco minutos de conversación. Tampoco un wallabí es un canguro pequeño y mucho menos, como alguna vez se oye, un canguro joven. Cada especie nace, crece y muere siendo lo que es.

Después de unos días en Australia empiezo a comprender por qué los australianos no parecen tener ningún problema con el asunto. No necesitan una definición filogenética cada vez que un macropódido cruza la carretera. Lo miran y saben si es un canguro, un wallabí o un pademelón, del mismo modo que nosotros distinguimos sin consultar un tratado de zoología un gorrión de una paloma.

El problema surge cuando el biólogo pregunta dónde está exactamente la frontera. Entonces la naturaleza ofrece una de sus respuestas favoritas. La frontera la hemos puesto nosotros.