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domingo, 28 de junio de 2026

EL IMPERIO QUE JEFFERSON NUNCA QUISO GOBERNAR

 

Cuando pensamos en la expansión de Estados Unidos solemos imaginar una línea recta que avanza inexorablemente desde el Atlántico hasta el Pacífico. Es la imagen popular del Destino Manifiesto, esa doctrina del siglo XIX según la cual los estadounidenses estaban llamados, casi por mandato divino, a ocupar todo el continente. Sin embargo, esa visión no pertenecía a Thomas Jefferson. Al menos no al Jefferson de los primeros años del siglo XIX, cuando ocupó la tercera presidencia entre 1801 y 1809.

Paradójicamente, el hombre que compró Luisiana y patrocinó la expedición de Lewis y Clark nunca estuvo convencido de que un único país pudiera extenderse de un océano al otro. Su proyecto era más ambicioso desde el punto de vista geográfico, pero también mucho más modesto desde el punto de vista político: Jefferson no soñaba con unos Estados Unidos gigantescos. Soñaba con una familia de repúblicas.

La idea puede resultar extraña hoy, pero en el siglo XVIII era casi un lugar común entre los pensadores políticos. Inspirado por las ideas de Montesquieu, Jefferson compartía la convicción de que las repúblicas sólo podían sobrevivir si conservaban un tamaño relativamente reducido. Una comunidad demasiado extensa terminaría fragmentándose en intereses regionales incompatibles, se alejaría de sus ciudadanos y acabaría degenerando en una monarquía o en una dictadura. La libertad necesitaba proximidad; la virtud cívica, una escala humana.

Ese razonamiento explica una aparente contradicción que desconcierta a muchos historiadores. Jefferson era un expansionista convencido, pero desconfiaba profundamente de los grandes Estados. La compra de Luisiana en 1803 llevó esa contradicción al límite. Con un solo tratado, Estados Unidos duplicó su superficie. Aquel inmenso territorio planteaba una pregunta inevitable: ¿cómo podía gobernarse desde Washington una extensión tan colosal? Jefferson no tenía una respuesta administrativa, sino política. Creía que, tarde o temprano, surgirían nuevas repúblicas independientes, todas ellas nacidas del mismo tronco.

La primera ocuparía los estados atlánticos. La segunda se desarrollaría al oeste del Misisipi. Más adelante podrían aparecer otras todavía más occidentales. No serían naciones rivales, sino hermanas. Por eso escribió una de sus frases más reveladoras: «Los futuros habitantes de los Estados del Atlántico y de Misisipi serán nuestros hijos.»

La expresión suele interpretarse como una simple metáfora afectuosa, pero encierra un auténtico programa político. Jefferson imaginaba que esas futuras repúblicas compartirían la lengua inglesa, las instituciones republicanas, la tradición constitucional y una cultura política común. Serían Estados distintos, pero miembros de una misma familia. A esa visión la llamó Empire of Liberty, el «Imperio de la Libertad».

La expresión parece un oxímoron. ¿Cómo puede existir un imperio basado en la libertad? Para Jefferson, la palabra «imperio» no significaba dominación territorial ejercida desde una metrópoli, sino expansión de un modelo político. No imaginaba un emperador gobernando desde Washington, sino una constelación de repúblicas libres extendiéndose gradualmente por el continente y cerrando el paso a las monarquías europeas.

En ese contexto, el Misisipi no debía convertirse necesariamente en una frontera definitiva. Era, sobre todo, el eje a partir del cual irían naciendo nuevos Estados. El gran río separaría inicialmente dos comunidades políticas, pero también serviría de vínculo entre ellas. La historia, sin embargo, siguió un camino muy distinto.

La expedición de Meriwether Lewis y William Clark (1804-1806) demostró que el continente era mucho más accesible de lo que muchos habían imaginado. Por eso, a partir de Jefferson, los sucesivos presidentes fueron abriendo las puertas a nuevos estados que se incorporaron en una cascada interminable. Entre el fin del mandato de Jefferson y 1840 se incorporaron ocho nuevos estados.

Hacia la década de 1840 apareció una idea mucho más rotunda: el Destino Manifiesto. Ya no se trataba de una familia de repúblicas, sino de un único Estado destinado a extenderse desde el Atlántico hasta el Pacífico. La visión de Jefferson fue sustituida por otra mucho más centralizadora y expansiva.

Resulta fascinante comprobar cómo una misma expansión territorial pudo inspirar dos proyectos políticos casi opuestos. Uno concebía el continente como un mosaico de repúblicas hermanas; el otro, como un único país de dimensiones continentales.

Hoy, cuando miramos un mapa de Estados Unidos, damos por inevitable el resultado final. Sin embargo, nada había de inevitable en 1803, el año en el que Jefferson firmó la compra de Luisiana. Durante unos años existió la posibilidad —perfectamente razonable a ojos de Jefferson— de que Norteamérica acabara poblada por varias repúblicas anglófonas, unidas por la cultura y la libertad, pero políticamente independientes.

Quizá sea ésta una de las mayores paradojas de la historia estadounidense: el presidente que más contribuyó a ensanchar el territorio nacional nunca estuvo completamente convencido de que ese inmenso territorio debiera permanecer unido bajo un solo gobierno. Su auténtica ambición no consistía en crear el país más grande del mundo, sino en sembrar el continente de repúblicas libres. Ese era, para él, el verdadero significado del Imperio de la Libertad.