Cuando pensamos en la expansión
de Estados Unidos solemos imaginar una línea recta que avanza inexorablemente
desde el Atlántico hasta el Pacífico. Es la imagen popular del Destino
Manifiesto, esa doctrina del siglo XIX según la cual los estadounidenses estaban
llamados, casi por mandato divino, a ocupar todo el continente. Sin embargo,
esa visión no pertenecía a Thomas Jefferson. Al menos no al Jefferson de los
primeros años del siglo XIX, cuando ocupó la tercera presidencia entre 1801 y
1809.
Paradójicamente, el hombre que
compró Luisiana y patrocinó la expedición de Lewis y Clark nunca estuvo
convencido de que un único país pudiera extenderse de un océano al otro. Su
proyecto era más ambicioso desde el punto de vista geográfico, pero también
mucho más modesto desde el punto de vista político: Jefferson no soñaba con
unos Estados Unidos gigantescos. Soñaba con una familia de repúblicas.
La idea puede resultar extraña
hoy, pero en el siglo XVIII era casi un lugar común entre los pensadores
políticos. Inspirado por las ideas de Montesquieu, Jefferson compartía la
convicción de que las repúblicas sólo podían sobrevivir si conservaban un tamaño
relativamente reducido. Una comunidad demasiado extensa terminaría
fragmentándose en intereses regionales incompatibles, se alejaría de sus
ciudadanos y acabaría degenerando en una monarquía o en una dictadura. La
libertad necesitaba proximidad; la virtud cívica, una escala humana.
Ese razonamiento explica una
aparente contradicción que desconcierta a muchos historiadores. Jefferson era
un expansionista convencido, pero desconfiaba profundamente de los grandes
Estados. La compra de Luisiana en 1803 llevó esa contradicción al límite. Con
un solo tratado, Estados Unidos duplicó su superficie. Aquel inmenso territorio
planteaba una pregunta inevitable: ¿cómo podía gobernarse desde Washington una
extensión tan colosal? Jefferson no tenía una respuesta administrativa, sino
política. Creía que, tarde o temprano, surgirían nuevas repúblicas
independientes, todas ellas nacidas del mismo tronco.
La primera ocuparía los estados
atlánticos. La segunda se desarrollaría al oeste del Misisipi. Más adelante
podrían aparecer otras todavía más occidentales. No serían naciones rivales,
sino hermanas. Por eso escribió una de sus frases más reveladoras: «Los futuros
habitantes de los Estados del Atlántico y de Misisipi serán nuestros hijos.»
La expresión suele interpretarse
como una simple metáfora afectuosa, pero encierra un auténtico programa
político. Jefferson imaginaba que esas futuras repúblicas compartirían la
lengua inglesa, las instituciones republicanas, la tradición constitucional y
una cultura política común. Serían Estados distintos, pero miembros de una
misma familia. A esa visión la llamó Empire of Liberty, el «Imperio de
la Libertad».
La expresión parece un oxímoron.
¿Cómo puede existir un imperio basado en la libertad? Para Jefferson, la
palabra «imperio» no significaba dominación territorial ejercida desde una
metrópoli, sino expansión de un modelo político. No imaginaba un emperador
gobernando desde Washington, sino una constelación de repúblicas libres
extendiéndose gradualmente por el continente y cerrando el paso a las
monarquías europeas.
En ese contexto, el Misisipi no
debía convertirse necesariamente en una frontera definitiva. Era, sobre todo,
el eje a partir del cual irían naciendo nuevos Estados. El gran río separaría
inicialmente dos comunidades políticas, pero también serviría de vínculo entre
ellas. La historia, sin embargo, siguió un camino muy distinto.
La expedición de Meriwether Lewis
y William Clark (1804-1806) demostró que el continente era mucho más accesible
de lo que muchos habían imaginado. Por eso, a partir de Jefferson, los
sucesivos presidentes fueron abriendo las puertas a nuevos estados que se incorporaron
en una cascada interminable. Entre el fin del mandato de Jefferson y 1840 se
incorporaron ocho nuevos estados.
Hacia la década de 1840 apareció
una idea mucho más rotunda: el Destino Manifiesto. Ya no se trataba de una
familia de repúblicas, sino de un único Estado destinado a extenderse desde el
Atlántico hasta el Pacífico. La visión de Jefferson fue sustituida por otra
mucho más centralizadora y expansiva.
Resulta fascinante comprobar cómo
una misma expansión territorial pudo inspirar dos proyectos políticos casi
opuestos. Uno concebía el continente como un mosaico de repúblicas hermanas; el
otro, como un único país de dimensiones continentales.
Hoy, cuando miramos un mapa de
Estados Unidos, damos por inevitable el resultado final. Sin embargo, nada
había de inevitable en 1803, el año en el que Jefferson firmó la compra de
Luisiana. Durante unos años existió la posibilidad —perfectamente razonable a
ojos de Jefferson— de que Norteamérica acabara poblada por varias repúblicas
anglófonas, unidas por la cultura y la libertad, pero políticamente
independientes.
Quizá sea ésta una de las mayores
paradojas de la historia estadounidense: el presidente que más contribuyó a
ensanchar el territorio nacional nunca estuvo completamente convencido de que
ese inmenso territorio debiera permanecer unido bajo un solo gobierno. Su
auténtica ambición no consistía en crear el país más grande del mundo, sino en
sembrar el continente de repúblicas libres. Ese era, para él, el verdadero
significado del Imperio de la Libertad.