Si observamos caminar a una mujer desde cierta distancia,
solemos percibir un movimiento de las caderas más marcado que en un hombre. La
explicación popular suele atribuirlo a una especie de balanceo deliberado, casi
coqueto. La anatomía y la paleontología cuentan una historia mucho menos
romántica y mucho más interesante.
El día que Lucy
dio sus primeros pasos nadie estaba allí para aplaudirla. No había
fotógrafos, ni periodistas, ni científicos tomando notas en una libreta. Ni
siquiera había otros humanos. Lo único que la rodeaba era un mosaico de sabanas
salpicadas de árboles, ríos estacionales y animales que hoy solo conocemos por
los fósiles. Sin embargo, aquellos pasos, aparentemente insignificantes,
iniciaron una revolución silenciosa cuyos efectos todavía se manifiestan cada
vez que caminamos por una acera, subimos una escalera o atravesamos un paso de
peatones.
Lucy nunca llegó a saber que
acabaría siendo la australopiteca más famosa de la historia. Tampoco podía
imaginar que, más de tres millones de años después de su muerte, millones de
personas conocerían su nombre. Cuando fue descubierta en 1974 en el valle
etíope del Awash por el paleoantropólogo Donald Johanson y su equipo,
conservaba alrededor del 40% del esqueleto, una proporción extraordinaria para
un fósil tan antiguo. Aquellos huesos permitieron reconstruir con un detalle
hasta entonces inimaginable cómo era un homínido que había vivido hacía unos
3,2 millones de años. Y entre todas las preguntas que surgieron al
contemplarlos, una destacaba sobre las demás: ¿cómo caminaba Lucy?
Durante décadas se discutió si
aquellos pequeños homínidos eran simples simios que ocasionalmente se erguían o
auténticos bípedos. La respuesta fue apareciendo pieza a pieza, hueso a hueso.
La posición del agujero occipital indicaba que la cabeza descansaba sobre una
columna prácticamente vertical. La curvatura lumbar recordaba ya a la nuestra.
Las rodillas podían mantenerse bajo el centro del cuerpo. El pie poseía un dedo
gordo alineado con los demás, en lugar de separado como un pulgar prensil. Todo
parecía apuntar en la misma dirección: Lucy caminaba sobre dos piernas de
manera habitual.
Pero la auténtica protagonista de
esta historia no era la columna, ni el pie, ni siquiera las rodillas. Era un
anillo de hueso de apenas unos centímetros de grosor que cambiaría para siempre
el destino de nuestra especie: la pelvis.
Resulta curioso que la pelvis
apenas aparezca en las conversaciones cotidianas. Hablamos del corazón como
símbolo del amor, del cerebro como sede de la inteligencia y de las manos como
herramientas de la civilización. La pelvis, en cambio, permanece discretamente
escondida bajo la ropa, como si desempeñara un papel secundario. Nada más lejos
de la realidad. Si hubiera que señalar la estructura anatómica que hizo posible
la humanidad tal como la conocemos, probablemente habría que empezar por ella.
En los grandes simios actuales la
pelvis es alta y estrecha. Ese diseño resulta magnífico para trepar y
desplazarse entre las ramas, pero es bastante ineficaz para caminar largas
distancias sobre dos piernas. En nuestros antepasados ocurrió exactamente lo contrario.
La pelvis se fue acortando, ensanchando y curvando hasta convertirse en una
compleja plataforma capaz de sostener el peso del tronco sobre una sola pierna
durante cada paso.
Porque caminar, aunque no lo
parezca, consiste precisamente en eso: en una sucesión de caídas controladas.
Cada vez que avanzamos, durante una fracción de segundo todo nuestro cuerpo
descansa únicamente sobre una pierna. Si la pelvis no estuviera diseñada para
mantener el equilibrio, el tronco se desplomaría hacia el lado contrario con
cada zancada. La locomoción humana sería un espectáculo ridículo.
Aquí entran en escena unos
músculos de los que casi nadie ha oído hablar: los glúteos medios. Mientras un
pie permanece apoyado en el suelo, estos músculos trabajan silenciosamente para
impedir que la pelvis bascule en exceso. Lo hacen miles de veces al día sin
pedir reconocimiento alguno. Si dejan de funcionar, como ocurre en determinadas
enfermedades neurológicas o lesiones del nervio glúteo superior, aparece la
característica marcha
de Trendelenburg: el cuerpo oscila exageradamente de un lado a otro para
compensar la pérdida de estabilidad. Basta observar a uno de estos pacientes
durante unos segundos para comprender la extraordinaria ingeniería que
normalmente pasa inadvertida.
Sin embargo, la evolución todavía
tenía reservado un problema mucho más difícil. A medida que el cerebro de
nuestros antepasados aumentaba de tamaño, también lo hacía la cabeza de los
recién nacidos. La pelvis debía seguir siendo suficientemente estrecha para
caminar con eficacia, pero al mismo tiempo necesitaba un canal del parto cada
vez más amplio. Era como intentar diseñar un coche de carreras que también
sirviera para transportar un piano de cola.
La solución fue uno de los
compromisos anatómicos más ingeniosos —y más incómodos— de toda la evolución
humana. La pelvis femenina se hizo más ancha que la masculina. Las cavidades
donde encajan los fémures quedaron más separadas y estos comenzaron a inclinarse
hacia la línea media del cuerpo. Esa convergencia recibe el nombre
de ángulo Q, aunque la mayoría de las personas jamás haya oído hablar de
él. Lo importante es que modifica sutilmente la mecánica de la marcha.
Aquí aparece un fenómeno que
todos hemos visto miles de veces sin preguntarnos nunca su origen. Si
observamos caminar a una mujer desde cierta distancia, solemos percibir un
movimiento de las caderas más marcado que en un hombre. La explicación popular
suele atribuirlo a una especie de balanceo deliberado, casi coqueto. La
anatomía cuenta una historia mucho menos romántica y mucho más interesante.
Ese movimiento no es un adorno.
Es una consecuencia inevitable de la arquitectura de la pelvis y de la forma en
que los músculos estabilizan el cuerpo durante el apoyo sobre una sola pierna.
La pelvis rota ligeramente, el tronco compensa ese desplazamiento y el centro
de gravedad permanece exactamente donde debe estar: encima del pie que sostiene
el peso del cuerpo. Todo ocurre con una precisión casi matemática y con un
gasto mínimo de energía.
Lo fascinante es que nuestro
cerebro detecta esas diferencias con enorme facilidad. Los psicólogos han
realizado experimentos sorprendentes colocando pequeñas luces únicamente sobre
las articulaciones de una persona —hombros, caderas, rodillas y tobillos— para
filmarlas caminando en una habitación completamente oscura. Los observadores no
veían rostros, ropa ni rasgos físicos; solo una docena de puntos luminosos
moviéndose en la oscuridad. Aun así, eran capaces de identificar si quien
caminaba era un hombre o una mujer con una precisión muy superior a la esperada
por azar. Nuestro cerebro parece llevar millones de años perfeccionando un
sofisticado detector de patrones de marcha.
¿Y Lucy?
Esa es quizá la pregunta más
sugerente de todas. Si pudiéramos traerla al presente, vestirla con unos
vaqueros, una camiseta y unas zapatillas deportivas, probablemente llamaría la
atención por su escasa estatura, sus brazos relativamente largos o su pequeño
cráneo. Pero hay un aspecto que quizá nos resultaría sorprendentemente
familiar. Es muy posible que reconociera, en los rasgos esenciales de su
locomoción, la misma estrategia biomecánica que utiliza hoy cualquier mujer al
caminar por una avenida.
No exactamente igual, por
supuesto. Lucy conservaba adaptaciones para trepar a los árboles y su marcha
debía de diferir en muchos detalles de la nuestra. Pero el principio
fundamental ya estaba allí: una pelvis remodelada para sostener el cuerpo
erguido, unos músculos capaces de estabilizarla durante cada paso y unas
piernas diseñadas para recorrer largas distancias con un coste energético
extraordinariamente bajo.
Cada vez que una mujer cruza una
plaza con la compra, pasea a su perro o camina apresurada para no perder el
autobús, está utilizando una solución anatómica que comenzó a perfeccionarse
hace más de tres millones de años. El ligero movimiento de sus caderas no es un
gesto aprendido ni una extravagancia de la moda. Es el eco lejano de una
innovación evolutiva que permitió a nuestros antepasados abandonar
definitivamente el bosque y conquistar el mundo.