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miércoles, 10 de agosto de 2016

Jim Morrison y el Cerro del Borrego

Hace 46 años, el 3 de julio de 1971, con 27 años, murió en París Jim Morrison, el líder de The Doors, «el símbolo sexual más poderoso desde James Dean y Elvis Presley» según The New York Times, el hombre que se cansó de ser cantante de rock y prefirió ser poeta. Mientras vagabundeo por París navegador en mano a la búsqueda del Père Lachaise, el camposanto de París intramuros donde reposan sus restos en muy buena compañía, paso por la pequeña rue du Borrègo, la calle del Borrego. 

El callejero de París me pone al día. El nombre celebra la batalla de Cerro Borrego, que los franceses tienen por épica mientras que en la historiografía oficial mexicana, como tantas otras siempre presta a la hagiografía y propensa al ditirambo patriótico, apenas merece una parrafada en la que se viene a decir «bueno, se perdió el cerro; pero si no ganamos, tampoco valía gran cosa».  Así, más o menos, justificó Santa Anna la pérdida de Texas. Más crítico se muestra el corresponsal de Víctor Hugo, Justo Sierra, en su libro Juárez, su obra y su tiempo cuando dice que la de Cerro Borrego fue una más de las batallas, junto a las de San Lorenzo, Padierna y San Jacinto), en las que el descuido de imaginarias, “quienvives” y “santoseñas”, fue la causa de otras tantas derrotas del irregularmente regular ejército mexicano.

Maximiliano de Austria
Europa se abalanzó sobre México en 1861. Dos monarquías atacaron su democracia: una con un archiduque, Maximiliano; la otra con un ejército, el francés, el más aguerrido de los ejércitos de Europa, que tenía por punto de apoyo una flota tan poderosa en el mar como en la tierra; que tenía para respaldarlo todas las finanzas de Europa, y que recibía tropas de refresco sin cesar; bien dirigido por mariscales de Francia y por oficiales cien veces victoriosos en África, en Crimea, en Italia, en la Conchinchina; valientemente fanático de su bandera y que poseía en profusión mercenarios, caballos, artillería, provisiones y municiones formidables. La invasión con el casco en la cabeza y la espada imperial en la mano, saludada desde dentro por los conservadores, apoyada por generales felones y bendecida por obispos, avanzó durante cinco años por todas las regiones de la antigua Nueva España.

Por una parte dos imperios, por la otra un puñado de hombres que, comandados por generales jóvenes y agotados que habían peleado desde que el cura Hidalgo y Costilla lanzara el grito de Dolores, cabalgaban de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, de rancho en rancho, de bosque en bosque, perseguidos y errantes entre la polvorientas brechas del Altiplano, escondidos entre los riscos basálticos y los pórfidos de las serranías. Ni dinero, ni tortillas, ni pólvora, ni cañones. Los matorrales por ciudadelas y las brechas por trincheras. Pero así y todo, el intento monárquico terminó en un aborto. Un día, después de cinco años de cenizas, polvo y ceguera, la nube se disipó y pudieron verse los dos imperios caídos por tierra. No más monarquía, no más ejércitos de opereta, únicamente la enormidad de la usurpación en ruinas y sobre sus escombros, una República en pie. A su lado, la libertad. La usurpación comenzó en Veracruz, continuó por Puebla, culminó en el efímero boato de Ciudad de México y Cuernavaca, y terminó triplemente fusilada una madrugada en el Cerro de las Campanas. 

Napoleón III
En 1861 los franceses, sujetos por voluntad propia a la dictadura del Segundo Imperio de Napoleón III Bonaparte, habían desembarcado en el puerto de Veracruz con el insensato propósito de constituir otro Segundo Imperio, pero esta vez mexicano y en forma de monarquía títere que debía encabezar el archiduque Maximiliano de Austria, un incauto bienintencionado. Para entronizar al monarca era preciso llegar a la Ciudad de México, de modo que el ejército invasor, 6.000 hombres de armas al mando de Charles Ferdinand Latrille, conde de Lorencez, un general de división que se había distinguido en la toma de Malakoff, tenía que pasar, le gustara o no, por la maltrecha calzada que pasaba por dos ciudades importantes: Orizaba y Puebla de los Ángeles. 

Desde Veracruz a Orizaba, Lorencez se enfrentó a un nuevo enemigo: el clima terrible, el sol de justicia, los lagos infranqueables, los torrentes atestados de caimanes, los pantanos infestados por las fiebres, la vegetación lujuriosa, el vómito negro de las tierras calientes, las soledades salitrosas y las vastas superficies arenosas sin agua, sin yerba, en las que morían los caballos de hambre y sed, y los hombres caían víctimas de la malaria, de las fiebres tifoideas y de las picaduras de serpientes que acechaban los caminos ocultas entre cardones, mezquites, palofierros y nopales. 

Los conservadores de Orizaba, que se habían levantado en contra del legítimo Gobierno de Benito Juárez, entregaron la ciudad a las tropas francesas. Puebla era otra cosa. Era la ciudad mejor fortificada de México y sus 80.000 habitantes contaban con la guarnición del Ejército de Oriente al mando de Ignacio Zaragoza, un general liberal de 33 años, que se había ganado fama y  galones peleando con las tropas constitucionalistas de Juárez durante la Guerra de Reforma. 

Zaragoza, que el 28 de abril había intentado frenar sin éxito a las tropas francesas en la Batalla de las Cumbres cerca de Acultzingo, decidió hacerse fuerte con el telón de fondo de los dos níveos centinelas del altiplano mexicano, los dos gigantescos volcanes de más de cinco mil metros de altura que dejan un cinturón de nubes a media ladera: Iztaccíuatl, la mujer blanca, que yace dormida junto al humeante Popocatépetl, su compañero guerrero. La leyenda de los cráteres guardianes del Altiplano es un bello mito tlaxcalteca que en la primavera de 1862 venía a la mente de los poblanos cuando en la lejanía se oían retumbar los tambores de la Legión Extranjera. Con los fuertes de Guadalupe, San Javier, Loreto y la Penitenciaría a su alrededor, entre las cúpulas y los campanarios de Puebla de los Ángeles, la Talavera de las Américas, el Ejército de Oriente se dispuso a cerrar las puertas de la Ciudad de México.  

En los primeros días de mayo Lorencez se presentó al frente de su ejército ante la ciudad con la intención de tomarla a la fuerza. Aquello le parecía pan comido. Hasta ese momento, su avance por el interior de México al frente de unas tropas profesionales invictas desde Waterloo hacía ya 50 años, había sido una sucesión de pequeñas refriegas en las que había derrotado apenas con bajas a los descamisados mexicanos. El arrogante Lorencez, despreciando a su enemigo, escribió a Napoleón III: «Sire, somos tan superiores a los mexicanos, en organización, en disciplina, raza, moral y refinamiento, que desde este momento, al mando de vuestros 6.000 valientes soldados, soy el amo de México».

Al amanecer del 5 de mayo, Zaragoza arenga a sus soldados: «Nuestros enemigos son los primeros soldados del mundo, pero vosotros sois los primeros hijos de México y os quieren arrebatar vuestra patria». A las once de la mañana los franceses iniciaron el ataque de Guadalupe con dos compañías de zuavos y diez piezas de artillería de montaña. Ganando las alturas del vetusto fortín español esperaban arrasar a la caballería mexicana desplegada en la llanura poblana. Tras varias horas de lucha, la batalla no se decide y comienza un cuerpo a cuerpo en el que los indígenas zacapoaxtlas, machete y cuchillo en mano, huaraches en los pies, se enfrentan a argelinos, alemanes, belgas y zuavos, pelean a pecho descubierto contra las bayonetas vencedoras en cien combates desde la Conchinchina a Solferino, desde Balaclava al Mekong. Tres asaltos resisten y finalmente, al anochecer, Huitzilopochtli deja la batalla en manos de su hermano Tláloc. El dios de la lluvia lloró desconsoladamente aquella noche sobre Puebla. 


Desfiles de zuavos franceses
Un tremendo y furioso aguacero tropical cae sobre la ciudad y la transforma en un lodazal en el que el invicto ejército francés, la crema de Europa, rueda por las resbaladizas laderas del glacis de Guadalupe y es derrotado estrepitosamente. Un millar de mercenarios franceses besaron el fango del altiplano de Puebla antes de que la corneta de órdenes del estupefacto Lorencez toque a retirada. Esa misma noche, Zaragoza telegrafía a la Secretaría de Guerra y Marina: «Las armas nacionales se han cubierto de gloria. Las tropas francesas se portaron con valor y su jefe con torpeza». 

Lentamente, Lorencez retrocedió hacia Orizaba seguido de cerca por fuerzas mexicanas en cuya vanguardia avanzaba la división Zacatecas del general Jesús González Ortega. El 10 de junio, el general Zaragoza envió un mensaje a la Secretaría de Guerra y Marina: «Mañana comenzaremos a movernos sobre Orizaba y probablemente del 13 al 15 estará batiéndose aquella plaza, si el enemigo se resiste en ella». Esa  era, precisamente la intención de Lorencez, que para el 13 de junio ya había organizado la defensa de la ciudad. 

General Jesús González Ortega
Las fuerzas mexicanas, debidamente reforzadas, sumaban ahora 14.000 efectivos que hubieran podido aniquilar a los 5.000 franceses supervivientes del asalto a Puebla. Todo hacía pensar que la fuerza expedicionaria francesa iba a encontrar su némesis en Orizaba. Pero no fue así, porque los movimientos planeados por Zaragoza y su Estado Mayor, que hubieran sido el corolario obligado del gran triunfo que habían alcanzado días atrás, tuvo un destino adverso y doloroso.

La víspera del 13 de junio, las tropas de la República se desplegaron en tres divisiones dirigidas por los generales González Ortega, Negrete y el vasco Berriozábal, que ocuparon los cerros desde cuyos altozanos se domina la capital de Veracruz. Los hombres de la división Zacatecas se apostaron en Cerro Borrego, justo sobre el campamento francés. Allí, el coronel L’Herriller, del 99º regimiento, ordenó al capitán Leclerc, de la 3ª compañía, que diera una batida por el cerro para espiar los preparativos de los federales. 

General de Ingenieros Felipe Benicio Berriozábal 
La patrulla Leclerc inició el ascenso a las 23.30 del día 13 y en una hora y media alcanzó la cima. De repente, se topó con la vanguardia del ejército mexicano cuyos miembros dormían a pierna suelta. La noche era tan oscura que los franceses creyeron encontrar un piquete mexicano aislado del resto del ejército republicano, así que decidieron atacar sin más trámites. El error se repitió entre los mexicanos, pero a la inversa, porque los adormecidos hombres de González Ortega no creían haber sido atacados por una pequeña patrulla, sino por el grueso del ejército francés. La sorpresa y el desconcierto provocaron estragos entre las filas mexicanas. Los soldados, acribillados por delante por el fuego francés y en retaguardia por el fuego amigo de sus aterrorizados compañeros, huyeron en desbandada.

Los partes del ejército francés informaron que el enemigo tuvo 250 muertos, muchos de los cuales se despeñaron al huir o cayeron con balas en espalda, piernas y glúteos, lo que quiere decir que los propios mexicanos dispararon a sus compañeros en la oscuridad de la noche; entre los heridos encontraron un general, tres coroneles y dos tenientes coroneles. Además, los gabachos hicieron 200 prisioneros. Del lado francés hubo seis  muertos y 28 heridos. 

Elias Fredric Forey, mariscal de Francia
A las seis de la mañana los franceses habían conquistado la cima y con los obuses y cañones arrebatados al enemigo repelieron los ataques que quisieron retomar el cerro durante el día siguiente. Ante el desastre, Zaragoza decidió retirarse y regresar a Puebla, perdiendo así una oportunidad de oro para derrotar definitivamente a los franceses. Meses después, Napoleón III concedió la cruz de la Legión Extranjera a Leclerc y a varios soldados considerados como héroes. Un año después, Haussmann, el prefecto del Sena, terminó la remodelación de las manzanas que rodean el viejo cementerio. Napoleón III ordenó que la antigua rue de Fontaine se llamara rue du Borrègo. Y allí sigue.

Aprendida la lección, el ejército invasor se reforzó con 30.000 hombres al mando del general Frederic Forey el “Matamonjas”. En marzo de 1863, después de haber tomado plazas menores en su imparable marcha sobre Ciudad de México, Forey sitió Puebla durante 62 días. González Ortega, cuyos hombres habían protagonizado el desastre de Cerro Borrego, entregó la plaza. 

Ignacio Zaragoza, el Héroe de Puebla, no estaba allí para verlo. 

sábado, 6 de agosto de 2016

Gladio 4: Operación Piano Solo

Con la elección de John F. Kennedy como presidente en enero de 1961, la política de Estados Unidos hacia Italia cambió con respecto a la practicada por sus antecesores, los también miembros del Partido Demócrata Harry S. Truman y Dwight Eisenhower. El nuevo presidente compartía un análisis de la CIA según el cual «el avance de los socialistas, incluso sin intervención externa, prueba que, en Italia, la sensibilidad de izquierda tiende hacia una forma democrática de socialismo»[i]. Kennedy estaba dispuesto a permitir que en las inmediatas elecciones generales Italia se inclinara hacia la izquierda.

Pero una cosa es lo que pensaba el presidente y otra muy distinta lo que sostenían los halcones de Washington. Según cuenta el historiador Paul Ginsborg en su Historia Contemporánea de Italia (p. 510)[ii], el secretario de Estado Dean Rusk informó al presidente que Riccardo Lombardi, del ala izquierda del Partido Socialista Italiano (PSI), había reclamado públicamente el reconocimiento de la República Popular China y la retirada de las bases militares estadounidenses de Italia, incluyendo la de la OTAN, y que había declarado además que el capitalismo y el imperialismo eran enemigos que había que combatir. «¿Ese es el partido con el que Estados Unidos debe negociar?», preguntaba un escandalizado Rusk en un telegrama dirigido el 18 de octubre de 1961 al embajador en Roma Frederick Reinhardt. «Aquello llevó a una situación absurda en la que el presidente Kennedy se encontraba en oposición con su secretario de Estado y con el director de la CIA» (Kwitny, 1992).

Vernon Walters
En la embajada romana, Reinhardt y el jefe de operaciones de la CIA, Thomas Karamessines, algo así como el ««jefe directo de James Bond», se pusieron manos a la obra para estudiar la mejor manera de pararle los pies a Kennedy. Si había algún anticomunista en la CIA, ese era Vernon Walters, el hombre que «había participado directa o indirectamente en más golpes de Estado que cualquier otro en la administración estadounidense» (Kwitny, 1992). Evidentemente, Walters no se andaba con rodeos: propuso que si Kennedy permitía que el PSI ganara las elecciones, Estados Unidos tendría que invadir Italia. Como no tenía ninguna intención de poner en marcha una tercera guerra mundial, Karamessines sugirió prudentemente hacer la guerra, sí, pero de tapadillo y sin que nadie supiera de quién era la mano que mecía la cuna. Justo la especialidad de Gladio: fortalecer los movimientos que se oponían a la izquierda en Italia y poner en marcha a sus colaboradores en las cloacas del Estado.

Además, ¿para que invadir desde fuera si tu quinta columna puede hacerlo desde dentro? Por otro lado, Kennedy, que debía tener muy en cuenta la advertencia que su predecesor había hecho en su discurso de despedida sobre los halcones del “Complejo Industrial Militar”, que él mismo había sufrido en sus carnes con el gatillazo de Bahía Cochinos, no debía estar interesado en invadir otra cosa que no fuera el escote de Marylin.

En 1963, el “compromiso histórico” se concretó cuando el PSI asumió varias carteras ministeriales en el Gobierno la Democracia Cristiana (DC) presidido por Aldo Moro. Allí fue la de Troya. Mientras que las cloacas del Estado aprestaban la dinamita y afilaban las bayonetas, mientras que en el Vaticano se rasgaban las vestiduras y se mesaban los cabellos, los comunistas italianos, que provenían de una reciente escisión del PSI, también exigieron entrar en el Gobierno, invocando con toda razón los buenos resultados que habían obtenido en las elecciones. En mayo de 1963, el sindicato de trabajadores de la construcción, controlado por el PCI, organizó en Roma una manifestación exigiendo su parte en el pastel gubernamental. Aquello inquietó a la CIA, que encargó a miembros del ejército secreto Gladio vestidos de policía y de paisano la tarea de reprimir aquellos movimientos. Más de 200 manifestantes resultaron heridos. Un aperitivo del plato fuerte que se cocinaba en la Embajada americana.

En noviembre de 1963, el presidente Kennedy fue asesinado en Dallas. Campo expedito. Si algo le molestaba al tejano Lyndon B. Johnson eran los comunistas y compañeros mártires. Cinco meses más tarde, la CIA, los servicios de inteligencia militar italianos (SIFAR), los agentes de Gladio y los carabinieri protagonizaron un conato de golpe de Estado que obligó a los socialistas a renunciar a sus ministerios.

Aquel golpe, que los conjurados llamaban «Piano Solo», estuvo dirigido por el general Giovanni De Lorenzo, el ex jefe del SIFAR, que ¡oh casualidad! había sido nombrado jefe de los carabinieri por orden del ministro de Defensa, Giulio Andreotti, el perejil de todas las salsas que se cocinaban en las reboticas italianas de aquel tiempo. En estrecha colaboración con Vernon Walters, con el jefe de la estación CIA en Roma, William Harvey, y con el comandante de las unidades del Gladio en el seno del SIFAR, el coronel y neofacista Renzo Rocca, De Lorenzo puso en marcha la guerra clandestina. La primera vez que Rocca utilizó su ejército secreto fue para volar las oficinas de la DC y la sede de varios periódicos, cargándole el mochuelo a la izquierda con la loable intención desacreditar a comunistas y socialistas (Brozzu-Gentile, 1994: 77).

Como el tiempo se encargaría de demostrar, De Lorenzo era un pájaro de cuenta. Además de organizar el golpe, el espadón se convirtió en émulo de Edgar Hoover: espiaba, por orden de Karamessines, a toda la clase dirigente italiana con el loable propósito de chantajearlos en nombre del bien de la Patria. Se interesaba especialmente en las relaciones extraconyugales, homosexuales y en la prostitución con hombres o mujeres, es decir, en todo lo que permitiera tener a las élites italianas agarradas «por las pelotas», como le gustaba decir a Hoover. Amenazándolos con sacar a la luz pública informaciones comprometedoras, los servicios secretos pudieron presionar durante años a políticos, eclesiásticos, hombres de negocios, responsables sindicales, periodistas y magistrados. De Lorenzo llegó incluso a instalar micrófonos en el Vaticano y en el Quirinale, permitiendo así a la CIA escuchar y grabar las conversaciones hasta en las más altas esferas del poder italiano.

El 25 de marzo de 1964, como el Gobierno Moro se mantenía mal que bien, De Lorenzo, que, según puede leerse en el informe de la investigación senatorial de 1995 sobre Gladio, no se andaba con chiquitas, ordenó a sus huestes en la sombra «ocupar a su señal las agencias gubernamentales, los principales centros de comunicaciones, las sedes de los partidos de izquierda, los locales de las publicaciones más favorables a la izquierda así como los edificios de la radio y de la televisión. Las agencias de prensa debían ser tomadas únicamente durante el tiempo necesario para destruir las rotativas e impedir la publicación de los periódicos». Un clásico del golpe de Estado que De Lorenzo insistió en que se realizara «con la mayor determinación y vigor posibles sin dejar lugar a la vacilación o la duda», lo que finalmente logró, habida cuenta de que según el citado informe, el jefe de los carabinieri consiguió que sus agentes actuaran «rabiosos y exaltados». Recuerde, lector, a la olivácea cofradía de Tejero entrando en el Congreso un 23 de febrero.

Los miembros de Gladio, a los que se había entregado una lista de varios centenares de nombres de socialistas y comunistas, tenían orden de secuestrarlos a todos para luego ponerlos a buen recaudo a Cerdeña, en donde gozarían de pensión completa en los barracones del Centro de Entrenamiento para Sabotaje del SIFAR. En una atmósfera de gran tensión, el ejército secreto se preparaba para entrar en acción.

El 14 de junio de 1964, De Lorenzo dio la orden de inicio y penetró en Roma con blindados, camiones cargados de tropas, jeeps y lanzagranadas mientras que las fuerzas de la OTAN realizaban en la región maniobras militares de gran envergadura cuyo objetivo era intimidar al gobierno italiano. Astutamente, el general preparó la demostración de fuerza en enmascarándola en el desfile con el que se celebraba el 150 aniversario de la creación del cuerpo de carabinieri. Ese día, en compañía del presidente italiano Antonio Segni, fanático anticomunista y capitán Araña de la operación Piano Solo, De Lorenzo se vistió su uniforme de gala, se cargó el pecho de medallas y asistió radiante al desfile de las tropas. Los escamados socialistas italianos notaron que, contrariamente a lo acostumbrado, tropas y tanques no tomaron las de Villadiego al terminar el desfile, sino que se mantuvieron cómodamente desplegados en Roma durante todo el mes de mayo y parte del mes de junio de 1964.

Aldo Moro
Pero si alguien estaba escamado ante el inesperado picnic castrense, ese era el primer ministro Aldo Moro, que llamó a capítulo al general De Lorenzo. Si algo no hubo allí fueron la luz y los taquígrafos, pero es de suponer que aquella debió ser una más que curiosa entrevista entre un primer ministro inerme y un general golpista que tenía en mente darle una patada en el trasero para instaurar un régimen político más autoritario con un militar a la cabeza, por supuesto. Sea como fuere, después de aquella entrevista los socialistas abandonaron sus ministerios sin protestar y propusieron unos representantes moderados para conformar el segundo gobierno de Aldo Moro. Los partidos políticos comprendieron de pronto que podían ser expulsados del poder. De producirse un vacío del poder debido a un fracaso de la izquierda, la única alternativa habría sido un «gobierno de crisis», recordó años más tarde el socialista Pietro Nenni, «y en el contexto político del país aquello hubiera significado un gobierno de derechas»(Collins, 1976: 64). Así fue como se contrarrestó y se hizo fracasar los esfuerzos de la primera coalición de izquierda, quizás el único intento real de proyecto reformador en la Italia de postguerra.

La revelación de la existencia de los ejércitos secretos provocó considerable conmoción e impulsó una investigación parlamentaria que reveló la existencia de expedientes muy documentados sobre las vidas de más de 157.000 ciudadanos. En julio de 1968, cuando iban a interrogar al coronel Renzo Rocca, quien había declarado que estaba dispuesto a tirar de la manta, apareció muerto en su vivienda con una bala en la cabeza el día antes de su comparecencia. Un juez tan probo como incauto que trató de aclarar el asesinato fue apartado del caso por sus superiores. Nunca más se supo. Caso cerrado.

Al declarar ante los investigadores, De Lorenzo se vio obligado a reconocer que había conformado expedientes por orden de Estados Unidos, de la OTAN y del Vaticano. La guerra secreta de la CIA quedaba, en cambio, fuera del campo de investigación de los parlamentarios italianos. Después del escándalo, el SIFAR fue rebautizado como SID y se confió su dirección al general Giovanni Allavena, otro fascista de tomo y lomo. El parlamento ordenó a De Lorenzo la destrucción de todos los expedientes secretos. De Lorenzo se cuadró y aplicó la orden a rajatabla. Los destruyó pero tomando la precaución de entregar copia a Karamessines y a Allavena, el nuevo jefe de los servicios secretos. Todo un detalle de inestimable valor que permitía controlar Italia desde adentro.

En 1966, Allavena fue reemplazado en sus funciones por el general Eugenio Henke, pero no por ello renunció a la lucha anticomunista. En 1967 fue admitido en una logia masónica anticomunista secreta llamada «Propaganda Due» (Conocida en español como la logia P2), y le entregó a su Venerable [el jefe de la logia P2], Licio Gelli, una copia de los 157.000 expedientes secretos.

Pero la P2 y Licio Gelli merecen una entrada aparte.


[i] Según cuenta en su libro Honorable Men: My Life in the CIA (p. 136) el que fuera director de la CIA entre 1973 y 1976 William Egan Colby. 
[ii] Ginsborg, P. (2003) A History of Contemporary Italy: Society and Politics, 1943-1988.

jueves, 4 de agosto de 2016

Muerte accidental de un anarquista

Quizás Muerte accidental de un anarquista sea la obra más conocida del dramaturgo italiano y premio Nobel de Literatura Dario Fo[1]. El contexto político social en el que se produce es el de una Italia en la que se desata la estrategia de la tensión de clara tendencia fascista, que consiste en provocar una fuerte represión de las fuerzas progresistas a través de varios atentados a lo largo y lo ancho del país. Uno de los acontecimientos más sangrientos es el de los atentados de Milán en 1969, y en especial el que ocurre en el banco de Piazza Fontana.

La masacre de Piazza Fontana de Milán  fue un atentado terrorista que tuvo lugar el 12 de diciembre de 1969 contra las oficinas centrales de la Banca Nazionale dell'Agricoltura, ubicada en la milanesa plaza de aquel nombre. Como consecuencia del mismo, murieron 17 personas y otras 88 resultaron heridas. Inicialmente, el atentado fue atribuido a los anarquistas. Después de que se hubieran realizado unos 80 arrestos en la inmediata redada de "monstruos anarquistas", el principal sospechoso, Giuseppe Pinelli, un trabajador ferroviario anarquista nacido en 1928, falleció tras caer desde un cuarto piso en la Jefatura de Policía de Milán en la que estaba detenido. Según el relato policial, que fue inmediatamente apoyado por las autoridades políticas, Pinelli se había suicidado al arrojarse por una ventana durante un interrogatorio de rutina.


Los cargos por homicidio contra Luigi Calabresi, uno de los policías que estaba de guardia en ese tiempo (al que asesinarían en 1972), así como los que momentáneamente pesaron sobre otros policías, fueron desestimados por el entonces juez de instrucción por falta de evidencias. El juez llegó a la conclusión de que la caída de Pinelli se había debido a un trastorno mental transitorio. La versión fue criticada y de hecho, como ocurre con el caso de Enrique Ruano, muerto en circunstancias similares en la Dirección General de Seguridad de la madrileña Puerta del Sol, la mayoría de los italianos continúa creyendo que Pinelli fue asesinado por la policía. El 3 de mayo de 2005 finalizó el último juicio realizado sobre el caso, sin que nadie haya sido declarado culpable por el ataque.

En diciembre de 1970, una semana antes del primer aniversario del "vuelo" de Pinelli, cuya instrucción había sido archivada por la magistratura, Fo estrena Muerte accidental de un anarquista en una antigua fábrica de Milán, cuyas naves se convierten en punto de encuentro y debate, con asambleas, proyecciones y coloquios. En 1972 Fo escribe ¡Pum, pum! ¿Quién es? ¡La Policía!,  en la que retoma el discurso iniciado con "Muerte accidental", traslada la farsa al centro operativo de la campaña desestabilizadora, los despachos de "asuntos reservados" del Ministerio del Interior.

El editor comunista Giangiacomo Feltrinelli.
Fuente
Entre ambas obras, en el bienio negro 1970-1972, se producen los procesos-farsa a militantes de izquierdas, se archiva la instrucción sobre el caso Pinelli, mueren en "accidente" cinco anarquistas testigos de cargo, así como otros testigos, un abogado fallece al "caer" desde un hospital, Andreotti llega a la jefatura del gobierno apoyado por los fascistas, siguen los falsos procesos contra militantes del "Manifestó" y "Lotta Continua", y en marzo de 1972 aparece el cadáver de un "terrorista", muerto al estallar en un cobertizo de Milán una carga de explosivos. El "terrorista" es el editor Feltrinelli, que había desaparecido... ¡en diciembre de 1969! Años oscuros, años de plomo, de fascistización de la vida política, que obligan a la movilización y al desenmascaramiento del terrorismo de Estado.

Para contar la historia del ferroviario Pinelli, Fo utiliza un artificio que introduce en el prólogo. La historia se presenta como un suceso que había ocurrido en 1921 en Estados Unidos. Sin embargo, Fo continúa diciendo que

Para actualizar la historia, haciéndola al tiempo más dramática, nos hemos tomado la libertad de recurrir a uno de esos trucos que se suelen emplear en el teatro: hemos trasladado la historia a nuestros días, y la hemos ambientado, no ya en Nueva York, sino en una ciudad italiana cualquiera… por ejemplo, en Milán Lógicamente, para evitar anacronismos, hemos llamado comisarios a los sheriffs, comisario jefe al inspector, etc.

Para curarse irónicamente en salud, Fo advierte que cualquier analogía con 
sucesos y personajes de nuestra crónica, el fenómeno deberá atribuirse a esa imponderable magia constante en el teatro, que en infinitas ocasiones ha logrado que incluso historias disparatadas, completamente inventadas, hayan sido impunemente imitadas por la realidad.

El sarcasmo y la ironía que recorren los monólogos y diálogos que he seleccionado como núcleo central de lo que ocurrió con las investigaciones del juez. Aunque en la obra actúan seis personajes, en el fondo subyacen solo dos protagonistas antagónicos: un personaje múltiple (Loco, Sospechoso, Juez, Obispo, Señor con barba por un lado), y el poder policial por el otro (Comisario de la Brigada Política, Comisario Jefe, Comisario Bertozzo, Agente).

Los cuatro personajes que representan al poder policial aparecen como cuatro matices de una misma idea, cuatro caras de un mismo personaje, que actúan y piensan de una manera tan parecida que el espectador o lector de la obra puede llegar a confundirlos entre sí. Fo introduce también a una periodista en la segunda mitad de la obra, como encarnación de los medios de comunicación. Es un personaje débil, gris, que busca la verdad pero también la noticia, se deja manipular y se encuentra un tanto descolocado en medio del delirante y sorprendente ritmo de los acontecimientos.

Siguiendo la tradición de los bufones de la corte o del fool (loco) de Shakespeare, Fo crea el personaje protagonista, el cual, a través de múltiples disfraces y escudándose en su aparente inanidad, consigue decir y a la vez descubrir la verdad respecto a la “muerte accidental del anarquista”. ¿Es un loco, un transformista o un fabulador? El personaje representa un buscador de la verdad que sirviéndose de su inteligencia y su capacidad de encarnar distintos personajes a través de trucos de maquillaje o manos y barbas postizas, consigue desmontar el falso relato policial respecto a las circunstancias de la muerte del ferroviario. El Sospechoso, el Loco, se transforma en Juez y Obispo, y utilizando tanto el poder que le confieren tales títulos como el miedo de quienes se saben culpables, consigue arrancarles la verdad.

El texto es una reseña literaria de una pieza de teatro que da cuenta de la trama, el contexto político social y la intención que tuvo Fo para ponerla en escena. La relevancia de presentar un texto de esta naturaleza radica esencialmente en el papel que el teatro ha jugado tradicionalmente como difusor de la ideología del poder, pero también como un espacio de controversia, discusión y protesta. La politización del teatro y su contenido ideológico anclan en sus orígenes y tiene un rol fundamental en la educación del ciudadano. No olvidemos que en el teatro se encarnan los más destacados discursos sobre la libertad del hombre. Por estas razones, seguir las manifestaciones culturales, tales como la de Fo en el caso que nos ocupa, es dialogar artísticamente con el espectador y hacerlo reflexionar sobre las dinámicas de poder.

En el fragmento que he seleccionado, un diálogo del segundo acto, el Loco, que asume el papel de Juez enviado a investigar los acontecimientos y a ayudar a los policías en su intento de encontrar un relato creíble que les eximiera de cualquier culpa con respecto la muerte del anarquista, utiliza sus preguntas como armas de doble filo, se sitúa aparentemente en el lado de los policías para conseguir su confianza y a través de ella sus confesiones.
FRAGMENTO
Loco – Nuestro anarquista, en pleno rapto… ya veremos luego cómo encontrar entre todos un motivo más verosímil para ese gesto insensato… se levanta de un salto, toma carrerilla… Un momento ¿Quién le sirvió de estribo?Comisario – ¿De estribo?Loco – Sí, ¿quién de ustedes se colocó junto a la ventana, con las manos cruzadas a la altura del vientre, así, para que él apoyara el pie, y ¡zas!, tomara impulso para volar por encima del parapeto?Comisario – Pero, ¿qué está diciendo, señor juez, no pensará que nosotros…?Loco – No, por favor, no se altere, simplemente preguntaba… Es que, al ser un salto  tan grande con tan poca carrerilla, sin ayuda de nadie… pues no quisiera que alguien dudara…Comisario – No hay nada que dudar, señor juez, se lo aseguro. ¡Lo hizo todo solo!Loco – ¿No había ni una de esas tarimas de competición?Comisario – No.Loco – ¿El saltarín llevaba zapatos con tacón elástico?Comisario – No, nada de tacones.Loco – Bien así que tenemos, por un lado, un hombre de 1.60 escasos, solo, sin ayuda, ni escalera… por otro, media docena de policías que, pese a encontrarse a pocos metros, uno incluso junto a la ventana, no llegan a tiempo de intervenir…Comisario – Es que fue tan repentino…Agente – No se figura lo ágil que era ese demonio, por poco no consigo sujetarle el pie.Loco – Oh, ya ven mi técnica de provocación funciona… ¿Le sujetó del pie?Agente – Sí, pero me quedé con el zapato en la mano, y él se cayó.Loco – No importa. Lo importante es que se quedara el zapato. El zapato es la prueba irrefutable de su voluntad de salvarle.Comisario –  ¡Claro, irrefutable!
Comisario Jefe  – (Al agente) ¡Bravo!
Agente – Gracias señor comi...Comisario Jefe  –  ¡Calla!
Loco – Un momento: aquí hay algo que no cuadra... (Muestra un papel) ¿El suicida llevaba tres zapatos?
Comisario Jefe  – ¿Cómo tres zapatos?
Loco -  Pues sí, uno se le quedó en las manos al agente, él mismo lo declaró a los pocos días de la desgracia... (Muestra el papel) Aquí está.Comisario - Es cierto, se lo contó a un periodista.Loco - Pero aquí, en este otro atestado, se dice que el anarquista moribundo en el suelo del patio seguía calzando los dos zapatos, según testificaron los periodistas presentes.Comisario - No comprendo cómo pudo ser.Loco - Yo tampoco. A menos que este agente tan rápido haya tenido tiempo, lanzándose por las escaleras, de bajar al descansillo del segundo piso, asomarse a la ventana antes de que pasara el suicida, calzarle el zapato al vuelo, y volver a subir como un rayo al cuarto piso en el preciso instante en que el suicida llegó al suelo.Comisario Jefe - Ya estamos, se da cuenta, otra vez con sus ironías...Loco - Tiene razón, no puedo remediarlo, disculpe. Entonces, tres zapatos. ;No recuerdan si por casualidad era trípedo?
Comisario Jefe - ¿Quién?
Loco - El ferroviario suicida. Si tenía tres pies, era lógico que llevase tres zapatos.Comisario Jefe (Molesto) - No, no era trípedo.Loco - No se moleste, por favor... de un anarquista cabe esperar cualquier cosa.Agente - Eso es verdad.Comisario Jefe - ¡Calla!
Comisario - Qué desastre, maldita sea... hay que encontrar una razón plausible o...Loco - Yo la he encontrado.Comisario Jefe - Le escuchamos.Loco - Ahí va. No hay duda de que uno de los zapatos le quedaba grande, y entonces, al no tener a mano una plantilla, se calzó un zapato más estrecho antes de calzarse el ancho.Comisario - ¿Dos zapatos en el mismo pie?
Loco - ¿Qué tiene de raro? Como los chanclos, ¿recuerdan? Ese calzado de goma, que antes se llevaba encima de los zapatos...Comisario Jefe - Eso, antes.Loco - Pero hay gente que aún los lleva. ¿Saben qué les digo? Que lo que le quedó al agente en las manos no era un zapato, sino un chanclo.Comisario - No, es imposible, ¡un anarquista con chanclos! Son cosas de gente anticuada, conservadora...Loco - Los anarquistas son muy conservadores.Comisario Jefe - ¡ Ya, por eso matan reyes!Loco - Claro, para poder conservarlos embalsamados. Si esperas a que se mueran de viejos, apergaminados, consumidos por las enfermedades, después se deshacen, se descomponen, y ya no hay quien los conserve. En cambio así, recién matados...Comisario - Se lo ruego, señor juez, con ciertos temas no me gusta...Comisario Jefe - A mí tampoco.Loco - Vaya, les creía nostálgicos, pero no precisamente de la monarquía... De todos modos, si no les valen los chanclos, ni la historia de los tres zapatos...[…]

Toda la obra es una sucesión de momentos como ese, un encadenamiento de escenas tragicómicas y sarcásticas, a veces delirantes, a través de las cuales se descubre poco a poco el asesinato del operario de ferrocarriles a manos de los policías y la inocencia de la víctima con respecto a los atentados.

Muerte accidental de un anarquista no es solo un compendio de elementos de creación dramática llevados casi a la perfección, sino también una obra que invita a la reflexión sobre las caras y los instrumentos de los que se puede adueñar el poder en un momento determinado para acosar a un ciudadano de a pie. La obra, un manifiesto y un grito contra la injusticia, la mentira y la falsedad que regala episodios memorables, entretiene, sorprende y hace pensar a todos aquellos que la han disfrutado desde la butaca de un teatro o que hayan hecho lo que yo, tomarse el tiempo para leerla.


[1] Darío Fo (1926-), intérprete, director y escritor teatral nacido en San Giano, Varese, era hijo de una campesina y un ferroviario que era actor aficionado. Fo estudió en la Academia de Bellas Artes de Brera, Milán, con la intención de convertirse en arquitecto. Durante la Segunda Guerra Mundial, el joven Fo participó con su padre en la resistencia contra nazis y fascistas. En la década de los 50 inició a su trayectoria como actor, participando en diversos grupos teatrales independientes. Al mismo tiempo escribió sus primeras obras teatrales y radiofónicas y redactó algunos guiones cinematográficos.
En 1954 Darío se casó con la actriz Franca Rame, con la que constituyó en 1959 una compañía teatral. Algunas de las obras representadas en este período, siempre con elevada carga social y política y muchas de ellas censuradas por el gobierno transalpino, fueron Los arcángeles no juegan a las máquinas de petaco” (1959), Tenía dos pistolas con los ojos blancos y negros” (1960), Quien roba un pie es afortunado en amores (1961), Isabela, tres carabelas y un charlatán (1963) o La culpa siempre es del diablo” (1965). Sus guiones para el programa televisivo Canzonissima en la RAI (1962) también sufrieron la censura de los dirigentes políticos italianos.
En 1968 Fo y su mujer se implicaron más en política, aproximándose al Partido Comunista, un acercamiento que se fue perdiendo con el paso del tiempo con el desencanto del comunismo totalitario soviético. En este año fundaron el grupo teatral Nuova Scena, con el que se desvincularon del partido para crear en 1970 el Colletivo Teatrale La Comuna. En el año 1973 Franca fue secuestrada, torturada y violada por un grupo de neofascistas, hecho que no acabó con las actividades del matrimonio en pos de expresar sus ideas y pensamientos, siempre con actitud comprometida y con los temas sociales y políticos como principales referentes. Misterio Bufo (1969), Muerte accidental de un anarquista (1970), Fedayin (1971) o Aquí no paga nadie (1974) son algunos de sus títulos más importantes de este período.
 En 1997 recibió el Premio Nobel de literatura y cinco años más tarde apareció su autobiografía, El país de los murciélagos (2002). Algunos de sus últimos libros son las novelas históricas Lucrecia Borgia, la hija del Papa (2014) y Hay un rey loco en Dinamarca” (2015).