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viernes, 29 de mayo de 2026

CRÓNICA DE UN INMENSO BOSQUE A LA DERIVA

 

Aunque un análisis de más de 300 000 especies vegetales —el 90% de todas las plantas terrestres conocidas— revela que la mayor parte de la diversidad vegetal del planeta no surgió por migraciones entre continentes, algunas viajaron… y mucho. La dipterocarpáceas se cuentan entre las más viajeras.

Hay árboles que parecen diseñados por un arquitecto con delirios de grandeza. Las dipterocarpáceas son así. Uno las imagina primero como árboles corrientes —tronco, ramas, hojas, el repertorio habitual— hasta que descubre que algunas alcanzan casi cien metros de altura, lo que equivale, aproximadamente, a colocar un bosque encima de otro bosque y luego añadir un edificio de treinta pisos por puro capricho botánico. En las selvas del sudeste asiático, estas criaturas vegetales dominan el paisaje con la misma autoridad con la que las catedrales medievales dominaban las ciudades europeas. Debajo de ellas viven orangutanes, insectos, aves y millones de organismos que dependen de su sombra y de sus frutos. Y, sin embargo, durante mucho tiempo nadie entendió del todo de dónde habían salido.

Lo extraordinario no era solo su tamaño. Era su pasaporte. Porque las dipterocarpáceas —nombre derivado del griego di (“dos”), pteron (“ala”) y karpós (“fruto”), en referencia a sus frutos alados— son, en teoría, africanas. O, más exactamente, descendientes de plantas que crecían en Gondwana, aquel inmenso supercontinente meridional que reunía África, India, Sudamérica, Australia y la Antártida cuando los dinosaurios todavía eran dueños del planeta. Lo desconcertante era explicar cómo un grupo de árboles incapaces de sobrevivir al agua salada terminó convirtiéndose en el amo absoluto de las selvas asiáticas.

Las semillas de las dipterocarpáceas no son precisamente aventureras. No poseen la vocación oceánica de los cocos ni el espíritu temerario de algunas plantas capaces de atravesar continentes flotando durante semanas. Las suyas necesitan germinar deprisa y el agua marina las mata con notable eficacia. Así que cruzar océanos parecía tan improbable como enviar un soufflé por correo internacional. Y, sin embargo, lo habían hecho.

Resolver el misterio exigió algo que la ciencia hace extraordinariamente bien cuando dispone de tiempo suficiente: reunir fragmentos absurdamente dispersos y convertirlos en una historia coherente. En este caso, los fragmentos incluían granos de polen fosilizados, placas tectónicas errantes, análisis genéticos y decenas de millones de años de paciencia geológica.

Caracteres generales de algunas dipterocarpáceas. A Rama fructífera a la mitad de su tamaño natural; 1 Botón floral, tamaño natural; 2 Flor, ídem; 3 Pétalos, separados, ídem; 4 Pistilo con estambres, algo reducido de tamaño; 5 Lo mismo sin estambres, ídem; 6 Lo mismo con ovario en sección longitudinal, ídem; 7 Estambres, ídem; 8 Ovario en sección transversal, tamaño natural; 9 Nuez en sección longitudinal, ídem; 10 Fruto, con la parte anterior del cáliz retirada, ídem; 11 Nuez germinando, ídem; 12 y 13 Cáscaras de nuez, ídem. Las figuras 1 a 8 corresponden a Dipterocarpus trinervis, las restantes figuras a D. retusus. Fuente

La disciplina encargada de semejante rompecabezas se llama biogeografía, que suena como una asignatura optativa diseñada para vaciar aulas universitarias, pero que en realidad es una de las ramas más detectivescas de la ciencia. Los biogeógrafos intentan averiguar por qué ciertos seres vivos están donde están y cómo llegaron allí. Para ello combinan fósiles, genética, anatomía y geología con la esperanza de que, tarde o temprano, todas las piezas encajen sin provocar un colapso intelectual colectivo.

Los fósiles son especialmente útiles porque tienen la costumbre admirable de no discutir. En 2022, unos investigadores encontraron en Sudán del Sur granos de polen pertenecientes a dipterocarpáceas que databan del final del Cretácico, hace entre 72 y 66 millones de años. Era una noticia importante, porque aquellos eran los fósiles más antiguos conocidos de la familia y aparecían en África, no en Asia. Esto suponía un problema interesante.

Hoy existen unas quinientas especies de dipterocarpáceas en el sudeste asiático. En África apenas sobreviven una veintena y en Sudamérica una sola especie solitaria, como un cuñado olvidado en una reunión familiar gigantesca. Durante décadas, muchos botánicos pensaron que aquello implicaba necesariamente un origen asiático. Parecía lógico: donde hay más especies suele estar el origen del grupo. Pero la lógica evolutiva tiene la molesta costumbre de resultar equivocada justo cuando uno empieza a sentirse cómodo con ella.

Los datos genéticos comenzaron a sugerir otra cosa. Poco a poco, y gracias a nuevos fósiles y mejores técnicas moleculares, fue imponiéndose una idea más extravagante pero también más convincente: las dipterocarpáceas habían nacido en Gondwana y viajado hacia Asia montadas sobre la India como pasajeros vegetales de un continente a la deriva.

Y aquí es donde la historia adquiere un tono encantadoramente absurdo. Hace más de cien millones de años, India no estaba donde está hoy. Era una enorme isla continental desprendida de África y Madagascar que navegaba lentamente hacia el norte a través de un océano desaparecido llamado Neotetis. Durante millones de años avanzó como una gigantesca balsa tectónica cargada de plantas y animales. Finalmente, hace unos cincuenta millones de años, chocó con Asia. El impacto levantó el Himalaya, alteró el clima global y creó una autopista biológica entre dos mundos antes separados.

Las dipterocarpáceas hicieron el viaje completo. No cruzaron mares flotando heroicamente ni aprovecharon corrientes oceánicas milagrosas. Simplemente permanecieron donde estaban mientras el continente entero se desplazaba miles de kilómetros. Es una estrategia migratoria muy eficiente si uno dispone de cuarenta millones de años y ninguna prisa particular.

Lo fascinante es que, una vez alcanzado el sudeste asiático, las dipterocarpáceas prosperaron de manera espectacular. Algo en aquellas selvas húmedas les sentó extraordinariamente bien. Crecen rápido, producen enormes cantidades de frutos de forma sincronizada y establecen alianzas subterráneas con hongos micorrícicos que ayudan a sus raíces a absorber nutrientes. Son, en términos ecológicos, competidores despiadadamente eficaces.

Muchas selvas asiáticas actuales existen literalmente gracias a ellas. Organizan la estructura del bosque, regulan la luz que llega al suelo y alimentan a innumerables especies. Los orangutanes encuentran refugio entre sus ramas. Miles de insectos dependen de sus ciclos de fructificación. Incluso la química del suelo cambia bajo su influencia.

Migración de las dipterocarpáceas a lo largo del tiempo y de la colisión indo-asiática, incluyendo Myanmar. Modificado a partir de Nicolas Gentis (2026).

Pero no todos los viajeros gondwánicos tuvieron tanta suerte. Los fósiles encontrados en Myanmar revelan que otros árboles procedentes del antiguo hemisferio sur también alcanzaron Asia. Había parientes de los eucaliptos australianos y árboles relacionados con el género Cola, el mismo que acabaría dando nombre a cierta bebida azucarada responsable de innumerables crisis de cafeína modernas. Sin embargo, muchos de estos linajes desaparecieron de la región hace millones de años, probablemente víctimas de los cambios climáticos del Mioceno.

La historia evolutiva está llena de estas tragedias silenciosas. Algunos grupos encuentran un lugar perfecto y florecen. Otros llegan demasiado pronto, demasiado tarde o simplemente no consiguen adaptarse. La naturaleza no reparte premios por el esfuerzo.

Mientras tanto, los animales seguían trayectorias completamente distintas. Curiosamente, durante buena parte de la historia reciente de la Tierra, los grandes mamíferos tendieron a expandirse desde Eurasia hacia otros continentes. Rinocerontes, jirafas, cebras, felinos y numerosos primates llegaron a África desde el norte. Solo los elefantes parecen haber sido verdaderamente africanos desde el principio. Europa también sufrió sus propias convulsiones biológicas. Hace unos 34 millones de años ocurrió un episodio conocido como la Gran Ruptura, durante el cual desaparecieron numerosos mamíferos europeos y fueron reemplazados por inmigrantes asiáticos como hámsteres, castores y rinocerontes. Resulta reconfortante saber que las crisis migratorias existen desde hace decenas de millones de años.

Todo esto podría parecer una curiosidad paleobotánica destinada a impresionar en cenas académicas especialmente largas, pero tiene consecuencias muy reales. Comprender cómo las especies respondieron a antiguos cambios climáticos ayuda a prever cómo reaccionarán ahora. Y eso importa mucho, porque las dipterocarpáceas atraviesan tiempos difíciles.

Más del 65% de sus especies están amenazadas por la deforestación, la tala intensiva y la expansión de plantaciones de palma aceitera. Lo cual significa que árboles capaces de sobrevivir al viaje de Gondwana, a la deriva continental y a decenas de millones de años de transformaciones planetarias podrían sucumbir finalmente ante excavadoras y motosierras.

Sería una ironía geológica bastante amarga. Porque, al fin y al cabo, estos gigantes asiáticos son también fósiles vivientes de una Tierra desaparecida. Cada dipterocarpácea contiene en su historia el recuerdo de océanos extinguidos, continentes errantes y selvas ancestrales anteriores incluso al Himalaya. Son monumentos biológicos a una época en la que el planeta entero aún estaba aprendiendo dónde colocar sus continentes.