Aunque un análisis de más de 300 000
especies vegetales —el 90% de todas las plantas terrestres conocidas— revela
que la mayor parte de la diversidad vegetal del planeta no surgió por
migraciones entre continentes, algunas viajaron… y mucho. La dipterocarpáceas
se cuentan entre las más viajeras.
Hay árboles que parecen diseñados
por un arquitecto con delirios de grandeza. Las dipterocarpáceas son así. Uno
las imagina primero como árboles corrientes —tronco, ramas, hojas, el
repertorio habitual— hasta que descubre que algunas alcanzan
casi cien metros de altura, lo que equivale, aproximadamente, a colocar un
bosque encima de otro bosque y luego añadir un edificio de treinta pisos por
puro capricho botánico. En las selvas del sudeste asiático, estas criaturas
vegetales dominan el paisaje con la misma autoridad con la que las catedrales
medievales dominaban las ciudades europeas. Debajo de ellas viven orangutanes,
insectos, aves y millones de organismos que dependen de su sombra y de sus
frutos. Y, sin embargo, durante mucho tiempo nadie entendió del todo de dónde habían
salido.
Lo extraordinario no era solo su
tamaño. Era su pasaporte. Porque las dipterocarpáceas —nombre derivado del
griego di (“dos”), pteron (“ala”) y karpós (“fruto”), en
referencia a sus frutos alados— son, en teoría, africanas. O, más exactamente,
descendientes de plantas que crecían en Gondwana, aquel inmenso
supercontinente meridional que reunía África, India, Sudamérica, Australia y la
Antártida cuando los dinosaurios todavía eran dueños del planeta. Lo
desconcertante era explicar cómo un grupo de árboles incapaces de sobrevivir al
agua salada terminó convirtiéndose en el amo absoluto de las selvas asiáticas.
Las semillas de las
dipterocarpáceas no son precisamente aventureras. No poseen la vocación
oceánica de los cocos ni el espíritu temerario de algunas plantas capaces de
atravesar continentes flotando durante semanas. Las suyas necesitan germinar
deprisa y el agua marina las mata con notable eficacia. Así que cruzar océanos
parecía tan improbable como enviar un soufflé por correo internacional. Y, sin
embargo, lo habían hecho.
Resolver el misterio exigió algo
que la ciencia hace extraordinariamente bien cuando dispone de tiempo
suficiente: reunir fragmentos absurdamente dispersos y convertirlos en una
historia coherente. En este caso, los fragmentos incluían granos de polen fosilizados,
placas tectónicas errantes, análisis genéticos y decenas de millones de años de
paciencia geológica.
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| Caracteres
generales de algunas dipterocarpáceas. A Rama fructífera a la mitad de su
tamaño natural; 1 Botón floral, tamaño natural; 2 Flor, ídem; 3 Pétalos,
separados, ídem; 4 Pistilo con estambres, algo reducido de tamaño; 5 Lo mismo
sin estambres, ídem; 6 Lo mismo con ovario en sección longitudinal, ídem; 7
Estambres, ídem; 8 Ovario en sección transversal, tamaño natural; 9 Nuez en
sección longitudinal, ídem; 10 Fruto, con la parte anterior del cáliz retirada,
ídem; 11 Nuez germinando, ídem; 12 y 13 Cáscaras de nuez, ídem. Las figuras 1 a
8 corresponden a Dipterocarpus trinervis, las restantes figuras a D. retusus. Fuente. |
Los fósiles son especialmente
útiles porque tienen la costumbre admirable de no discutir. En 2022, unos
investigadores encontraron en Sudán del Sur granos de polen pertenecientes a
dipterocarpáceas que databan del final del Cretácico, hace entre 72 y 66
millones de años. Era una noticia importante, porque aquellos eran los
fósiles más antiguos conocidos de la familia y aparecían en África, no en Asia.
Esto suponía un problema interesante.
Hoy existen unas quinientas
especies de dipterocarpáceas en el sudeste asiático. En África apenas
sobreviven una veintena y en Sudamérica una sola especie solitaria, como un cuñado
olvidado en una reunión familiar gigantesca. Durante décadas, muchos botánicos
pensaron que aquello implicaba necesariamente un origen asiático. Parecía
lógico: donde hay más especies suele estar el origen del grupo. Pero la lógica
evolutiva tiene la molesta costumbre de resultar equivocada justo cuando uno
empieza a sentirse cómodo con ella.
Los datos genéticos comenzaron a
sugerir otra cosa. Poco a poco, y gracias a nuevos fósiles y mejores técnicas
moleculares, fue imponiéndose una idea más extravagante pero también más
convincente: las dipterocarpáceas habían nacido en Gondwana y viajado hacia
Asia montadas sobre la India como pasajeros vegetales de un continente a la
deriva.
Y aquí es donde la historia
adquiere un tono encantadoramente absurdo. Hace más de cien millones de años,
India no estaba donde está hoy. Era una enorme isla continental desprendida de
África y Madagascar que navegaba lentamente hacia el norte a través de un
océano desaparecido llamado Neotetis. Durante millones de años avanzó como una
gigantesca balsa tectónica cargada de plantas y animales. Finalmente, hace unos
cincuenta millones de años, chocó con Asia. El impacto levantó el Himalaya,
alteró el clima global y creó una autopista biológica entre dos mundos antes
separados.
Las dipterocarpáceas
hicieron el viaje completo. No cruzaron mares flotando heroicamente ni
aprovecharon corrientes oceánicas milagrosas. Simplemente permanecieron donde
estaban mientras el continente entero se desplazaba miles de kilómetros. Es una
estrategia migratoria muy eficiente si uno dispone de cuarenta millones de años
y ninguna prisa particular.
Lo fascinante es que, una vez
alcanzado el sudeste asiático, las dipterocarpáceas prosperaron de manera
espectacular. Algo en aquellas selvas húmedas les sentó extraordinariamente
bien. Crecen rápido, producen enormes cantidades de frutos de forma sincronizada
y establecen alianzas
subterráneas con hongos micorrícicos que ayudan a sus raíces a absorber
nutrientes. Son, en términos ecológicos, competidores despiadadamente eficaces.
Muchas selvas asiáticas actuales
existen literalmente gracias a ellas. Organizan la estructura del bosque,
regulan la luz que llega al suelo y alimentan a innumerables especies. Los
orangutanes encuentran refugio entre sus ramas. Miles de insectos dependen de
sus ciclos de fructificación. Incluso la química del suelo cambia bajo su
influencia.
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| Migración de las dipterocarpáceas a lo largo del tiempo y de la colisión indo-asiática, incluyendo Myanmar. Modificado a partir de Nicolas Gentis (2026). |
Pero no todos los viajeros
gondwánicos tuvieron tanta suerte. Los fósiles encontrados en
Myanmar revelan que otros árboles procedentes del antiguo hemisferio sur
también alcanzaron Asia. Había parientes de los eucaliptos australianos y
árboles relacionados con el género Cola, el mismo que acabaría dando
nombre a cierta bebida azucarada responsable de innumerables crisis de cafeína
modernas. Sin embargo, muchos de estos linajes desaparecieron de la región hace
millones de años, probablemente víctimas de los cambios climáticos del Mioceno.
La historia evolutiva está llena
de estas tragedias silenciosas. Algunos grupos encuentran un lugar perfecto y
florecen. Otros llegan demasiado pronto, demasiado tarde o simplemente no
consiguen adaptarse. La naturaleza no reparte premios por el esfuerzo.
Mientras tanto, los animales
seguían trayectorias completamente distintas. Curiosamente, durante buena parte
de la historia reciente de la Tierra, los grandes mamíferos tendieron a
expandirse desde Eurasia hacia otros continentes. Rinocerontes, jirafas, cebras,
felinos y numerosos primates llegaron a África desde el norte. Solo los
elefantes parecen haber sido verdaderamente africanos desde el principio.
Europa también sufrió sus propias convulsiones biológicas. Hace
unos 34 millones de años ocurrió un episodio conocido como la Gran Ruptura,
durante el cual desaparecieron numerosos mamíferos europeos y fueron
reemplazados por inmigrantes asiáticos como hámsteres, castores y rinocerontes.
Resulta reconfortante saber que las crisis migratorias existen desde hace
decenas de millones de años.
Todo esto podría parecer una
curiosidad paleobotánica destinada a impresionar en cenas académicas
especialmente largas, pero tiene consecuencias muy reales. Comprender cómo las
especies respondieron a antiguos cambios climáticos ayuda a prever cómo reaccionarán
ahora. Y eso importa mucho, porque las dipterocarpáceas atraviesan tiempos
difíciles.
Más
del 65% de sus especies están amenazadas por la deforestación, la tala
intensiva y la expansión de plantaciones de palma aceitera. Lo cual significa
que árboles capaces de sobrevivir al viaje de Gondwana, a la deriva continental
y a decenas de millones de años de transformaciones planetarias podrían
sucumbir finalmente ante excavadoras y motosierras.
Sería una ironía geológica
bastante amarga. Porque, al fin y al cabo, estos gigantes asiáticos son también
fósiles vivientes de una Tierra desaparecida. Cada dipterocarpácea contiene en
su historia el recuerdo de océanos extinguidos, continentes errantes y selvas
ancestrales anteriores incluso al Himalaya. Son monumentos biológicos a una
época en la que el planeta entero aún estaba aprendiendo dónde colocar sus
continentes.

