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sábado, 30 de mayo de 2026

EL PLÁTANO ES UN MANDÓN

 

Alguien me comentó una vez, con la misma expresión conspirativa que suelen adoptar quienes conocen dónde se encuentra exactamente el Santo Grial o saben qué restaurante sirve la mejor tortilla de patatas de Madrid, que si colocaba unos plátanos maduros entre otras frutas inmaduras lograría que estas madurasen mucho más deprisa.

La afirmación parecía una de esas supersticiones domésticas destinadas a sobrevivir eternamente en la frontera entre la sabiduría popular y la magia. Como poner una cebolla cortada en la habitación para curar un resfriado o dejar una cuchara dentro de una botella de cava para que no pierda el gas. Sin embargo, en esta ocasión el consejo resultó ser completamente cierto.

Y, como suele ocurrir cuando uno empieza a investigar algo aparentemente sencillo, descubrí que detrás de aquel humilde plátano se escondía una de las historias más extraordinarias de la biología: resulta que las plantas hablan.

No hablan mucho, es verdad. No mantienen conversaciones filosóficas ni discuten sobre política internacional. Tampoco parecen especialmente interesadas en intercambiar recetas de cocina. Pero se envían mensajes constantemente mediante sustancias químicas que funcionan como auténticas órdenes internas. El plátano, en particular, es una especie de jefe autoritario, un mandón.

Cuando madura comienza a liberar un gas llamado etileno. El nombre suena a producto de limpieza industrial, pero en realidad es una hormona vegetal. Flota por el aire y llega hasta las frutas vecinas, donde provoca una cascada de reacciones bioquímicas.

El mensaje podría resumirse así:

—Ya es hora. Madurad.

Y las demás frutas obedecen. Los almidones empiezan a transformarse en azúcares. Los tejidos se ablandan. Aparecen aromas nuevos. Los colores cambian. En pocos días un aguacate duro como una piedra se convierte en algo untable y delicioso. Los plátanos no son los campeones absolutos del etileno. Las manzanas maduras producen cantidades muy importantes, y en almacenes de fruta se utilizan cámaras especiales donde se controla la concentración de etileno para acelerar o retrasar la maduración según convenga.

Lo verdaderamente asombroso es que las plantas llevan utilizando este sistema desde hace millones de años. Durante mucho tiempo nadie sospechó que el etileno fuese una hormona. A finales del siglo XIX algunos botánicos observaron que las plantas crecían de forma extraña cerca de las farolas de gas de las ciudades. Los tallos se deformaban y las hojas caían prematuramente. Finalmente se descubrió que el culpable era una pequeña cantidad de etileno presente en el gas de alumbrado.

Aquello condujo a una conclusión sorprendente: las plantas estaban respondiendo a una molécula gaseosa que actuaba como señal biológica. Era como descubrir que los árboles escuchaban mensajes de radio. Sin embargo, el etileno es solo uno de los integrantes de una plantilla extraordinariamente compleja.

Las plantas poseen toda una colección de hormonas, cada una especializada en tareas concretas. Las auxinas, por ejemplo, son las responsables de muchos fenómenos relacionados con el crecimiento. Fueron descubiertas gracias a una serie de experimentos tan elegantes como sencillos realizados por Charles Darwin y su hijo Francis. Los Darwin observaron que las plántulas se inclinaban hacia la luz. Algo en la punta de la planta detectaba la iluminación y enviaba una señal al resto del organismo.

Aquella señal resultó ser una hormona. Las auxinas permiten que una planta sepa hacia dónde crecer. También participan en la formación de raíces, en el desarrollo de frutos y en numerosos procesos de organización interna. Son algo así como los arquitectos del reino vegetal.

También están las giberelinas. Las giberelinas tienen una personalidad bastante distinta. Su especialidad consiste en impulsar el crecimiento rápido. Si una planta pudiera tomar bebidas energéticas, probablemente contendrían giberelinas. En determinadas circunstancias pueden provocar que los tallos se alarguen de forma espectacular. También participan en la germinación de las semillas.

Gracias a ellas una semilla enterrada bajo tierra recibe la orden de despertar y germinar. Es un acontecimiento notable si se piensa en ello. Una estructura aparentemente inerte que ha permanecido inmóvil durante meses o años recibe una señal química y, de pronto, decide convertirse en una planta. Todo eso sin cerebro, sin sistema nervioso y sin una sola neurona.

Otra hormona fascinante es la citoquinina. Su función principal consiste en estimular la división celular. Allí donde una planta necesita producir nuevas células suelen aparecer las citoquininas, que también retrasan el envejecimiento de las hojas. En cierto sentido funcionan como el equivalente vegetal de una crema antienvejecimiento, aunque considerablemente más eficaz que cualquiera de las que aparecen anunciadas en revistas.

Otra hormona de nombre un tanto retorcido es el ácido abscísico. Como cabría esperar de un nombre tan sibilino, el ácido abscísico posee un carácter más sombrío. Mientras otras hormonas promueven crecimiento, expansión y desarrollo, el ácido abscísico suele intervenir cuando pintan bastos. Si llega una sequía o si la planta detecta estrés, aumenta su concentración. Si es necesario cerrar los estomas para evitar pérdidas de agua, allí aparece él. Podría describirse como el responsable de gestión de crisis. Mientras las demás hormonas organizan fiestas de crecimiento, el ácido abscísico se dedica a revisar protocolos de emergencia.

Y aún queda una más especialmente interesante: el jasmonato. El nombre parece corresponder a un personaje secundario de una novela victoriana, pero en realidad es una hormona relacionada con la defensa. Cuando un insecto comienza a devorar una hoja, la planta puede producir jasmonatos. Estos activan mecanismos defensivos e incluso inducen la fabricación de sustancias desagradables para el atacante.

Lo más extraordinario es que algunas plantas envían señales químicas al aire para advertir a sus vecinas.Es decir, una planta atacada puede emitir compuestos volátiles que provocan que otras plantas cercanas preparen sus defensas. El concepto de un bosque intercambiando avisos de peligro sigue pareciendo ligeramente inquietante.

Uno imagina un grupo de robles comunicándose discretamente:

—Atención. Hay orugas en el sector norte.

—Recibido.

—Incrementad taninos.

Todo ello sin producir un solo sonido audible.

Cuanto más aprende uno sobre las plantas, más difícil resulta seguir considerándolas simples decorados verdes. Carecen de cerebro, pero perciben luz, gravedad, humedad, temperatura y contacto físico. Detectan heridas. Reconocen estaciones. Evalúan riesgos. Intercambian señales químicas. Coordinan respuestas complejas que implican miles de genes.

Y lo hacen con una lentitud tan extrema que durante siglos los humanos simplemente no nos dimos cuenta. Si un león tarda diez segundos en reaccionar, apreciamos inmediatamente su comportamiento. Si un roble tarda tres semanas, pensamos que no está haciendo nada. Pero está ocupadísimo.

El plátano de nuestra historia inicial es una magnífica demostración de ello. Mientras permanece en el frutero parece limitarse a existir con una coloración ligeramente amarillenta. Sin embargo, está emitiendo moléculas de etileno de manera continua. Está enviando mensajes químicos al entorno. Está influyendo en el comportamiento de otras frutas. Está participando en una conversación biológica invisible.

Y todo ello mientras nosotros creemos que está sentado tranquilamente esperando convertirse en batido. Quizá esa sea una de las lecciones más agradables de la botánica. La naturaleza rara vez es tan simple como parece. Un plátano no es únicamente un plátano. Es una fábrica química autónoma capaz de coordinar procesos biológicos complejos mediante señales moleculares que llevan funcionando desde mucho antes de que aparecieran los mamíferos, los dinosaurios o prácticamente cualquier cosa que consideremos familiar.

La próxima vez que vea un plátano maduro junto a unas peras verdes recordaré aquella conversación. Y admitiré que el consejo era correcto. Aunque sospecho que la explicación real resulta bastante más interesante que la superstición. Como suele ocurrir en ciencia, la verdad no solo era cierta.

Era muchísimo más extraña.