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sábado, 30 de mayo de 2026

TRIPLE CERO Y PROBIÓTICA: LA LARGA MARCHA DE LA CERVEZA HACIA LA VIRTUD

 

Hay una antigua regla no escrita según la cual la cerveza sabe mejor cuanto menos se parezca a un producto farmacéutico. Nadie entra en un bar y pide una lager con aroma a laboratorio. Nadie brinda por el amor, la amistad o la victoria de su equipo favorito levantando un frasco de cultivo bacteriano. Durante miles de años, la cerveza ha ocupado un lugar muy concreto en la historia humana: ha sido una bebida para celebrar, conversar, olvidar, recordar o simplemente acompañar una tapa de aceitunas.

Por eso resulta un poco desconcertante descubrir que una de las innovaciones más recientes del mundo cervecero consiste en añadir microorganismos vivos a una cerveza para mejorar la microbiota intestinal.

Es el tipo de noticia que habría dejado perplejo a un monje medieval. Imaginemos a uno de aquellos pacientes benedictinos que pasaban los inviernos elaborando cerveza en monasterios alemanes. Tras una vida dedicada a perfeccionar maltas y lúpulos, aparece un viajero del futuro y le explica que dentro de unos siglos la gente comprará cerveza porque contiene bacterias beneficiosas. Probablemente habría pensado que se trataba de una broma. Y, sin embargo, aquí estamos.

La cerveza ha tenido una carrera extraordinaria. Empezó siendo una especie de sopa fermentada en Mesopotamia. Más tarde se convirtió en el combustible líquido de Europa. En algunos lugares era más seguro beber cerveza que agua. Durante siglos acompañó exploradores, soldados, marineros y campesinos. Sobrevivió a guerras, epidemias y prohibiciones. Lo que nadie esperaba es que terminara colaborando con la microbiología.

La historia comienza con una tendencia que ya lleva años avanzando: la desaparición gradual del alcohol. Durante generaciones, las cervezas sin alcohol fueron consideradas una especie de castigo social. Tenían fama de parecerse a la cerveza del mismo modo que el chope al Cinco Jotas.

Pero la tecnología mejoró. Los fabricantes aprendieron a eliminar el alcohol conservando gran parte del aroma y del sabor. Después eliminaron buena parte de los azúcares. Luego redujeron las calorías. Finalmente apareció la llamada cerveza triple cero: sin alcohol, sin azúcar y con muy pocas calorías. Una bebida tan virtuosa que parece diseñada por un comité de nutricionistas.

El proceso de elaboración de la Ambar Triple Zero Tostada, la primera marca de estas características que ha aparecido en el mercado y se ha vuelto mi preferida, tiene algo de truco de prestidigitador científico. Todo comienza con el mosto, que es el líquido dulce obtenido al mezclar agua caliente con malta de cebada (el grano de cebada germinado y triturado) durante la elaboración de la cerveza. Ese mosto contiene los azúcares que servirán de alimento a las levaduras. En esta cerveza la fermentación se lleva hasta el final, de modo que prácticamente todos esos azúcares se transforman en alcohol.

Después ocurre la parte más ingeniosa: el alcohol recién producido se elimina mediante un sistema de destilación a alto vacío y baja temperatura. Al trabajar en condiciones de vacío, el alcohol puede evaporarse a temperaturas mucho más bajas de lo habitual, evitando que el calor destruya los aromas y matices de la cerveza. El resultado es una base sin alcohol y sin azúcares residuales, que conserva buena parte del sabor, el cuerpo y el aroma originales. Y, lo que es más importante para esta historia, crea el entorno adecuado para incorporar probióticos viables sin que estos encuentren azúcares que los despierten antes de tiempo.

Hasta aquí todo parecía seguir una lógica comprensible. Menos alcohol, menos calorías, más consumidores. Pero entonces alguien debió de mirar aquella cerveza impecablemente saludable y pensar:

—Todavía no es suficientemente saludable.

Y ahí entraron los probióticos. Los probióticos son bacterias o microorganismos que pueden contribuir al equilibrio de la microbiota intestinal, ese inmenso ecosistema de seres diminutos que vive en nuestro aparato digestivo y que, según los científicos, influye en una cantidad sorprendente de procesos biológicos.

Durante buena parte del siglo XX la humanidad dedicó enormes esfuerzos a eliminar bacterias de todas partes. Desinfectamos superficies. Esterilizamos instrumentos. Inventamos jabones antibacterianos. Convertimos la palabra «bacteria» en sinónimo de amenaza. Ahora hemos empezado a comprarlas voluntariamente.

Las encontramos en yogures, kéfires, suplementos nutricionales y bebidas funcionales. El siguiente paso lógico parecía ser incorporarlas a una cerveza. Y eso es exactamente lo que ha ocurrido.

La dificultad técnica era considerable. La cerveza no suele ser un entorno especialmente amable para los microorganismos vivos. El alcohol puede resultar problemático. También determinados procesos de elaboración. Además, las bacterias deben sobrevivir al almacenamiento y posteriormente al paso por el estómago, que no es precisamente un spa de bienestar microbiano.

La solución fue utilizar una cepa bacteriana capaz de formar esporas. Las esporas son una de las invenciones más impresionantes de la evolución. Son algo así como cápsulas de supervivencia biológica. Cuando las condiciones se vuelven difíciles, ciertas bacterias se encapsulan y esperan pacientemente tiempos mejores.

Es una estrategia admirable. Algunas personas intentan afrontar las dificultades mudándose de ciudad o cambiando de trabajo. Estas bacterias simplemente se convierten en esporas. Gracias a ello pueden sobrevivir dentro de una cerveza y despertar más tarde cuando alcanzan el intestino.

Naturalmente, para que todo funcione es importante que la cerveza no contenga azúcar residual. Si hubiera azúcares disponibles, las bacterias podrían activarse antes de tiempo. De modo que la ausencia de azúcar ya no es solo una cuestión de calorías. También forma parte de la logística interna de los microorganismos.

Llegados a este punto, uno empieza a sospechar que la cerveza moderna está realizando más cálculos que un satélite meteorológico. Lo curioso es que toda esta sofisticación tecnológica se aplica a un producto cuya misión original era sentarse tranquilamente sobre una mesa mientras dos amigos discutían de fútbol.

Hay algo entrañablemente absurdo en ello. Durante milenios la humanidad ha intentado mejorar la cerveza haciéndola más sabrosa. Hoy intenta mejorarla haciéndola más saludable. Y quién sabe qué vendrá después. Tal vez aparezcan cervezas enriquecidas con omega-3. Cervezas con fibra. Cervezas con antioxidantes. Cervezas que monitoricen la presión arterial. Cervezas capaces de sincronizarse con el teléfono móvil y recordarnos las citas médicas. No parece imposible. La frontera entre alimento, suplemento nutricional y producto tecnológico se vuelve cada año un poco más borrosa.

Mientras tanto, la nueva cerveza probiótica ocupa una posición fascinante en medio de ese territorio difuso. Conserva el aspecto de una cerveza. Huele a cerveza. Se sirve como cerveza. Pero también contiene microorganismos seleccionados cuidadosamente por especialistas en microbiología. Ha sido diseñada para cuidar algo tan complejo como la microbiota intestinal. Y puede que sea la primera vez en la historia que alguien abre una lata de cerveza pensando simultáneamente en el lúpulo y en las esporas bacterianas.

Lo cual constituye una frase que ningún sumerio, ningún monje medieval y probablemente ningún tabernero del siglo XIX habría entendido. Y quizá ahí reside su encanto. Porque la cerveza siempre ha sido un espejo de la sociedad que la produce. Hubo una época en que reflejaba la agricultura. Más tarde reflejó la industrialización. Hoy refleja nuestra obsesión contemporánea por la salud, la nutrición y el bienestar digestivo.

La pregunta es si, después de tantos siglos de evolución, sigue siendo simplemente cerveza. O si hemos llegado al momento en que debemos formular una cuestión completamente nueva: ¿es una cerveza o una bebida funcional