La calima que cubre los cielos estos días forma parte de uno de los mayores transportes naturales de materia del planeta.
| La calima tiñe de naranja la ciudad de Almería. Fuente |
Hay fenómenos meteorológicos que
llegan haciendo ruido. Las tormentas anuncian su presencia con relámpagos,
truenos y nubarrones que ponen en alerta hasta al perro de la casa. La calima,
en cambio, es mucho más discreta. Un día el cielo deja de ser azul para
adquirir un tono blanquecino, el horizonte parece difuminarse y el Sol pierde
parte de su brillo. A la mañana siguiente descubrimos que el coche recién
lavado está cubierto por una fina película de polvo amarillento. Entonces
alguien pronuncia la explicación de siempre: «Es arena del Sáhara».
La respuesta no es incorrecta,
pero se queda escandalosamente corta. Ese polvo no es simplemente arena.
Tampoco ha recorrido unos pocos cientos de kilómetros empujado por el viento.
En realidad, forma parte de uno de los mayores sistemas naturales de transporte
de materia del planeta, un mecanismo que conecta África con Europa y América y
que, de manera sorprendente, ayuda incluso a mantener viva la selva amazónica.
La calima (del latín caligo,
caliginis, que significa humareda negra, nube, niebla opaca y negra o
polvareda densa) consiste en una suspensión de partículas sólidas tan pequeñas
que pueden permanecer flotando en la atmósfera durante varios días. No debe
confundirse con la niebla. La niebla está formada por diminutas gotas de agua;
la calima, por polvo mineral. En España, especialmente en Canarias y en el sur
y este peninsular, casi todos los episodios importantes tienen un origen común:
el desierto del Sáhara.
Tampoco conviene imaginar enormes
granos de arena viajando por el cielo. Las partículas gruesas apenas recorren
unos kilómetros antes de volver al suelo. Las que alcanzan nuestro país son
mucho más finas: arcillas, limos y diminutos fragmentos minerales, mezclados
con cuarzo, carbonatos, óxidos de hierro, sales e incluso polen, esporas y
microorganismos. Es una especie de harina geológica tan ligera que puede
ascender varios miles de metros y dejarse transportar por las grandes
corrientes atmosféricas.
Tamaño de los granos de arena comparados con otras partículas transportada por el viento y con el diámetro de un cabello humano.
La mayor fábrica de ese polvo no
se encuentra, curiosamente, entre las grandes dunas del Sáhara, sino en un
lugar llamado depresión de Bodélé, en Chad. Hoy es una inmensa llanura árida,
pero hace varios miles de años ocupaba el fondo de un gigantesco lago, el
Mega-Chad, cuya superficie llegó a ser comparable a la del mar Caspio. Cuando
el clima se volvió más seco, el lago desapareció y dejó al descubierto un
espeso manto de sedimentos finísimos formado, entre otras cosas, por los restos
de millones de diatomeas, unas algas microscópicas recubiertas por delicadas
paredes de sílice.
Los vientos que soplan entre los
macizos montañosos del Tibesti y el Ennedi se aceleran al atravesar ese
estrecho corredor natural y levantan enormes cantidades de aquel sedimento
ligero. Es una paradoja fascinante: uno de los lugares más secos del planeta
dispersa por la atmósfera los restos de organismos que vivieron cuando allí
existía un inmenso lago de agua dulce.
Una vez en el aire comienza el
verdadero viaje. El polvo entra en una inmensa masa de aire cálido y seco
conocida por los meteorólogos como Capa de Aire Sahariana (Saharan Air Layer).
Puede imaginarse como una autopista situada a varios kilómetros de altura que
cada verano transporta millones de toneladas de polvo hacia el oeste. Una parte
cruza el Mediterráneo y llega hasta la península ibérica, donde reduce la
visibilidad, tiñe el cielo y, si coincide con la lluvia, produce las conocidas
precipitaciones de barro. También empeora temporalmente la calidad del aire,
especialmente para las personas con enfermedades respiratorias.
Sin embargo, España es solo una
estación intermedia. La mayor parte del viaje continúa mucho más lejos. Impulsadas
por esa gigantesca corriente atmosférica, las partículas saharianas
abandonan Europa, sobrevuelan el Atlántico durante varios días y alcanzan el
Caribe, Norteamérica y Sudamérica. Lo extraordinario es que ese recorrido, que
puede superar los ocho mil kilómetros, no termina sobre el océano. Tiene un
destino mucho más inesperado.
Porque el polvo que hoy ensucia
el parabrisas de nuestro coche puede acabar mañana alimentando los árboles de
la mayor selva tropical del planeta. Y esa es una historia tan sorprendente que
merece ser contada aparte.
Los satélites han permitido
comprobar que ese viaje es mucho más largo de lo que nadie habría imaginado
hace unas décadas. Desde el espacio puede observarse cómo inmensas plumas de
polvo abandonan África y atraviesan el Atlántico como si fueran ríos suspendidos
en el aire. Algunas alcanzan el Caribe y el golfo de México; otras llegan hasta
Florida e incluso, en determinadas circunstancias, al sur de Estados Unidos. Un
grano de polvo levantado por una ráfaga de viento en Chad puede terminar
depositándose miles de kilómetros más lejos, sobre un automóvil aparcado en
Miami.
Pero el destino más sorprendente
no es Norteamérica, sino la cuenca amazónica. A primera vista parece una
contradicción. La Amazonia alberga la mayor selva tropical del planeta; el
Sáhara es el mayor desierto cálido. Resulta difícil imaginar dos paisajes más
distintos. Sin embargo, ambos mantienen una relación tan estrecha como
inesperada.
Las lluvias tropicales lavan
continuamente los suelos amazónicos y arrastran hacia los ríos parte de sus
nutrientes, especialmente el fósforo, un elemento esencial para el crecimiento
de las plantas. Desde hace años, las observaciones por satélite y diversos
estudios geoquímicos han demostrado que el polvo sahariano compensa buena parte
de esas pérdidas. Cada año llegan a la selva millones de toneladas de polvo
africano que aportan cantidades de fósforo comparables a las que la Amazonia
pierde por efecto de las lluvias. En cierto modo, un antiguo lago africano
sigue alimentando un bosque situado al otro lado del océano.
La historia adquiere una
dimensión épica cuando recordamos el origen de ese polvo. Parte procede
de las diminutas diatomeas que vivieron hace miles de años en el desaparecido
lago Mega-Chad. Sus esqueletos quedaron enterrados bajo los sedimentos, el
viento los devolvió a la atmósfera y hoy vuelven a formar parte del ciclo de la
vida fertilizando árboles que jamás habrían existido cuando aquellas algas
flotaban en las aguas del antiguo lago. La naturaleza recicla con una paciencia
que ninguna tecnología humana ha conseguido imitar.
En España, naturalmente, la
historia tiene un lado menos romántico. Los episodios intensos de calima
reducen la visibilidad, dificultan el tráfico aéreo, disminuyen el rendimiento
de los paneles solares y empeoran la calidad del aire. Las partículas más finas
pueden penetrar profundamente en los pulmones y agravar enfermedades
respiratorias y cardiovasculares, razón por la que las autoridades sanitarias
recomiendan limitar la actividad física al aire libre cuando las
concentraciones son elevadas. A cambio, ese mismo polvo aporta pequeñas
cantidades de hierro, fósforo y otros minerales que enriquecen suelos y
ecosistemas marinos. Incluso una molestia tiene su lado beneficioso.
La próxima vez que encuentre una
película rojiza sobre el parabrisas de su coche, quizá merezca la pena mirarla
durante unos segundos antes de buscar una manguera. Ese polvo puede haber
comenzado su viaje sobre el fondo seco de un lago desaparecido hace miles de
años. Después fue levantado por el viento, recorrió miles de kilómetros
suspendido en una corriente invisible y terminó cayendo sobre su jardín, un
olivar andaluz, un viñedo manchego o la copa de una ceiba amazónica.
Pocas veces una capa de polvo
cuenta una historia tan extraordinaria. Lo que para nosotros no suele ser más
que una molestia pasajera constituye, en realidad, uno de los grandes
mecanismos de conexión del planeta. El Sáhara y la Amazonia, África y América,
un antiguo lago desaparecido y el coche aparcado frente a nuestra casa forman
parte de la misma historia. Una historia escrita por el viento, que demuestra
una vez más que la Tierra es mucho más pequeña —y mucho más ingeniosa— de lo
que solemos imaginar.