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martes, 28 de julio de 2026

EL NIÑO EN EL BANQUILLO

Cada vez que una ola de calor abrasador cae sobre España, alguien señala al famoso fenómeno del Pacífico. Sin embargo, el acusado suele tener una coartada bastante sólida. El verdadero culpable acostumbra a encontrarse mucho más cerca de nosotros.

Cada verano asistimos al mismo ritual. Los termómetros superan los cuarenta grados, los mapas meteorológicos adquieren un inquietante color rojo oscuro y algún presentador de televisión, con expresión entre alarmada y solemne, formula la pregunta inevitable: «¿Tiene esta ola de calor algo que ver con El Niño?». La explicación parece convincente. Después de todo, llevamos años oyendo que El Niño altera el clima del planeta, provoca inundaciones, sequías y temperaturas extremas.

 Si el calor aprieta en España, ¿no será lógico pensar que el responsable se encuentra al otro lado del Atlántico? Pues no. O, al menos, casi nunca.

Lo curioso es que El Niño es probablemente el fenómeno climático más famoso del mundo y, al mismo tiempo, uno de los peor comprendidos por el gran público. Su nombre aparece cada pocos años en los titulares como si se tratara de un viejo conocido al que se culpa de cualquier anomalía meteorológica. Sin embargo, ni siquiera es correcto hablar de la «corriente de El Niño», una expresión que todavía aparece con frecuencia en los medios. El Niño no es una corriente marina, sino una compleja interacción entre el océano y la atmósfera que se desarrolla en el Pacífico ecuatorial y cuyos efectos pueden sentirse a miles de kilómetros de distancia. Que esos efectos incluyan una ola de calor en España es otra cuestión muy distinta.

La historia del nombre merece un capítulo aparte. Mucho antes de que existieran satélites meteorológicos o modelos climáticos, los pescadores de Perú y Ecuador ya conocían aquel extraño visitante. Cada cierto número de años observaban que, cerca de la Navidad, las frías aguas costeras eran sustituidas por otras mucho más cálidas. Los peces escaseaban, las capturas disminuían y unas lluvias inhabituales caían sobre regiones normalmente áridas. Como aquel fenómeno aparecía alrededor del nacimiento de Cristo, terminaron bautizándolo sencillamente como El Niño, en referencia al Niño Jesús.

Hay que reconocer que el nombre posee un encanto del que carecen casi todos los tecnicismos científicos. Resulta difícil imaginar que hubiera alcanzado tanta celebridad si alguien lo hubiera denominado “Anomalía térmica positiva del Pacífico ecuatorial oriental”. En cambio, «El Niño» parece más bien el título de una novela de García Márquez que el nombre de un fenómeno oceanográfico.

Lo que aquellos pescadores ignoraban era que estaban observando solo la parte visible de una maquinaria gigantesca. En condiciones normales, los vientos alisios empujan las aguas superficiales del Pacífico hacia Indonesia y Australia. Allí se acumula una enorme reserva de agua cálida, mientras que frente a las costas de Perú ascienden aguas profundas, mucho más frías y ricas en nutrientes. Ese afloramiento convierte la costa peruana en uno de los caladeros más productivos del planeta.

Pero cada pocos años los alisios se debilitan. Entonces esa enorme masa de agua caliente comienza a desplazarse lentamente hacia Sudamérica. El afloramiento disminuye, los nutrientes escasean, las pesquerías se resienten y el reparto habitual de lluvias cambia en buena parte del planeta. El océano modifica la atmósfera y la atmósfera responde alterando de nuevo el comportamiento del océano. Hoy conocemos ese mecanismo con el nombre de ENSO (El Niño-Oscilación del Sur), uno de los grandes reguladores naturales del clima terrestre.

Hasta aquí todo parece justificar la mala fama del fenómeno. Si puede alterar el clima de medio planeta, ¿por qué no habría de provocar también las olas de calor españolas? Porque la atmósfera es muchísimo más complicada de lo que nuestra intuición desearía.

Nos gusta imaginar el clima como una hilera de fichas de dominó: ocurre algo en el Pacífico y, unos meses después, España se asa bajo el sol. La realidad se parece mucho más a una inmensa orquesta en la que intervienen decenas de instrumentos al mismo tiempo. El Niño es uno de ellos, sin duda, pero también lo son la Oscilación del Atlántico Norte, la circulación del chorro polar, la temperatura del Mediterráneo, la dinámica del anticiclón de las Azores y otros muchos mecanismos que interactúan entre sí. Pretender explicar una ola de calor española mirando únicamente al Pacífico es como intentar comprender una sinfonía escuchando solo a los violines.

Eso es precisamente lo que han comprobado los climatólogos. La influencia de El Niño sobre el clima de la península ibérica existe, pero es débil e irregular. Hay años con intensos episodios de El Niño y veranos relativamente normales en España. También los hay con olas de calor memorables sin que exista ningún Niño digno de mención. La conexión, sencillamente, no es lo bastante fuerte como para convertirlo en el principal sospechoso.

Entonces, ¿quién ocupa realmente el banquillo de los acusados? La respuesta está bastante más cerca de nosotros, a apenas unos miles de kilómetros al sur. El verdadero responsable suele ser una potente dorsal subtropical que se extiende desde el norte de África hacia la península ibérica. Bajo esa dorsal el aire desciende lentamente desde las capas altas de la atmósfera. Al descender se comprime; al comprimirse se calienta; y ese calentamiento dificulta la formación de nubes. El resultado es una combinación letal: cielos despejados, radiación solar intensa y temperaturas que aumentan día tras día. Si, además, la circulación atmosférica arrastra aire procedente del Sáhara, el horno queda definitivamente encendido.

El propio desierto aporta otro ingrediente importante. Solemos pensar en el Sáhara como un inmenso radiador, pero en realidad exporta sobre todo aire extremadamente seco. Como apenas contiene vapor de agua, casi toda la energía solar se emplea en elevar la temperatura del aire en lugar de evaporar humedad. Esa es una de las razones por las que las masas de aire saharianas alcanzan temperaturas tan elevadas cuando llegan a la Península.

Y es aquí donde aparece el auténtico protagonista de esta historia: el cambio climático, porque Conviene no confundir las causas inmediatas con las causas de fondo. La dorsal africana sigue siendo quien desencadena cada ola de calor concreta. Sin esa configuración atmosférica probablemente no hablaríamos de temperaturas extremas. Pero esa dorsal ya no actúa sobre el mismo planeta que hace medio siglo. Actúa sobre una atmósfera más cálida y sobre un Mediterráneo que, verano tras verano, bate récords de temperatura.

Es una diferencia sutil, pero fundamental. El cambio climático no fabrica las dorsales africanas; lo que hace es aumentar las probabilidades de que, cuando aparezcan, produzcan episodios mucho más intensos y duraderos. Es como elevar lentamente el suelo sobre el que se encuentra un saltador de altura. El atleta sigue siendo el mismo, pero cada intento comienza desde una posición más elevada.

Los estudios científicos más recientes muestran precisamente eso. Muchas de las olas de calor que hoy sufrimos en Europa habrían sido mucho menos probables —e incluso imposibles— en el clima de hace unas décadas. La meteorología sigue escribiendo el guion de cada episodio; el calentamiento global ha cambiado el escenario donde se representa la obra.

Quizá por eso El Niño se ha convertido en un sospechoso tan cómodo. Culpar a un fenómeno natural que aparece y desaparece cada pocos años resulta más tranquilizador que admitir que el telón de fondo está cambiando de manera permanente. Pero las pruebas apuntan en otra dirección.

De modo que la próxima vez que alguien asegure, con toda la convicción del mundo, que «esta ola de calor es culpa de El Niño», quizá merezca la pena recordar a aquellos pescadores peruanos que dieron nombre al fenómeno hace siglos. Descubrieron una de las grandes maravillas de la climatología, pero nunca imaginaron que acabaría sentado en el banquillo por delitos cometidos a diez mil kilómetros de distancia.

Porque cuando el verano español decide convertir la Península en una plancha al rojo vivo, el verdadero acusado suele llegar desde el norte de África acompañado por una persistente dorsal subtropical. El Niño, mientras tanto, continúa en el Pacífico haciendo lo que lleva haciendo miles de años y preguntándose, con toda probabilidad, por qué cada verano vuelven a echarle la culpa de algo que casi nunca ha hecho.