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jueves, 13 de agosto de 2026

NO, LOS ANIMALES NO «SE VUELVEN LOCOS» DURANTE UN ECLIPSE

 

Mientras millones de personas mirábamos ayer al cielo protegidos por gafas especiales y pendientes de que la Luna se colocara delante del Sol, a nuestro alrededor estaba ocurriendo otro experimento bastante menos espectacular, pero biológicamente cautivador. Los pájaros, las abejas, los perros, las vacas y los insectos no sabían que había un eclipse. Tampoco tenían ninguna razón para saberlo. Lo único que percibieron fue que, a una hora completamente inadecuada, la luz comenzó a desaparecer y el mundo empezó a comportarse como si estuviera anocheciendo.

Cada vez que ocurre un eclipse reaparecen las mismas historias. Los animales se inquietan, los pájaros dejan de cantar, las vacas regresan al establo y los perros «se vuelven locos». Esto último pertenece más al folclore que a la zoología. Los animales no enloquecen durante los eclipses. Lo que hacen es algo mucho más interesante: intentan interpretar un conjunto de señales ambientales que, durante unos minutos, dejan de concordar entre sí.

Los seres vivos llevan cientos de millones de años evolucionando en un planeta extraordinariamente previsible en una cosa: después del día viene la noche y después de la noche vuelve el día. Esa alternancia ha quedado incorporada a nuestra fisiología en forma de ritmos circadianos. Pero el reloj interno no trabaja solo. Se pone continuamente en hora mediante señales externas, de las cuales la luz es una de las más importantes. Un eclipse introduce de repente una información absurda en el sistema: el reloj interno dice que son las dos de la tarde mientras los ojos anuncian que está llegando la noche.

Las observaciones son antiguas, pero durante mucho tiempo fueron poco más que anécdotas. Uno de los primeros grandes intentos de reunirlas tuvo lugar durante el eclipse total que atravesó Nueva Inglaterra el 31 de agosto de 1932. Una legión de observadores recogió centenares de testimonios sobre aves, mamíferos e insectos. Aquello tenía mucho de ciencia ciudadana antes de que inventáramos el término, aunque también presentaba un problema evidente: si uno pregunta a cientos de personas qué cosa extraordinaria hizo su perro durante un eclipse, probablemente acabará reuniendo una formidable colección de perros haciendo cosas extraordinarias. La ciencia moderna necesitaba comparar lo ocurrido durante el eclipse con el comportamiento normal de los mismos animales.

Un buen ejemplo llegó con el eclipse total del 11 de agosto de 1999. Investigadores turcos observaron durante seis horas gallinas, patos de Pekín, gaviotas, cuervos, gorriones, vacas, caballos y abejas. Cuando llegó la totalidad, entre las 14:37 y las 14:39, las gallinas se agruparon y permanecieron silenciosas e inquietas. Las gaviotas dejaron de volar; cuervos y gorriones se reunieron en los árboles y dejaron de cantar. Vacas y caballos quedaron casi inmóviles, olfatearon el aire y movieron nerviosamente cabezas y colas. En las colmenas apenas se escuchaba un ligero zumbido. Dos minutos después, el Sol regresó y el mundo volvió a resultar comprensible.

Pero uno de los experimentos naturales más interesantes ocurrió durante el gran eclipse norteamericano del 21 de agosto de 2017. Adam Hartstone-Rose y sus colaboradores estudiaron 17 grupos de vertebrados en el Riverbanks Zoo de Columbia, Carolina del Sur. La precaución importante fue observarlos también durante los días anteriores, a las mismas horas, para disponer de un comportamiento de referencia. Cuando llegó el eclipse, alrededor de tres cuartas partes de los grupos estudiados modificaron su conducta.

Algunos hicieron exactamente lo que cabría esperar si alguien hubiera adelantado varias horas el reloj. Elefantes africanos, gorilas y dragones de Komodo se dirigieron hacia lugares relacionados con sus rutinas nocturnas. Los flamencos se agruparon alrededor de los juveniles. Las jirafas mostraron comportamientos poco habituales y algunas comenzaron a correr. Los monos aulladores alteraron sus vocalizaciones. Hubo respuestas compatibles con la llegada de la noche y otras que los investigadores clasificaron como aparente ansiedad o conductas novedosas. No existía, por tanto, un «comportamiento de eclipse» común a todas las especies.

Las tortugas gigantes de Galápagos habían pasado las horas anteriores dedicadas a actividades de lo más normal. Cuando comenzó el eclipse total se hicieron más activas, se agruparon y dos de ellas empezaron a aparearse. Es difícil saber qué conclusión filosófica debemos extraer de aquello, salvo quizá que ante la aparente desaparición del Sol las tortugas gigantes prefieren ocuparse de lo verdaderamente importante.

Aquel mismo eclipse permitió realizar un experimento aún más sofisticado con las abejas. Investigadores y centenares de voluntarios distribuyeron pequeños micrófonos cerca de flores en 16 localidades situadas en la franja del eclipse, desde Oregón hasta Misuri. La idea era registrar el zumbido producido por los insectos en vuelo. Las abejas continuaron trabajando mientras avanzaba la fase parcial. La iluminación disminuía, pero ellas seguían volando. Entonces llegó la oscuridad total y prácticamente se hizo el silencio. Entre todos los puntos de muestreo se detectó un solo zumbido durante esos instantes. Cuando regresó la luz, las abejas reanudaron sus asuntos.

Las aves ofrecen quizá el caso más interesante porque gran parte de su jornada está organizada por la luz. El amanecer no significa simplemente que ya pueden ver. Es una señal que pone en marcha alimentación, desplazamientos, territorialidad y, sobre todo, uno de los acontecimientos acústicos más extraordinarios de la naturaleza: el coro del alba.

El eclipse total norteamericano del 8 de abril de 2024 permitió estudiarlo con una precisión que los naturalistas de 1932 no habrían podido imaginar. Los investigadores combinaron grabaciones acústicas automatizadas con más de 10 000 observaciones realizadas por ciudadanos y analizaron alrededor de 100 000 vocalizaciones. Más de la mitad de las especies estudiadas modificaron sus ritmos de actividad. Pero lo más deslumbrante ocurrió después de la totalidad. Cuando reapareció el Sol, muchas aves comenzaron a comportarse como si estuviera amaneciendo. Una noche de apenas cuatro minutos había sido suficiente para desencadenar algo parecido a un segundo coro del alba.

Eso nos lleva al verdadero interés biológico de los eclipses. Los animales no poseen un interruptor que diga DÍA por un lado y NOCHE por el otro. Su comportamiento resulta de integrar información procedente del reloj circadiano, la intensidad de la luz, la temperatura, el viento, los sonidos de otros animales y muchas otras señales. Durante un eclipse algunas de ellas coinciden y otras se contradicen.

Además, la oscuridad no es el único cambio. Al desaparecer temporalmente buena parte de la radiación solar, el suelo y el aire comienzan a enfriarse. Pueden modificarse las corrientes de convección y el viento. Para un ave planeadora, la disminución de las térmicas puede ser tan importante como la pérdida de luz. Para un insecto, unos pocos grados de diferencia pueden alterar considerablemente la actividad. El eclipse no apaga simplemente una lámpara: durante unos minutos modifica una pequeña porción del sistema físico sobre el que los animales han construido sus rutinas.

También explica por qué las observaciones son a veces contradictorias. Hay animales que reaccionan mucho, otros apenas lo hacen y algunos parecen no enterarse de nada. En el eclipse africano de 2001 se describieron facóqueros, cocodrilos, cebras y leones que continuaron con su vida sin ofrecer el espectáculo que quizá esperaban los observadores.

Eso es precisamente lo que cabría esperar de la evolución. Una abeja cuya actividad depende estrechamente de la iluminación tiene buenas razones para responder rápidamente a la oscuridad. Un animal cuya rutina depende menos de ella puede limitarse a esperar acontecimientos. Tampoco debemos olvidar nuestra tendencia a buscar comportamientos extraordinarios precisamente porque estamos viviendo un acontecimiento extraordinario. Un perro que ladra durante un eclipse resulta misterioso. El mismo perro ladrando el martes anterior es ni más ni menos un perro.

Por eso conviene desterrar la idea de que durante los eclipses los animales «se vuelven locos». No lo hacen. En general siguen reglas perfectamente razonables que la selección natural ha afinado durante millones de años. El problema es que, durante unos minutos, el universo les proporciona información equivocada.

Ayer nosotros sabíamos lo que estaba ocurriendo. Habíamos consultado horarios, mapas y previsiones meteorológicas. Sabíamos cuándo desaparecería el Sol y cuándo regresaría. Los animales no disponían de esa ventaja. Para un pájaro, el día comenzó a convertirse inesperadamente en noche y, poco después, aquella noche imposible terminó en un nuevo amanecer.

Entonces volvió la luz, las abejas regresaron a las flores, los pájaros retomaron sus asuntos y el mundo recuperó sus horarios. Solo nosotros sabíamos que la Luna había tenido algo que ver.