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viernes, 14 de agosto de 2026

PORT ARTHUR: UNA CÁRCEL AL FINAL DEL MUNDO

 

Salimos de St Helens sabiendo que nos espera una de las jornadas más largas del viaje: unos 320 kilómetros hasta Port Arthur, en el extremo de la península de Tasman. Sobre el mapa puede parecer simplemente un traslado hacia el sur, pero en realidad es un recorrido entre dos Tasmanias. Durante buena parte del día iremos bordeando una costa, la oriental de Tasmania, salpicada de playas casi desiertas, bosques y enormes espacios abiertos; al final nos espera uno de los lugares más sombríos de la historia australiana. Pasaremos de la naturaleza casi intacta a una de las grandes creaciones del sistema penitenciario británico.

La primera parada es Marion Bay, una larga playa abierta al océano junto a una reserva natural. Desde la plataforma del mirador se contempla una de esas costas tasmanas que producen una extraña sensación de vacío: kilómetros de arena, dunas, vegetación baja y un océano que parece no terminar nunca. Resulta difícil imaginar, viendo semejante paisaje, que nos estamos acercando a una región cuyo nombre provocó durante décadas auténtico terror entre los convictos de Van Diemen’s Land.

La carretera continúa hacia el sur hasta alcanzar la península de Tasman, donde la geología empieza a encargarse del espectáculo. Desde el Tasman National Park Lookout aparecen los grandes acantilados de dolerita que caracterizan esta costa, paredes casi verticales contra las que golpea el Pacífico. Poco después hacemos una parada de naturaleza muy distinta en Tasmanian Devil Unzoo. Los demonios de Tasmania son animales nocturnos y bastante poco colaboradores con los fotógrafos, de modo que un centro dedicado a su conservación ofrece muchas más posibilidades de contemplarlos de cerca que cualquier paseo por el bosque. Después de haber hablado tantas veces de ellos antes del viaje, verlos aquí tiene algo de presentación oficial.

Seguimos hasta Tasman Arch, donde el océano lleva miles de años dedicándose a la demolición de la costa. Las olas explotan fracturas de la roca, agrandan cuevas, perforan paredes y terminan creando arcos, simas y columnas aisladas. El paisaje recuerda por momentos a algunos sectores del Algarve portugués, aunque aquí todo parece más abrupto y bastante menos domesticado. Tasman Arch es lo que queda del techo de una enorme cueva marina; cerca aparecen otras formas igualmente espectaculares, como Devil's Kitchen, que muestran distintas fases del mismo proceso erosivo.

Todavía nos queda Fortescue Bay, una ensenada protegida dentro del Tasman National Park. Después de los acantilados y arcos de roca, sorprende encontrar una playa de arena clara y aguas turquesas rodeada de bosque. Es uno de esos lugares donde Tasmania parece empeñada en demostrar que puede combinar en pocos kilómetros una costa casi subantártica con colores que uno asociaría al Mediterráneo. Pero a estas alturas del día el paisaje empieza a adquirir otro significado, porque nos encontramos ya dentro de la península que los británicos convirtieron en una gigantesca prisión natural.

Para entender Port Arthur hay que mirar primero el mapa. La península de Tasman está unida al resto de Tasmania por Eaglehawk Neck, una lengua de tierra extraordinariamente estrecha. El mar cierra ambos lados y los acantilados dificultan cualquier intento de rodearla. Los administradores penitenciarios británicos comprendieron enseguida las ventajas del lugar: para impedir la fuga de los presos no necesitaban construir una muralla alrededor de decenas de kilómetros de territorio. La geografía ya había hecho casi todo el trabajo.

Ellos añadieron lo que faltaba. En Eaglehawk Neck instalaron guardias y una línea de perros encadenados colocados a intervalos de modo que cualquiera que intentara atravesar el istmo fuera detectado. Incluso se situaron perros sobre plataformas mar adentro para ampliar la vigilancia. Con el tiempo se difundió también la historia de que las aguas estaban infestadas de tiburones. Probablemente la amenaza resultaba más útil que los propios escualos: para un preso recién llegado de Inglaterra bastaba con creerla.

Cuando finalmente llegamos a Port Arthur, el primer desconcierto es que el lugar es hermoso. Extraordinariamente hermoso. Una bahía tranquila penetra entre colinas cubiertas de vegetación; grandes árboles rodean jardines y edificios de piedra, y el agua parece más apropiada para una residencia de descanso que para uno de los establecimientos penitenciarios más temidos del Imperio británico. Si se desconociera su historia, sería fácil imaginar que aquellas ruinas pertenecieron a una finca aristocrática. Pocos lugares demuestran mejor que el paisaje carece de memoria moral.

Port Arthur comenzó en 1830 como una explotación maderera en la que trabajaban convictos, pero pronto adquirió una función mucho más siniestra. Aquí fueron enviados sobre todo hombres que habían vuelto a delinquir después de haber sido deportados a Australia. Eran presos que ya estaban presos, condenados que habían cometido un nuevo delito en la colonia. Gran Bretaña los había enviado al otro extremo del mundo y, una vez allí, todavía había encontrado un lugar más remoto al que enviarlos.

Durante las décadas siguientes Port Arthur se convirtió en una pequeña ciudad organizada alrededor del castigo y del trabajo. Llegó a albergar presos, soldados, funcionarios, médicos, capellanes y familias; hubo talleres, hospital, iglesia, astilleros y edificios administrativos. Los convictos talaban árboles, fabricaban zapatos, trabajaban la madera, construían barcos y levantaban buena parte de los edificios que ahora contemplamos convertidos en ruinas.

El más reconocible es la enorme Penitentiary, frente a cuya fachada vacía cuesta imaginar el aspecto original. Curiosamente, el edificio no fue construido para encerrar presos, sino como molino de harina y granero. Una parte de su maquinaria se accionaba mediante una gran rueda de pasos —una treadwheel— movida por convictos que caminaban durante horas. El molino resultó poco eficaz y el edificio acabó transformado en penitenciaría, con dormitorios y celdas para centenares de hombres. Lo que nació para moler trigo terminó moliendo vidas.

Pero quizá la parte más inquietante de Port Arthur no tenga que ver con cadenas, azotes ni trabajos agotadores. A mediados del siglo XIX las teorías penitenciarias estaban cambiando. Algunos reformadores comenzaron a sostener que el castigo físico era primitivo y que existía un método más civilizado para corregir al delincuente: actuar sobre su mente.

Así nació aquí la Separate Prison. El sistema se basaba en el aislamiento. Los presos permanecían solos en sus celdas, trabajaban solos y tenían prohibido hablar entre ellos. Cuando salían podían llevar capuchas para impedir que reconocieran a otros reclusos. Incluso la capilla fue diseñada con compartimentos individuales desde los cuales cada preso podía ver al predicador sin ver a sus compañeros. No se pretendía simplemente impedir conversaciones; se buscaba que el individuo quedara a solas con su conciencia, reflexionara sobre sus pecados y terminara reformándose.

La idea se presentaba como humanitaria porque sustituía buena parte del castigo corporal por disciplina psicológica. Tenía un pequeño inconveniente: el cerebro humano soporta bastante mal el aislamiento prolongado. Algunos presos desarrollaron graves trastornos mentales. La reforma penitenciaria había realizado un descubrimiento que el siglo XX confirmaría muchas veces: no hace falta golpear a una persona para destrozarla.

Mientras recorremos los edificios resulta fácil olvidar que Port Arthur no fue únicamente una colección de celdas. Era una sociedad en miniatura, con jerarquías que acompañaban a sus habitantes incluso después de muertos. Frente a la costa se encuentra una pequeña isla cubierta de árboles cuyo nombre no necesita demasiadas explicaciones: Isle of the Dead, la Isla de los Muertos.

Allí fueron enterradas más de mil personas relacionadas con el establecimiento. También en el cementerio funcionaba la estructura social de la colonia. Funcionarios, militares y otras personas libres podían recibir lápidas que identificaban sus tumbas; muchos convictos fueron enterrados en sepulturas sin marcar. La burocracia penitenciaria británica, que había clasificado a aquellos hombres desde que embarcaron en Inglaterra, continuaba clasificándolos bajo tierra.

Port Arthur cerró finalmente en 1877. Tasmania llevaba ya más de veinte años sin llamarse Van Diemen’s Land y trataba de dejar atrás su reputación penitenciaria. El propio asentamiento fue rebautizado como Carnarvon, como si cambiarle el nombre pudiera cambiar también lo ocurrido allí. No funcionó. A finales del siglo XIX comenzaron a llegar visitantes precisamente porque querían conocer la antigua prisión. El lugar que Tasmania había querido olvidar terminó convertido en uno de sus principales monumentos históricos.

Al caer la tarde llegamos a nuestro alojamiento, el Port Arthur Motor Inn, prácticamente junto al conjunto histórico. Después de 320 kilómetros, playas salvajes, demonios, acantilados, arcos marinos y cárceles, no parece el momento adecuado para buscar sutilezas gastronómicas. La Seafood Platter para dos reúne gambas, pescado fresco, vieiras, calamares, salmón ahumado de Tasmania y ostras, acompañados de patatas y ensalada de col. Con un Sauvignon Blanc tasmano, constituye una forma bastante eficaz de resumir también la parte comestible de la isla.

Desde allí Port Arthur queda casi enfrente. Las ruinas que durante el día reciben visitantes van quedando en silencio mientras oscurece sobre la bahía. Es difícil entonces no pensar en los hombres que estuvieron encerrados allí hace casi dos siglos, muchos por delitos que hoy apenas merecerían una breve condena. Habían cruzado medio planeta para cumplir su pena en Van Diemen’s Land y, después de volver a delinquir, habían descubierto que incluso en el fin del mundo existía un lugar todavía más apartado.

Lo más extraño es que ese lugar, contemplado ahora desde la otra orilla con una copa de vino tasmano delante, sigue siendo de una belleza extraordinaria.

Quizá esa sea la última crueldad de Port Arthur.