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jueves, 30 de julio de 2026

LA PIRÁMIDE DE WYOMING

 

Hay momentos en los que uno descubre que el cerebro es mucho más imaginativo que la realidad. Me ocurrió hace unos años, conduciendo por una carretera secundaria de Wyoming, uno de esos estados norteamericanos donde la distancia se mide más por horas que por kilómetros y donde la palabra "horizonte" adquiere un significado completamente distinto al que conocemos en Europa.

Había salido de Laramie con dirección a Medicine Bow. Desde allí tomé la carretera 487 hacia el norte, rumbo a Casper. El paisaje era el habitual de aquellas inmensas llanuras elevadas: colinas suaves cubiertas de artemisa (Artemisia tridentata subsp. wyomingensis), cercados interminables, algún rebaño disperso y un cielo tan grande que parecía haberse tragado media Tierra. De pronto, a mi izquierda apareció una montaña con una forma imposible. No parecía una montaña. Parecía una pirámide.

No una de esas elevaciones vagamente triangulares a las que nuestra imaginación acaba otorgando un parecido razonable con las egipcias. No. Aquello tenía proporciones casi perfectas. Una base ancha, cuatro laderas que convergían hacia un vértice y una silueta tan geométrica que durante unos segundos me pareció estar contemplando una construcción humana abandonada en mitad del Oeste americano.

Naturalmente, seguí conduciendo. La lógica suele imponerse cuando uno lleva unos cuantos miles de kilómetros recorriendo Estados Unidos. Si alguien hubiera construido una pirámide en Wyoming, probablemente aparecería en todas las guías turísticas. Sin embargo, la imagen quedó archivada en algún rincón de la memoria hasta hace unas semanas, cuando encontré por internet una noticia sorprendente.

Un equipo de investigadores, decía el texto, había utilizado tecnología LiDAR para escanear Horse Peak, una montaña cercana a Casper con una llamativa forma piramidal. Bajo la superficie habían descubierto los restos de una inmensa ciudad de más de doce mil años de antigüedad, con avenidas perfectamente alineadas, pirámides escalonadas, edificios monumentales e incluso un complejo deportivo. Aquello obligaría a reescribir toda la historia de América.

La noticia era fascinante. También era completamente falsa. Bastaba llegar al último párrafo para encontrar la pista definitiva. El supuesto periodista concluía que seguiría informando "siempre que el antiguo Wi-Fi continuara funcionando". Difícil imaginar una confesión más elegante de que todo el relato era una broma. Sin embargo, durante unos minutos estuve dispuesto a creerlo. Y eso resulta mucho más interesante que la propia montaña.

Nuestro cerebro es extraordinariamente eficaz reconociendo patrones. Tan eficaz, de hecho, que con frecuencia encuentra formas donde solo existe el azar. Vemos caras en las nubes, animales en las manchas de humedad, figuras humanas en la corteza de los árboles y pirámides en montañas erosionadas. Este fenómeno tiene incluso un nombre: pareidolia. Se trata de una estrategia evolutiva muy rentable. Para un cazador paleolítico era preferible confundir una roca con un león que confundir un león con una roca.

Horse Peak no necesita ninguna civilización perdida para explicar su aspecto. Es el resultado de uno de los escultores más pacientes que existen: la erosión. Gran parte de Wyoming está formada por gruesas acumulaciones de sedimentos depositados hace decenas de millones de años en antiguos mares, ríos, deltas y llanuras aluviales. Aquellas capas de areniscas, limolitas y arcillas fueron elevadas por los movimientos tectónicos asociados al nacimiento de las Montañas Rocosas. Desde entonces, el viento, la lluvia, las heladas y los ríos han trabajado sin descanso sobre ellas.

Pero la erosión nunca actúa de manera uniforme. Algunas rocas resisten mejor que otras. Las areniscas compactas soportan durante mucho más tiempo el ataque de la intemperie que las arcillas blandas situadas por debajo. Poco a poco, las capas inferiores se desgastan, las superiores conservan durante algún tiempo su integridad y el relieve acaba adoptando formas sorprendentemente geométricas.

Así nacen los buttes, esas montañas aisladas tan características del oeste americano. Son los últimos supervivientes de antiguas mesetas que han ido desapareciendo alrededor. Desde lejos presentan perfiles tan regulares que cuesta aceptar que no hayan sido diseñados con escuadra y cartabón. Horse Peak pertenece precisamente a esa familia. Lo curioso es que el paisaje que la rodea potencia todavía más la ilusión.

En Europa resulta casi imposible contemplar una montaña completamente aislada. Siempre hay bosques, pueblos, carreteras, torres eléctricas o edificios que proporcionan una escala visual. En Wyoming no ocurre eso. Durante kilómetros solo existen matorrales bajos y suaves ondulaciones del terreno. Cuando aparece una elevación solitaria dominando el horizonte, nuestro cerebro carece de referencias para estimar su tamaño y su distancia.

A ello se suma otro fenómeno menos conocido. El aire seco de las grandes altiplanicies occidentales es extraordinariamente transparente. Estamos acostumbrados a que la humedad atmosférica difumine los objetos lejanos y les otorgue un tono azulado. En Wyoming esa neblina apenas existe. Montañas situadas a treinta o cuarenta kilómetros parecen encontrarse a la vuelta de la siguiente curva. Si creemos que un objeto está mucho más cerca de lo que realmente está, inevitablemente también lo imaginamos mucho más grande.

No es casualidad que tantos viajeros recuerden haber visto pirámides, castillos o fortalezas naturales recorriendo Arizona, Utah, Colorado o Wyoming. El paisaje occidental juega constantemente con nuestra percepción.

Quizá por eso prosperan con tanta facilidad las leyendas sobre civilizaciones desaparecidas, astronautas ancestrales y monumentos construidos por pueblos misteriosos. Basta una montaña con un perfil llamativo y una fotografía tomada con teleobjetivo para que internet haga el resto. El falso descubrimiento de Horse Peak es solo un ejemplo más de una larga tradición que comenzó mucho antes de las redes sociales.

Durante siglos, cualquier formación geológica que recordara vagamente una construcción humana fue atribuida a gigantes, atlantes, egipcios, fenicios o visitantes extraterrestres. La explicación geológica, en cambio, suele parecer menos emocionante. No hay sacerdotes mayas en Wyoming. No existen pirámides ocultas bajo la artemisa. Solo millones de años de sedimentación, levantamientos tectónicos y erosión paciente.

Y, sin embargo, sospecho que la realidad resulta mucho más asombrosa. Construir la Gran Pirámide de Guiza exigió unas pocas décadas de trabajo humano. Modelar Horse Peak ha requerido decenas de millones de años de lluvia, viento, hielo y gravedad actuando sin descanso. Ningún arquitecto habría aceptado un plazo semejante. La naturaleza, en cambio, jamás tiene prisa.

Aquel día seguí conduciendo hacia Casper convencido de haber visto una pirámide. Hoy sé que contemplaba una simple montaña sedimentaria. Curiosamente, el paisaje ha perdido misterio, pero ha ganado profundidad. Porque la verdadera maravilla no consiste en imaginar una ciudad olvidada bajo la roca, sino en comprender que una combinación de agua, viento y tiempo ha sido capaz de esculpir una forma tan perfecta que, incluso en pleno siglo XXI, un viajero todavía puede mirar hacia el horizonte de Wyoming y preguntarse, durante unos segundos, si los antiguos egipcios decidieron construir una pirámide en medio del salvaje Oeste.

Aunque no vi una pirámide, algo mucho más interesante: una montaña capaz de engañar a mi cerebro y, unos años después, una noticia capaz de engañar al de miles de personas. Las dos eran fruto de la misma debilidad humana: nuestra irresistible tendencia a encontrar patrones, incluso cuando la naturaleza y las redes sociales solo nos ofrecen roca, viento... y una buena historia.