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sábado, 15 de agosto de 2026

¿POR QUÉ NO VIVE CASI NADIE EN EL NORTE DE AUSTRALIA?

 

Mire ese mapa de Australia en el que aparecen señaladas sus principales ciudades. Sydney, Melbourne, Brisbane, Perth, Adelaida, incluso Hobart, en el sur de Tasmania. Ahora mire hacia arriba, hacia el norte. Allí ocurre algo bastante extraño.

La costa septentrional de Australia es la parte del continente más próxima a Indonesia, Singapur y las grandes economías asiáticas. Frente a ella se extiende uno de los espacios marítimos estratégicamente más importantes del planeta. Más allá de Indonesia están el estrecho de Malaca y las rutas que comunican el océano Índico con el Pacífico y por las que circula una parte formidable del comercio mundial. Si alguien tuviera que decidir dónde colocar la gran puerta australiana hacia Asia sin conocer nada más del país, probablemente señalaría algún punto de esa costa. Se equivocaría.

El norte australiano está casi vacío. Hay ciudades regionales como Cairns o Townsville en la costa nororiental, pero en la inmensa fachada septentrional propiamente dicha no existe ninguna gran metrópoli. Darwin, la capital del Territorio del Norte y la ciudad más importante de miles de kilómetros de costa, tiene una población que apenas ronda los 150.000 habitantes. Enormes extensiones del interior tienen densidades tan bajas que es posible conducir durante horas sin encontrar una localidad digna de ese nombre.

La primera explicación que viene a la cabeza es el clima. Y desde luego ayuda. El norte de Australia pertenece al mundo tropical y no conoce las cuatro estaciones a las que estamos acostumbrados en Europa. El año se divide básicamente en dos: la estación húmeda y la seca. Durante la primera, aproximadamente en el verano austral, llega el monzón. La humedad puede resultar asfixiante, las lluvias son torrenciales, los ríos se desbordan y algunas carreteras quedan cortadas durante semanas. A ello se añaden los ciclones tropicales, capaces de descargar lluvias extraordinarias, provocar marejadas y destruir edificios e infraestructuras.

Después parece que alguien cierre un grifo. Llega la estación seca, pasan meses casi sin lluvia, disminuyen los caudales, desaparecen muchos humedales temporales y el calor continúa. Para una sociedad que pretende construir carreteras, cultivar campos y garantizar un suministro permanente de agua, semejante alternancia entre demasiada agua y demasiado poca no constituye precisamente una invitación.

Pero hay un problema con esta explicación. Al otro lado del mar tenemos Yakarta y Singapur. Más al norte están Bangkok, Manila y otras enormes ciudades tropicales. Todas soportan calor, humedad, monzones y lluvias torrenciales y ninguna parece haber tenido dificultades para acumular millones de habitantes. El clima puede hacer incómodo el norte australiano, pero no explica por sí solo por qué está vacío.

Hay que buscar la respuesta en la historia. Antes de la llegada de los europeos, el norte no estaba vacío en absoluto. Numerosos pueblos aborígenes llevaban decenas de miles de años ocupando esas tierras y habían desarrollado formas de vida perfectamente adaptadas a sus ciclos climáticos. Además, las costas septentrionales australianas no estaban completamente aisladas del mundo exterior: los marinos makasares procedentes de lo que hoy es Indonesia mantuvieron durante siglos contactos con comunidades aborígenes del norte, especialmente para la recolección y comercio del pepino de mar.

Los británicos llegaron con otras necesidades. Cuando comenzaron la colonización de Australia en 1788 buscaban buenos puertos, agua permanente, terrenos agrícolas y, a ser posible, ambientes donde pudieran reproducir una economía europea. El sureste ofrecía condiciones mucho mejores. Sydney disponía de un magnífico puerto natural; las regiones donde crecerían Melbourne y Adelaida poseían tierras aprovechables y climas templados, y el suroeste alrededor de Perth ofrecía otra región de clima mediterráneo adecuada para el asentamiento europeo.

A partir de ahí comenzó a funcionar uno de los mecanismos más poderosos de la geografía humana: la inercia. Los británicos sí intentaron establecerse en el norte. Fundaron puestos como Fort Dundas, en Melville Island, en 1824, y Fort Wellington, en Raffles Bay, tres años después. Ambos fueron abandonados. Más tarde intentaron establecer Port Essington, en la península de Cobourg, con la esperanza de crear un puerto comercial que conectara Australia con Asia. Tampoco prosperó. Las enfermedades, las dificultades de abastecimiento, el aislamiento, los problemas agrícolas y la enorme distancia respecto de los centros económicos del sur hicieron aquellos asentamientos poco viables.

Darwin, fundado más tarde, sobrevivió. Pero para entonces Australia ya había tomado forma en otro sitio. Sydney y Melbourne crecían, recibían inmigrantes y acumulaban capital. Allí se construían puertos, universidades, fábricas y ferrocarriles. Cuanta más gente vivía en esas ciudades, más atractivo resultaba para las empresas instalarse en ellas; cuantas más empresas había, más trabajadores acudían; cuantos más trabajadores llegaban, más viviendas, carreteras y servicios se construían. Es un círculo que se alimenta a sí mismo.

En el norte ocurrió exactamente lo contrario. Poca población significaba poco mercado; poco mercado hacía menos rentable construir grandes infraestructuras y la falta de infraestructuras desanimaba a nuevos pobladores y empresas. Una región puede permanecer escasamente poblada durante generaciones no porque sea imposible vivir en ella, sino porque ya está escasamente poblada.

La tecnología moderna podría solucionar muchos de los problemas que atormentaron a los primeros colonos. Tenemos aire acondicionado, desaladoras, carreteras elevadas, refrigeración, telecomunicaciones, edificios resistentes a los ciclones y medios para transportar agua, alimentos y energía a grandes distancias. Técnicamente podríamos construir una ciudad de un millón de habitantes cerca de Darwin.

La pregunta es para qué. Las ciudades no aparecen porque un lugar vacío pueda llenarse, sino porque existe alguna razón económica suficientemente poderosa para llenarlo. Y aquí Singapur demuestra por qué la proximidad a Asia tampoco basta. Singapur se encuentra en un cuello de botella marítimo excepcional, el estrecho de Malaca, y desarrolló una función portuaria y comercial que generó una gigantesca concentración urbana. El norte australiano está próximo a las rutas asiáticas, pero no controla un paso marítimo equivalente ni dispone de un hinterland, el territorio interior que está conectado económica y comercialmente con un puerto o una ciudad y al que esta presta servicio, densamente poblado que necesite un gran puerto.

Paradójicamente, hubo un momento en que esa costa casi vacía se convirtió en uno de los lugares más importantes de Australia. Fue durante la Segunda Guerra Mundial. El 19 de febrero de 1942, más de 240 aviones japoneses atacaron Darwin en dos oleadas. Hundieron barcos, destruyeron instalaciones portuarias y causaron alrededor de 250 muertos. Fue el comienzo de una campaña que hoy se recuerda mucho menos fuera de Australia de lo que merece: Darwin y sus aeródromos sufrieron 64 incursiones aéreas japonesas hasta noviembre de 1943. En total, el norte de Australia recibió 97 ataques aéreos durante la guerra.

De repente quedó claro que aquella costa vacía no era una periferia. Era la primera línea. Darwin era fundamental como puerto, aeródromo y base desde la que los aliados podían operar hacia las Indias Orientales Neerlandesas y el Pacífico. Precisamente por eso Japón trató de neutralizarlo. Los ataques no formaban parte de una invasión inmediata de Australia, como a veces se ha contado, sino de una estrategia destinada a impedir que Darwin sirviera como plataforma militar aliada y a aislar Australia de sus socios.

Ochenta años después, la geografía sigue siendo la misma. Darwin continúa teniendo una importancia militar desproporcionada respecto de su tamaño y Australia contempla cada vez más su norte como la fachada estratégica hacia el Indo-Pacífico. La región posee además enormes recursos minerales, energéticos y ganaderos. Y, pese a todo, sigue sin aparecer allí una gran metrópoli.

Eso nos devuelve al mapa con el que empezábamos. Las ciudades no obedecen únicamente a la geografía. Obedecen también a las decisiones tomadas por generaciones anteriores. Los primeros europeos encontraron más sencillo establecerse en las regiones templadas del sur y el este; allí concentraron población, capital e infraestructuras, y cada generación posterior tuvo más razones para continuar haciéndolo. El norte quedó atrapado en el proceso contrario.

Y esa es quizá la paradoja más interesante de Australia. La parte del continente que mira directamente hacia el gran centro económico del siglo XXI sigue siendo una de las más vacías. No porque sea imposible vivir allí, ni porque carezca de recursos, ni porque haya dejado de tener importancia estratégica.

Sino porque la geografía decidió dónde era difícil empezar y la historia se encargó de que, dos siglos después, siga siendo difícil ponerse al día.