Mire ese mapa de Australia en el
que aparecen señaladas sus principales ciudades. Sydney, Melbourne, Brisbane,
Perth, Adelaida, incluso Hobart, en el sur de Tasmania. Ahora mire hacia arriba, hacia el norte. Allí ocurre algo
bastante extraño.
La costa septentrional de
Australia es la parte del continente más próxima a Indonesia, Singapur y las
grandes economías asiáticas. Frente a ella se extiende uno de los espacios
marítimos estratégicamente más importantes del planeta. Más allá de Indonesia están
el estrecho de Malaca y las rutas que comunican el océano Índico con el
Pacífico y por las que circula una parte formidable del comercio mundial. Si
alguien tuviera que decidir dónde colocar la gran puerta australiana hacia Asia
sin conocer nada más del país, probablemente señalaría algún punto de esa
costa. Se equivocaría.
El norte australiano está casi
vacío. Hay ciudades regionales como Cairns o Townsville en la costa
nororiental, pero en la inmensa fachada septentrional propiamente dicha no
existe ninguna gran metrópoli. Darwin, la capital del Territorio del Norte y la
ciudad más importante de miles de kilómetros de costa, tiene una población que
apenas ronda los 150.000 habitantes. Enormes extensiones del interior tienen
densidades tan bajas que es posible conducir durante horas sin encontrar una
localidad digna de ese nombre.
La primera explicación que viene
a la cabeza es el clima. Y desde luego ayuda. El norte de Australia pertenece
al mundo tropical y no conoce las cuatro estaciones a las que estamos
acostumbrados en Europa. El año se divide básicamente en dos: la estación
húmeda y la seca. Durante la primera, aproximadamente en el verano austral, llega
el monzón. La humedad puede resultar asfixiante, las lluvias son torrenciales,
los ríos se desbordan y algunas carreteras quedan cortadas durante semanas. A
ello se añaden los ciclones tropicales, capaces de descargar lluvias
extraordinarias, provocar marejadas y destruir edificios e infraestructuras.
Después parece que alguien cierre
un grifo. Llega la estación seca, pasan meses casi sin lluvia, disminuyen los
caudales, desaparecen muchos humedales temporales y el calor continúa. Para una
sociedad que pretende construir carreteras, cultivar campos y garantizar un
suministro permanente de agua, semejante alternancia entre demasiada agua y
demasiado poca no constituye precisamente una invitación.
Pero hay un problema con esta
explicación. Al otro lado del mar tenemos Yakarta y Singapur. Más al norte
están Bangkok, Manila y otras enormes ciudades tropicales. Todas soportan
calor, humedad, monzones y lluvias torrenciales y ninguna parece haber tenido
dificultades para acumular millones de habitantes. El clima puede hacer
incómodo el norte australiano, pero no explica por sí solo por qué está vacío.
Hay que buscar la respuesta en la
historia. Antes de la llegada de los europeos, el norte no estaba vacío en
absoluto. Numerosos pueblos aborígenes llevaban decenas de miles de años
ocupando esas tierras y habían desarrollado formas de vida perfectamente
adaptadas a sus ciclos climáticos. Además, las costas septentrionales
australianas no estaban completamente aisladas del mundo exterior: los marinos
makasares procedentes de lo que hoy es Indonesia mantuvieron durante siglos
contactos con comunidades aborígenes del norte, especialmente para la recolección
y comercio del pepino de mar.
Los británicos llegaron con otras
necesidades. Cuando comenzaron la colonización de Australia en 1788 buscaban
buenos puertos, agua permanente, terrenos agrícolas y, a ser posible, ambientes
donde pudieran reproducir una economía europea. El sureste ofrecía condiciones
mucho mejores. Sydney disponía de un magnífico puerto natural; las regiones
donde crecerían Melbourne y Adelaida poseían tierras aprovechables y climas
templados, y el suroeste alrededor de Perth ofrecía otra región de clima mediterráneo
adecuada para el asentamiento europeo.
A partir de ahí comenzó a
funcionar uno de los mecanismos más poderosos de la geografía humana: la
inercia. Los británicos sí intentaron establecerse en el norte. Fundaron
puestos como Fort Dundas, en Melville Island, en 1824, y Fort Wellington, en
Raffles Bay, tres años después. Ambos fueron abandonados. Más tarde intentaron
establecer Port Essington, en la península de Cobourg, con la esperanza de
crear un puerto comercial que conectara Australia con Asia. Tampoco prosperó.
Las enfermedades, las dificultades de abastecimiento, el aislamiento, los
problemas agrícolas y la enorme distancia respecto de los centros económicos
del sur hicieron aquellos asentamientos poco viables.
Darwin, fundado más tarde,
sobrevivió. Pero para entonces Australia ya había tomado forma en otro sitio. Sydney
y Melbourne crecían, recibían inmigrantes y acumulaban capital. Allí se
construían puertos, universidades, fábricas y ferrocarriles. Cuanta más gente
vivía en esas ciudades, más atractivo resultaba para las empresas instalarse en
ellas; cuantas más empresas había, más trabajadores acudían; cuantos más
trabajadores llegaban, más viviendas, carreteras y servicios se construían. Es
un círculo que se alimenta a sí mismo.
En el norte ocurrió exactamente
lo contrario. Poca población significaba poco mercado; poco mercado hacía menos
rentable construir grandes infraestructuras y la falta de infraestructuras
desanimaba a nuevos pobladores y empresas. Una región puede permanecer
escasamente poblada durante generaciones no porque sea imposible vivir en ella,
sino porque ya está escasamente poblada.
La tecnología moderna podría
solucionar muchos de los problemas que atormentaron a los primeros colonos.
Tenemos aire acondicionado, desaladoras, carreteras elevadas, refrigeración,
telecomunicaciones, edificios resistentes a los ciclones y medios para transportar
agua, alimentos y energía a grandes distancias. Técnicamente podríamos
construir una ciudad de un millón de habitantes cerca de Darwin.
La pregunta es para qué. Las
ciudades no aparecen porque un lugar vacío pueda llenarse, sino porque existe
alguna razón económica suficientemente poderosa para llenarlo. Y aquí Singapur
demuestra por qué la proximidad a Asia tampoco basta. Singapur se encuentra en
un cuello de botella marítimo excepcional, el estrecho de Malaca, y desarrolló
una función portuaria y comercial que generó una gigantesca concentración
urbana. El norte australiano está próximo a las rutas asiáticas, pero no
controla un paso marítimo equivalente ni dispone de un hinterland, el
territorio interior que está conectado económica y comercialmente con un puerto
o una ciudad y al que esta presta servicio, densamente poblado que necesite un
gran puerto.
Paradójicamente, hubo un momento
en que esa costa casi vacía se convirtió en uno de los lugares más importantes
de Australia. Fue durante la Segunda Guerra Mundial. El 19 de febrero de 1942,
más de 240 aviones japoneses atacaron Darwin en dos oleadas. Hundieron barcos,
destruyeron instalaciones portuarias y causaron alrededor de 250 muertos. Fue
el comienzo de una campaña que hoy se recuerda mucho menos fuera de Australia
de lo que merece: Darwin y sus aeródromos sufrieron 64 incursiones aéreas
japonesas hasta noviembre de 1943. En total, el norte de Australia recibió 97
ataques aéreos durante la guerra.
De repente quedó claro que
aquella costa vacía no era una periferia. Era la primera línea. Darwin era
fundamental como puerto, aeródromo y base desde la que los aliados podían
operar hacia las Indias Orientales Neerlandesas y el Pacífico. Precisamente por
eso Japón trató de neutralizarlo. Los ataques no formaban parte de una invasión
inmediata de Australia, como a veces se ha contado, sino de una estrategia
destinada a impedir que Darwin sirviera como plataforma militar aliada y a
aislar Australia de sus socios.
Ochenta años después, la
geografía sigue siendo la misma. Darwin continúa teniendo una importancia
militar desproporcionada respecto de su tamaño y Australia contempla cada vez
más su norte como la fachada estratégica hacia el Indo-Pacífico. La región posee
además enormes recursos minerales, energéticos y ganaderos. Y, pese a todo,
sigue sin aparecer allí una gran metrópoli.
Eso nos devuelve al mapa con el
que empezábamos. Las ciudades no obedecen únicamente a la geografía. Obedecen
también a las decisiones tomadas por generaciones anteriores. Los primeros
europeos encontraron más sencillo establecerse en las regiones templadas del
sur y el este; allí concentraron población, capital e infraestructuras, y cada
generación posterior tuvo más razones para continuar haciéndolo. El norte quedó
atrapado en el proceso contrario.
Y esa es quizá la paradoja más
interesante de Australia. La parte del continente que mira directamente hacia
el gran centro económico del siglo XXI sigue siendo una de las más vacías. No
porque sea imposible vivir allí, ni porque carezca de recursos, ni porque haya
dejado de tener importancia estratégica.
Sino porque la geografía decidió
dónde era difícil empezar y la historia se encargó de que, dos siglos después,
siga siendo difícil ponerse al día.