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sábado, 15 de agosto de 2026

UN TERREMOTO DE MAGNITUD 5 NO ES UN POCO MAYOR QUE UNO DE MAGNITUD 4

 

Durante la madrugada del día en el que escribo este artículo, en Granada, mi ciudad natal, se ha registrado un terremoto con epicentro en Alhendín, un pueblo cercano a la capital granadina. Las primeras estimaciones situaron su magnitud alrededor de 5. Un amigo granadino me pide que aclare qué significa exactamente ese valor y qué relación tiene con otra escala, la de Mercalli modificada, con la que, de forma un poco más doméstica, se describen las consecuencias de un terremoto. Intentaré darle respuesta.

Empecemos por presentar nuestros respetos a los dos hombres cuyos apellidos acompañan a estas escalas. Charles F. Richter (1900-1985) fue un sismólogo estadounidense que, junto con Beno Gutenberg, desarrolló en 1935 la primera escala instrumental de magnitud sísmica, basada en la amplitud de las ondas registradas por los sismógrafos. Giuseppe Mercalli (1850-1914) fue un sacerdote, geólogo y vulcanólogo italiano. Desarrolló una escala —un tanto pedestre, dicho sea de paso— para clasificar los terremotos según sus efectos observables sobre las personas, los edificios y el terreno, antecedente de la actual escala de Mercalli modificada.

Y ahora vamos con las cifras. Hay números que engañan por su aspecto inocente. Si un hotel obtiene una puntuación de 5 y otro de 4, suponemos que el primero es un poco mejor. Si una temperatura sube de 20 a 21 grados, ha aumentado un grado. Y si un terremoto tiene magnitud 5 en lugar de 4, resulta tentador pensar que también ha aumentado simplemente una unidad.

Pero no. En absoluto. Un terremoto de magnitud 5 no es «un poco más fuerte» que uno de magnitud 4. En términos de energía liberada es unas 32 veces mayor. Y uno de magnitud 6 libera aproximadamente mil veces más energía que uno de magnitud 4.

La culpa de esta aparente extravagancia la tienen los logaritmos. Para entenderlo no hace falta saber matemáticas. Basta imaginar una escalera cuyos peldaños son cada vez muchísimo más altos. En una escala lineal, pasar de 1 a 2 supone añadir lo mismo que pasar de 2 a 3. Si hablamos de euros, pasar de uno a dos euros significa añadir un euro, y pasar de dos a tres significa exactamente lo mismo.

Una escala logarítmica funciona de otra manera: cada paso representa una multiplicación. Eso es justamente lo que ocurre con la magnitud de los terremotos. Cuando la magnitud aumenta una unidad, la amplitud de las ondas sísmicas registrada por los instrumentos aumenta aproximadamente diez veces. Pero la energía liberada aumenta todavía más: aproximadamente 31,6 veces, que para entendernos podemos redondear a 32.

De ahí salen cifras que al principio parecen disparatadas. Un terremoto de magnitud 5 libera unas 32 veces más energía que uno de magnitud 4. Uno de magnitud 6 libera 32 × 32, es decir, aproximadamente 1.000 veces más energía que uno de magnitud 4. Y uno de magnitud 7 libera unas 32.000 veces más.

Por eso unas pocas décimas también importan. Un terremoto de magnitud 7,5 no está simplemente «a medio camino» entre uno de 7 y otro de 8 en términos energéticos: libera unas 5,6 veces más energía que uno de magnitud 7.

Aquí conviene aludir a otra confusión muy habitual. Cuando ocurre un terremoto solemos escuchar hablar indistintamente de la «escala de Richter» y de la «escala de Mercalli», como si fueran dos termómetros diferentes para medir la misma cosa. No lo son.

La magnitud intenta medir el tamaño físico del terremoto, es decir, la energía relacionada con la ruptura que se ha producido en la falla de origen del sismo, en el foco. Un terremoto tiene, en esencia, una magnitud. En la actualidad, para los grandes terremotos se utiliza principalmente la magnitud de momento, Mw, que ha sustituido en buena medida a la escala de Richter original, aunque en el lenguaje periodístico sigamos diciendo «Richter».

La escala de Mercalli, en cambio, responde a una pregunta completamente distinta: ¿qué ocurrió aquí? No mide directamente la energía liberada en el foco, sino los efectos observados en un lugar determinado: si la gente notó el movimiento, si se balancearon las lámparas, si cayeron objetos de las estanterías, si aparecieron grietas en los edificios o si las construcciones quedaron destruidas.

La versión moderna, llamada escala de Mercalli modificada, utiliza doce grados expresados tradicionalmente con números romanos. Un terremoto de intensidad I prácticamente no se percibe. En torno a III o IV, muchas personas ya pueden sentirlo: vibran puertas y ventanas y pueden balancearse las lámparas. En el grado V, el temblor es percibido por casi todo el mundo; algunas personas se despiertan, pueden caer pequeños objetos y volcarse otros inestables, aunque los daños son, por lo general, escasos. Con intensidades VI y VII empiezan los daños apreciables en los edificios, sobre todo en los más vulnerables. En VIII y IX, los daños pueden ser graves. Los grados X, XI y XII corresponden a destrucciones extraordinarias y alteraciones muy importantes del terreno.

Pero atención: una magnitud 5 y una intensidad V no significan en absoluto lo mismo. El cinco de la primera y el cinco romano de la segunda solo coinciden por casualidad.

Hay, pues, una diferencia fundamental: Mercalli no es una escala logarítmica. Tampoco es propiamente una escala lineal. Es una escala ordinal. Decir que un lugar ha sufrido intensidad VIII significa que los efectos observados son más graves que los correspondientes a VII y menos que los correspondientes a IX. Pero no podemos afirmar que VIII sea «el doble» que IV ni calcular cuántas veces es mayor un grado que otro.

Es algo parecido a clasificar el estado del mar como tranquilo, moderado, fuerte o muy fuerte. Existe un orden, pero las categorías no constituyen una regla graduada en unidades matemáticamente iguales. Y todavía hay otra diferencia esencial. Un terremoto posee una magnitud determinada, pero puede tener muchas intensidades Mercalli diferentes.

Imaginemos un terremoto de magnitud 7. Cerca del epicentro puede alcanzar una intensidad IX y causar daños muy graves. A cien kilómetros quizá se experimente como intensidad VI. A varios cientos de kilómetros podría sentirse apenas como III. El terremoto sigue siendo el mismo y su magnitud no ha cambiado. Lo que cambia son sus efectos.

Incluso dos localidades situadas a distancias parecidas del epicentro pueden experimentar intensidades diferentes. Influyen la profundidad del terremoto, el tipo de terreno, la geología local y, por supuesto, la calidad de los edificios. Los sedimentos blandos de una cuenca pueden amplificar las ondas sísmicas, mientras que una zona asentada sobre roca firme puede sufrir movimientos menores. Una ciudad llena de edificios vulnerables puede registrar daños mucho mayores que otra construida siguiendo normas antisísmicas estrictas.

La diferencia puede resumirse mediante una comparación de andar por casa. Supongamos que dejamos caer una piedra en un estanque. La energía con la que la piedra golpea el agua sería algo parecido a la magnitud: caracteriza el acontecimiento que hemos producido. Las olas que llegan a cada punto de la orilla representarían la intensidad. Cerca del impacto serán grandes; más lejos, pequeñas. Y en determinados lugares, debido a la forma de la orilla o a la profundidad del agua, pueden comportarse de manera diferente. La piedra produce un único acontecimiento. Sus efectos no son iguales en todas partes.

Esta distinción explica también por qué conocemos intensidades de terremotos ocurridos mucho antes de que existieran los sismógrafos. Los historiadores y sismólogos pueden estudiar crónicas antiguas: chimeneas derribadas, iglesias agrietadas, campanarios caídos, muebles desplazados, personas que huyeron de sus casas. Con esas informaciones es posible reconstruir aproximadamente un mapa de intensidades del terremoto.

No podemos viajar al pasado para colocar un sismógrafo en Lisboa en 1755, pero disponemos de innumerables testimonios sobre lo que hizo aquel terremoto en Portugal, España, Marruecos y otros lugares. Los daños se convierten así en una especie de sismógrafo histórico.

De modo que, cuando las noticias anuncien un terremoto de magnitud 7,8, conviene resistirse a imaginar una regla que va del uno al diez. Para empezar, la magnitud no tiene un máximo de diez. Y, sobre todo, sus números no crecen como los de una regla ordinaria. Podemos quedarnos con tres ideas.

La magnitud nos dice aproximadamente cuán grande fue el terremoto. Su escala es logarítmica: una unidad más supone diez veces mayor amplitud de las ondas y alrededor de 32 veces más energía.

La intensidad Mercalli nos dice qué efectos produjo el terremoto en un lugar concreto. Va de I a XII y no es logarítmica, sino ordinal.

Y un mismo terremoto tiene una magnitud, pero muchas intensidades.

Quizá la mejor manera de recordarlo sea esta: la magnitud pertenece al terremoto; Mercalli se refiere al lugar desde donde lo vivimos.