Pocas cosas revelan tanto el
poder de un invento como imaginar el mundo sin él. Si mañana desaparecieran los
aparatos de aire acondicionado, millones de oficinas tendrían que cerrar
durante las olas de calor, numerosos hospitales verían comprometido su funcionamiento,
buena parte de la industria electrónica tendría serios problemas para fabricar
sus productos y ciudades como Dubái, Singapur, Houston o Miami serían lugares
mucho menos atractivos para vivir. Estamos tan acostumbrados a pulsar un botón
y esperar unos segundos hasta que una habitación se enfría que olvidamos lo
extraordinario que resulta el proceso. En realidad, el aire acondicionado no
fabrica frío. Lo que hace es algo mucho más ingenioso: convencer al calor de
que se marche a otro sitio.
La historia comenzó mucho antes
de que existieran los motores eléctricos o los gases refrigerantes modernos. En
el verano de 1758, Benjamin Franklin y el profesor de química John Hadley
realizaron uno de esos experimentos aparentemente modestos que terminan
cambiando el mundo. Empaparon el bulbo de un termómetro con éter y alcohol y
utilizaron un fuelle para acelerar la evaporación de aquellos líquidos. Cuanto
más deprisa se evaporaban, más descendía la temperatura del termómetro. El
resultado fue sorprendente: consiguieron enfriarlo hasta unos –14 °C, aunque la
habitación donde trabajaban estaba a unos agradables 18 °C.
Aquello demostraba que la
evaporación podía absorber enormes cantidades de calor del entorno. Cada
molécula que escapaba del líquido necesitaba energía para romper los enlaces
que la mantenían unida a las demás, y esa energía la tomaba del propio líquido
y de los objetos con los que estaba en contacto. Dicho de otro modo, evaporar
un líquido era una magnífica manera de enfriar aquello que lo rodeaba. Franklin
no inventó el aire acondicionado, pero acababa de descubrir el principio físico
sobre el que se construiría toda la refrigeración moderna.
Hubo que esperar más de sesenta
años para dar el siguiente paso. En 1820, Michael Faraday logró licuar amoníaco
sometiéndolo a presión. Después dejó que aquel líquido se evaporara de nuevo y
observó que el aire de su laboratorio se enfriaba notablemente. El experimento
tenía una enorme trascendencia. Franklin había demostrado que la evaporación
producía frío; Faraday enseñó que ese proceso podía controlarse utilizando un
líquido volátil que primero se comprimía y luego se dejaba evaporar. Era, en
esencia, el embrión del ciclo de refrigeración que todavía utilizan nuestros
frigoríficos y aparatos de aire acondicionado.
El siguiente protagonista fue un
médico estadounidense llamado John Gorrie, destinado en la ciudad de
Apalachicola, en la costa de Florida. Sus pacientes sufrían malaria, fiebre
amarilla y otras enfermedades tropicales. En aquella época predominaba la teoría
de los miasmas, según la cual el aire caliente y viciado favorecía la
propagación de las enfermedades. Gorrie estaba convencido de que un ambiente
más fresco aliviaría a sus enfermos y comenzó a trabajar en una máquina capaz
de producir hielo de forma artificial.
Su invento, patentado en 1851,
utilizaba un sistema de compresión y expansión de aire para fabricar hielo.
Después hacía pasar aire sobre esos bloques helados para refrescar las salas
del hospital. Era una idea extraordinariamente avanzada para su tiempo. Aunque
el aparato resultaba demasiado caro, voluminoso e ineficiente para
comercializarlo, representaba el primer intento serio de utilizar una máquina
para climatizar un edificio. Gorrie no había resuelto el problema, pero había
comprendido perfectamente cuál era la necesidad.
Treinta años más tarde, el aire
frío volvió a convertirse en protagonista de una historia dramática. El 2 de
julio de 1881 el presidente estadounidense James A. Garfield recibió dos
disparos y permaneció durante semanas agonizando en la Casa Blanca. Washington
sufría un verano abrasador y los médicos intentaban aliviar, al menos, el
insoportable calor que soportaba el paciente.
Un grupo de ingenieros militares
improvisó entonces un ingenioso sistema de refrigeración. Un potente ventilador
hacía pasar el aire a través de una gran caja llena de bloques de hielo y
revestida con algodón empapado en agua helada. El aire salía notablemente más
frío y era conducido mediante un conducto hasta la habitación presidencial. El
aparato consumía cerca de media tonelada de hielo cada día, pero consiguió
reducir la temperatura de la estancia alrededor de 20 grados Fahrenheit, unos
11 °C.
Visto desde hoy, aquel
dispositivo recuerda sorprendentemente a un aparato de aire acondicionado. Sin
embargo, existía una diferencia esencial. No fabricaba frío; simplemente
consumía el frío almacenado previamente en enormes bloques de hielo. Era un sistema
caro, aparatoso y completamente inviable para un uso generalizado. Garfield
murió finalmente a consecuencia de las infecciones provocadas por los repetidos
sondeos realizados por sus médicos, pero el episodio dejó claro que la
humanidad estaba dispuesta a hacer enormes esfuerzos por controlar el clima de
los espacios interiores.
La solución definitiva llegó en
1902 gracias a un joven ingeniero de apenas veinticinco años llamado Willis
Haviland Carrier. Curiosamente, tampoco él estaba pensando en la comodidad de
las personas.
Una imprenta de Brooklyn, la Sackett-Wilhelms
Lithographing and Publishing Company, sufría un problema aparentemente
trivial. El papel absorbía humedad del ambiente y cambiaba ligeramente de
tamaño. Aquellas variaciones, de apenas unas décimas de milímetro, bastaban
para que los distintos colores impresos dejaran de coincidir entre sí y
arruinaran miles de ejemplares.
Carrier comprendió que el
verdadero enemigo no era tanto la temperatura como la humedad. Diseñó una
máquina que hacía circular el aire a través de unos serpentines refrigerados.
Al enfriarse por debajo de su punto de rocío, el vapor de agua contenido en el
aire se condensaba sobre los tubos, exactamente igual que ocurre en el exterior
de un vaso de agua helada durante el verano. El aire salía no solo más frío,
sino también mucho más seco.
Aquella fue la auténtica
revolución. Por primera vez era posible controlar simultáneamente la
temperatura, la humedad, la limpieza y la circulación del aire. Carrier no
inventó simplemente una máquina para enfriar habitaciones. Inventó la
climatización moderna.
Durante décadas, sin embargo,
aquellos equipos siguieron siendo enormes, caros y reservados a fábricas,
grandes almacenes, hoteles o edificios públicos. Las primeras unidades
domésticas comparables a las actuales no comenzaron a aparecer hasta la década de
1930, aunque su precio seguía estando al alcance de muy pocos. Como ocurre con
casi todas las innovaciones tecnológicas, la fabricación en serie fue
reduciendo progresivamente los costes, mejorando la eficiencia energética y
disminuyendo el tamaño de los equipos.
Después de la Segunda Guerra
Mundial comenzó la verdadera revolución doméstica. Los aparatos compactos para
ventanas y, posteriormente, los sistemas centrales de climatización hicieron
que el aire acondicionado dejara de ser un lujo para convertirse en un
electrodoméstico habitual.
Y fue entonces cuando el invento
de Carrier empezó a cambiar algo mucho más importante que la temperatura de una
habitación: cambió el mapa de Estados Unidos. Existe una frase muy repetida
entre los historiadores de la tecnología: «Sin aire acondicionado no existiría
el Sun Belt». Es una exageración, pero solo un poco.
Florida ya estaba habitada mucho
antes de que Carrier diseñara su máquina. Miami había sido fundada en 1896,
Jacksonville era un importante puerto comercial y Tampa prosperaba gracias a la
industria tabaquera. Lo que resultaba realmente difícil era soportar los
interminables veranos subtropicales. Trabajar en una oficina, mantener abierta
una fábrica o simplemente dormir durante una noche de agosto podía convertirse
en una auténtica prueba de resistencia.
La climatización transformó esa
realidad. De pronto era posible trabajar durante todo el año con independencia
del calor exterior. Hospitales, escuelas, laboratorios, hoteles, centros
comerciales y edificios de oficinas comenzaron a multiplicarse por todo el sur
del país. Empresas y trabajadores se trasladaron hacia estados antes
considerados demasiado calurosos, mientras millones de jubilados descubrieron
que podían disfrutar de los inviernos suaves de Florida sin sufrir tanto sus
veranos.
Naturalmente, el crecimiento de
Florida no puede atribuirse exclusivamente al aire acondicionado. También
influyeron la expansión del automóvil, la construcción de autopistas, el auge
del turismo, la aviación comercial y el extraordinario desarrollo económico de
la posguerra. Pero resulta difícil imaginar ese espectacular aumento de
población sin una tecnología capaz de domesticar el clima.
Hay inventos que cambian la forma
en que hacemos las cosas. Otros cambian la forma en que vivimos. El aire
acondicionado pertenece a una categoría todavía más rara: la de los inventos
que cambian el lugar donde vivimos.
Todo empezó con un termómetro
mojado en éter, un experimento de laboratorio y la curiosidad de dos
científicos que intentaban comprender cómo se comportaban los líquidos al
evaporarse. Ciento cincuenta años después, aquella observación aparentemente
inocente había terminado haciendo habitables regiones enteras del planeta. No
está mal para un descubrimiento que, en su origen, no pretendía enfriar ninguna
habitación, sino simplemente responder a una pregunta de física.