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sábado, 19 de marzo de 2022
Semillas que parecen cagadas (con perdón)
domingo, 13 de marzo de 2022
La planta que dejó huérfano a Abraham Lincoln
El 6 de octubre de 1818 un niño de nueve años ayudaba a su
padre, Thomas, un colono del valle del Ohio, a cortar tablas para construir un
tosco ataúd. Colocaron en su interior el cuerpo de la madre del niño, fallecida
la víspera. La enterraron en la colina al sur de la granja familiar. Thomas
siguió la costumbre de los pioneros, colocó piedras a la cabecera y al pie de
la tumba y grabó las iniciales, NHL, en la cruz de madera. NHL, Nancy HanksLincoln, madre del décimosexto presidente de Estados Unidos, Abraham Lincoln,
murió a causa de una extraña enfermedad.
Después de conseguir la independencia en 1783, miles de
flamantes estadounidenses como Daniel Boone y Thomas Lincoln cruzaron los
Alleghanies en Kentucky y se establecieron como colonos a lo largo de la cuenca
alta del río Ohio. Cuando inundaron la frontera del Medio Oeste fueron azotados
por una enfermedad nueva y mortal. Era desconocida en la poblada costa
Este y en cualquier otra parte del mundo.
Los colonos se vieron obligados a adivinar su causa e
intentar tratarla sin tener experiencia previa ni los conocimientos de la
investigación clínica moderna. La patología de la enfermedad y el
descubrimiento de un tratamiento eficaz tuvieron que esperar hasta el avance de
la bioquímica en el siglo XX.
Para entonces, la que sería conocida como “enfermedad de la
leche” casi había desaparecido y hoy prácticamente ha caído en el olvido.
En 1810, el médico y escritor Daniel Drake escribió un
extenso ensayo sobre Cincinnati y su entorno. Los “valles interiores de
Norteamérica”, como los llamó Drake, estaban poblados por colonos que cruzaron
las montañas para empeñarse en una vida ardua y precaria. Las principales
enfermedades a las que se enfrentaron eran las comunes en la época: malaria,
disentería, cólera, fiebre tifoidea, infecciones estreptocócicas, viruela y
neumonía.
Eran males comunes en la costa Este, colonizada casi
doscientos años antes. Los primeros colonos europeos que se asentaron en Nueva
Inglaterra poseían conocimientos sobre los síntomas y los tratamientos
relativamente eficaces de la medicina popular para cada una de esas
enfermedades, conocidas en Europa desde hacía siglos.
A principios del siglo XIX la medicina popular era más
medieval que moderna: los tratamientos propugnados por el médico griego Galeno
todavía estaban vivos en los “valles interiores” de Drake. Sangrías, purgas y
una antigua farmacopea basada en los humores hipocráticos eran la norma que
aplicaban barberos y curanderos.
Los colonos solamente sabían que el mal que los diezmaba era
impredecible, intratable y sumamente letal. Mató a centenares, aterrorizó a
miles y provocó crisis económicas locales. Se abandonaron aldeas y granjas; el
ganado murió; familias enteras fueron sus desdichadas víctimas. Huir de la
nueva peste se hizo una práctica común. Henry Basome se mudó tres veces huyendo
de la enfermedad, pero sucumbió antes de poder hacer una cuarta mudanza.
Años más tarde, la enfermedad casi desapareció sin que se
hubiera emprendido ninguna acción sanitaria especial, al menos ninguna dirigida
a su erradicación. Su desaparición fue una consecuencia del progreso de la
civilización del Medio Oeste y de los avances agropecuarios.
En un apéndice de su ensayo, Daniel Drake incluyó un informe
de 1809 de un tal doctor Barbee de Virginia, que había visitado el suroeste de
Ohio y descrito allí una enfermedad nueva, con una sintomatología clínica de
debilidad, espasmos y dolores musculares, vómitos, estreñimiento severo,
aliento desagradable, desfallecimiento generalizado, coma y muerte.
Barbee observó síntomas similares en vacas, caballos, ovejas
y perros. Los agricultores llamaban a la enfermedad “tembladeras” porque sus
animales domésticos se debilitaban y tiritaban al menor esfuerzo. Los temblores
aparecían cuando los animales pastaban o las crías mamaban y parecía cebarse en
los valles y piedemontes cubiertos de robledales, especialmente en el condado
de Champaign, Ohio, de donde había intentado escapar, sin éxito, el desdichado
Basome.
Un “malestar estomacal” por culpa de la leche
Drake y Barbee fueron los primeros en describir una
enfermedad que parecía endémica, a la que se denominó primero sick stomach
(malestar estomacal), puking illness (enfermedad del vómito), y más tarde slows
(enlentecimiento). Por entonces, nadie la relacionaba con la leche.
En 1811, el Cincinnati Liberty Hail publicó un artículo en
el que relacionaba el “malestar estomacal” con la leche de las vacas que
pastaban sueltas en los bosques y proponía que se examinara el estómago de los
animales muertos por los “temblores” para conocer qué planta podría haber sido
responsable de su envenenamiento.
Entre los muertos estaban los tíos de Nancy, y luego la
propia Nancy Lincoln.
Es muy probable que la familia Lincoln no supiera qué los
había matado, porque el rastro de la enfermedad no empezó a aclararse hasta que
la doctora Anna Pierce Hobbs Bixby identificó la planta en la década de 1830.
En la década de 1870, Dennis Hanks, primo de Nancy que había vivido en la
cabaña de los Lincoln durante años, confirmó que los Lincoln fueron víctimas dela enfermedad de la leche.
También recordaba que la familia se fue de Indiana a
Illinois para escapar de una epidemia que amenazaba con acabar con todos. Esa
fue la causa de que el primer cargo político de Abraham Lincoln, nacido en
Kentucky, fuera el de senador por Illinois (1847-1849).
Se encuentra al culpable
Durante la primera mitad del siglo XIX numerosas publicaciones describieron la enfermedad y el nombre sick stomach evolucionó a
enfermedad de la leche, porque para entonces ya se relacionaban la lactancia de
potros, corderos y terneros y el consumo humano de productos lácteos con la
aparición de los síntomas.
Pero pasaría un siglo y medio hasta que científicos y
médicos dieran con las causas: la enfermedad de la leche es una intoxicación
causada por el tremetol, un alcohol que se encuentra en Ageratina altissima,
una planta endémica de la cuenca atlántica de Norteamérica, donde es conocida
como white snakeroot (raíz de la serpiente blanca).
Entre tres y diez días después de ingerir alimentos (leche,
mantequilla, queso o carne) procedentes de animales infectados, el tremetol
comienza a producir sus efectos tóxicos: la inhibición de la citrato sintasa,
una enzima que cataliza el primer paso en el ciclo del ácido cítrico o ciclo deKrebs, el complejo proceso metabólico que produce energía en forma de ATP.
Inhibida la enzima, los pacientes afectados acumulan
sustancias ácidas que normalmente se metabolizan para obtener energía. El
exceso de ácido produce una acidosis semejante a la cetoacidosis diabética, una
complicación grave de la diabetes mellitus que ocurre cuando el organismo
produce niveles elevados de cetonas.
Por eso, por la acidez, uno de los síntomas más
característicos de la enfermedad era un olor fétido en el aliento del paciente,
a veces tan intenso que podía detectarse al entrar en una cabaña (los médicos
descubrirían mucho más tarde que el olor lo producía la acetona). Los
tratamientos eran variados y de amplio espectro, pero ninguno era específico ni
eficaz. La purga intestinal con calomelanos, la sedación con opio y alcohol y
la sangría eran tratamientos comunes.
Los que no morían rápidamente se recuperaban, aunque
lentamente, y muchos quedaban discapacitados de por vida por un debilitamiento
generalizado.
| Estado de la tumba de Nancy H. Lincoln en 1916. W & E Rech |
Publicado originalmente en The Conversation el 19 de enero de 2022.
sábado, 12 de marzo de 2022
Hongos que mimetizan flores
Empecemos por una pizca de ciencia ficción. Imagine por un momento
la terrible posibilidad de que hubiera un hongo capaz de secuestrar las
estructuras reproductoras humanas para reproducirse. Eso es exactamente lo que
hace un hongo patógeno recientemente descubierto que mimetiza las flores de dos
especies de margaritas amarillas para engañar a los habituales insectos polinizadores
de estas para que, en lugar de polen, trasladen las esporas del hongo, favoreciendo
así su dispersión.
La formación de falsas flores (pseudoflores) es, quizás, el
resultado más extraño de una interacción planta-hongo. Un equipo de
investigación del Departamento de Agricultura de Estados Unidos ha
encontrado un nuevo sistema de mimetismo floral en el que dos especies de hierbas
de ojos amarillos nativas de las sabanas de Guyana, Xyris setigera y
X. surinamensis, desarrollan pseudoflores constituidas completamente por
tejidos producidos por el hongo parásito Fusarium xyrophilum.
Las Xyridáceas forman una familia de plantas
monocotiledóneas con hojas basales de las que se levantan escapos (tallos sin
hojas) rematados en su extremo por inflorescencias que parecen espigas rodeadas
por escamas (brácteas) persistentes imbricadas como las tejas de un tejado
aunque dispuestas en espiral.
Las vistosas flores trímeras del género Xyris son
efímeras y se abren solo unas pocas horas. Generalmente sólo una o dos flores
por inflorescencia se abren al mismo tiempo. Por eso, los polinizadores, unas
abejas almacenadoras de polen, disponen de muy poco tiempo para obtener la
recompensa floral.
| Inflorescencias de Xyris infectadas por Fusarium. (A) Pseudoflor joven de color amarillo anaranjado. (B) Pseudoflor madura. (C) Sección longitudinal de una inflorescencia infectada de X. surinamensis. (D) Flora amarilla sana de la misma especie. Fuente. |
La demostración visible de la infección por el hondo comienza
cuando un ejemplar de Xyris infectado empieza a producir su
característica inflorescencia alargada. A primera vista, nada parece anormal.
La inflorescencia se alarga y su extremo madura poco a poco hasta que las
flores están listas para abrirse.
Incluso cuando la falsa flor comienza a emerger entre las
brácteas apretadas de la inflorescencia, el proceso sigue pareciendo normal.
Gradualmente emerge una estructura similar a una flor de color amarillo
brillante que se parece extraordinariamente a una auténtica flor de Xyris.
Sin embargo, una observación más detallada revela algo muy diferente.
En lugar de pétalos, las inflorescencias infectadas producen
una pseudoflor completa con estructuras que parecen pétalos. La pseudoflor no tiene
nada que ver con la planta: está formada totalmente por el micelio de Fusarium. La
semejanza morfológica va mucho más allá. Cuando los investigadores analizaron
esas pseudoflores descubrieron que, para empezar, producen pigmentos que
reflejan la luz ultravioleta de la misma manera que lo hacen las flores reales.
También emiten un complejo de compuestos aromáticos
volátiles que atraen a las abejas polinizadoras de los Xyris. De hecho,
al menos uno de esos compuestos coincide exactamente con un compuesto aromático
producido por las auténticas flores de las dos especies de Xyris.
Combinadas con el examen de la morfología macroscópica de
las pseudoflores, las observaciones microscópicas y los resultados de los
análisis PCR, demuestran que el hongo había producido una infección sistémica
en ambas especies de Xyris y, como consecuencia, las había esterilizado impidiendo
el desarrollo de sus flores para formar pseudoflores capaces de reproducir al
hongo.
¿Qué motiva que un hongo imite las flores con tanta
precisión? Reproducirse, por supuesto. Fusarium xyrophilum no puede
existir sin sus hospedantes del género Xyris. Como los Xyris no son
eternos, para que su ciclo vital continúe Fusarium debe infectar a otros
ejemplares de Xyris. Ahí es donde el papel de las pseudoflores demuestra
todo su valor. Debido a que se parecen tanto en apariencia como en aroma a las
flores reales, las abejas polinizadoras las tratan como si fueran flores. Las
abejas se posan sobre ellas y, despistadas al no encontrar lo que buscan,
curiosean la estructura del hongo hasta que descubren que no hay recompensa. No
importa, ya han quedado cubiertas de esporas de Fusarium.
A medida que las abejas visitan otras Xyris,
inevitablemente depositan esporas en cada planta en la que se posan. Esencialmente,
el hongo se aprovecha de las interacciones planta-polinizador para su propia
reproducción. Bien, ya sabemos los extraordinarios beneficios que obtiene el
hongo parásito.
Cabe ahora preguntarse si las plantas sacan algo en limpio. De momento solo es posible especular. Como las pseudoflores duran mucho más que las efímeras flores reales y, por lo tanto, con el tiempo podrían servir para atraer más polinizadores al área en la que viven, es factible que las poblaciones de Xyris podrían resultar beneficiadas al tener algunos ejemplares infectados.
Es solamente una hipótesis, pero quién sabe qué revelarán
más investigaciones sobre la ecología de este extraño mecanismo de relación
dentro del maravilloso mundo de las interacciones entre plantas y hongos. ©
Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.
miércoles, 2 de marzo de 2022
Enjambre o la nostalgia de un tiempo que se fue
Los chinos utilizan dos pinceladas para escribir la palabra crisis. Una pincelada significa peligro, la otra oportunidad. En una ocasión dijo John F. Kennedy que en una crisis hay que tomar conciencia del peligro, pero también reconocer la oportunidad. Y es que no hay mal que por bien no venga, el título que eligió Ruiz de Alarcón para una obra suya de 1630 que ahora viene de perillas cuando dicen que, para gozo de literatos y ventura de libreros, los casi dos años que llevamos cautivos de la pandemia han servido para incrementar la lectura y aclarar los anaqueles de las librerías.
Al menos en mi caso ha sido así, hasta el punto de que a
veces, leyendo hasta tres libros a la vez, recordaba lo que escribió Cervantes:
«yo
soy aficionado a leer, aunque sean los papeles rotos de las calles». En
esa glotona actividad de lector desmedido he encontrado libros de toda laya,
incluyendo algunos que hubieran sido más útiles «como sustitutos de la
cachiporra o del pisapapeles», según decía Moratín.
Pero en todo yermo nacen flores hermosas y entre mis
lecturas he atrapado una joya titulada Enjambre, del toledano Rafael
Cabanillas, un profesor empeñado en escribir novelas. Escribir novelas lo puede
hacer cualquiera que ponga algún tesón en ello (a algunas de las recién leídas
me remito), pero escribir buenas novelas es cosa bien distinta y al alcance de
unos pocos elegidos. Rafael Cabanillas es uno de ellos.
Hasta la primavera de 2020, en pleno confinamiento, yo no
conocía Quercus. En la raya del infinito, la primera novela de
Cabanillas a
la que dediqué una reseña en este mismo blog, cuya cuarta edición acaba de aparecer
en las librerías. Llegarán más, seguro, y lo harán de la mano de Cuarto
Centenario, la editorial que dirige Francisco del Valle, un impresor metido a
editor que está siempre más atento a su amor a los libros y a promocionar
autores noveles que a la cuenta de resultados.
Si escribirlas es difícil, publicar novelas sin recurrir a
la autoedición es algo así como transitar por el laberinto del Minotauro o el
castigo de Sísifo. Por mejor pluma que tengan, si permanecen ajenos a los
grandes agentes capaces de colocar libros de los hunos y los hotros (Unamuno
dixit), los escritores no consagrados parecen condenados a empujar
perpetuamente un libro montaña arriba hasta la cima de una editorial sólo para verlo
caer rodando hasta las faldas, desde donde deben recogerlo y empujarlo
nuevamente hasta la cumbre y así indefinidamente.
«Pueden impedirte ser un autor publicado, pero nadie puede
impedirte ser un escritor». Lo dijo Katherine Neville, que recurrió al aforismo
después de pasar varios años enviando a editoriales y agentes literarios su
manuscrito, El ocho, un raro thriller entre histórico y esotérico que, tras
haber esquivado los portazos de docenas de editoriales, en 1987 eclosionó en superventas
en doce lenguas, requirió decenas de ediciones y vendió millones de ejemplares
gracias a la única editorial que creyó en ella.
No ha sido la única vez que ha ocurrido. Desde el Ulises
de James Joyce hasta el Harry Potter de J.K. Rowling –pasando por obras
tan notables como Cien años de soledad, Santuario, El señor de los anillos
o La conjura de los necios– son muchos los ejemplos de libros clásicos,
superventas editoriales y hasta obras maestras que estuvieron a punto de no ver
la luz. La censura y la ceguera editorial se confabularon en muchos casos en su
contra. Por eso, que Rafael Cabanillas venga de la mano de las elegantes y
mimadas ediciones de Cuarto Centenario es una excelente noticia y una apuesta
por el futuro de un autor y de un editor cuyo empeño merece el reconocimiento
de los lectores.
«La memoria –escribió Cela- es como un mansísimo tamiz que
quita aspereza a los sucesos y los pule». La cita del quinto premio Nobel de
Literatura español cuadra a la perfección con la lectura de Enjambre,
segunda entrega de la que podría constituir una todavía inconclusa saga
literaria de los Montes de Toledo que confío esté puliéndose en la memoria
creativa de Cabanillas.
La novela no es una ciencia, es un arte en el que no se
tiene éxito si no es por la imaginación. Por eso, el talento de los novelistas
consiste en hacer un conjunto verdadero con trazos que no son más que
verdaderos a medias. Esos trazos son fábulas, tradiciones y leyendas, las más
de las veces colecciones de relatos evocadores que transmiten una lejana y
lancinante melancolía.
Quienes escriben no sólo escriben a fin de hacer visible para
los demás algo que han observado, sino también para acompañar algo invisible
hacia su destino insondable. La melancolía invisible de lo que fue, hito
inicial de un camino desde el pasado que conduce al incierto futuro, porque el
saber histórico es un recuerdo nostálgico al servicio de una esperanza utópica:
lo que queremos que sea nuestro entorno, nuestro país, nuestra ciudad o, en el
caso de Enjambre, la comarca de Los Montes, convertida de la mano de
Cabanillas en un Macondo situado en el interfluvio del Guadiana y el Bullaque.
Como escribió Thoreau, no es que la historia tenga que ser larga, es que lleva mucho tiempo hacerla corta. Quizás por ello hay que saludar gozosamente el encuentro con un libro que se hace corto, con una obra asequible, amena y concisa, en la que Rafael Cabanillas ha sabido resumir la esencia de la historia de uno de esos mundos casi perdidos que hemos dado en llamar “la España vaciada” en los que resuenan voces lejanas, de otros tiempos, se pisan las huellas de un pasado que es presente, de un tiempo detenido, en el que la tierra se despereza hasta el infinito.
Un universo rural que Cabanillas recupera para que el lector
recree un tiempo pasado que ya no volverá bien guiado por personajes ꟷTiresias,
el señor Jacobo o Deogracias, maestro frustrado y dramaturgo de tabernaꟷ refugiados
entre las ruinas, algo extraviados por la larga soledad sufrida, con las
sensaciones de quienes recuerdan cómo poco a poco todos sus vecinos y amigos
han muerto o se han marchado a la ciudad y saben que el tiempo los sepultará a
la sombra de madroños, encinas y serbales, bajo el húmedo musgo que ha invadido
los riscos, su historia y su recuerdo, pero cuya sabiduría popular transmiten
en un lenguaje olvidado de palabras añejas plenas de significados que no pueden
recrearse con el florido y adormecedor vocabulario postmoderno de otro inolvidable
personaje de la novela, Sophie Baker.
Enjambre es un buen libro y una excelente crónica de
un territorio que uno, por razones que no vienen al caso, conoce bien, pero que
ahora ꟷllevado
por Rafael Cabanillasꟷ vuelve desde donde habita el olvido a través de una
amena, concisa, asequible y bien expuesta narración de una región cuyo trasfondo,
es múltiple y complejo, abigarrado y envuelto en una misteriosa y fantástica
bruma, como Ainielle, el pueblo abandonado del Pirineo aragonés de Llamazares; de
Yoknapatawpha, el ficticio condado de Faulkner; de Celama de Luis Mateo Díez; de
la Región de Juan Benet; de la tierra desnuda de Rafael Navarro o de Comala, el
pueblo muerto de Juan Rulfo, que viven en un no-tiempo, suspendido, inerte, cuyos
habitantes no tienen existencia externa
y con paciencia infinita, sin una queja, sin un lamento, con solo el
zumbido de las moscas, los cascos de la mula golpeando contra las pedreras de
las rañas y el leve crujido de los huesos domados por la azada y por la reja
que recorre una tierra mil veces arada que se despereza hasta el infinito dependen
de la memoria para ser.
Decía Cervantes que la pluma es la herramienta por la que
fluye el alma. Por la pluma de Cabanillas fluye el alma, el corazón y el
sentimiento de quien conoce muy bien su región y, por lo mismo, la ama y no la
guarda para sí, sino que tiene la generosidad de regalarnos los sentidos con la
cuidada edición de un buen libro contado con la pasión de lo que merece la pena
ser contado sabiendo que, como escribió Espinel en La Vida de Marcos de
Obregón, «los libros hacen libre al que los quiere».
Que goces, desconocido lector, como yo he gozado con Enjambre
y disfrutes de él como yo lo he disfrutado: aprendiendo lo que no sé y
aprehendiendo el olvido para luego contarlos con pasión evocando
nostálgicamente el pasado como lección para el mañana.
sábado, 19 de febrero de 2022
El árbol más viejo de Europa está en Canarias
En este mismo blog, me ocupé hace tres meses de los árboles más viejos del mundo. Ahora me ocuparé de un hallazgo reciente que ha sacado a la luz el que probablemente sea el “Matusalén” de los árboles de la Unión Europea: una hembra de enebro canario (Juniperus cedrus) de 1.050 años que vive en el Parque Nacional del Teide, Tenerife.
Los árboles grandes no suelen ser los más longevos. Los
árboles de crecimiento rápido no suelen vivir muchos años porque a partir de
cierto tamaño empiezan a sufrir problemas mecánicos y tienden a desplomarse. Los
árboles longevos suelen tener crecimientos muy lentos, generalmente porque han estado
sometidos a condiciones limitantes que les han impedido alcanzar su crecimiento
potencial. Suelos pobres, competencia con sus vecinos o limitaciones hídricas
son algunos de los factores que limitan el crecimiento y los predisponen a la
longevidad. Luego, hace falta que no aparezcan perturbaciones tales como los incendios y, sobre todo, que por algún motivo los humanos los hayamos respetado.
Por eso, a pesar de que en todas partes del mundo existen
algunos árboles catalogados como “milenarios”, la realidad se
impone y existen pocas evidencias contrastadas de árboles europeos que superen
el milenio. Muchas veces esa calificación de “milenario” se apoya en
estimaciones basadas en su tamaño, pero los gigantes de los bosques, los árboles
monumentales, no suelen ser los más ancianos.
Tenerife, como otras islas volcánicas, ha estado habitada por seres humanos durante los últimos dos milenios. Sobrevivir allí durante siglos es un verdadero desafío para cualquier árbol, porque, además de la actividad volcánica periódica, la llegada de los humanos desencadenó la extinción de especies endémicas y la desaparición de ecosistemas enteros que sucumbieron pajo el peso del hacha, la agricultura y el ganado.
El Parque Nacional del Teide incluye varios volcanes
activos, el más alto de los cuales que da nombre al parque y supera los
3.700 metros de altitud a tan solo quince kilómetros del mar. Los gestores del parque están estudiando la dinámica poblacional y la longevidad de
los enebros canarios que han logrado sobrevivir en lugares impracticables desde el punto de vista agropecuario. Su objetivo es discernir
si estos arbolitos de troncos retorcidos pudieron formar alguna vez una
cubierta forestal en un paisaje actualmente desarbolado.
Uno de los ejemplares que llamaron su atención era un árbol aparentemente muy viejo que, oculto a la vista de los habituales caminos y senderos, crecía en un yermo rocoso al borde de un flujo de lava completamente aislado de otros enebros (Foto de cabecera de Manuel Suárez).
Como ocurre con los pinos longevos de Great
Basin National Park, el árbol tiene un tronco extremadamente irregular y
retorcido, con grandes porciones muertas y signos claros de podredumbre de la
madera. Sin embargo, sus márgenes aún mantienen la corteza viva desde el suelo hasta
su ápice, lo que permite que haya mantenido una copa verde y densa a pesar de
la gran cantidad de madera podrida que domina en el tronco. Aunque debido a su
aspecto venerable se conozca como el "Patriarca", en realidad es una
hembra con una producción de semillas sorprendentemente abundante.
Antes de ocuparnos del ejemplar que debiera llamarse la “Matriarca”, aprendamos un poco cómo se calcula la edad de un árbol. La respuesta no siempre es sencilla y en algunas ocasiones requiere de procedimientos científicos avanzados. El método más simple y clásico es contar los anillos de crecimiento (Foto): un anillo, un año. Contando los anillos se puede saber la edad del árbol. Si el anillo de un determinado año es grueso, el clima de ese año fue cálido y lluvioso; si el anillo es estrecho, significa que el árbol había "engordado” poco, señal de que el clima había sido frío y seco. Contar los anillos es muy fácil, pero cortar un árbol para saber su edad no es lo más recomendable ¿verdad?
| Colocar un alfiler en los límites entre anillo y anillo es una forma cómoda de calcular la edad de un árbol. |
Para contar y medir los anillos no es necesario talarel árbol. Los expertos llevan consigo una barrena sueca, una especie de berbiquí con una aguja hueca del diámetro de una pajita, que permite extraer un delgado cilindro de madera gracias al cual, usando una lente apropiada, se pueden examinar los anillos en la tranquilidad del laboratorio. Contando los anillos, se obtiene una idea muy aproximada de su edad (Foto).
Sin embargo, en muchas ocasiones el árbol está tan retorcido
o presenta partes tan podridas que no se pueden extraer muestras completas (también
hay algunas especies que no forman anillos de crecimiento claramente
distinguibles). En esos casos los dendrocronólogos (los científicos que calculan
la edad de los árboles) recurren a los isótopos radiactivos.
| El uso de la barrena sueca permite contar los anillos sin dañar al árbol. |
En el caso del enebro canario, los investigadores tomaron una pequeña porción de madera de la parte más vieja del árbol, la más próxima al centro de la base, para analizar la concentración de un isótopo muy particular, el carbono-14 (C-14). Este isótopo se forma en la atmósfera por el bombardeo de los rayos cósmicos y todos los organismos vivos lo van acumulando durante su vida, vía fotosíntesis en el caso de las plantas o indirectamente a través de la cadena trófica en el caso de los animales.
Cuando un organismo (o las células de la madera en el caso
de los árboles) muere, deja de acumular ese isótopo. Al ser radiactivo, el C-14
se descompone de modo que cada 5.730 años se reduce a la mitad. Dado que sabemos
con cierta precisión la concentración de C-14 en la atmósfera a lo largo de la
historia, conociendo la cantidad de este isótopo en cualquier tejido podemos
saber la edad de muestras orgánicas de menos de cincuenta milenios.
| Los anillos de los árboles reflejan tanto la edad del árbol como las condiciones en las que creció. Esta secuoya gigante tiene más de mil anillos de crecimiento, un anillo por cada año que estuvo vivo desde el 909 d.C. Foto. |
En el caso del Patriarca, los investigadores contaron 329
anillos de crecimiento en el núcleo (12,5 centímetros de grosor), pero la
datación con C-14 indicó que el árbol era mucho más viejo, de hasta 1.050 ± 30
años. Eso significa que el árbol probablemente germinó en la segunda mitad del
siglo 10, cuando el pueblo aborigen guanche ya llevaba viviendo en la isla
durante un milenio.
Durante la primera mitad de su vida, el árbol tuvo que
sobrevivir al ganado de las tribus aborígenes de Tenerife, que compartían la
parte más alta de la isla para aprovechar los pastos de verano. Los aborígenes
también utilizaban esos árboles como leña e introdujeron el uso del manejo
del fuego prescrito, reduciendo extremadamente el área forestal de las Islas
Canarias.
Más tarde, y junto con los recurrentes terremotos y
erupciones de volcanes cercanos, el Patriarca fue testigo de la colonización
europea a finales del siglo XV y de los posteriores cambios en el uso de la tierra
y las transformaciones del paisaje vinculadas a la introducción de la
agricultura, que aumentaron la presión humana sobre los ecosistemas naturales, incluyendo la explotación de los enebros debido a su madera de alta calidad. Con
toda probabilidad, los enebros canarios alguna vez fueron abundantes en los
terrenos del actual Parque Nacional, pero la especie fue erradicada de las
llanuras debido a la actividad humana y quedó confinada a lugares
fuera del alcance de humanos y ganado.
Algunos de los enebros canarios estudiados sobrepasan
holgadamente los mil años de vida, mientras que el Patriarca, el más antiguo,
alcanza los 1.481 años (con un error de 30 años). Este último es actualmente el
árbol vivo más viejo de la Unión Europea datado con un método
científico contrastado. Por qué y cómo el "Patriarca" sobrevivió al
proceso de deforestación sigue siendo un enigma. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.
sábado, 5 de febrero de 2022
Solandra grandiflora, el psicodélico y venenoso cáliz de oro
El metabolismo
primario incluye aquellos procesos químicos que se llevan a cabo para
sobrevivir, crecer y reproducirse: fotosíntesis, glucolisis, síntesis de
aminoácidos, síntesis de proteínas, enzimas y coenzimas, síntesis de materiales
estructurales, duplicación del material genético, reproducción de células
(crecimiento), absorción de nutrientes, etcétera.
Como consecuencia
del metabolismo secundario, las plantas producen metabolitos que emplean con
diferentes fines, principalmente como mecanismos químicos de defensa frente a
herbívoros. Entre los metabolitos secundarios destacan, sobre cualquier otro
tipo de fitoquímicos, los alcaloides,
una gran familia de más de 15.000 compuestos orgánicos que tienen en común tres
características: son solubles en agua, contienen al menos un átomo de nitrógeno,
y exhiben actividad biológica.
Esa actividad
biológica se manifiesta entre otras cosas, en que, a concentraciones bajas, son
fisiológicamente activos en los animales, de donde derivan sus múltiples usos
en medicina, farmacología y fitoterapia, bien en estado puro bien en quimiosíntesis
como drogas vegetales. Existen innumerables plantas que contienen alcaloides
como la quinina, la morfina, la codeína, la cafeína, la teína, la teobromina, la
atropina, la escopolamina, la nicotina y un largo etcétera.
| Phyllobates terribilis. |
No obstante,
la mayoría de los alcaloides son considerados como “vegetales”. Se calcula que
un 10 % del total de las especies “vegetales” contienen algún tipo de estos
compuestos. Incluso a bajas dosis, la mayoría de los alcaloides producen efectos
psicoactivos en los animales, por lo que se emplean mucho para tratar problemas
mentales y calmar el dolor. Ejemplos conocidos son la cocaína, la nicotina, la
atropina, la colchicina, la quinina, la cafeína, la estricnina y la morfina.
La copa de
oro, Solandra máxima, pertenece a la familia de las solanáceas, en la
que, además de alimentos tan comunes como tomates, papas, berenjenas o
pimientos, se incluyen el tabaco y algunas plantas tóxicas, venenosas o
alucinógenas, como el estramonio,
el beleño
y la mandrágora,
de las que me he ocupado en este mismo blog. Esas solanáceas contienen dos alcaloides
psicotrópicos activos: hiosciamina y la escopolamina, mientras que otro
anestésico y vasodilatador, la atropina, se extrae de otras plantas de la misma
familia como el propio estramonio y la burundanga o floripondio (Brugmansia arborea),
cuyos efectos tóxicos y empleo con fines ilegales son bien conocidos en los
archivos forenses y policiales.
| Beleño, Hyosciamus niger |
Las
propiedades la copa de oro, como las de muchas otras solanáceas incluidas
nuestras prosaicas patatas, se deben a sus alcaloides de acción
anticolinérgica, que, tal y como expliqué
en este artículo, sirven para alterar los efectos producidos por la
acetilcolina en el sistema nervioso. En general, las solanáceas contienen
numerosos alcaloides tropánicos que tienen una bien ganada fama como
alucinógenos químicos delirantes con capacidad de causar la muerte a los que
han sido lo bastante locos como para probarlas sin conocimiento. Y es que en
dosis elevadas los alcaloides tropánicos, poseedores de propiedades narcóticas que
permiten su uso como analgésicos y anestésicos, provocan estimulación antes de
causar una fuerte depresión que puede inducir al coma.
Las tropinas
son las moléculas responsables de que el estramonio, el beleño, la belladona o
la mandrágora formen parte de la clásica y ensoñadora farmacopea de las
"hierbas de las brujas" y como tal ha sido protagonista de muchas
leyendas, rituales y burdas supersticiones que, venidas desde Oriente Próximo, llegaron
a Europa donde trovadores y hechiceros las propagaron por doquier.
El género Solandra
comprende especies nativas de las regiones neotropicales de América. Solandra
grandiflora, más conocida popularmente como copa de oro o cáliz de vino, es
autóctona de los territorios centrales de México. Desde allí su área nativa
alcanza por el sur hasta Chiapas y, asilvestrada pero no nativa, alcanza por el
norte hasta las regiones subtropicales del sur de Estados Unidos y por el sur se
ha extendido a Suramérica y a varias islas del Caribe. También se propaga cada
vez más en Australia.
S.
grandiflora es una
trepadora perenne de crecimiento rápido que puede exceder fácilmente los treinta
metros de longitud. Las ramas son nudosas y de cada nudo brotan zarcillos y raíces
que permiten que la planta pueda anclarse a sus soportes y produzca un sistema
radicular más extenso que mejora su capacidad de acceso a los nutrientes
esenciales.
Las solandras
son muy utilizadas en jardinería (en climas cálidos, carentes de heladas) por
sus grandes flores campanuladas de color amarillo con rayas interiores
espiraladas de color púrpura o marrón que pueden alcanzar hasta veinticinco centímetros
de largo. El color de las flores oscila desde el blanco brillante al amarillo. Se
abren al atardecer y emiten una fuerte fragancia dulce, que huele a coco o a vainilla.
La apertura nocturna, los olores potentes y el gran tamaño de las flores, generosas
productoras de néctar, son señales claras para atraer a sus polinizadores: los
murciélagos.
| Floripondio, Brugmansia arborea |
En su
ambiente natural, donde hay murciélagos y, por lo tanto, se produce la polinización,
las diferentes especies de Solandra producen grandes bayas blanco-amarillentas
que contienen muchas semillas diminutas. Cuando Solandra grandiflora se
cultiva como ornamental, por lo general se propaga por esquejes y rara vez
produce frutos.
Algunos pueblos
nativos de México y del norte de Centroamérica (huastecos, huicholes y mixtecos)
han creído durante mucho tiempo en los poderes mágicos y misteriosos del cáliz
de oro. Hay utensilios precolombinos aztecas que representan claramente el
uso ritual de la planta entre los aborígenes de Mesoamérica.
El uso más
conocido y estudiado de Solandra viene de los indios huicholes de
Jalisco, México. Los huicholes tienen una larga historia y una mitología elaborada
en torno a su propio origen y la flor de Solandra a la que llaman Kieli.
Los ancianos enseñan a los niños que el Dios del viento y la magia, Kieli
tewíali, bajó a la Tierra y se transformó en la liana Solandra. Kieli
tewíali era el hijo de la Serpiente Cósmica y de la lluvia, que vino a la Tierra
para beneficiar a la humanidad mediante la transformación de sí mismo en la maravillosa
flor fragante del kieli. Los huicholes creen que, al dormir al lado de las
flores, la fragancia penetrará en el cuerpo y los transportará ensoñadoramente a
un reino místico.
Como con
muchas de las plantas alucinógenas mexicanas se han desarrollado diferentes
preparaciones para aprovechar las propiedades mágicas de estas plantas. Algunas
tribus comen las flores directamente para inducir estados de trance. Otras hacen
infusiones con tallos secos y raíces cocidas en agua. Varias tribus muelen las
hojas frescas y las usan como supositorios anales. La forma más popular y el
método más documentado de ingestión usa las flores, hojas y raíces secas,
molidas y mezcladas con otras hierbas alucinógenas para fumar.
Como en
tantos otros casos, la planta goza también de fama como afrodisíaca. La
sabiduría popular tradicional cree que al darle a un hombre una infusión hecha
de las flores y raíces aumentará su deseo sexual hasta el punto de que el
excesivo deseo puede hacer que un hombre muera al "secarlo" por
completo.
| El peyote, Lophophora williamsii, un cactus enteógeno |
Muchos pueblos mesoamericanos comparan los efectos psicodélicos de Solandra grandiflora a los que se producen los cactus peyotes (Lophophora williamsii), pero con efectos mucho más acusados que pueden causar la muerte. La infusión puede producir una psicosis que dura más de treinta y de seis horas con alucinaciones, delirios extremos e inconsciencia absoluta. Los efectos producidos por fumar las hojas secas y las flores son mucho más sutiles y breves, pero sin merma de su potente capacidad psicoactiva y con fuertes efectos afrodisíacos.
El análisis farmacológico
del género Solandra ha demostrado que, aunque todas sus especies
contienen compuestos psicoactivos en diferentes concentraciones, Solandra
grandiflora presenta la concentración más elevada en peso seco. Todas las
partes de la planta (flores, hojas, tallos, raíces y bayas) tienen importantes
cantidades de alcaloides tropánicos, pero en el sistema radicular es donde se
concentra el mayor porcentaje de compuestos activos. ©
Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.
sábado, 22 de enero de 2022
Frutos dentro de otras frutas o viceversa
Antes de comenzar, permítanme una pequeña digresión
semántica. En el texto escribiré indistintamente “fruta” y “fruto”. Son lo mismo.
Fruto es el nombre técnico, biológico si se prefiere, para referirse a los
ovarios fecundados de la inmensa mayoría de las plantas que se reproducen por
semillas, las cuales, como es bien sabido, están encerradas en los frutos. En el
lenguaje coloquial, o comercial si se quiere, una fruta es un fruto
comestible puesto en el mercado, de la misma manera que decimos “peces” cuando
están vivos y “pescados” cuando los encontramos en el mostrador de la pescadería. Escribiré “fruto” desde el punto de vista biológico y “fruta” cuando me refiera
al fruto se ha comercializado o está listo para el consumo.
A veces cuando uno se acerca a manipular alimentos se encuentra con fenómenos un poco intrigantes. Les voy a contar dos casos que
me han ocurrido abriendo dos frutas: un
pimiento (¡sí!, aunque los vendan como verduras, los pimientos o los
tomates ꟷdos plantas de la misma familia, por ciertoꟷ son frutos) y una papaya.
A veces, cuando abro un simple pimiento (cualquiera de las
muchas variedades de la especie Capsicum annuum) encuentro en el interior un
pimiento pequeño pero perfectamente formado como el que muestro en la fotografía del encabezamiento. Aparece unido a la
placenta junto con las semillas. La primera vez que me encontré uno fue toda
una sorpresa, pero una búsqueda rápida en la bibliografía (¡gracias, Google!) me
puso al corriente de que no es un fenómeno tan raro.
¿Qué pasaba en ese fruto para que se formara otro dentro?
Como las papayas de las que me ocuparé más adelante, los pimientos son plantas que
se reproducen por semillas. Si hacemos una comparación con la reproducción en animales
diríamos que son plantas ovíparas, porque de la misma forma que los embriones
de los animales que ponen huevos (ovíparos) nacen a partir de
estos una vez depositados en el medio y convenientemente incubados, los
embriones de las plantas con semillas nacen desde estas después de que hayan
pasado por un periodo de reposo llamado dormancia.
| Papaya con semillas germinadas en el interior |

