Páginas vistas en total

sábado, 13 de noviembre de 2021

La muerte de Prometeo


Si uno sale conduciendo desde California, para llegar a Great Basin National Park tiene que cruzar Sierra Nevada por Tioga Pass y luego, una vez dejado atrás Mono Lake, atravesar toda Nevada de oeste a este conduciendo a través de la US-50, la “Loneliest Road in America” (la “carretera más solitaria de América); son más de 600 kilómetros con rectas infinitas que conducen a través de un inmenso desierto helado en invierno y asfixiante en verano, desde Carson City, en las puertas de Yosemite, hasta Baker, punto obligado de acceso al Great Basin National Park.

Mientras que los turistas saturan Yosemite convirtiendo la placidez de la naturaleza en un insoportable alboroto más propio de un parque de atracciones, la soledad preside las cumbres de uno de los parques nacionales estadounidenses más hermosos y desconocidos, Great Basin, situado en los confines orientales de Nevada, muy cerca de la frontera con Utah, dos de los estados más áridos y despoblados de Estados Unidos. El parque nacional fue creado en 1986 como consecuencia de la presión ejercida por grupos conservacionistas que salieron en defensa de unos pinos que habían saltado a la fama como resultado de un lamentable episodio ocurrido en el verano de 1964.

La mañana del 6 de agosto de 1964, un aprendiz de científico de treinta años, Donald Currey, ascendía acompañado de tres hombres por un sendero que serpenteaba por las faldas de Wheeler Peak (4.011 m), la montaña más alta de Nevada. Uno de los hombres llevaba el uniforme oliváceo de los guardas del Servicio Forestal de Estados Unidos. Otro llevaba de las riendas una mula cargada con herramientas de leñador, mientras que el tercero portaba un equipo fotográfico para documentar el acontecimiento que Currey iba a protagonizar.


Aspirando durante varias horas el fresco aroma de los pinos piñoneros y las sabinas de Utah que impregnaba el aire puro de aquellas montañas aisladas de la civilización, los hombres llegaron jadeantes a la timberline, la línea imaginaria situada aproximadamente en la cota de los 3.200 metros, en la que los árboles se rinden al ataque de los vientos heladores y nada, salvo algunas plantas de un palmo de altura pegadas al suelo, lograba sobrevivir. Allí, en la inhóspita frontera entre el bosque de pinos y el páramo desolado, prosperaban contra toda lógica unos de los árboles más raros del mundo, los pinos aristados, cuyos retorcidos troncos llevaban casi cinco mil años contemplando las llanuras de Nevada.


El pino longevo (Pinus longaeva), también llamado pino aristado por las puntas que rematan las escamas de sus piñas, solo crece en algunas montañas del suroeste de Estados Unidos y siempre marcando el límite altitudinal de la vegetación arbórea. Los vientos dominantes, cargados de agujas de hielo en invierno y de granos de arena en verano, esculpen los troncos dándoles una forma nudosa, más horizontal que vertical, reflejo de su eterna batalla contra los elementos de la alta montaña. A barlovento, las partículas de hielo y arena arrastradas por el viento liman la corteza de los troncos y los pulen hasta el punto de que parecen petrificados en vida, como barnizados por las manos de un colosal ebanista.

La sequía y el frío limitan el crecimiento de los árboles que apenas superan los cinco metros de altura. Los árboles más robustos miden unos diez metros de alto y hasta seis de circunferencia, pero a menudo parecen leños secos y retorcidos cuyo único signo de vida son los penachos de hojas verdes que aparecen aislados, entre los cuales emergen las piñas púrpuras y aristadas.

Hace más de sesenta años, nadie soñaba con que ningún ser vivo pudiera vivir más de cuatro milenios y mucho menos que lo hiciera como un enano retorcido en las altas montañas de los desiertos americanos. Todo cambió en 1953, cuando Edmund Schulman, un dendrocronólogo (los científicos que datan las edades de los árboles) de la Universidad de Arizona, decidió explorar algunos árboles raros que crecían en las cumbres de las montañas White del centro de California.

Schulman buscaba árboles sensibles al clima, que eran algo así como unas estaciones meteorológicas naturales en cuyos leños se registran datos climáticos durante siglos. Los dendrocronólogos usan los anillos de los árboles como una forma de descubrir los misterios de los climas antiguos. Cada anillo de la sección de un tronco es una estación de crecimiento, un año.

Edmund Schulman al pie de un pino longevo en las montañas White (1954)


Contando los anillos se puede saber la edad del árbol. Si el anillo de un determinado año es grueso, el clima de ese año fue cálido y lluvioso; si el anillo es estrecho, significa que el árbol había “engordado” poco, señal de que el clima había sido frío y seco. Para contar y medir los anillos no es necesario cortar el árbol. Los expertos llevan consigo una barrena sueca, una especie de berbiquí con una aguja hueca del diámetro de una pajita, que permite extraer un delgado cilindro de madera, gracias al cual, usando una lente apropiada, se pueden examinar los anillos en la tranquilidad del laboratorio.

En 1953, Schulman trepó a más de 3.300 metros en las montañas White y extrajo una muestra del tronco del que se tenía por el pino más viejo del mundo. Los guardas le llamaban Patriarca. Los anillos sumaban 1.500 años. Varios de los vecinos del Patriarca también tenían un número similar de anillos. Durante las temporadas de campo de 1954 y 1955, Schulman volvió a sondar pinos aristados aún más viejos. «Por increíble que parezca, en 1956 sabía a ciencia cierta que allí había árboles de más de 4.000 años», escribió Schulman en 1956, un año crucial en su vida como investigador.

En el verano de 1957, Schulman había descubierto diecisiete pinos longevos que habían cumplido 4.000 años por lo menos. Nueve de estos crecían en una zona que denominaron Methuselah Walk (senda de Matusalén), en honor del árbol más antiguo conocido en el mundo, un pino de 4.676 años de antigüedad, al que llamaron Methuselah (Matusalén), un guiño a la figura más longeva de la Biblia. Mientras preparaba su definitiva expedición del verano de 1958, Schulman sufrió un ataque cardíaco que acabó con él a los 48 años.

En marzo de 1958, la revista National Geographic publicó el artículo que Schulman había escrito sobre su sorprendente descubrimiento. Aquellos pinos deformes, nudosos y retorcidos habían sido testigos mudos pero escrupulosos de varios milenios de sequías, inundaciones, y glaciares en retirada. Sus anillos ofrecieron a los científicos la oportunidad de reconstruir el clima local hasta fechas contemporáneas a la construcción de las pirámides egipcias.

Donald Currey, un estudiante de doctorado graduado en Geografía, esperaba explotar esta relación entre los árboles y la historia. Quería desarrollar una relación climática de la evolución glaciar del suroeste americano desde el año 2000 a.C. Su investigación se centró en las características geológicas de la cordillera Snake del este de Nevada, una cadena montañosa coronada por el imponente Wheeler Peak. Los pinos longevos de sus cumbres guardaban en sus anillos las claves temporales que Currey ansiaba analizar.

Bosquete de Pinus longaeva en las cumbres de Wheeler Creek. Al pie del considerado el árbol más viejo del mundo, Luis Monje, fotógrafo científico de la Universidad de Alcalá. Verano de 2011.

Cuando preparaba su trabajo, a Currey ni se le pasaba por la imaginación que pudiera encontrar ejemplares más viejos que los que había visto en el artículo de National Geographic. En el verano de 1964 tropezó con algo inesperado. Un grupo de árboles que crecía en una zona conocida como Wheeler Peak Scenic Area parecía contener árboles tan viejos como lo que había descrito Schulman. Entusiamado, comenzó a tomar muestras de los árboles utilizando su barrena sueca de veintiocho pulgadas. Día tras día, llevando su cuaderno y su barrena, trepó por el suelo rocoso que rodeaba a los pinos, recogiendo muestras que luego podría analizar con un microscopio.

El ejemplar anotado con el número WPN-114 era el más espectacular que encontró. Anotó los datos: «una copa muerta de 5,1 metros, un brote vivo de 3,3 metros de alto y una circunferencia de 6,4 metros a medio metro sobre el suelo». Anotó también que la corteza del árbol, que era necesaria para su supervivencia, estaba únicamente «presente en una sola franja de medio metro de ancho, orientada hacia el norte». Los vientos y la arena habían desgastado el resto. Pero el árbol estaba vivo y seguía produciendo penachos compactos de hojas como agujas.

Intentó perforarlo, pero la barrena se rompió. Lo intentó de nuevo y rompió la barrena de repuesto. Sin su equipo, no tenía nada que hacer. Ese viejo ejemplar estaba ante él, sus anillos guardaban los secretos de varios miles de años de cambio climático, y no tenía forma de estudiarlo, al menos con sus barrenas. Descendió hasta Baker y se dirigió al guarda del Servicio Forestal del distrito, al que explicó que quería cortar el WPN-114 para estudiar la sección transversal directamente. En ese momento, cortar árboles para la investigación dendrocronológica no era infrecuente; incluso Schulman había dejado escrito en National Geographic que había seccionado tres muestras, aunque ninguna de Matusalén. El guarda consultó con su supervisor al que comunicó que el árbol «era como muchos otros y no era del tipo que el público visitaría». El supervisor pensó que serviría mejor a la ciencia y a la educación y decidió que podía talarse.

A eso se disponían esa mañana del 6 de agosto. Cuando llegaron a WPN-114, varios hombres se turnaron para cortar el árbol. Transcurridas unas horas, no quedaba nada más que el enorme tocón que aparece en la fotografía. De vuelta al laboratorio, Currey puso las muestras preparadas en su microscopio y comenzó a contar los anillos. Hizo un descubrimiento sorprendente. En la sección de WPN-11 había 4.844 anillos, casi doscientos más que en el Matusalén. WPN-114 había sido cortado varios pies por encima de su base, por lo que no habían podido acceder a algunos de los primeros anillos. El árbol podría haber tenido fácilmente cinco mil años.

El treintañero Currey había derribado el árbol más antiguo que se haya descubierto jamás: un organismo que ya tenía casi 4.500 años cuando Colón llegó a La Española, estaba en plena madurez cuando César gobernó Roma, y comenzó su vida cuando los sumerios crearon el primer lenguaje escrito de la humanidad. Al año siguiente, Currey publicó su descubrimiento en la revista Ecology. El artículo de tres páginas, escrito con un desapasionado lenguaje científico, reconocía que WPN-114 era el árbol más antiguo registrado, pero, poniéndose la venda antes que la herida, pronosticó que futuras investigaciones encontrarían especímenes mucho más antiguos.

Este tocón en la cima de Wheeler Peak es todo lo que queda de Prometeo.


Sin embargo, lo único que el futuro realmente produjo fue una crítica cada vez más enconada sobre por qué se permitió que se talara el WPN-114. El guarda forestal que había afirmado que el árbol no tenía ningún interés se había equivocado. Los conservacionistas sabían de él y, de hecho, era conocido como Prometeo. Los conservacionistas afirmaron que el Servicio Forestal había actuado imprudentemente al consentir la tala. 

La leyenda de que un miembro del equipo de Currey había muerto cuando cargaba una rodaja de Prometeo por Wheeler Peak corrió como la pólvora sugiriendo que el árbol había cobrado su vida para remediar la injusticia. Varios dendrocronólogos atacaron a Currey, al que consideraban como un estudiante ignorante que no sabía cómo manejar una barrena y no tenía ninguna razón científica para trabajar con en ese árbol en particular.

El debate nunca cesó. Treinta y dos años después del suceso, en 1996, el guarda que autorizó el corte redactó un memorándum para rebatir los rumores y el propio Currey estuvo concediendo entrevistas exculpatorias hasta su muerte en 2004. Los únicos hechos en los que parecía haber acuerdo era que a WPN-114 lo habían matado intencionadamente. Cada año que pasó desde entonces sin el hallazgo de un pino más viejo hizo crecer la leyenda de Prometeo y con ello el debate sobre su tala. Nunca se repitió la tala de un solo pino longevo. Currey incluso se convirtió en uno de los principales defensores de protección de la región que contenía los pinos. Estos esfuerzos ayudaron a crear en 1986 Great Basin National Park, que incluye la totalidad de Wheeler Peak.

Hoy todos los pinos longevos de los escasos lugares en los que viven desde California a Nevada, estén vivos o muertos, gozan de protección federal. Gracias a estas medidas, los viejos pinos pueden continuar luchando su eterna batalla contra los elementos grabando silenciosamente el mundo que los rodea a medida que envejecen.

De Prometeo, que sigue siendo el árbol más antiguo jamás descubierto, todo lo que queda es un tocón sin marcar y una nota al pie de la historia. ©Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.