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sábado, 28 de diciembre de 2019

Emúes, hormigas y quininos australianos: una triple estrategia de dispersión de semillas


En 1932 tuvo lugar en Australia uno de los intentos más chuscos para acabar con un animal convertido en plaga para la agricultura.
Antes de la colonización del oeste de Australia, unas aves grandes como avestruces y emparentadas con kiwis y casuarios, los emúes (Dromaius novaehollandiae), se movían a su antojo; lo hacían en dirección suroeste hacia la costa en invierno, al noreste en verano, o al revés, si las lluvias lo imponían. Con sus migraciones, favorecían las sabanas y los bosques esclerófilos, en donde viven como como omnívoros generalistas, que consumen una variedad de plantas y artrópodos. Algunos años se reunían por miles para caminar juntos, formando uno de los mayores espectáculos de la naturaleza. Por supuesto que se enfrentaban a peligros: dingos, tilacinos y aborígenes. Los aborígenes, cazadores ingeniosos, capturaban unos cuantos emúes por todo el continente con la única intención de utilizar las plumas en ceremonia rituales.
Sin embargo, los colonos europeos eran diferentes. Arrasaron la tierra y plantaron trigo. De esa forma, el emú, que contemplaba la nueva tierra de cultivo como una cesta de cereales dispuesta para sus largas caminatas estacionales, se convirtió en el enemigo. Habría guerra.
En noviembre de 1932 más de 20.000 emúes se pusieron en movimiento en dirección hacia la región de cultivo de trigo que rodeaba Campion y Walgoolan. Durante años anteriores habían llegado hasta allí muchos colonos después de luchar en la Gran Guerra y habían plantado trigo a montones. Al principio las cosas les fueron bien, pero cuando sufrieron la caída de precios de los cereales se mostraron reacios al ver que su medio de vida se ponía aún más en peligro por culpa de una oleada interminable de picos hambrientos y patas holladoras, y reclamaron la presencia del ejército.
Transcurría la mañana del 2 de noviembre cuando el mayor G. P. W. Meredith, el sargento S. McMurray y el fusilero J. O’Halloran, de la Séptima Batería Pesada de la Real Artillería Australiana, abrieron fuego. Utilizaron una ametralladora automática Lewis, con la esperanza de acabar con las aves de un plumazo, tal y como habían hecho en Francia los soldados que segaban la vida de otros mientras corrían aterrorizados hacia la siguiente trinchera. Pero al oír los primeros disparos, los emúes se dispersaron y la compacta bandada se esfumó como la niebla. Dos días después, los soldados lo intentaron de nuevo apostándose al acecho cerca de una poza, listos para disparar sobre unos mil emúes que venían a beber. El arma escupió de nuevo, pero se atascó y solo pudieron abatir una docena de aves.
El día 8 se retiraron los artilleros porque los políticos discutían sobre quién pagaría las balas, además de enfrentarse al ridículo por el fracaso de los militares para acabar con el enemigo. Pero los colonos exigieron la vuelta del ejército, que regresó pasados unos días. Durante el mes siguiente continuó la campaña: en total se hicieron 9.860 disparos. Que solo se mataran 986 aves no puede ocultar la realidad de que se trataba de un intento de exterminio en masa. Después de haber perdido lo que se conoció como la Guerra del Emú[1], el mayor Meredith declaró que el enemigo que no pudo erradicar «podía enfrentarse a las ametralladoras con la invulnerabilidad de los tanques». Si eso fuera cierto y no se hubieran ofrecido mayores recompensas por las cabezas de las aves, tal vez los colonos con sus propios rifles no habrían abatido 57.000 emúes en tan solo un semestre de 1934.
Desde entonces, los emúes de Australia Occidental se han enfrentado a muchas otras cacerías e incluso al envenenamiento por estricnina, pero todavía se las arreglan para reunirse en grandes cantidades algunos años. Y haciéndolo, contribuyen, junto con unas hormigas, a la dispersión de la quinina australiana.
Un árbol de quinina (Petalostigma pubescens) en flor. Fuente.
Un alimento favorito del emú es Petalostigma pubescens, un árbol conocido como árbol de quinina, corteza amarga o baya de quinina. Petalostigma es un miembro de la familia Picrodendraceae, incluida anteriormente en Euphorbiaceae. Los árboles de quinina crecen en los bosques abiertos elegidos para sus andanzas por los emúes.
El árbol de quinina tiene frutos amarillos de tipo drupa, de unos dos centímetros de diámetro, con una delgada envoltura carnosa, el exocarpo. Los frutos se dividen en seis u ocho gajos, como una mandarina, y cada segmento contiene un endocarpo duro. Cada endocarpo contiene una sola semilla. Si se quedan sobre el árbol, los frutos finalmente se secarán y se abrirán para liberar sus semillas, pero si un emú hambriento descubre los frutos maduros, comienza un triple trasiego de lo más interesante.
Un emú puede zamparse docenas de frutos de una sentada. Se traga las frutas enteras, digiere la parte blanda y carnosa y defeca los endocarpos duros e indigeribles. Y defeca mientras recorre a diario grandes recorridos, sembrando endocarpos a medida que avanza. En uno de esos momentos tan necesarios como poco glamurosos de la ciencia, unos biólogos australianos contaron a mano hasta 142 endocarpos en una sola defecación de emú. Si la historia terminara con las semillas del quinino inmersas en una bóñiga de emú, diríamos que el ave ha prestado al árbol un excelente servicio de dispersión de semillas, es decir, de ornitocoria, pero la historia no finaliza ahí.
Frutos de Petalostigma pubescens. Foto
El excremento de emú y los endocarpos comienzan a recalentarse bajo el duro sol del interior de Australia. A medida que los endocarpos se secan, explosionan. Como la vaina de una leguminosa, los tejidos del endocarpo tienen fibras orientadas en direcciones opuestas. A medida que las fibras se secan, se contraen y disparan el endocarpo en un típico caso de ballocoria o (dispersión balística). La dehiscencia es repentina y tan explosiva que algunas semillas vuelan más de dos metros desde el excremento de origen. Lanzar las semillas lejos del montón de estiércol es una estrategia beneficiosa para ellas: la separación espacial significa que es menos probable que las plántulas compitan entre sí.
Pero ese no es el destino final de las semillas. Cada semilla de Petalostigma tiene un pequeño cuerpo graso, un eleosoma, que atrae a las hormigas. Estas recogen las semillas con sus eleosomas adheridos y las llevan a su nido. Una vez allí, consumen el eleosoma y depositan la semilla fuera del nido. Un típico caso de mirmecoria: son las hormigas las que dispersan las semillas hasta su sitio definitivo.
La asociación entre emúes, endocarpos explosivos, hormigas y quininos australianos es probablemente uno de los escenarios de dispersión más complejos en el universo de las plantas. © Manuel Peinado Lorca. @mpeinadolorca.


[1] El episodio de la Guerra del Emú está tomado del libro de Adrian Burton (traducción de Manuel Peinado) Life Lines, accesible en este enlace.