Hay plantas que engañan con
discreción y otras que lo hacen a gritos. La buganvilla pertenece a estas
últimas. Cubre tapias, pérgolas y fachadas con masas de color púrpura, magenta,
rojo, rosa, naranja o blanco y consigue que millones de personas llamemos flores
precisamente a lo que no lo son. Las verdaderas flores de Bougainvillea
spectabilis son esas pequeñas estructuras tubulares, generalmente
blanquecinas o amarillentas, que aparecen en el centro de cada grupo coloreado.
Todo el espectáculo corre a cargo de unas hojas transformadas: las brácteas.
La distinción merece la pena
porque constituye una pequeña lección de botánica. Una bráctea es una hoja
modificada asociada a una flor o una inflorescencia. En la buganvilla, tres
flores aparecen acompañadas normalmente por tres grandes brácteas, finas y casi
papiráceas. Morfológicamente son hojas transformadas: conservan una
organización foliar reconocible, pero durante su desarrollo adquieren pigmentos
y una consistencia distinta. La planta ha convertido unas hojas en enormes
carteles publicitarios destinados a llamar la atención de los polinizadores.
Las flores auténticas pueden permitirse así ser pequeñas y bastante modestas.
También es interesante el origen
del color. En muchas flores rojas y púrpuras que nos rodean, los responsables
son las antocianinas. Las buganvillas pertenecen, sin embargo, al orden
Caryophyllales y utilizan principalmente betalainas, pigmentos nitrogenados
característicos de este grupo de plantas. Son parientes químicos de los
pigmentos que convierten una remolacha en un artefacto capaz de dejar una
cocina con el aspecto de una escena del crimen. En el género Bougainvillea
se han identificado numerosas betacianinas responsables de las tonalidades
rojas y violáceas de las brácteas.
Bougainvillea spectabilis
pertenece a las Nyctaginaceae, la misma familia de Mirabilis jalapa, el
dondiego de noche. En estado natural es una planta leñosa trepadora, vigorosa y
espinosa, originaria de Brasil, aunque la jardinería la ha llevado
prácticamente a todos los territorios tropicales y subtropicales del planeta.
Sus ramas pueden apoyarse sobre árboles y otras estructuras y alcanzar varios
metros de altura. Las espinas, que en los jardines descubrimos generalmente
cuando intentamos podarla sin guantes, ayudan a sujetar los largos tallos a la
vegetación circundante.
Su nombre nos lleva directamente
al siglo XVIII y a una de las grandes expediciones científicas de la
Ilustración. El género Bougainvillea honra a Louis-Antoine de
Bougainville (1729-1811), marino, militar, matemático y explorador francés que
dirigió entre 1766 y 1769 la primera circunnavegación del mundo realizada
oficialmente por Francia. Pero Bougainville no descubrió la buganvilla. Como
sucede tantas veces en la historia de la taxonomía, el hombre cuyo apellido
terminó escrito en millones de etiquetas de vivero no fue quien recogió la
planta.
El trabajo botánico correspondía
a Philibert Commerson, naturalista de la expedición, y a su ayudante Jeanne
Baret. Cuando el Étoile, uno de los dos barcos de la expedición, llegó a
Río de Janeiro en junio de 1767, Commerson y Baret recolectaron los ejemplares
que acabarían sirviendo para establecer el nuevo género. La historia tiene un
añadido pintoresco: Jeanne viajaba disfrazada de hombre y figuraba oficialmente
como «Jean Baret», porque las ordenanzas navales francesas impedían embarcar
mujeres. Terminó convirtiéndose en la primera mujer conocida que dio la vuelta
al mundo. Hoy sabemos, además, que su participación en las recolecciones
botánicas de Commerson fue mucho más importante de lo que durante mucho tiempo
reconocieron los relatos tradicionales.
Commerson quiso dedicar aquella
espectacular planta al comandante de la expedición. El nombre no quedó
formalmente establecido hasta que Antoine Laurent de Jussieu publicó el género Bougainvillea
en 1789. Diez años después, Carl Ludwig Willdenow publicó Bougainvillea
spectabilis. El epíteto latino spectabilis procede de spectare,
«contemplar» o «mirar», y significa «visible», «notable», «digna de
contemplarse», «espectacular». Pocas plantas llevan un nombre específico mejor
elegido.
La buganvilla es hoy, ante todo,
una planta ornamental. Tolera bien el calor, la insolación intensa y, una vez
establecida, periodos considerables de sequía. Precisamente por eso se ha
convertido en uno de los elementos característicos de los jardines mediterráneos,
aunque su patria quede al otro lado del Atlántico. Tiene además una
peculiaridad que desconcierta a algunos jardineros: demasiado riego y demasiado
abono nitrogenado pueden producir una planta magníficamente verde y
decepcionantemente escasa de color. Para cubrirse de brácteas necesita sol y
cierto grado de austeridad.
Pero no todo en la buganvilla es
decoración. En diferentes regiones de América y Asia se ha utilizado en
medicina tradicional. En México son particularmente conocidas las infusiones
preparadas con sus partes aéreas para aliviar la tos y algunas afecciones respiratorias;
en otros lugares se han empleado hojas y extractos contra trastornos
gastrointestinales, inflamaciones y diabetes. Las hojas contienen D-pinitol, un
derivado metilado del inositol que ha despertado interés experimental por sus
posibles efectos sobre el metabolismo de la glucosa. También se han
identificado flavonoides como quercetina y derivados, compuestos fenólicos,
terpenoides, esteroles, saponinas y otros metabolitos secundarios. Existen
resultados farmacológicos interesantes, incluidos estudios experimentales sobre
actividad hipoglucemiante y antioxidante, pero eso está muy lejos de convertir
una infusión tradicional en un tratamiento médico demostrado.
Conviene añadir otra precaución. Bougainvillea
spectabilis no figura entre las plantas ornamentales de elevada toxicidad,
pero tampoco debe considerarse inocua por el simple hecho de adornar nuestras
calles. Los extractos concentrados han mostrado distintos efectos biológicos en
estudios experimentales y se han descrito posibles efectos sobre la fertilidad
en animales, por lo que no parece sensato recomendar su consumo indiscriminado.
Además, sus espinas pueden provocar lesiones mecánicas y el contacto con la
savia puede causar irritación cutánea en personas sensibles. La medicina
tradicional proporciona pistas interesantes para la investigación; no
proporciona automáticamente medicamentos seguros.
Quizá, sin embargo, la mejor
manera de mirar una buganvilla sea olvidarse por un momento de sus posibles
virtudes farmacológicas y acercarse a una rama florida. Allí está toda la
historia. Tres pequeñas flores verdaderas, casi insignificantes, rodeadas por
tres hojas que decidieron abandonar el verde y convertirse en reclamo. Una
planta brasileña recogida durante una vuelta al mundo, bautizada en honor de un
almirante y descubierta por un naturalista acompañado por una mujer que tuvo
que hacerse pasar por hombre para poder ejercer como botánica.
Y millones de personas que, dos
siglos y medio después, continuamos admirando sus flores. Aunque casi nunca estemos
mirando las flores.