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domingo, 16 de agosto de 2026

BOUGAINVILLEA SPECTABILIS: LAS FLORES QUE NO SON FLORES

 

Hay plantas que engañan con discreción y otras que lo hacen a gritos. La buganvilla pertenece a estas últimas. Cubre tapias, pérgolas y fachadas con masas de color púrpura, magenta, rojo, rosa, naranja o blanco y consigue que millones de personas llamemos flores precisamente a lo que no lo son. Las verdaderas flores de Bougainvillea spectabilis son esas pequeñas estructuras tubulares, generalmente blanquecinas o amarillentas, que aparecen en el centro de cada grupo coloreado. Todo el espectáculo corre a cargo de unas hojas transformadas: las brácteas.

La distinción merece la pena porque constituye una pequeña lección de botánica. Una bráctea es una hoja modificada asociada a una flor o una inflorescencia. En la buganvilla, tres flores aparecen acompañadas normalmente por tres grandes brácteas, finas y casi papiráceas. Morfológicamente son hojas transformadas: conservan una organización foliar reconocible, pero durante su desarrollo adquieren pigmentos y una consistencia distinta. La planta ha convertido unas hojas en enormes carteles publicitarios destinados a llamar la atención de los polinizadores. Las flores auténticas pueden permitirse así ser pequeñas y bastante modestas.

También es interesante el origen del color. En muchas flores rojas y púrpuras que nos rodean, los responsables son las antocianinas. Las buganvillas pertenecen, sin embargo, al orden Caryophyllales y utilizan principalmente betalainas, pigmentos nitrogenados característicos de este grupo de plantas. Son parientes químicos de los pigmentos que convierten una remolacha en un artefacto capaz de dejar una cocina con el aspecto de una escena del crimen. En el género Bougainvillea se han identificado numerosas betacianinas responsables de las tonalidades rojas y violáceas de las brácteas.

Bougainvillea spectabilis pertenece a las Nyctaginaceae, la misma familia de Mirabilis jalapa, el dondiego de noche. En estado natural es una planta leñosa trepadora, vigorosa y espinosa, originaria de Brasil, aunque la jardinería la ha llevado prácticamente a todos los territorios tropicales y subtropicales del planeta. Sus ramas pueden apoyarse sobre árboles y otras estructuras y alcanzar varios metros de altura. Las espinas, que en los jardines descubrimos generalmente cuando intentamos podarla sin guantes, ayudan a sujetar los largos tallos a la vegetación circundante.

Su nombre nos lleva directamente al siglo XVIII y a una de las grandes expediciones científicas de la Ilustración. El género Bougainvillea honra a Louis-Antoine de Bougainville (1729-1811), marino, militar, matemático y explorador francés que dirigió entre 1766 y 1769 la primera circunnavegación del mundo realizada oficialmente por Francia. Pero Bougainville no descubrió la buganvilla. Como sucede tantas veces en la historia de la taxonomía, el hombre cuyo apellido terminó escrito en millones de etiquetas de vivero no fue quien recogió la planta.

El trabajo botánico correspondía a Philibert Commerson, naturalista de la expedición, y a su ayudante Jeanne Baret. Cuando el Étoile, uno de los dos barcos de la expedición, llegó a Río de Janeiro en junio de 1767, Commerson y Baret recolectaron los ejemplares que acabarían sirviendo para establecer el nuevo género. La historia tiene un añadido pintoresco: Jeanne viajaba disfrazada de hombre y figuraba oficialmente como «Jean Baret», porque las ordenanzas navales francesas impedían embarcar mujeres. Terminó convirtiéndose en la primera mujer conocida que dio la vuelta al mundo. Hoy sabemos, además, que su participación en las recolecciones botánicas de Commerson fue mucho más importante de lo que durante mucho tiempo reconocieron los relatos tradicionales.

Commerson quiso dedicar aquella espectacular planta al comandante de la expedición. El nombre no quedó formalmente establecido hasta que Antoine Laurent de Jussieu publicó el género Bougainvillea en 1789. Diez años después, Carl Ludwig Willdenow publicó Bougainvillea spectabilis. El epíteto latino spectabilis procede de spectare, «contemplar» o «mirar», y significa «visible», «notable», «digna de contemplarse», «espectacular». Pocas plantas llevan un nombre específico mejor elegido.

La buganvilla es hoy, ante todo, una planta ornamental. Tolera bien el calor, la insolación intensa y, una vez establecida, periodos considerables de sequía. Precisamente por eso se ha convertido en uno de los elementos característicos de los jardines mediterráneos, aunque su patria quede al otro lado del Atlántico. Tiene además una peculiaridad que desconcierta a algunos jardineros: demasiado riego y demasiado abono nitrogenado pueden producir una planta magníficamente verde y decepcionantemente escasa de color. Para cubrirse de brácteas necesita sol y cierto grado de austeridad.

Pero no todo en la buganvilla es decoración. En diferentes regiones de América y Asia se ha utilizado en medicina tradicional. En México son particularmente conocidas las infusiones preparadas con sus partes aéreas para aliviar la tos y algunas afecciones respiratorias; en otros lugares se han empleado hojas y extractos contra trastornos gastrointestinales, inflamaciones y diabetes. Las hojas contienen D-pinitol, un derivado metilado del inositol que ha despertado interés experimental por sus posibles efectos sobre el metabolismo de la glucosa. También se han identificado flavonoides como quercetina y derivados, compuestos fenólicos, terpenoides, esteroles, saponinas y otros metabolitos secundarios. Existen resultados farmacológicos interesantes, incluidos estudios experimentales sobre actividad hipoglucemiante y antioxidante, pero eso está muy lejos de convertir una infusión tradicional en un tratamiento médico demostrado.

Conviene añadir otra precaución. Bougainvillea spectabilis no figura entre las plantas ornamentales de elevada toxicidad, pero tampoco debe considerarse inocua por el simple hecho de adornar nuestras calles. Los extractos concentrados han mostrado distintos efectos biológicos en estudios experimentales y se han descrito posibles efectos sobre la fertilidad en animales, por lo que no parece sensato recomendar su consumo indiscriminado. Además, sus espinas pueden provocar lesiones mecánicas y el contacto con la savia puede causar irritación cutánea en personas sensibles. La medicina tradicional proporciona pistas interesantes para la investigación; no proporciona automáticamente medicamentos seguros.

Quizá, sin embargo, la mejor manera de mirar una buganvilla sea olvidarse por un momento de sus posibles virtudes farmacológicas y acercarse a una rama florida. Allí está toda la historia. Tres pequeñas flores verdaderas, casi insignificantes, rodeadas por tres hojas que decidieron abandonar el verde y convertirse en reclamo. Una planta brasileña recogida durante una vuelta al mundo, bautizada en honor de un almirante y descubierta por un naturalista acompañado por una mujer que tuvo que hacerse pasar por hombre para poder ejercer como botánica.

Y millones de personas que, dos siglos y medio después, continuamos admirando sus flores. Aunque casi nunca estemos mirando las flores.