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domingo, 16 de agosto de 2026

JASMINUM GRANDIFLORUM: EL LLAMADO JAZMÍN ESPAÑOL

 

Hay pocas fragancias vegetales tan fáciles de reconocer como la del jazmín. Basta que llegue una bocanada desde una tapia al caer la tarde para que casi cualquiera identifique la planta, aunque quizá no sepa exactamente qué planta está identificando. Porque bajo el nombre de jazmín cultivamos especies muy diferentes, algunas pertenecientes al género Jasminum y otras que ni siquiera son parientes cercanas. Y, para complicar las cosas, dos de los jazmines verdaderos más frecuentes en nuestros jardines, Jasminum grandiflorum y Jasminum officinale, se parecen tanto que llevan siglos intercambiándose nombres.

Nuestro protagonista es Jasminum grandiflorum, conocido como jazmín español, jazmín real o jazmín de España. Lo de español resulta algo engañoso, porque la especie no se originó aquí. Su área nativa se sitúa mucho más al este, desde el noreste de África y Arabia hasta regiones del sur de Asia, aunque su cultivo antiquísimo hace difícil reconstruir con precisión su historia biogeográfica. Lo que sí sabemos es que encontró en la península ibérica un clima magnífico y una larga tradición jardinera que terminó asociándolo estrechamente con España y, sobre todo, con los jardines mediterráneos.

El nombre Jasminum tiene una historia tan viajera como la propia planta. Procede en último término del persa yāsamin, que pasó al árabe yāsamīn y de allí a las lenguas europeas. Nuestro «jazmín», el francés jasmin, el italiano gelsomino y el inglés jasmine son descendientes, más o menos transformados, de aquella palabra persa. El epíteto grandiflorum es mucho más transparente: procede del latín grandis, grande, y flos, floris, flor. Significa sencillamente «de flores grandes». Linneo describió la especie con ese nombre en 1762.

Y flores grandes tiene, al menos comparadas con las de muchos de sus parientes. Son blancas, tubulares, con cinco lóbulos extendidos —a veces alguno más— y nacen reunidas en grupos terminales. Los capullos suelen mostrar por fuera una delicada tonalidad rosada que desaparece cuando la flor se abre. Las hojas son opuestas y compuestas, normalmente con cinco a nueve folíolos, y los tallos largos y flexibles se apoyan sobre muros, rejas y otras plantas. No es una trepadora en el sentido estricto de una vid: carece de zarcillos y raíces adhesivas. Sencillamente se encarama sobre lo que encuentra y agradece que alguien le proporcione una estructura donde apoyarse.

El problema empieza cuando colocamos a su lado Jasminum officinale, el jazmín común. A primera vista podrían pasar perfectamente por hermanos gemelos. Ambos son oleáceas —parientes, por tanto, de olivos, fresnos y aligustres—, tienen hojas pinnadas, largos tallos sarmentosos y flores blancas intensamente perfumadas. No es extraño que los nombres comunes se mezclen en viveros, jardines y páginas de Internet.

Pero hay diferencias. Jasminum grandiflorum suele tener flores mayores, con lóbulos relativamente anchos, y capullos marcadamente rosados. Sus folíolos tienden también a ser algo más anchos. J. officinale, por el contrario, suele presentar flores algo menores, lóbulos más estrechos y puntiagudos y hojas con cinco a nueve folíolos relativamente estrechos. Existen, además, diferencias de porte y comportamiento que pueden resultar más útiles para el jardinero que unos cuantos milímetros de corola.

J. officinale procede de una extensa región asiática y soporta generalmente mejor el frío. Puede perder las hojas durante el invierno y rebrotar en primavera después de heladas que causarían problemas a un grandiflorum. Este último está más a gusto con inviernos suaves, veranos cálidos y mucho sol. En buena parte de la España mediterránea se encuentra, por tanto, como en casa. En una zona continental fría conviene pensárselo antes de dejarlo completamente expuesto.

La otra gran diferencia está en el perfume. Describir olores con palabras siempre tiene algo de intentar explicar un cuadro por teléfono, pero el de J. grandiflorum suele considerarse más cálido, dulce y afrutado. Y esta característica le ha proporcionado una segunda vida mucho más allá de la jardinería.

El jazmín español es una de las grandes plantas de la perfumería. Sus flores se recolectan para obtener absoluto de jazmín, un producto extraordinariamente aromático y costoso. Tradicionalmente se utilizó la técnica del “enfleurage”, que consistía en colocar flores frescas sobre grasas capaces de absorber lentamente sus sustancias volátiles. Actualmente predominan otros métodos de extracción. Para obtener una cantidad pequeña de esencia hacen falta enormes cantidades de flores, recolectadas además con cuidado porque buena parte de su aroma se pierde rápidamente después de cortarlas.

Su perfume no depende de una sola sustancia, sino de una orquesta química. Entre sus componentes aparecen acetato de bencilo, benzoato de bencilo, linalol, indol, cis-jasmona, metil jasmonato y farnesol, entre muchos otros. El indol resulta particularmente curioso: en concentraciones elevadas posee un olor desagradable, incluso fecal, mientras que en cantidades diminutas contribuye a esa profundidad cálida y casi animal característica del jazmín. La perfumería, como la cocina, demuestra que algunos ingredientes que uno jamás probaría por separado pueden resultar indispensables en la mezcla.

Las jasmonas merecen también atención. Su nombre procede precisamente del jazmín, pero hoy sabemos que ellas y los jasmonatos son mucho más que sustancias aromáticas. Actúan como importantes señales químicas de las plantas y participan en respuestas frente a heridas, herbívoros y otros tipos de estrés. Una molécula que nosotros apreciamos porque contribuye a un perfume puede formar parte, para la planta, de un sistema de alarma.

Las flores de Jasminum grandiflorum poseen además una larga historia en las medicinas tradicionales de Asia. Se han utilizado en preparados para aliviar inflamaciones, molestias digestivas y trastornos de la piel, y se les han atribuido propiedades sedantes y antiespasmódicas. Los análisis fitoquímicos han identificado flavonoides, iridoides, terpenoides y otros compuestos biológicamente activos. Como ocurre tantas veces, que una planta tenga sustancias farmacológicamente interesantes no significa que cualquier preparación casera sea un medicamento de eficacia y seguridad demostradas. El uso moderno verdaderamente importante del jazmín sigue siendo ornamental y, sobre todo, en perfumería.

Y luego están los jazmines que no son jazmines. La confusión popular es enorme porque hemos convertido «jazmín» casi en una descripción de aspecto o de olor. Llamamos jazmín azul a Plumbago auriculata, jazmín de Chile a Mandevilla laxa, jazmín estrellado a Trachelospermum jasminoides, solano jazminoide a Solanum laxum y jazmín de noche, entre otros nombres, a Cestrum nocturnum. Pertenecen a familias tan distintas como Plumbaginaceae, Apocynaceae y Solanaceae. Algunos tienen flores blancas; otros son trepadores; varios huelen maravillosamente. Ninguna de esas circunstancias los convierte en Jasminum.

No es simple pedantería botánica distinguirlos. Un Trachelospermum, un Cestrum y un Jasminum pueden requerir cuidados diferentes y contienen compuestos químicos diferentes; incluso su posible toxicidad es distinta. Los nombres comunes son magníficos para conversar, pero bastante malos para identificar plantas. Precisamente por eso Linneo y sus sucesores nos legaron esos incómodos nombres latinos que a veces parecen empeñados en complicarnos la vida.

Así que la próxima vez que alguien nos enseñe una tapia cubierta de flores blancas y anuncie orgullosamente «este es mi jazmín», podemos hacer dos cosas. La primera es acercarnos, mirar las hojas y las flores e intentar averiguar de qué especie se trata.

La segunda, probablemente más agradable, es acercarnos igualmente, aspirar profundamente y disfrutar del perfume.