Hay pocas fragancias vegetales
tan fáciles de reconocer como la del jazmín. Basta que llegue una bocanada
desde una tapia al caer la tarde para que casi cualquiera identifique la
planta, aunque quizá no sepa exactamente qué planta está identificando. Porque
bajo el nombre de jazmín cultivamos especies muy diferentes, algunas
pertenecientes al género Jasminum y otras que ni siquiera son parientes
cercanas. Y, para complicar las cosas, dos de los jazmines verdaderos más
frecuentes en nuestros jardines, Jasminum grandiflorum y Jasminum
officinale, se parecen tanto que llevan siglos intercambiándose nombres.
Nuestro protagonista es Jasminum
grandiflorum, conocido como jazmín español, jazmín real o jazmín de España.
Lo de español resulta algo engañoso, porque la especie no se originó aquí. Su
área nativa se sitúa mucho más al este, desde el noreste de África y Arabia
hasta regiones del sur de Asia, aunque su cultivo antiquísimo hace difícil
reconstruir con precisión su historia biogeográfica. Lo que sí sabemos es que
encontró en la península ibérica un clima magnífico y una larga tradición
jardinera que terminó asociándolo estrechamente con España y, sobre todo, con
los jardines mediterráneos.
El nombre Jasminum tiene
una historia tan viajera como la propia planta. Procede en último término del
persa yāsamin, que pasó al árabe yāsamīn y de allí a las lenguas
europeas. Nuestro «jazmín», el francés jasmin, el italiano gelsomino y el
inglés jasmine son descendientes, más o menos transformados, de aquella palabra
persa. El epíteto grandiflorum es mucho más transparente: procede del
latín grandis, grande, y flos, floris, flor. Significa
sencillamente «de flores grandes». Linneo describió la especie con ese nombre
en 1762.
Y flores grandes tiene, al menos
comparadas con las de muchos de sus parientes. Son blancas, tubulares, con
cinco lóbulos extendidos —a veces alguno más— y nacen reunidas en grupos
terminales. Los capullos suelen mostrar por fuera una delicada tonalidad rosada
que desaparece cuando la flor se abre. Las hojas son opuestas y compuestas,
normalmente con cinco a nueve folíolos, y los tallos largos y flexibles se
apoyan sobre muros, rejas y otras plantas. No es una trepadora en el sentido
estricto de una vid: carece de zarcillos y raíces adhesivas. Sencillamente se
encarama sobre lo que encuentra y agradece que alguien le proporcione una
estructura donde apoyarse.
El problema empieza cuando
colocamos a su lado Jasminum officinale, el jazmín común. A primera
vista podrían pasar perfectamente por hermanos gemelos. Ambos son oleáceas
—parientes, por tanto, de olivos, fresnos y aligustres—, tienen hojas pinnadas,
largos tallos sarmentosos y flores blancas intensamente perfumadas. No es
extraño que los nombres comunes se mezclen en viveros, jardines y páginas de
Internet.
Pero hay diferencias. Jasminum
grandiflorum suele tener flores mayores, con lóbulos relativamente anchos,
y capullos marcadamente rosados. Sus folíolos tienden también a ser algo más
anchos. J. officinale, por el contrario, suele presentar flores algo
menores, lóbulos más estrechos y puntiagudos y hojas con cinco a nueve folíolos
relativamente estrechos. Existen, además, diferencias de porte y comportamiento
que pueden resultar más útiles para el jardinero que unos cuantos milímetros de
corola.
J. officinale procede de
una extensa región asiática y soporta generalmente mejor el frío. Puede perder
las hojas durante el invierno y rebrotar en primavera después de heladas que
causarían problemas a un grandiflorum. Este último está más a gusto con
inviernos suaves, veranos cálidos y mucho sol. En buena parte de la España
mediterránea se encuentra, por tanto, como en casa. En una zona continental
fría conviene pensárselo antes de dejarlo completamente expuesto.
La otra gran diferencia está en
el perfume. Describir olores con palabras siempre tiene algo de intentar
explicar un cuadro por teléfono, pero el de J. grandiflorum suele
considerarse más cálido, dulce y afrutado. Y esta característica le ha
proporcionado una segunda vida mucho más allá de la jardinería.
El jazmín español es una de las
grandes plantas de la perfumería. Sus flores se recolectan para obtener
absoluto de jazmín, un producto extraordinariamente aromático y costoso.
Tradicionalmente se utilizó la técnica del “enfleurage”, que consistía en
colocar flores frescas sobre grasas capaces de absorber lentamente sus
sustancias volátiles. Actualmente predominan otros métodos de extracción. Para
obtener una cantidad pequeña de esencia hacen falta enormes cantidades de
flores, recolectadas además con cuidado porque buena parte de su aroma se
pierde rápidamente después de cortarlas.
Su perfume no depende de una sola
sustancia, sino de una orquesta química. Entre sus componentes aparecen acetato
de bencilo, benzoato de bencilo, linalol, indol, cis-jasmona, metil jasmonato y
farnesol, entre muchos otros. El indol resulta particularmente curioso: en
concentraciones elevadas posee un olor desagradable, incluso fecal, mientras
que en cantidades diminutas contribuye a esa profundidad cálida y casi animal
característica del jazmín. La perfumería, como la cocina, demuestra que algunos
ingredientes que uno jamás probaría por separado pueden resultar indispensables
en la mezcla.
Las jasmonas merecen también
atención. Su nombre procede precisamente del jazmín, pero hoy sabemos que ellas
y los jasmonatos son mucho más que sustancias aromáticas. Actúan como
importantes señales químicas de las plantas y participan en respuestas frente a
heridas, herbívoros y otros tipos de estrés. Una molécula que nosotros
apreciamos porque contribuye a un perfume puede formar parte, para la planta,
de un sistema de alarma.
Las flores de Jasminum
grandiflorum poseen además una larga historia en las medicinas
tradicionales de Asia. Se han utilizado en preparados para aliviar
inflamaciones, molestias digestivas y trastornos de la piel, y se les han
atribuido propiedades sedantes y antiespasmódicas. Los análisis fitoquímicos
han identificado flavonoides, iridoides, terpenoides y otros compuestos
biológicamente activos. Como ocurre tantas veces, que una planta tenga
sustancias farmacológicamente interesantes no significa que cualquier
preparación casera sea un medicamento de eficacia y seguridad demostradas. El
uso moderno verdaderamente importante del jazmín sigue siendo ornamental y,
sobre todo, en perfumería.
Y luego están los jazmines que no
son jazmines. La confusión popular es enorme porque hemos convertido «jazmín»
casi en una descripción de aspecto o de olor. Llamamos jazmín azul a Plumbago
auriculata, jazmín de Chile a Mandevilla laxa, jazmín estrellado a
Trachelospermum jasminoides, solano jazminoide a Solanum laxum y jazmín
de noche, entre otros nombres, a Cestrum nocturnum. Pertenecen a
familias tan distintas como Plumbaginaceae, Apocynaceae y Solanaceae. Algunos
tienen flores blancas; otros son trepadores; varios huelen maravillosamente.
Ninguna de esas circunstancias los convierte en Jasminum.
No es simple pedantería botánica
distinguirlos. Un Trachelospermum, un Cestrum y un Jasminum
pueden requerir cuidados diferentes y contienen compuestos químicos diferentes;
incluso su posible toxicidad es distinta. Los nombres comunes son magníficos
para conversar, pero bastante malos para identificar plantas. Precisamente por
eso Linneo y sus sucesores nos legaron esos incómodos nombres latinos que a
veces parecen empeñados en complicarnos la vida.
Así que la próxima vez que
alguien nos enseñe una tapia cubierta de flores blancas y anuncie
orgullosamente «este es mi jazmín», podemos hacer dos cosas. La primera es
acercarnos, mirar las hojas y las flores e intentar averiguar de qué especie se
trata.
La segunda, probablemente más
agradable, es acercarnos igualmente, aspirar profundamente y disfrutar del
perfume.