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lunes, 17 de agosto de 2026

CENTRANTHUS RUBER: LA HIERBA DE SAN JORGE QUE CONQUISTA LOS MUROS

 

Hay plantas que necesitan tierra profunda, riego cuidadoso y un jardinero pendiente de ellas. Centranthus ruber parece considerar todo eso una muestra innecesaria de comodidad. Le basta una grieta en un muro, el borde de una carretera o un montón de piedras donde cualquier jardinero sensato concluiría que no puede crecer nada. Allí instala sus raíces, levanta sus tallos y, desde la primavera hasta bien entrado el verano, se cubre de inflorescencias rosadas, rojas o, en algunas variedades, blancas.

En España la conocemos como valeriana roja, centranto rojo, milamores o hierba de San Jorge, aunque ninguno de esos nombres resulta tan revelador como el científico. Centranthus procede del griego kentron, «aguijón» o «espuela», y anthos, «flor»: literalmente, flor con espolón. Basta mirar una flor de cerca para comprenderlo. De la base de su pequeña corola tubular sale hacia atrás una prolongación estrecha en la que se acumula el néctar. El epíteto ruber es latino y significa sencillamente «rojo», por el color habitual de sus flores. El nombre Centranthus ruber fue publicado por de Candolle en 1805, aunque Linneo había descrito antes la planta como Valeriana rubra.

Y eso nos conduce a una cuestión interesante. Durante mucho tiempo se incluyó entre las valerianas y todavía la llamamos valeriana roja, pero no pertenece al género Valeriana. Sí es una pariente bastante próxima. La clasificación moderna incluye Centranthus y Valeriana dentro de la familia Caprifoliáceas, aunque los libros antiguos —y no tan antiguos— las situaban en una familia independiente, Valerianáceas. Es uno de esos pequeños cambios que la filogenia molecular ha ido introduciendo en nuestros manuales: las antiguas valerianáceas no han desaparecido, sino que han quedado integradas dentro de una familia más amplia.

Centranthus ruber es una planta perenne, aunque no particularmente longeva, que forma matas de tallos erectos y algo carnosos capaces de alcanzar alrededor de un metro. Las hojas son opuestas, enteras, de color verde azulado; las inferiores tienen pecíolo, mientras que las superiores abrazan parcialmente el tallo. Pero lo verdaderamente interesante aparece cuando nos acercamos a las flores.

Cada una mide apenas alrededor de un centímetro. La corola forma un tubo que remata en cinco lóbulos desiguales y posee un solo estambre fértil, una característica bastante llamativa. Hacia atrás se prolonga el espolón que da nombre al género. Cientos de esas pequeñas flores se agrupan en densos ramilletes terminales y consiguen que, contempladas desde lejos, parezcan una única gran superficie coloreada.

El espolón no es un adorno. En su fondo se encuentra el premio que la planta ofrece a sus visitantes: el néctar. Para alcanzarlo hace falta disponer de una espiritrompa suficientemente larga, de modo que las flores son frecuentadas sobre todo por mariposas y polillas, aunque también reciben otros insectos capaces de aprovecharlas. La arquitectura floral establece así una especie de control de acceso: cualquiera puede posarse sobre la inflorescencia, pero no todos llegan al fondo de la despensa.

La planta es originaria de la región mediterránea, desde el sur de Europa y el norte de África hasta zonas de Asia occidental. En ese ambiente su comportamiento resulta perfectamente comprensible. Está preparada para soportar insolación intensa, sequía estival y suelos pobres y pedregosos. Sus hojas algo carnosas almacenan agua y sus raíces encuentran refugio en fisuras donde otras especies tienen dificultades para establecerse. Por eso es tan característica de paredes antiguas, canteras, taludes ferroviarios y roquedos.

Su capacidad para vivir con casi nada explica también su éxito como ornamental. Se cultiva desde hace siglos en jardines europeos y se ha llevado después a numerosos países de clima templado. Y allí ha demostrado una característica que los jardineros conocen bien: una vez instalada, produce semillas con entusiasmo.

Después de la floración se forman pequeños frutos secos, cada uno con una sola semilla, coronados por un penacho plumoso procedente del cáliz. Cuando madura, ese penacho se despliega y convierte el fruto en un diminuto paracaídas que el viento puede transportar lejos de la planta madre. Es un mecanismo parecido, aunque botánicamente distinto, al de los vilanos de los dientes de león.

La combinación resulta formidable: tolerancia a la sequía, capacidad para crecer en suelos miserables, floración abundante y semillas aerotransportadas. En su región natal convierte a C. ruber en una eficaz colonizadora de lugares alterados. Fuera de ella puede convertirla en un problema. Se ha naturalizado en Gran Bretaña, Australia, Nueva Zelanda, Sudáfrica y América del Norte, entre otras regiones, y en algunos lugares, especialmente en zonas costeras de Estados Unidos, está considerada especie invasora porque coloniza hábitats naturales y compite con la vegetación autóctona.

Su condición de «valeriana» ha favorecido además cierta confusión sobre sus propiedades medicinales. La auténtica valeriana medicinal es principalmente Valeriana officinalis, cuya raíz y rizoma contienen compuestos —entre ellos ácidos valerénicos— relacionados con sus efectos sobre el sistema nervioso y que explican su empleo tradicional como sedante. Centranthus ruber es otra cosa.

Eso no significa que carezca de historia medicinal. Sus raíces y otras partes de la planta se han empleado tradicionalmente como sedantes suaves, antiespasmódicos y remedios populares contra el nerviosismo, probablemente por analogía con las valerianas verdaderas. Se han identificado en el género iridoides y otros metabolitos secundarios, pero la información farmacológica disponible es mucho menor que para Valeriana officinalis. No parece prudente, por tanto, trasladar automáticamente a la hierba de San Jorge las propiedades medicinales demostradas o propuestas para su pariente.

Más curiosa todavía es su historia alimentaria. Las hojas jóvenes se han consumido tradicionalmente como verdura, crudas en ensalada o cocinadas, especialmente en algunas regiones mediterráneas. Tienen un sabor algo amargo y no parece que vayan a destronar a la lechuga, pero recuerdan que muchas de las plantas que hoy consideramos exclusivamente ornamentales tuvieron antiguamente usos mucho más variados. Las raíces también aparecen citadas como alimento en algunas fuentes etnobotánicas, aunque su consumo nunca alcanzó gran importancia.

No se considera una planta de elevada toxicidad. Como ocurre con tantas especies medicinales y comestibles tradicionales, eso tampoco convierte cualquier preparación concentrada en inocua ni justifica atribuirle las propiedades farmacológicas de Valeriana officinalis. En este caso, la principal precaución probablemente no sea química, sino ecológica: conviene impedir su dispersión en lugares donde pueda escapar del jardín y colonizar ambientes naturales.

Puede que sea precisamente esa facilidad para escapar lo que mejor define a C. ruber. Nosotros la plantamos cuidadosamente en un macizo y ella parece preferir la pared de enfrente. Le proporcionamos tierra fértil y riego y termina germinando en la junta de dos piedras. Queremos decidir dónde debe vivir y la planta lleva millones de años desarrollando sus propios criterios inmobiliarios.

Por eso, cuando encontremos una valeriana roja creciendo en una grieta imposible, conviene acercarse. Allí veremos las pequeñas flores con su espolón lleno de néctar, las mariposas que introducen en él la espiritrompa y, poco después, los frutos preparando sus paracaídas.

Todo lo necesario para conquistar el siguiente muro.