Hay plantas que anuncian su
presencia con flores enormes y colores imposibles. Cestrum nocturnum ha
elegido una estrategia completamente distinta. Sus flores son pequeñas,
tubulares, de un blanco verdoso que difícilmente llamaría la atención en un
concurso de jardinería. Durante el día pueden pasar casi inadvertidas. Pero cae
la noche y ocurre algo extraordinario: el arbusto comienza a emitir un perfume
tan intenso que puede percibirse a decenas de metros.
Entonces comprendemos sus nombres
populares: dama de noche, galán de noche, jazmín de noche o jazmín nocturno.
Este último, sin embargo, vuelve a meternos en el pequeño embrollo botánico que
ya encontramos al hablar de Jasminum grandiflorum. Cestrum nocturnum
no es un jazmín. Ni siquiera pertenece a la familia de los jazmines. Los
verdaderos Jasminum son oleáceas, parientes de olivos y fresnos; nuestro galán
de noche es una solanácea, pariente de tomates, patatas, pimientos, tabaco,
belladona y mandrágora. Una familia, como se ve, en la que cabe casi de todo.
El nombre científico proporciona
algunas pistas. Cestrum procede del griego kestron, nombre
aplicado en la Antigüedad a diversas plantas y relacionado con kentron,
aguijón o instrumento puntiagudo, probablemente por la forma alargada de
algunas de sus estructuras florales. Linneo recuperó el término para establecer
el género en 1753. El epíteto nocturnum no plantea ningún misterio:
procede del latín nocturnus, «nocturno», y alude a la característica que
ha hecho famosa a la especie, la intensa fragancia que desprende después de
anochecer.
Su patria tampoco está donde
algunos de sus nombres vulgares podrían hacernos sospechar. Cestrum
nocturnum es originario de América tropical, desde México y las Antillas
hasta parte de América Central. El cultivo ornamental lo ha extendido
posteriormente por las regiones tropicales, subtropicales y mediterráneas de
buena parte del mundo.
Es un arbusto perenne que puede
alcanzar tres o cuatro metros de altura, con ramas largas y algo arqueadas y
hojas simples, alternas, enteras y lanceoladas. Nada particularmente
espectacular. Las flores aparecen agrupadas en inflorescencias y forman estrechos
tubos verdosos o blanco amarillentos que terminan en cinco pequeños lóbulos.
Durante el día permanecen relativamente cerradas y discretas. Al aproximarse la
noche se abren y comienzan a liberar sus compuestos aromáticos.
La explicación no es poética,
aunque el resultado lo sea. El perfume es publicidad. Una planta que depende de
animales para transportar su polen necesita hacerse notar. Las flores diurnas
pueden recurrir a colores intensos porque sus visitantes disponen de buena luz.
Durante la noche, en cambio, pintar pétalos de rojo brillante sería algo
parecido a instalar una valla publicitaria en una habitación a oscuras. Resulta
mucho más eficaz emitir sustancias volátiles capaces de viajar por el aire.
Por eso muchas flores polinizadas
por polillas nocturnas comparten determinadas características: colores blancos
o pálidos, tubos florales relativamente largos y perfumes intensos que aumentan
al anochecer. Cestrum nocturnum cumple perfectamente ese modelo. Entre
sus visitantes se encuentran especialmente polillas de larga espiritrompa,
capaces de introducirla en el estrecho tubo de la corola para alcanzar el
néctar y transportar mientras tanto el polen de una flor a otra.
El perfume tampoco es una
sustancia única. Es una mezcla compleja de compuestos orgánicos volátiles cuya
emisión cambia a lo largo del día. Se han identificado en las flores diferentes
terpenoides y benzenoides, entre otros compuestos aromáticos. La planta regula
su producción siguiendo ritmos circadianos: cuando se aproxima el período de
actividad de sus principales polinizadores, aumenta la emisión. No es que el
galán de noche «sepa» que ha oscurecido; posee un reloj fisiológico ajustado
por los ciclos de luz y oscuridad.
De hecho, ese perfume que a
muchas personas les resulta delicioso puede llegar a ser excesivo. Un ejemplar
grande situado junto a una ventana abierta es capaz de convertir una noche de
verano en una experiencia olfativa bastante contundente. Hay quienes lo
encuentran embriagador y quienes terminan cerrando la ventana. La selección
natural, después de todo, no diseñó el aroma para nosotros, sino para una
polilla.
Tras la polinización aparecen
pequeñas bayas blancas, aproximadamente globosas, que contienen varias
semillas. Y aquí termina la parte amable de la historia. Porque Cestrum
nocturnum es una planta tóxica.
Diversas especies de Cestrum
contienen compuestos biológicamente activos, entre ellos saponinas esteroideas
y alcaloides, y se han descrito intoxicaciones tanto humanas como,
especialmente, de animales domésticos y ganado después de ingerir hojas, frutos
u otras partes de estas plantas. En el género se conocen además glucósidos y
otros metabolitos capaces de producir alteraciones gastrointestinales y,
dependiendo de la especie y de la cantidad ingerida, efectos más graves.
Bayas de Cestrum nocturnum. Fuente
Las bayas merecen particular
atención porque pueden resultar atractivas para niños. No deben comerse, y
tampoco parece sensato utilizar hojas o flores en infusiones caseras
simplemente porque la planta tenga fama medicinal en algún lugar. En distintas
tradiciones populares se han utilizado partes de C. nocturnum contra
inflamaciones, fiebre, dolores y otros trastornos, y los estudios fitoquímicos
han encontrado sustancias con actividades antimicrobianas, antioxidantes o
citotóxicas en condiciones experimentales. Pero una sustancia capaz de matar
células en un tubo de ensayo no se convierte automáticamente en un medicamento.
A veces se convierte simplemente en una sustancia capaz de matar células.
La toxicidad tiene además una
dimensión veterinaria. Algunas especies del género Cestrum son responsables de
intoxicaciones del ganado en regiones donde se han naturalizado. Los animales
suelen evitarlas cuando disponen de alimento suficiente, pero pueden
consumirlas accidentalmente o durante períodos de escasez. No todas las
especies contienen exactamente los mismos compuestos ni presentan idéntica
toxicidad, por lo que tampoco conviene extrapolar sin más los efectos de una a
otra. La regla práctica con C. nocturnum es mucho más sencilla:
admirarlo y olerlo, pero no comerlo.
Su facilidad de cultivo ha
provocado otro problema. Tolera el calor, crece rápidamente, fructifica con
abundancia y sus semillas pueden ser dispersadas por aves. Como consecuencia,
ha escapado de los jardines y se ha naturalizado en numerosas regiones tropicales
y subtropicales. En algunos territorios, entre ellos partes de Australia, Nueva
Zelanda, África y diversas islas oceánicas, está considerado una planta
invasora capaz de formar matorrales densos y desplazar a la vegetación
autóctona.
En los jardines mediterráneos,
sin embargo, sigue siendo ante todo una apreciada ornamental. Prefiere lugares
cálidos, suelos bien drenados y cierta humedad durante la época de crecimiento.
Tolera la poda con entusiasmo, algo conveniente porque sin ella puede
transformarse rápidamente en un arbusto desgarbado de varios metros. Su
principal enemigo es el frío intenso: soporta mucho peor las heladas que
arbustos como Hibiscus syriacus, por lo que en regiones continentales necesita
una situación protegida.
Y conviene insistir en que no es
un jazmín. Jasminum grandiflorum posee hojas compuestas y flores blancas
con una corola relativamente abierta; C. nocturnum tiene hojas simples y
alternas y flores estrechamente tubulares, verdosas y agrupadas. El parecido
que explica el nombre popular está casi exclusivamente en el perfume. Llamamos
jazmín a muchas plantas que huelen intensamente porque nuestro vocabulario
cotidiano clasifica a veces las plantas por lo que nos recuerdan, mientras que
la botánica intenta clasificarlas por lo que son.
Quizá por eso Cestrum nocturnum
resulta tan interesante. De día parece un arbusto bastante vulgar. No tiene las
enormes flores de un hibisco, las brácteas deslumbrantes de una buganvilla ni
el tronco extravagante de un palo borracho. Incluso sus flores parecen
empeñadas en pasar inadvertidas.
Pero espere a que anochezca. Entonces
una planta que llevaba todo el día callada comienza a enviar mensajes químicos
por todo el jardín. Nosotros los llamamos perfume.
Las polillas, probablemente, los
llaman cena.